Manual del jardinero en casa

 

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A nuestro Moratín, el que apostilló con fortuna y humor chispeante la relación del Auto de Fé celebrado en Logroño en el año 1610 contra las brujas de Zugarramurdi, le debió de entusiasmar el Cándido de Voltaire porque la traducción que corrió con cierta fortuna las librerías de la época, y fue perseguida, era suya. Tal vez entonces el libro tenía un algo de corrosivo panfleto que hoy se nos escapa. A cambio el libro tiene una actualidad tan curiosa como indiscutible.

     Cándido es un libro que ha concitado el entusiasmo de los lectores de espíritu más libre y a la vez más escéptico, y el encono de quienes, ellos sí, no pasan de ser unos falsos cándidos, falsos optimistas y más falsos ilustrados, usurpadores del nombre, porque en realidad son tartufos. Tengo para mí que quienes lo detestan lo hacen porque de una parte la burla acerca de las perfecciones del mundo es más que evidente y lo pone en solfa, y por otro la afirmación de la individualidad es igualmente sólida, indiscutible, y resulta detestable a los aficioandos a pensar y actuar por cuenta ajena. Las dos, sin embargo, resultan ejemplares, estimulantes, contagiosas a quien aspire a construirse una identidad libre.

Ahora, eso sí, se entiende mal el encono que suscitaba la novela, se entiende mal porque es una denuncia expresa de atropellos reales relatados con la falsa inocencia del más falso ingenuo. Deberían concitar la simpatía de quienes aspiran a la justicia, pero no, al contrario, las conveniencias y convenciones sociales hacen de las suyas, son malos vientos para marear. Voltaire a la edad en que escribe Cándido (1759) de ingenuo no tiene nada, su curiosidad y su fogosidad intelectual le han llevado realmente lejos. Hoy se nos aparece como un descreído nada desganado, un bulímico vitalista, un hombre pletórico dotado de una curiosidad y un apetito intelectual inaplacables, un autor lleno de fuerza, de alegre franqueza, dotado de un envidiable poder de llamar a las cosas por su nombre, de un contagioso espíritu de justicia, fraternidad y clásica piedad.

Cándido es y no es un pardillo, es un ingenuo y a la vez un hombre que no carece de temple, como no carece de ese repulsivo espíritu deportivo que permite a unos encajar las derrotas y a los más fuertes propinar muy serios empujones. Uno no llega a saber si Cándido hace de piedra imán del desastre o si va a su encuentro como un entomólogo de las desdichas, fundándolas incluso.

Veamos algunos de los desastres que acumula Cándido en su vertiginoso viaje: patadas en el culo por enredar donde no debía, trabajos militares obtusos y abusivos (valga la redundancia), desamparos de terremoto, tormentos inquisitoriales, prejuicios de casta y clase, esclavitud, estafas, azares, engaños diversos… Cándido, es víctima y es testigo privilegiado, acumula un exhaustivo conocimiento de la estupidez y la perversidad de la que son capaces de desarrollar sus semejantes, pero no desmaya, no se deja, no deserta, no abandona las enseñanzas de su inolvidable maestro Pangloss: “las cosas no pueden ser de otro modo que son; porque habiendo sido todo formado para un fin, todo es y existe necesariamente para el fin mejor”.

No es que Cándido soporte los desastres de buen grado, sino que no le queda más remedio que soportarlos porque todos tienen su lógica, son piezas ineludibles del rompecabezas que componen el preciso dibujo (desternillante a veces) del mejor de los mundos posibles, donde reina el orden y la quieta armonía de las cosas. Burla volteriana o no burla, el panorama es desolador, pero a nada que uno se ponga a ello, puede trazar otros de parecido alcance. A la Inquisición del tiempo de Voltaire, a cuyos estertores asistió Moratín, le han venido tomando el relevo sucesivas inquisiones de otros pelajes no menos venenosos: racismo, pensamientos únicos, prohibiciones de una eficaz libertad de conciencia…; de los empujones del más fuerte, del desorden de los que detentan el poder (el orden), de la explotación de unos sobre otros y de los engaños sobre los que se basa la trama social mejor no hablar. Hay espacio de sobra para el trabajo de campo de los más rudos optimistas.

Y después de ese catálogo de desdichas sucesivas -con parada y fonda en la utopía del Dorado- Voltaire cierra su Cándido con uno de esos finales rotundos que sólo nos regala la mejor literatura y que se ha hecho muletilla común de los malos tiempos. Después de hacer resumen de tan desastroso viaje -viaje inciático, viaje de conocimiento o de desconocimiento del mundo-, una vez reunida la deteriorada tropa, nos invita animoso a cultivar el propio jardín (huerto). Pero la de Cándido no es una invitación senequista, no es la acomodaticia decisión tomada por quien no le queda más remedio, porque Cándido puede hacer resumen y balance del desastre y dejarse llevar por todos los diablos y barbotar insensateces contra el cielo y la tierra, abandonarse a la desesperación, frustrado en sus aspiraciones, en sus sueños o en sus empeños, ya sean estos materiales o de corte fantástico, Cándido puede dejarse fascinar por la oscura mirada del ángel de la melancolía, pero escoge otro camino, el de la construcción del propio mundo, del mundo a la medida de sus manos. Cándido después de tantos empujones recibidos, en la lejana Constantinopla -esa lejanía de la cordura– se revela de un ejemplar entereza, y eso que la jardinería, al decir de Thomas Bernhard, cría mucho tío loco, tal vez por lo que tiene en la práctica de empeño obsesivo.

El cultivo de un huerto (jardín) exige mimos y cuidados constantes, exige estar en lo que se celebra, exige poner la mano, exige construir, ejercitarse en la destreza, ser paciente y minucioso, vencer a la naturaleza para que esta entregue sus dones. En esto Cándido tiene un cierto parecido con Robinson Crusoe, a quien no le queda más remedio, para no naufragar doblemente en la soledad, el desamparo y la desesperación, que ponerse al tajo y hacerse industrioso (salvarse) y dejar para mejor ocasión el ser un cuco hombre de negocios.

El voto de Cándido es a todas luces (porque de luces se trata en este libro trepidante) a favor de la entereza cuando de adversidades se trata. Por eso tiene mucho de manual para depresivos y para apocados, por eso se sostiene en el tiempo sin una arruga.

Gorritxenea, junio de 1999.

Prólogo a la edición de Cándido, de Voltaire

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