El escritor y su ciudad, Thomas Bernhard

 

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CONTAR la propia vida, contarse a secas, o lo que viene a ser lo mismo, ponerse en escena, no es en modo alguno fácil, así se haga empuñando un yo fundacional o enmascarándose detrás de personajes más o menos autobiográficos, o como sucede, me parece, en el caso de Thomas Bernhard empuñando una voz literaria, una forma de decir las cosas tan dislocada, tan en tensión como puede estar la propia memoria o la zona más sombría de la conciencia, una voz que parece venir del otro lado de la escena, del lugar más inquietante del teatro. Eso lo saben todos los que de verdad se han aplicado alguna vez a esa tarea, tan ardua como pasablemente inútil, de ponerse en escena, no una vez, sino una y otra vez, hasta agotar y agotarse, para resurgir con renovados bríos y volver a empezar con el recuento y exorcismo de la propia tara. Es algo enfermizo y una tarea inútil porque el emprenderla, el ponerse en la escena de papel una palabra detrás de otra, sólo parece satisfacer un prurito insidioso, un designio fatal por completo indescifrable, una necesidad tan perentoria como a la postre descorazonadora: los fantasmas, los habitantes y la ciudad (sobre todo esta), todo aquello que nos empuja de manera urgente y violenta a los papeles y a su escena, está ahí cuando cerramos nuestro teatro de papel, cuando bajamos su telón, y vuelve a estar en su sitio cuando lo levantamos e incluso cuando nos asomamos a hurtadillas. No hay nada que hacer. Hay heridas de imposible sutura. Y eso es precisamente lo que está en la base de la obra de Thomas Bernhard, en su impulso fundacional.

Poner en escena una ciudad, la propia ciudad, de manera tan violenta como necesaria a veces es, para quien la siente y la padece como una enfermedad mortal, y al menos durante ese tiempo en que está ocupado con esa oscura tarea, una forma de que no cometa algo todavía más irreparable que la misma escritura contra la propia vida, lo que no pasa de ser una enormidad, una de tantas enormidades que tienen a la literatura y a su oficio como materia genuina, y como patraña al cabo, como impostura literaria, eficaz, rotunda, pero impostura, una gesticulación teatral, una de esas desmesuras que resultan provocadoras.

Bernhard, en ese papel de hombre de la propia escena, no pretende seducir al público, lo que pretende es sacarlo de quicio, fastidiarle, estropearle la farra, la paz octaviana, la digestión al cabo, el sistema de creencias más o menos mansas en el que se apoya, las convenciones que le aseguran. Es del dominio público y, por tanto, no necesita prueba alguna, ni cita, ni referencia erudita y bibliográfica. No hay otras autoridades en esta materia que las páginas leídas con tanta pasión como avidez, porque son contagiosas, demasiado contagiosas a veces. Y es que con la guía de su escritura es fácil sentir la tentación de decir, esto también lo cuento yo, yo también me puedo poner en escena de esta manera. Luego resulta que eso no es en modo alguno tan fácil, que no es fácil ni dar con las heridas ni tan siquiera inventárselas para la ocasión, para el guiñol burlesco, para la opereta de pésimo gusto. No hay manera porque luego lo que de verdad hace falta es el verbo, el verbo con que esas manías, esas enfermedades mortales, esas heridas que no cicatrizan porque son de imposible sutura, son exorcizadas o cuando menos nombradas.

Con Bernhard, cuando sostiene que no todo lo que cuenta es la verdad, que siempre quedan cosas en el tintero, sabemos que hay una parte importante de ficción, la de su elemental puesta en escena. Pero lo que cuenta en esa historia es la voluntad de contarse con verdad, con la mayor verdad posible, sabiendo que lo que decimos de los demás es pasajero y está dictado por el humor del momento, que hablamos de desconocidos, empezando por nosotros mismos. El, en algún sitio, dice poco menos que al lector no hay que sacudirle el felpudo de casa en las narices, pero no estoy muy seguro de no sea precisamente eso lo que él hiciera en muchas ocasiones, lo que acaba haciendo, lo quiera o no, todo el que se aplica a esa tarea de sacudirse el felpudo del alma, de espolinar los desvanes, ahí donde todos padecemos trabajos.

Hace falta una fuerza, una pasión inventiva poco común para escribir con veracidad y sobre el dechado de lo vivido y casi sólo sobre el dechado de lo vivido, a sabiendas de que nunca se llega a contar todo, de que no se puede contar todo, de que ni es sano ni es cuerdo, de que el jugársela en la escritura es siempre hasta cierto punto, porque hay una precisa frontera que es la de la mera cordura doméstica. A qué arriesgarse a que le metan a uno en el trullo, en el manicomio o le lleven y le traigan ante los tribunales bien albardado de papeles, que son tabernas que nadie frecuenta por gusto, además. Ahí está uno de los espacios de la ficción autobiográfica, el de la desmesura, el de la la máscara que todo lo dice, porque todo puede decirlo, porque nadie es capaz, por miedo, de acercarse a ella para cerrarle la boca. Ahora, eso sí, ¿decía la verdad? Bernhard se escondía detrás de su palabrería y así es como mejor se muestra –un ejemplo de su verbo desatado son las conversaciones que tuvo con Kurt Hofmann-, como mejor nos muestra su crispación, su descreimiento radical, su encono hacia su entorno y su desesperanza en que la expresión misma de ese encono sirva para algo porque la gente es irremediable, incurable.

El libro de Kurt Hofmann, el que en castellano se titula Conversaciones con Thomas Bernhard, es precisamente una pieza fundamental del teatro Bernhard (al sostenido por la propia vida me refiero), de su puesta en escena, de su manera precisa de contarse (y habría que hablar alguna vez de cómo su traductor al castellano ha sabido rescatar el tono de esa voz inimitable porque sin él Bernhard sería humo). Ahí en esa deriva, que a veces tiene algo de delirio sonámbulo, es donde aparece un genuino Bernhard exasperado, irritado e irritable, lúcido, maníaco, que corre el riesgo de mostrarse así o que quizás a esas alturas ya no corre riesgo alguno, ya no hace sino interpretar el papel que el público, su denostado público, el que lo mismo le apludia que se le amotinaba pidiendo su cabeza, le ha reservado en la pieza. El público se sentiría defraudado además si no interpretara ese papel. El público, su público, es un avestruz que todo lo digiere.

La impresión de lectores que sacamos es la de que nos encontramos ante el combate de alguien que va a la conquista de la propia vida, un combate contra la muerte, un combate también por ir en dirección contraria –que es por cieto uno de sus leitmotiv más significativos-. Bernhard avisa una y otra vez, de manera visionaria casi (y en esa forma ansiosa y quebrada de expresarse tiene que ver con el verbo celiniano) de que uno corre siempre el peligro de desaparecer.

 

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HAY lugares donde no se puede hablar de la ciudad más que como ordenen quienes en ella mandan o sus mamporreros o quienes aspiran a ser de algún modo, alguna vez, aunque sólo sea durante un rato, beneficiarios de ese pesebre que no cesa, al pesebre oficial me refiero. Las ciudades, sus habitantes, nosotros mismos en su espejo, comprometidos asuntos para llevarlos a los papeles y seguir después andando por sus calles como si tal cosa, como si no pasara nada.

La ciudad, a la propia me refiero, es un asunto literario delicado, porque levanta ampollas. Siempre habrá alguien que sabrá mucho mejor que vosotros, que la habeis padecido, cómo hay que escribir de ella, qué es lo que hay que ponderar y qué es lo que hay que silenciar, como es en suma, lo que ya parece un abuso de campeonato. Nada es como lo recordais, todo eso es parcial, subjetivo, producto de vuestros fantasmas, y vaya que si lo es.

La gente, además, no se gusta cuando aparece reflejada en nuestro espejo de papel. La gente está acostumbrada a pegar empujones y a exigir que quien los recibe debe por principio callarse, aguantarse, no rechistar, hace como si sí, cuando es no. De esas tensiones brutales están nutridas muchas páginas de Thomas Bernhard, empezando por las directamente autobiográficas. Ahí su fuerza seductora.

<<A nadie se le ocurría describir dónde vivía y dónde había crecido y aquello de lo que sabía realmente algo>>, dirá cuando se pone a la tarea de contarse en su escenario de toda la vida. Pero es que al lector le trastorna, le turba, esa subversión de lo que él también conoce y ha vivido y ocasionalmenet ha padecido, lo admita o no, y calla por principio.

Es como si a la ciudad se le debiera algo, como si por el hecho de haber nacido en la cuadrícula de sus calles hubiese que estar callado, a merced de las conveniencias o las convenciones sociales, a merced de las leyes que vayan dictando quienes en ella gobiernen, de manera abusiva siempre, sin excepción (al menos por lo que a nuestra vida más propia, más privada, se refiere). Bernhard en sus páginas directamente autobiográficas o en aquellas otras en las que estas están inspiradas directa o inderectamente, nos muestra lo contrario, que sí se puede hablar de esa especie de claustro materno –Céline lo hizo antes que él refiriéndose al pasaje parisino de Beresinas/Choisseul y a su venenosa luz de gas-, y hablar con libertad y desverguenza, como nos de la gana, sobre el dechado de lo vivido, le guste o le deje de gustar a la ciudad y a sus habitantes. Es un reto en toda regla, un reto que tiene sus gajes, claro, y el tener problemas de convivencia no es el más grave. Los lugares más importantes en la vida de un hombre son aquellos donde se nace y donde se muere (le dirá Bernhard en Madrid a Krista Fleischmann). Lo dijo en una ciudad extraña, en Madrid.

¿Se padece una ciudad o se padecen sus habitantes? Más bien lo segundo. La ciudad no es nada, es, como mucho, un paisaje. El paisaje como patria es una idea del suizo Ramuz, el paisaje como antipatria, como un lugar del que escapar a la carrera, es una idea no expresada del propio Bernhard, pero si desarrollada de manera casi obsesiva. El paisaje, el decorado más próximo, esa arquitectura tras la que se esconden los habitantes, los figurantes del guiñol del que formamos parte, es el muro de las imprecaciones, es lo que nos es necesario porque forma parte de nosotros y a la vez nos resulta repulsivo, dañino. Y eso que Bernhard acusa directamente al clima de Salzburgo de ser el causante de todas las enfermedades y de todas las taras psíquicas y morales que aquejan a sus habitantes. <<Esa región no hacía más que pesar cada vez más despiadadamente sobre su alma y sobre su cuerpo>>, dice de la región de Salzburgo a propósito de su amigo Paul Wittgenstein. Volverá una y otra vez sobre ese clima que sabe dañino.

Pero más que un clima, más que un viento dominante o una temperatura que acaba siendo, eso sí, temperatura del alma, en la ciudad, en el paisaje más inmediato del escritor, hay habitantes, hay gente dañina, gente con la que nos cruzamos (que él se cruza y así nos lo muestra) en esa época en la que más indefensos estamos, la de la infancia y adolescencia: parientes, educadores, policías de toda laya, políticos, curas, y más curas, católicos, claro, nacionalsocialistas, esto es, nazis, tenderos, gente, él lo dice, él habla de cómo le fue en la feria, de cómo le fue la farra, gente, digo, que está dispuesta a todo con tal de arruinarnos la vida, de destruirnos, de destruir en nosotros lo mejor que tenemos, de hacernos la vida por completo imposible, sin darse cuenta de que un día podemos abrir la boca, podemos hablar clara, directamente, y cometer entonces, al decir de Thomas Szasz, el peor de los pecados: el de hablar claro. Hablar claro, directamente, de nuestra pequeña verdad referida a nuestro entorno, al margen de las convenciones y las conveniencias, sin otra piedad que la necesaria para sobrevivir: esa fue la rebelión de Thomas Bernhard.

Hablar claro de la propia ciudad es algo que a la postre resulta imperdonable. Por eso el escritor prefiere hablar de la propia ciduad como está mandado, como Dios manda quiero decir, con la diócesis justa de costumbrismo y de arrobo tan lírico como lelo, con su toquecito de erudición y su bucle metafísico (¡Oh! De Chirico, buen pesebre, bueno), sin meterse en mayores honduras, en más berenjenales (a no ser que paguen por ello). El escritor hace lo que no hizo nunca Bernhard: postalitas, pijaditas, bobaliconerías, costumbrismo. El escritor procura no hablar de la ciudad ni mucho menos de sus habitantes. Y Bernhard habló de sus cafés, de sus colegios, iglesias, conventos, hospitales, calles y hoteles particulares, asfixiantes casas de vecindad, palacetes y casas mugrientas. Sus escenarios son diversos, plurales hasta decir basta. Habló de los escenarios, y habló, largo y tendido, con precisión de entomólogo a veces, de caricaturista a la Daumier, con las aceradas palabras que hubiera empelado Karl Kraus, de sus habitantes, de los figurantes del guiñol más o menos burlesco que acabó poniendo en escena, hablo de su pulule, de sus manías y de sus taras, de sus rasgos groseros, intimos, coloreados a la Grosz.

Cuando habla de los habitantes de la ciudad –Salzburgo y Viena- que no le gustan, que le resultan repulsivos (el adjetivo es muy de Bernhard y muy a tener en cuenta), habla de una parte suya que no le gusta, obviamente, se acerca, él, que nunca fue nada del todo, snob, a la pequeña aristocracia local, a quienes pintan algo en la vida pública de la ciudad, para denostarlos luego. Bernhard es el mirón de sus salones (y ocasionalmente alcobas), clava a los figurantes en el acerico de su memoria, como insectos que más tarde diseccionará. Así es como surgen páginas tan tremendas como las de Tala, poniéndose en evidencia, siendo de la cuadrilla: la ciudad, sus habitantes.

La propuesta de Bernhard en ese sentido es clara, es muy clara: hay que hablar de uno mismo de manera cruda, desnuda, sin más apaños que los necesarios par ponerse en escena , y hablar de lo que nos hace y constituye, de la ciudad lo primero –lo hace en las páginas que abren El origen que no tienen en este sentido desperdicio o en ese otro pasaje donde escribe: “Porque todo lo que hay en mí está a la merced de esa ciudad que es mi origen”-, caiga quien caiga, se molesten o dejen de molestar, los habitantes hechos lectores. Lo primero, lo que cuenta, es el lenguaje, es la palabra que nombra la memoria. Lo demás son consideraciones extraliterarias en las que el escritor que caiga en la trampa de la basolución papal perece sin remedio. La única victoria, pírrica si se quiere, es la memoria, su ejercicio.

Bernhard nunca dejará de ser imprecatorio con respecto a la propia ciudad y con respecto, digamos, al origen (El origen es su libro aunque se refiera a otro origen), a su origen, social, familiar. Se irá, pondrá la distancia necesaria, pero volverá, lo escribirá de una manera y de otra, nunca será suficiente, pero al fondo siempre estará la ciudad, las borrascas fudnacionales. Y eso es lo que de verdad cuenta.

Para Thomas Bernhard estar en pugna con la ciudad, contra la ciduad, aceptarla como una enfermedad moral e incurable, es también una forma de estar vivo, de salir de la abulia espiritual (eso dirá en Los comebarato). La ciudad que con el tiempo lo que hace es levantar monumentos a los rebeldes o ponerles placas de mármol en los muros de sus casas. La ciudad digiere, manipula, premia a los rebeldes, los hace materia de sus discursos pomposos. Para que callen, para que no sigan diciendo, para aligerar las páginas más duras, para escamotearlas a sus más pánfilos habitantes. Y contra eso también se rebeló Bernhard. Hizo lo que pudo para hacer efectiva su rebeldía. Al final reclamó una tumba sin nombre y desposeyó a su país de poder disfrutar de su obra literaria. No hubo ni cura ni absolución ni armisticio. Toda una lección, todo un reto.

*** Artículo publicado en República de las Letras, Nº 74, Primer Trimestre, Madrid, Año 2002, pp. 177-183.

 

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