Aplaudir con las orejas

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Lo he encontrado en el rebusco de archivos, espolinando desvanes como quien dice. Es una anotación de 1998, escrita sin duda en  Gorritxenea, la casa en la que entonces vivía, una ruina. No creo que fuera a parar a La casa del rojo, mis diarios de aquellos años. De hecho aquel libro se publicó muy mutilado. Hizo de editor destemplado Miguel Martínez-Lage: nunca llegamos a congeniar del todo. Con los editores de Península tampoco me entendí. Comí con ellos en una ocasión, en Madrid, en el Hispano. Steak tartare y vino blanco. Me miraban como a un bicho raro. Hablábamos lenguajes diferentes. Yo no era el que ellos esperaban que fuera. Me ha pasado mucho.

[Todo va sobre ruedas mientras te muevas en el bosquecillo versallesco de las conveniencias y las convenciones, y cantes en el coro de la cuadrilla, y aplaudas. La franqueza, la crudeza innecesaria, hay que dejarlas para los enemigos. Callar para convivir es una norma social que en unos lugares –en este en el que vivo sin ir más lejos–se revela como más verdadera que en otros (1998).]

 

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