El conde malvado

 

NPG 804; John Wilmot, 2nd Earl of Rochester by Unknown artist

TOMO prestado el título a un excelente escritor, y editor, Patrick Mauriés, uno de los pocos escritores actuales que se han ocupado de John Wilmot (1647-1680), segundo conde de Rochester (Le Méchant Comte, 1992), singular personaje, poeta desigual y autor de poderosos versos satíricos, muerto en la treintena, reconciliado con la Iglesia y en un estado físico lamentable, gracias sobre todo a que, por detestarla, fue incapaz de llevar una vida tranquila. En España creo que solo Bernd Dietz se ha ocupado de su obra –El progreso del libertino: la poesía de John Wilmot (Earl of Rochester), 1989, aunque antes publicara en Zaragoza un resumen de ese trabajo- y de su vida que ha dado pie a una buena película, El libertino, con Johnny Deep en el papel de Rochester.

A John Wilmot le persigue una fama de esas que los entendidos llaman <<sulfurosa>>, sólidamente fundamentada en un rosario de episodios poco honrosos, unos imaginarios, pero veraces los más, de lances de gamberro abusivo y sin escrúpulos alumbrado por azumbres de vino, de cazadotes y crápula total, a quien tanto le daban las putas como los pajes, de aventurero que participa en la guerra contra Holanda y de delincuente, de transformista, en saltimbanqui callejero, en curandero charlatán y astrólogo con mucha clientela bajo el nombre de Alexander Bendo, y a la vez de alguien poseedor de un talento literario que iba mucho más allá de la mera mordacidad que puede gastar un poeta cortesano y chaquetero, profesional de la adulación de aquellos que detentan el poder, como se gastaba entonces, y ahora, ahora, aunque con menos libertinaje de por medio. Estos no son los tiempos de Wilmot. <<Una bonita y honrada época de putas y alcohol en la que cualquier hombre desearía vivir>>, dice el dramaturgo Thomas Shadwell en Los amantes huraños, citado por Green, a lo que el malvado conde replicó: <<¿Quién puede abstenerse de la sátira en estos tiempos?>>. Sus poemas corrieron de mano en mano y le costaron destierro en muchas ocasiones. A su muerte, tanto su madre como quienes los poseían, destruyeron con saña puritana poemas, correspondencia y crónicas y hasta algunos libros tan raros, y burlescos, como ese (atribuido) Sodom or the Quintessence of Debauchery, que se conoce gracias a que quedó un único ejemplar del que se han ido tirando copias.

La época de Rochester, la de la Restauración monárquica y el reinado de Carlos II, es un época algo menos turbulenta que las vividas por su padre, de quien parece que Wilmot heredó el ingenio y la propensión a transformar su conciencia en un lagar. Es la época que se refleja, llena de colorido, en el diario de Samuel Pepys, la de la Peste y el incendio de Londres, la del nacimiento de Henry Purcell y de Daniel Defoe, de Robert Harley y de un pirata ilustrado como William Dampier, de las tabernas, los teatros, los enredos, las intrigas políticas, los panfletos, los espías y delatores y la conjuración de los papistas…

En El mono de lord Rochester, obra escrita a comienzos de los años treinta, aunque se publicara cuatro décadas más tarde, Graham Green siguió los pasos de la vida de Rochester, documentándola dentro de los límites de las muchas lagunas y leyendas que rodean al personaje, con abundantes referencias a su obra poética, y logró una brillante y apasionante biografía en la que luce más el asombro que la identificación con el personaje, o que la pesquisa policial y cicatera del puritano que lleva al autor a la picota. Graham Greene no siente ese odio que el mismo dice se basa en la educación puritana, sino que intenta comprender al personaje y sobre todo, relatar, una época, una vida. Tampoco se centra en lo que de <<raro>> tenía John Wilmot, sino que intenta dar con el origen de su descontento y de su furia –algo parecido hizo Macchia cuando se acercó a Chamfort-, de su furia destructiva y de su rencor contra todo y contra todos, el que alentaba sátiras e insultos descarados que alcanzaban una y otra vez al propio rey con quien mantuvo una relación entre la amistad profunda y el proxenetismo. Green intenta explicar y explicarse esa paradoja de un libertino extremo en su papel, también extremo, de moralista, con una época, sus costumbres y figurantes, como si sus versos más o menos de ocasión, más o menos afortunados, fueran un eficaz exorcismo contra sí mismo, su peor enemigo.

*** Artículo publicado en ABCDe las Artes y las Letras, ABC, Madrid, 1.12.2007

 

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