Las llamadas de Pere Gimferrer

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A Pere Gimferrer le conocí por teléfono hacia 1984. La suya fue una de las llamadas más insólitas que podía haber recibido en aquel momento. Pere era alguien importante, desde hacía mucho además, y yo, y otros cuantos que se lo callan, no éramos estrictamente nada. Además, por entonces, yo había leído sus Dietari (en la preciosa edición de Edicions 62), que fueron una confirmación de un cierto tipo de escritura de artículos de prensa que algunos practicábamos contra viento y marea por entonces. Los suyos, como dietarios, fueron, a comienzos de los ochenta, unos libros de referencia, una invitación a vivir lo cotidiano de manera literaria, novelesca casi. Aquello pasó. Se lo ha llevado por delante un vendaval de mala leche y de patrañas. Queda la literatura.

Pere llamó aquel día porque había leído un libro mío, uno de los primeros, le había gustado, se había entretenido mucho con los personajes y sus trapisondas, y se interesaba por lo que pudiera tener entonces entre manos. Sé que fue cosa suya que aquella novela de un desconocido estuviera entre las finalistas del nacional de literatura de 1985. Nada le obligaba a ello. Nada.

Fue mi primer editor de envergadura y ha sido mi mejor lector (no soy el único que lo dice), minucioso, lúcido, cómplice, curioso de detalles hasta límites insospechados. Que a Gimferrer le gustara una novela tuya era algo de lo que podías estar orgulloso. Yo lo estuve y he venido estándolo de su amistad.

Pere siguió paso a paso la escritura de aquella novela que me traía entonces entre manos, Tánger bar, y no paró hasta que estuvo terminada, entregada y pudimos encontrarnos en su despacho de Seix Barral, en julio de 1986. Hablamos de literatura, sí, pero también de dieta veraniega, y se interesó mucho (no era para menos) por una americana que yo llevaba, que más parecía blusa de tratante valenciano de ganado. Me organizó la visita a la ciudad y me mandó, al palacio de la Virreina a ver un cuadro de Lucien Freud, que ha sido para mi la referencia de algunas páginas sombrías, y al museo municipal, a ver el de los moros de Fortuny, otro libro que no fue fundacional porque para aventurarse por aquellas trochas literarias hacía falta algo más que padecer fantasías esteticistas.

Desde entonces, al margen de que sus libros últimos me hayan parecido muy valiosos, por la mucha ambición literaria que encierran, como El agente provocador, no he dejado de recibir pruebas de su generosidad como editor, como persona y como amigo, así que estas palabras no creo que tengan más valor que el testimonial. Ha hecho por mí mucho más de lo que yo podía haber hecho por él.

Le he visto complicado en situaciones curiosas, desde moverse como un agramontés entre las almenas fules del castillo de Javier, hasta quedarse desconcertado en la acera en una comedia bufa un día, de hace dos años, que fue a presentarme un libro y no acudió ni Dios, ni prensa ni público, nadie, bueno, sí, había uno, Valentì Puig, que no salía de su asombro. El único que parecía estar en su salsa en aquella situación incómoda para todos era Pere que aún trasteó con los micrófonos a ver si funcionaban.

Si escribí o mejor si terminé de escribir Las pirañas y la publiqué en Seix Barral fue gracias a él, porque le bastó leer unas páginas sueltas de borradores (se los mandé desde Leyre, en junio de 1986) para contratarla. Y sobre todo, si pude acabarla, fue gracias a su empuje personal y literario, no sé cuál de los dos más importante, tal vez el primero, porque sin la puesta en claro de algunas cuestiones íntimas, el libro no podría haber sido escrito. Tenías razón Pere, o la tuvo Miró: <<Cada día un poco más lejos>>.

La cubierta con los brujos de Goya fue idea suya, aunque tuviera trastiendas que ni él ni yo conocíamos entonces.

Desde aquella insólita llamada han pasado más de veinte años y hemos tenido cientos de conversaciones telefónicas. A Pere le resulta insólita mi vida y a mí la suya (por parafrasear a Montaigne donde más me gustaría). En esas conversaciones telefónicas ha venido apareciendo un Gimferrer curioso de asuntos en los que muy pocos intelectuales españoles se han de verdad interesado: el nacionalismo vasco, cuyas andanzas seguía directamente por periódicos del País Vasco leídos a diario; el cinéfilo que me dio pistas imponentes que dan de verdad sentido a algunas escenas de La gran ilusión; el hombre curioso de las cuestiones de su tiempo, desde las memorias de Gerry Adams a la estampida migratoria; el boticario de barbecho que conoce esa literatura de prospecto que nos hace a todos los sesos agua; el erudito lector memorioso de rincones de nuestra literatura y también de otras que nunca deja de asombrarnos; el humorista, que lo es, con quien se pueden compartir esos lances estrepitosos que animan lo cotidiano; el historiador de arte que responde con paciencia a las consultas de los indocumentados como si fuera el gugle; la persona para la que cuenta el valor y la calidad de lo que los demás hacen… Mentiría si dijera que no ha estado cuando los días estaban cubiertos de nubes o era la época de la muda del cangrejo. Erudiciones, sí, esteticismo, también, pero una comprensión profunda de la obra literaria, por vivida, pareja una calidad humana sin la que, al menos a mí, las anteriores me parecen un saco de humo.

La última conversación telefónica que tuvimos fue a propósito de la calavera del conde de España, la que un pariente mío le había dicho a Baroja que estaba encima del armario del juzgado de algún pueblón, ya no me acuerdo bien. Pero este sí que es el resto de la historia y ya la seguirá contando él, si es que la cuenta.

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