Aquí París

 

Pío Baroja EL Pío Baroja que escribe estas páginas memorialísticas es el que vive refugiado en París, sobre todo en su segunda estancia parisina, entre 1938 y la primavera de 1941, hasta muy pocos días antes de que París fuese declarada, el 19 de Junio, ciudad abierta por el general Weygand, y abandonada a merced de los alemanes que don Pío no llegó a ver porque cuando entraron en al ciudad el ya hacía días que estaba en Bayona. El París que aparece en este libro es un París vivido, escrito en el día a día, y es un París recordado, al tiempo de su publicación por vez primera, en 1955, un año antes de su muerte, y vuelto a recorrer en los vericuetos de la memoria de lo vivido y en las cuartillas escritas desde su refugio de la Ciudad Universitaria.

Para Baroja los de París son los días del exilio, de un curioso exilio, entre voluntario y forzoso, que no tuvo nada de dorado, son los días de la zozobra personal, de la precariedad material, de la melancolía intensa y del arrebato de quien ve la vida como pérdida y callejón sin salida, pero aun saca fuerzas para escribir páginas llenas de vigor. Baroja tiene más de sesenta años, se encuentra achacoso y carece de unos medios sostenidos de ganarse comodamente la vida, ha perdido su casa de Madrid, el ambiente de Vera de Bidasoa le resulta irrespirable y no puede aunque lo intenta marcharse a América como hacen otros para huir de la guerra y de la muerte. Baroja vive en la Casa de España de la Ciudad Universitaria en condiciones más bien precarias, es testigo de las idas y venidas de los funcionarios de la República que escapan a América con los billetes pagados, escribe artículos para La Nación de Buenos Aires, escribe también páginas novelescas –Laura o la soledad sin remedio, Susana o los cazadores de moscas, páginas de El hotel del cisne que se cruzan aquí, en este libro, de manera enigmática- y recorre París a pie, como había hecho en otras ocasiones, pero curiosamente no se entusiasma demasiado con el libro de uno de sus amigos de esos días, el poeta Leon-Paul Fargue, que acaba de publicar una soberbia guía del vagamundos de la ciudad, Le Pieton de Paris (1939). Tal vez los días no están para hacer de flâneur, para recorrer librerías de viejo, mercadillos, tabucos, para ir al encuentro de tipos raros, para ser observador y sólo observador de la vida… El aire del día es otro, es gris, es hostil, es azaroso, la época y los avatares que va viviendo como testigo involuntario y forzoso a la vez le resultan a Baroja ininteligibles y amenazantes a partes iguales, y aunque todo ello acabe con fortuna en los papeles -por pura fidelidad a su vivir para contarlo-, aunque tenga y mantenga amigos y relaciones en esos días turbios, hay algo más en estas páginas que la mera crónica de una época incierta. La arena de los días traza un autorretrato lleno de melancolía, de añoranza, de fragilidad y de entereza a la vez: un Baroja que tiembla y a pesar de todo, a pesar de atravesar los malos tiempos, los de la incertidumbre, crea y espera estoico sin esperar en nada, leal a sus sueños y a sus ideas.

 

 

 

 

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