“Joseph Conrad y los vagabundos de las islas”

import_15846014_1 LA imaginería de la biografía de Joseph Conrad está relacionada, al menos en la superficie con dos asuntos que resultan poco menos que antitéticos. Por un lado con una vida esencialmente aventurera o cuando menos de acción, en cuyo fondo late la siempre amarga poesía del mar, los clípers y sus tripulantes, los marinos de altura, las grandes travesías, el romanticismo de la exploración geográfica y científica, los vapores que hacían las carreras de ultramar, doblaban el mítico cabo de Hornos o iban más allá del canal de Suez, de donde, era fama, venían los siempre embriagadores perfumes de la aventura, los de las lejanías y el Fuir, fuir la bas, las cartas de marear, los mapas de lugares remotos, las litografías exóticas y toda la cacharrería de los shipchandlers y el opio, claro… Exotismo, sí, pero siempre al servicio de los negocios y el expansionismo del imperio británico, a los abusos y horrores de la barbarie colonialista, belga, sí, como en El corazón de la tinieblas, holandesa como en todas su páginas que traten de las Célebes y el Índico, pero también inglesa, qué duda cabe, así se tenga a su cultura una devoción rayana en la idolatría.

Al fondo o detrás de esa galería de estampas tan convencionales como sentimentales y retratos de lo vivido y bien vivido, de las cosas vistas, está la famosa aventura que un profesional de este espinoso y muy literario asunto, dijo que se reducía a una cuestión de paga, aunque en su fondo latiesen otras cuestiones, otras incomodidades y desazones más profundas.

A Joseph Conrad se le relaciona con unos mapas ya en desuso, pálidamente coloreados, que todavía ostentaban territorios ignotos, sin levantar (como el Congo de su época en los mapas que usó el mismo Stanley), con unos mares, los de la China, las Filipinas, el Índico o la Malasia que, al menos en los papeles, frecuentara otro galeote de la pluma, Emilio Salgari; mares en los que hasta hoy mismo la piratería es un hecho y la navegación un asunto comprometido, y que siguen suministrando materia, al parecer inagotable, para páginas literarias de mejor o peor fortuna.

Allí lejos, la genuina geografía de Conrad, todo era posible, todo se hacía misterioso, impenetrable y las normas y leyes occidentales, los principios morales que parecen sostenerlas, los sólidos prejuicios de casta y raza, y las convenciones sociales más sólidas, se difuminaban hasta hacerse, ellas sí, de verdad enigmáticas. Allí lejos se corría el peligro de la pérdida de la identidad y de padecer el desarraigo como una enfermedad.

De otra parte, las imágenes que nos han quedado de Conrad y que por el contrario de lo que sucede con las anteriores no han dejado páginas literarias relevantes, es su vida como escritor en la relativa reclusión de la amable campiña inglesa, el condado de Kent o Essex, donde tuvo varias residencias y donde llevo una vida doméstica casi del todo libre de sobresaltos a partir de 1895, año de su matrimonio con Jessie George y de la publicación de La locura de Almayer, alentada por uno de sus mentores literarios, Galsworthy.

StateLibQld_1_143479_Joseph_Conrad_(ship)Esos años, esa nueva vida, dedicada a la escritura febril y trabajosa de sus novelas, apenas han dejado testimonios literarios (las dotes de autobiografía estricta de Conrad no fueron muy brillantes: a Crónica personal le falta franqueza y le pesan los prejuicios y las convenciones, es decir, verdaderas ganas de contar por lo menudo la propia vida). A Conrad le acuciaba la necesidad de contar episodios significativos de su propia vida, pero era incapaz de hacerlo sin recurrir a los alter egos. Este detalle me parece relevante en alguien que sostuvo su literatura en su propia vida, en las cosas vistas, en el repaso del poso que estas habían dejado en él y en el análisis del carácter y la personalidad de quienes se habían cruzado en su camino.

Por un lado, pues, es la inquietud de la aventura o de la errancia, la embriagadora atracción de esa vida más intensa que está siempre en otra parte, y por otro el trabajo de forzado, a parado, con una literatura que se le resistía –no en vano lo hacía en una lengua que no fue la suya más que de una manera tardía– y con la que tardó en cosechar un éxito algo más que regular. Esa escritura trabajosa revela a un Conrad empecinado con ese nuevo destino escogido como antes había escogido el de marino, viniendo de una tierra que no tiene (como él mismo se encarga de relatar en Crónica personal) tradición alguna marinera. Esa escritura era un logro en si misma, fruto del tesón y la disciplina, casi más que del genio literario.

Yo veo al lector de Conrad rodeado de toda esa cacharrería del alma de la que gustan rodearse las gente del mar que lo han abandonado –asunto este que ha sido llevado a la pintura con bastante fortuna-: caobas relucientes, tekas, metales bruñidos, maquetas de barcos, reliquias de allá lejos, siempre el la-bas de Baudelaire como un ritornello, porque así vi al primer lector de Conrad que conocí; un lector por devoción que lo leía casi como quien lee un breviario. Cacharrería propia de ambientes cálidos y acogedores donde la conversación, arte al que Conrad tuvo devoción y sobre cuya trama teje sus relatos, brota al parecer sin esfuerzo alguno. Aquel lector era uno de tantos marinos que en la literatura recuperan el gusto por un mundo el de los grandes veleros de cuatro y hasta cinco mástiles (clíppers del nitrato) a cuyo fin asistieron a finales del XIX y en la primera mitad del XX; por no hablar de la fantasmagoría y las leyendas generadas por la Guerra del Opio.

Hay un Conrad que en fecha incierta, hacía 1877 en todo caso, hace contrabando de armas para los carlistas hacia los que muestra una simpatía basada en el romanticismo, aunque advierta un peligroso comunismo, una ideología hacia la que tuvo una particular antipatía; hay un Conrad juvenil, y hay otro, más raro, más reconcentrado, que retirado en la campiña inglesa se dedica a sus obras más prolijas, una detrás de otra además, como si le fuera la vida en ello. Hay uno que viaja y hay otro, que es el mismo, que vuelve sobre la huella de los propios pasos con la intención de comprenderlos de una manera cabal, de viajar al oscuro corazón de lo vivido, al porqué de las cosas, casi siempre turbadoras, vistas y guardadas en la memoria, al secreto de la condición humana de quienes se ven confrontados a si mismos y puestos a prueba por la fuerza de las circunstancias.

Puede pensarse que la literatura de Joseph Conrad está hecha para viajeros inmóviles, esteticistas y sólo eso, pero nada menos cierto. Quien no sienta inquietudes morales dudo mucho que encuentre atractivos en la literatura de Conrad, que logre representarse el drama de los destinos desplegados en sus páginas. La literatura de Conrad es la que atrae y fascina a André Gide, su traductor al francés cuando la descubre (hacia 1912) aunque al final le aburra (ver las anotaciones de su diario del año 1943, las referidas a Chance y a Romance, por ejemplo) y a Bertrand Russell.

La de Conrad no es sólo una literatura de marinos o de aventureros pasivos, una literatura que al menos al otro lado del Atlántico ya había dado libros espléndidos (los de Melville, el Gordon Pym de Poe y ese extraordinario de Dana Dos años al pie del mástil que se leían con fruición en la Inglaterra victoriana por no hablar de Stevenson y de Kipling) y que ponderaban los valores educacionales de la dura escuela del mar y toda la faramalla. En su mundo literario late algo por demás inquietante: los vaivenes de las almas de sus personajes y del mismo autor, sus zozobras interiores, el enfrentamiento o acoplamiento fundamental del individuo, de la persona con el mundo, la búsqueda de su lugar en el mundo y sus zozobras interiores, su climatología. La suya sigue siendo al día de hoy una literatura de conflictos morales, en la que las fuerzas de la naturaleza cumplen también un papel muy preciso y son un motivo de reflexión constante: la oscuridad exterior es uno de los motivos más recurrentes de sus relatos. La persona enfrentada a la oscuridad, en ella mecida, por ella amenazada.

Joseph Conrad es y no es el cantor de la aventura, ni siquiera de la errancia. Es el escudriñador de los problemas morales que aquejan a quienes por azar, propia voluntad o falta de ella, golpe del destino o fuerza de las circunstancias se encuentran en un ambiente hostil (todos) abandonados poco menos que a si mismos. Así se muestra tanto en La locura de Almayer, como en Freya la de las siete islas como en su lord Jim. Son los ambientes hostiles los que cuentan, otros no los hay y si los hay acaban siendo escenarios de la desdicha. Y cuentan en la medida que es ahí donde se desarrolla el combate o lo que queda de él.

Lo que si cabe sostener, porque creo tiene una importancia decisiva al dar sentido al ejercicio de la escritura como explicación y fijación de un mundo moral, es que en Joseph Conrad hay una íntima relación entre vida y obra, es decir, que los episodios de la propia vida, cuando menos la que llevó al comienzo, errabunda, desorientada, en búsqueda de un destino, viajera, más bien al buen tuntún, mientras sirve de una manera o de otra en distintos buques de la marina inglesa, en la que hizo una rápida carrera de marino, fueron el pretexto de sus relatos, le suministraron los escenarios, los episodios concretos y sus muy precisos protagonistas. Conrad encontró en su camino personajes de verdad fuera de lo común, convencionalmente novelescos, como el explorador y patriota irlandés Roger Casement, amigo suyo, aunque se negara a solicitar para él clemencia cuando iba a ser ahorcado por traición al corona. Episodio este claro u oscuro, según se mire, en la vida de Conrad y que habla de sus firmes convicciones morales, patrióticas (por hacer algo de psicoliteratura de barbecho), aunque igual habría que hablar de aquello que hablaban nuestros clásicos: de la inconstancia del coraçon humano.

La obra de Conrad se nutre claramente tanto de sus peripecias vitales como de sus borrascas interiores, y está impulsada por una firme voluntad de poner en claro ideas que le eran muy queridas y que le sostenían. Conrad no nos aparece en el espejo de papel, o entre las líneas de lo escrito, como un jovial o entusiasta vitalista, que va a comunicar a su lectores una inmediata confianza en si mismos, y en la vida, sino como alguien sombrío, oscuro, atormentado, que a veces cae en la tentación de expresar de manera rotunda e inequívoca su angustia y su convicción de que todo, empezando por las ambiciones, carece del más mínimo sentido y está condenado al desastre: «mientras más se arriesga uno en la vida, mientras más cosas se intentan, más se convence uno de que todo es en ella vacío, vulgar y limitado». Y sin embargo no hay que desertar. Eso jamás.

De sus navegaciones Joseph Conrad sacó una nutrida y abigarrada galería de personajes mayores y menores, a menudo esbozados con un trazo certero de retratista al minuto («rostro de cabra mustia») y en otros casos apenas disfrazados. Sus primeros lectores, a los de Almayer y Un vagabundo de las islas me refiero, se reconocían (peliagudo asunto este) en las páginas escritas y le pedían que continuara contando sus aventuras, sus vidas. Es probable que casi todos se vieran como los blancos, vestidos de blanco de la cabeza a los pies, que repasan la marcha del mundo y sus habitantes media docena de peldaños más debajo de la veranda del hogar donde sestean.

Y es que sus primeros y más atentos lectores fueron precisamente los «vagabundos de las islas», aquellos que por aparente capricho torcían el rumbo del destino. Otro cualquiera habría recurrido al celebre y muy literario cafard que alienta los comportamientos más o menos pintorescos de los héroes de la novela de aventuras, y se habría quedado en ese pantano literario detenido confiando en que el nombre diciendo poco, lo diga todo. Conrad va más lejos, Conrad bucea una y otra vez, como si no lograra nunca explicárselo del todo en esa inquietud, en ese desasosiego que acomete a aquellos de los que como él andaban de un lado a otro, eran culos de mal asiento, en busca de un destino, de su destino, huyendo de él, buscando su lugar en el mundo, en ese vaivén que va del arraigo al desarraigo, abandonándose con violencia a sus pasiones oscuras.

Ahí, sí, ahí, además de pintar de manera admirable y asombrosa los precisos escenarios de la errancia, logró dibujar con maestría unos personajes desarraigados, por supuesto, pero en busca de arraigo o cuando menos de algo que se le parece, que casi siempre llevan al hombro un pesado equipaje de sueños malogrados junto un difusa necesidad de redimirse que acaba concretándose en nada o en poca cosa.

Los «vagabundos de las islas» han dejado de ser lo que fueron alguna vez o han dejado de intentar ser lo que se esperaba de ellos o lo que quisieron ser. Al fondo de la trama oscura de sus vidas siempre late el deseo, la necesidad de ser algo, la dignidad, el honor, el comportamiento intachable, el valor… toda la espesa tela de araña de los valores morales en cuyo seno se debaten los personajes de Conrad sin que, fracasados o triunfadores, cuando menos en apariencia, acaben encontrando sosiego y acomodo. Un misterio en apariencia insoluble que tiene que ver con la Naturaleza y con sus fuerzas. Nadie está a salvo, ni siquiera escribiendo en el retiro de la campiña inglesa. En cualquier momento la inquietud puede llamar a la puerta.

En Freya, la de las siete islas, es donde dice de uno de esos vagabundos que era «un hombre absurdo, enajenado y atormentado». Y esa calificación definitoria aplicada a Jasper, el dueño del bergantín El Bonito, es válida para todos los que aparecen protagonizando dudosos episodios de desdicha irremediable. Las variantes y diferencias son mínimas, circunstanciales. Todo lo demás, los exóticos parajes, el color local que tanto relumbre dan a la aventura, quedan en un muy segundo plano. Siempre puede la espesura: la de la selva, claro, la de la noche, la de la tela de araña.

Y es en La línea de sombra, donde Joseph Conrad, por boca de su capitán Gilles, senequista que preconiza una sabia indiferencia hacia las cosas, buenas o malas, y contradiciendo la inutilidad del combate expresada en otra parte (y aquí está la tensión narrativa de Conrad su riqueza) dice algo que vale como una inmejorable enseña moral porque incluso es más un deber que un propósito: que todo se reduce a una cuestión de una lucha constante y necesaria contra los errores, la mala suerte y la propia conciencia. Con esta frase casi está fundando el mundo moral sobre el que se escribe su literatura. No hay personaje de Conrad que no luche contra esos imponderables, el mismo Conrad lo hizo, y mucho me temo que también sus lectores, los que van algo más lejos que los mapas del anticuario de marina y la cacharrería exótica… los que abandonan esa lucha son los «vagabundos de las islas».

Es así como la literatura de Joseph Conrad está poblada de vagabundos, de marinos o no que sienten de pronto un golpe de cálida locura, que llegan un día, por las derrotas de los mares de Asia, encantadores, emprendedores también, soñadores, que frecuentan clubes siendo «uno de los nuestros», y aun teniendo origen plebeyo son porque así se comportan, intachables caballeros del imperio (el aristocraticismo de la conducta es otra de las constantes de Conrad) o poco menos, o cuando menos en proa de serlo alguna vez, y luego se echan, desfallecen –ese recorrido vital es una de las cosas que más le interesaban a Conrad-, caminan por una frágil corteza, en cualquier momento ese terreno puede quebrarse y revelar su naturaleza destructora.

De pronto algo sucede, algo inexplicable, no hay deber que valga, ni sueños, el viento rola, las pasiones cambian de ruta, el honor se pierde, sobreviene la culpa, y esos desdichados hacia los que los demás, sus iguales, sienten una turbia compasión, dejan de ser lo que eran para convertirse en eso, en vagabundos, y sobre todo en blancos que dejan de ser blancos. Insistirá mucho Conrad en ese aspecto. Se ve que esos personajes le atraen tanto como le repelen, que la compasión que sienten otros personajes, testigos de esa perversión, dirá, de esa enfermedad moral culpable, es la propia compasión, de muy corto alcance, al borde siempre de la repulsión y el desprecio. Han jugado y han perdido. Lo siente, pero no siempre lo dice, se demora en circunloquios (será Marlow el mayor especialista en darle vueltas a los destinos ajenos), en el examen de las causas y las consecuencias, sin llegar nunca del todo a desentrañar el enigma. Con Conrad de la mano llegamos a sospechar que no hay perdón posible, ni misericordia verdadera, ni reparación tampoco. Con Conrad de la mano es fácil llegar a orillas de verdad vertiginosas.

Pero es que nunca admitió Conrad el abandonarse a la propia naturaleza, a los impulsos más primigenios, a ese conformarse con la propia naturaleza del que habla Montaigne cuando aclara para rematar la faena «Y más no puedo hacer». Eso no va con él, ese conformismo (aparente e irónico en el caso que acabo de citar) con las propias limitaciones no va con él. Conrad creyó más bien en lo contrario, en las normas caballerescas –representadas por el imperio británico y por su marina más que por cualquier otro país y grupo social, haciendo de ellos una raza aparte-, en el esfuerzo por vencer a esos demonios íntimos reflejados en las oscuridades de las tormentas.

Por eso repasa una y otra vez tanto el motivo como el día a día que les convierte a gente común en hombres incapaces de distinguir el bien del mal y que se abandonan a sus oscuras pasiones, que «encallan», por emplear una expresión que empleará Conrad más de una vez. Como por ejemplo cuando se refiere a gente como ese Jacobus, en Una sonrisa de la fortuna, que pierde la cabeza por una domadora de circo que llega a un isla lejana y tras la que el colono sin tacha lo abandona todo y sigue al circo por lejanas tierras cayendo en la «abyección», otra palabra del genuino vocabulario de Conrad, una abyección nunca descrita –como tampoco acaba nunca de describirse por lo menudo los extremos de horror a los que ha llegado Kurtz-, siempre exorcizada desde lejos. «No tenía la suficiente fuerza de voluntad para librarse», dirá de ese Jacobus, pero ese juicio es aplicable a todos los que han dejado de ser blancos.

Jacobus es uno de tantos, uno de los muchos derrotados (pero protagonistas indiscutibles de las conversaciones del tedio tropical) que componen el fresco de Conrad, espejos particulares sobre los que volvió una y otra vez, no porque le interesaran especialmente, no porque intentara con sus palabras rescatarlos de ningún nimbo revelando gestos de su oculta grandeza, sino a modo de un muy preciso aviso de caminantes que a su propia conciencia atañía.

La primera y gloriosa frase de Un vagabundo de las islas es muy reveladora de las tormentas y zozobras, y de la soledad esencial, que acometen a esos vagabundos que aparecen así nombrados (nunca como aventureros), a lo largo y ancho de las páginas conradianas: «Cuando abandonó por primera vez en su vida la estrecha y rígida senda del deber, lo hizo con el sincero propósito de volver al camino de la virtud tan pronto como aquella extraña excursión hacia el Mal hubiese producido el efecto deseado». Los personajes de Conrad destruyen sus vidas por inadvertencia, por descuido, por caer en la tentación de dejar su deber a un lado, aunque sea momentáneamente, de ser desleales a sus principios y a sus propios sueños, por no saber regresar a un territorio más firme, como si todos, los peores enemigos al cabo de si mismos, obedecieran a aquella extraña maldición de Chamfort en uno de sus muy ácidos aforismos: «Yo, sin mí, que bien me portaría». Pero eso sí, hay que rastrear mucho para encontrar una línea de humor salvífico en la obra de Conrad. La verdadera ironía no fue lo suyo.

Los aventureros, ganadores siempre a su modo, suelen ser gente sin escrúpulo alguno porque muy pocos hay que tener cuando se sabe que esa, la aventura, es una cuestión de paga y sólo eso, pero en Conrad el aventurero es un granuja que sirve de pretexto a las conversaciones de los intachables caballeros del imperio sólo en apariencia ocupados en el cumplimiento del deber, el verdadero aventurero que por serlo es blanco hasta la médula, explota también a su modo a los pobrecitos soñadores, los vagabundos que encallan, demasiado ocupados con su culpa y sus pejigueras del alma para darse cuenta del alcance del desastre.

En el fondo de todas estas pugnas morales late algo más que mera literatura. Bertrand Russell, que fue un admirado amigo de Conrad, señaló algo muy importante referido a su mundo moral, cuando dejó dicho que este tenía perfecta conciencia de las diversas formas de apasionada demencia a que se sienten inclinados los hombres y era esto lo que le daba una creencia tan profunda en la importancia de la disciplina: «El hombre se parece deplorablemente al mono por la inestabilidad de sus emociones», dirá sorprendentemente Conrad al hablar de los vaivenes furiosos que acometen a uno de sus personajes. No es un darwinista el que habla, porque dicho sea de paso, los secretos de la naturaleza no fueron lo suyo, sino el caballero que ve representado en el simio todo lo que detesta. Ahí aparece un rígido y antipático o cuando menos poco simpático, moralista. Los vientos sociales, políticos y vitales de los individuos parece que han venido rolando en otra dirección. Y sin embargo… sin embargo en el corazón de esas páginas siguen aguardándonos unas perplejidades y unas oscuridades que despiertan en nosotros ecos dormidos o simpatías especulares, e íntimas y secretas certezas.

Un tipo de disciplina que el autor de ese libro excepcional, de ese breviario de aturdidos navegantes que es La conquista de la felicidad proclama que es una forma de liberarse de las más íntimas ataduras, de ser de verdad libre, de no abandonándose a los propios impulsos, «sino sometiendo el impulso descarriado a un propósito dominante». Es decir que además de los exorcismos morales, hay un proyecto ético, solitario, individual.

Russell se acercó a Conrad con una gran perspicacia –lástima que su traductor al francés, André Gide que en su diario deja abundantes muestras de preocupaciones morales no llegue ni con mucho tan lejos como llega Russell-, aunque no tuviera fortuna al augurar el olvido en que iba a caer, que ya estaba cayendo sobre Conrad en los años veinte, porque su prestigio literario no ha hecho sino crecer. Otra cosa es que tenga lectores, porque es precisamente el rígido mundo moral de Joseph Conrad el que está en franco descrédito. Y como literatura de la mera aventura es impracticable.

Las coordenadas del mundo moral en el que se mueve Conrad son las de la soledad y la decadencia, casi siempre imparable e irreparable, la lucha contra la adversidad, el enfrentarse con aquello que nos resulta extraño, por completo ajeno, enemigo, un medio hostil que es tanto exterior como interior, que puede ser tanto la selva, como el mar o la Naturaleza a cuya fuerza y merced queda uno, como puede serlo las zozobras interiores, las borrascas de la conciencia, el sentido de la fatalidad. Son precisamente esos combates los que dan intensidad a la literatura de Conrad.     «El hombre, y hasta el hombre de mar, es un animal caprichoso, víctima constante de las ocasiones desperdiciadas», sostendrá en otra ocasión. Y es que Conrad tuvo un oído muy fino para captar el insidioso susurro de las oportunidades perdidas, ese que pone en tela de juicio cualquier noción de una elemental dicha, y que acomete en sus momento de locura o desfallecimiento más intensos a sus vagabundos e incluso a quienes como él han abandonado el mar y regresado al mundo civilizado y entregado, como él mismo, insisto, a la plácida vida doméstica, engañosamente conformistas, siempre dispuestos a dejarse engatusar por las historias de allá lejos y por sus protagonistas. Oportunidades perdidas y una culpa difusa que lo mismo empuja al arrepentimiento que a la autodestrucción, a echarlo todo a rodar sin remedio ni misericordia.

Conrad explora una y otra vez esas situaciones límite en las que no parece haber esperanza alguna y el individuo queda en solitario, enfrentado a su culpa y a la manera en que esta enturbia el juicio y hasta, sin perdón posible. Todo lo que es irreparable le tienta, precisamente por serlo.

En ese sentido, el personaje más enigmático de Joseph Conrad es a mi modo de ver Marlow. Ese Marlow, sentencioso, algo metiche, que conversa con Stein, el cazador de mariposas, en el centro de la noche, en medio de la selva. Una escena que compone un magnífico cuadro, una soberbia conversation pieces literaria. Y es que en la literatura de Conrad la conversación es uno de los más poderosos motores de sus relatos.

Un buen lector prestaría sin duda atención a los interiores de Joseph Conrad, capaz de describirnos, como si fuera suyo, el interior de un baúl de los que llevaban los chinos que como en Tifón alojaban en las cubiertas de los barcos por sus viajes por el mar de las Célebes, la costa de Macasar o del mar de China o unos interiores asfixiantes donde flota «un olor a coral en putrefacción, a polvo oriental, a muestras zoológicas»; las muestras zoológicas de los coleccionistas de mariposas, como Stein, con destino a los gabinetes naturalísticos occidentales que forman parte de la fauna de ese fin del siglo XIX y de la genuina fauna literaria del autor Lord Jim.

¿Quién es Marlow? No es en puridad un vagabundo de las islas, aunque así quede en parte retratado, ni un culo inquieto que no acaba de encontrar su lugar en el mundo, tampoco es un loco, como Almayer, como Peter Willems o como Jasper Allen y es algo más desde luego que un mero alter ego de Conrad o un truco narrativo que le sirve para interponer entre el narrador y la historia una perspectiva de elegante distancia. Marlow está al tanto de todo, está por encima de todo, no se sabe como, pero se sabe que ha vivido más –ese más vivir está muy presente en todo Conrad-. No es un triunfador ni un perdedor, basta con saber que es alguien entregado a los imponderables de su deber. Marlow está detrás del lúcido y horrorizado relato del Viaje al corazón de las tinieblas y está en Lord Jim, es, de hecho, quien mejor conoce su historia, la verdadera historia, sus motivaciones oscuras, sus enigmas insolubles No acaba nunca de abandonar su postura de espectador. Marlow es un moralista, como también lo es el capitán Gilles de La línea de sombra, y el mismo Conrad. Conrad sin embargo lo retrata como un incorregible charlatán aficionado a contar «poco convincentes experiencias».

Marlow no puede ocultar su admiración por ese lord Jim a quien tacha de ser un pobrecito soñador, pero que no sabe qué hacer con su vida, no sabe cómo redimirse de la culpa que le hace ser un auténtico outsider, casi un forajido, alguien que en al selva busca tanto el olvido como el escondite y así el alivio, como una ocasión en la que probar su verdadero ser y redimirse de la culpa que le atenaza y que le conduce a una inmolación por demás inútil, casi a un suicidio

A Tuan Jim una situación límite le puso prueba y allí fue donde comprobó que seguir una norma ética y moral no es ni tan fácil ni tan claro, que esa línea se puede hacer de pronto borrosa y de que le hombre en su soledad puede ser puesto a prueba allí donde menos se lo espera, que su sentido del deber que por un lado le libera por otro lo zarandea de tal manera que acaba por destruirlo.

Hay un momento curioso en La línea de sombra, un momento de oscuridad y de zozobra, en el que Burns, el segundo de a bordo, aparece en cubierta cuando menos se lo espera, fantasmal en medio de la tormenta, envuelto en un abrigo que le animaliza tanto como el confiere una fuerza teatral y que le espeta, visionario, loco, a su capitán, el propio Conrad en su primer gran viaje con ese mando: «¿A qué esconderse capitán? (…) Lo que se necesita es audacia (…) Atáquelo francamente». En su demencia desatada Burns no se refiere a la tormenta ni a la calma chicha que puede destruirlos, sino a un fantasma, aunque el capitán no vea en la muy precisa amenaza del desastre más que una mezcla adversa de destino y fuerzas de la Naturaleza. Para fantasmas, esos, para maldición esa, la de la Naturaleza, la de la suerte adversa, la de los imponderables contra los que hay que emplear la entereza y la audacia (un aprendizaje que puede costar una vida entera dirá en otros lugares, cuando toca a recordar y a afirmarse en el recuerdo, cuando quien lo dice está a salvo, en un interior londinense victorianamente confortable o en la veranda de un club colonial admitiendo que sus días de andar errante han terminado para siempre).

Eso mismo convienen Marlow y Stein, el inefable Stein, en Lord Jim, cuando se dan cuenta, cuando saben, porque ellos saben, porque están a salvo hasta de sus oportunidades perdidas, que la única manera de luchar contra las adversidades no es ya la de hacerlas frente, sino la de entregarse, arrojarse a su corazón y ser tormenta en la tormenta. A brazo partido. Esos son momentos literarios de mucha intensidad, muy conmovedores. Arrojarse en brazos de la tormenta, pero no para ser destruido por ella, sino para vencer al cabo, para plantar cara a las adversidades, y hacerse fuerte en esa victoria. Ese es para mi uno de los mensajes más rotundos de una literatura necesaria, como fue la de Conrad, casi para poner la propia vida a salvo. Literatura de la propia errancia.

 

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