El Farolito

EL FAROLITO

A cada cual sus aniversarios. El mío, por Todos los Santos, y sobre todo por aquella fiesta de antes más que era Todos los Muertos, es Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Pero no por una cuestión de devoción alcoholica como dice un hideputa de bIlbao. Este fin insidioso de octubre, con niebla, espesa, cerrada, y disparos en su corazón lejano, y voces raras, febriles, en el corazón del bosque, voces, que parecen decir algo parecido a <<es más tarde de lo que piensas>>, pero si te dicen (que caí) <<¿Has oido?>>, respondes <<yo no oigo nada>> y dejas que corra el silencio del tiempo, el de Carlitos Gardel, porque las voces en la rara penumbra enguatada de la niebla no son sino zaborras de la conciencia o disparos de escopetas elegantes que buscan a esas palomas que pasan por los collados donde los helechos ya tienen el color del vinagre.

Esta del otoño en sazón es una buena fecha para leer esa tremenda deriva de la conciencia del consul Joefrey Firmin que termina en la puerta del Farolito, un tabernón espantoso en las proximidades de un barranco. Los tabernones suelen tener como vencinos a los barrancos. Lo que sucede es que no los vemos. En mis tiempos se leía mucho a Lowry, o eso al menos es lo que se decía. El que tenía la suerte de hacer se con alguna de las edicioens mexicanas de ERA. Ahora me temo que a Lowry no lo lee nadie, como n o sean los habituales de las enormidades, de los trastornos de la conciencia. Es mejor leer a Diego San José o alguno otro de La Novela Semanal, de aquellos geniales, gran literatura, bohemia pura. Mugre.

El consul, Joefrey Firmin, que bebía inextricablemte con unos horribles personajes que lo van a matar y él lo sabe y no lo sabe. El consul, Joefrey Firmin, que en la puerta del Farolito, ese bar espantoso, esa tierra de nadie inmunda, inquietante siempre, esa oscuridad de la noche que puede hacernos daño, se ve enfrentado a las preguntas de un policía corruzto, como corresponde y es admitido, que le inquiere obsequiosa, insidiosamente, qué haces aquí, en el borde la nada, qué haces aquí, en el borde del otro barrio, pero le niega su elemental condición de escritor, y el cónsul le responde con una de esas frases inolvidables de la gran literatura: <<Estoy esperando a que pase mi casa por aquí para meterme en ella>>. A mí, antes, esta frase me parecía tremenda, radical, definitiva, pero hoy a esas palabras erráticas se me superpone la imagen del abuelo de Amarcord que está perdido en el niebla en la puerta de su casa y dice no veo nada, se han ido todos, dónde estoy, y viene un bicicletero, abuelo, que estás ahí, y el abuelo se queda corrido en medio de la niebla, corrido, y en su corazón se oyen los disparos del otoño. [27.10.98]

 

 

 

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