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Dejando a un lado quién o quiénes están enterrados en el lugar donde se dice que están los restos de Federico García Lorca, la actitud de los herederos del poeta ante la orden del juez Garzón de abrir esa fosa refleja bien cuál es la actitud nacional ante la apertura de fosas comunes e identificación de restos de asesinados en la retaguardia, al tiempo de la guerra civil y en la inmediata posguerra.

Mientras que Fernández Montesinos, descendiente a su vez de otro asesinado, dice que va a demandar a Garzón por ordenar la apertura de la fosa, su sobrina no se opone a la exhumación de restos. No es este el único caso que se ha dado, entre herederos de las víctimas del franquismo, de no querer abrir la fosa donde pueden estar los restos de sus familiares. ¿Los motivos? A cada cuál los suyos. Depende mucho de cómo se ha vivido esa ausencia y ese atropello.

La diferencia es que el asesinato de Federico García Lorca dio enseguida la vuelta al mundo y desde 1936 ha inspirado miles de páginas literarias y de investigación histórica, alguna película y hasta canciones. Se convirtió enseguida en todo un símbolo de la represión franquista, más en el exterior de España, que dentro, donde miles de ciudadanos, convertido en apestados sociales o en invisibles, tenían otros “Federicos” que no eran poetas famosos. Por eso, la decisión del juez Garzón de ordenar la apertura de la fosa ha sido tan señalada por el periódico francés Le Monde, país en el que su muerte tuvo una repercusión enorme.

La decisión del juez Baltasar Garzón ha supuesto un acelerón en lo que se refiere a la asunción de la memoria histórica y no ha gustado nada a los del <<Mejor no remover>>. Lo de menos es que en la fosa cuya apertura ha ordenado el juez Garzón estén los restos de García Lorca, porque lo cierto es que allí hay restos de fusilados sin juicio, esto es, de asesinados.

Hace dos días, los titulares sensacionalistas de la prensa de Madrid decían que el juez Garzón había llevado a Franco a juicio. Mucho titular para poco juicio. En el interior se ofrecían, a modo de picota, las fotografías de algunos de los acusados de crímenes contra la humanidad. Por cierto, que detrás del nombre de uno de ellos, la Barcina abandera a todo trapo el arte de su ciudad. No hago más que constatar un hecho y señalar lo que tal vez sea una actitud de clara y reiterada connivencia con el franquismo por parte de esa alcaldesa, tan escrupulosa con todo lo democrático en tantos otros casos. Ahí no cabe atrincherarse detrás de la Historia, haciéndola intocable, aséptica. Ignoro los méritos que le hicieron a Rodezno acreedor de la plaza que la ciudad le dedica, como desconozco su responsabilidad directa o indirecta, si es que la tuvo, en los delitos de los que ahora se le acusa, a más de cincuenta años de su fallecimiento. La historia cambia y es incómoda para todos, pero yo al menos no puedo participar en su puesta en la picota sin pruebas concretas. Me asisten, creo que con pleno derecho, motivos personales para no hacerlo.

Toda esa parte de nuestra historia está por escribir con detalle y exhaustividad, gracias a todos los que, franquistas y no franquistas, han impedido que, hasta hace nada, se pudiera siquiera investigar: negativa maliciosa a acceso a archivos, ocultación y destrucción de documentación, prohibiciones políticas y policiales, actitudes conniventes con las autoridades franquistas o herederas sociales de aquellas (no convenía “indisponerse”), volatilización de memorias originales que figuran en los inventarios de bienes de interés cultural elaborados por gobiernos como el de Miguel Sanz.

Habría que ir más lejos, habría que declarar ilegales y nulas de pleno derecho todas y cada una de las leyes de contenido represivo y político dictadas al amparo de la victoria de la guerra, y solo por ella legitimadas, y en consecuencia, de todos y cada uno de los procesos penales, tanto militares como de jurisdicción ordinaria o de excepción (Espionaje, Bandidaje) emprendidos a su amparo. Eso sí que equivaldría a desautorizar por completo a un régimen como el franquista. Pero no se hizo en su momento y ya no creo que se haga.

Tal y como está planteado, el procedimiento judicial emprendido por Garzón es una falacia jurídica tendente a obtener una resolución cuyo contenido y alcance se sabe de antemano. Garzón sabe, porque es del dominio público, que la totalidad de los encausados están muertos y que, en consecuencia, su responsabilidad criminal está extinguida. La petición de sus certificados de defunción es un mero trámite que cierra el caso, aunque se mantengan las acusaciones, al menos en el papel. Algo es algo.

Yo no sé en este caso dónde acaba la verdad y empieza la patraña, dónde el espíritu de justicia, la magnanimidad, la piedad y dónde la munición política de baja calidad, y si al cabo, este juicio acelerado de la Historia emprendido por el juez Garzón, con sus consecuentes tareas de investigación social y judicial, puede servir, como se dice, como un reconocimiento y una reparación, aunque así esté siendo vivido por los familiares de las víctimas.

Apoyo sin reservas que se abran todas las fosas comunes que se pueda y se identifique a los autores de los crímenes, porque algunos quedan, y quedan testigos, los últimos, de quiénes fueron los autores materiales de las fechorías cometidas al amparo de un clima de impunidad total, cuando no con arreglo a listas elaboradas con anterioridad al alzamiento militar, gracias a la ayuda de civiles que por su oficio conocían los entresijos de la ciudad en la que vivían y conservaron, hasta muy tarde, la documentación que había servido para lo que por ejemplo Mola calificaba de Escarmiento. Si los nombres de los autores de las fechorías que ahora pide Garzón no salieron a la luz en los setenta, no creo que vayan a salir ahora. De lo que no estoy tan seguro es de que el reconocimiento y reparación de las víctimas, y de sus familiares, pase en exclusiva por este proceso. Lo que importa es la longitud y alcance de su recorrido. Y ese está por ver. De la fosa de García Lorca hasta ahora solo se sabe que contiene restos humanos de fallecidos, como muchos miles, “por heridas de arma de fuego”.

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