Veleros de once metros

 

6751970_origA A mí los navegantes solitarios me resultan una gente envidiable, algunos, como el vasco José Luis de Uriarte parecen monjes zen, otros como el bárbaro de D’Aboville, el aventurero bretón, de la estirpe de los vendeanos, parece un hombre de otro tiempo y sin duda lo es: sólo hacía falta oirle por la radio el día que, en  una tormenta, se partió la cara con un remo en medio del Pacífico. He seguido con interés y emoción sus andanzas, siempre. Hay otros. Hay muchos. Y algunos, como Bombard, como Gerbault, como Marin-Marie, son más que novelescos.

Además, la navegación en solitario es un emblema excelente en un mundo que los ha perdido, de la forma en la que uno debe conquistar su mundo, su indentidad profunda, como persona, a pesar de los pesares.

Uno de los mejores relatos que conozco es de Joshua Slocum, el primer circunnavegador solitario a bordo de un velero de once metros, que fue a parar a esas islas que andan estos día otra vez de moda en los papeles, las de Juan Fernández, las que fueron cárcel de la Inquisición y a la que fue a parar aquel marino que la literatura inmortalizó, Alexander Selkrik, modelo del Robinson Crusoe de Daniel Defoe, a quien Borges dedicó un poema, y Tournier una novela admirable. El relato de época, el abandono confuso en la isla, tal vez a causa de un motín, de Selkrik, marino en el Cinco Puertos, y su encuentro con el indiano Will Moskita (Viernes) que ya estaba en la Isla cuando llegó Robinson, se las trae.

Slocum llegó al Archipiélago de Juan Fernández el 23 de Abril de 1896. Lo vió desde lejos. Vió sus montañas verticales alzarse hasta quedar cubiertas por las nubes, estuvo allí y comerció con los nativos, en el borde la inexistencia, con café, sebo y algo que me temo fueran donuts (o algún comistrajo parecido). A cambio le dieron unas monedas antiguas que podían proceder de un galeón hundido y que luego vendió con ventaja a un anticuario de Boston. A lo mejor venían del tesoro escondido por el capitán Anson -vease esa joya de la literatura del mar que es Viajes del Capitán Anson por la América Meridional-. Cuando Slocum dejó a su espalda uno de eso mundos donde florece el buen salvaje y se adentró en el Pacifico rumbo a Las Marquesas sin otra compañía que sus libros, el timón y la aguja de coser. A veces no hay mucho más.

*** Ignoro dónde fue publicado, tal vez hacia 1998 o 1999.

 

 

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Músicos muy tocadores

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EL padre Isla sostenía (Cartas de Juan de la Encina contra un libro que escribió don Jospeh de Carmona, cirujano que fue de la ciudad de Segovia, intitulado Método racional de curar sabañones) que le gustaba la música, pero que le mataban los músicos si estos daban en muy tocadores. Viene esta digresión a cuento vago (si es que las digresiones vienen a cuento de algo) de algo que me parece decía Fernando Savater a propósito de Cioran y de otros ilustres pesimistas y nihilistas y otras gentes de vivir cojitranco: que cuando uno anda bajo de moral, bajo la nube y demás, nada como leerse unas páginas de esos moralistas a contrapelo para coger aire y decir eso, <<¡Airé!>>, y seguir camino adelante. Para esos achaques del alma leves la literatura (alguna) viene a ser un bálsamo del tigre, que no cura, pero alivia un rato (o dos). Son como un revulsivo eficaz, no sé. No hay otra.

<<Para los desarreglos estomacales leves, un buen gulash, bien especiado, es un revulsivo excelente>>. Lo decía aquel inolvidable doctor Sirota, judío polaco, hace mil años, en el extrarradio de París, en Aubervilliers, en el cinturón rojo, donde situó el poeta Jacques Prévert su hermosísima canción Petits enfants de Aubervilliers, petits enfants du monde entier… Aubervilliers, el puerto de llegada de los polacos, los republicanos españoles, los moros, los rusos, los emigrantes y los exiliados con o sin pasaporte Nansen, los chabolistas del mundo entero. Jacques Prevert, Joseph Kosma, Marcel Carné… una sensibilidad en blanco y negro, un romanticismo del desastre, de la derrota, de la desdicha. El mismo del que habla Jaime Gil de Biedma en <<Elegía y recuerdo de la canción francesa>>: “tú que cantabas la heroicidad canalla/ el estallido de las rebeldías/ igual que llamaradas, y el miedo a dormir solo,/ la intensidad que aflige el corazón.”

Canción francesa, de entonces, de hace treinta, cuarenta y más años, canción francesa o canciones de Paco Ibañez, canciones americanas de rebeldía, como las de José Larralde y otros, canciones, poca cosa, instrumentos de melancolía, sombras alargadas de la soledad para un sol literario. Hoy podríamos escribir otra nueva elegía, pero sería la nuestra, me temo, pura vanitas, puro sueño del caballero, velas apagadas de Pereda o Valdes Leal, anónimos pintores del tenebro. Hace tiempo que dejé de poner música mientras trabajo, prefiero el silencio, ese silencio espeso que ahora, con el frío adelantado del otoño, con la transparecnia del aire, con las noches de las constelaciones, se agudiza. Tal vez prefiera el silencio porque los ruidos que tengo dentro del zacuto de pensar (Torres) me bastan y me sobran y por eso puedo regalarlos o venderlos al detall. O tal vez lo prefiera porque los músicos dan en muy tocadores y me matan. No lo sé. Y aun, por encima de ese descrédito, de esa elegia autobiografica, de ese epitafio antes de tiempo, en los días borrascosos escucho y sigo y tarareo esos poemas bárbaros y sencillos, chocarreros, desgarrados y tiernos, de aque poeta combativo donde los hubiera que fue Leo Ferré, sus artistas de variedades, nosotros, los que andamos en el hampa esta literaria, sus poetas que van con el dni en la boca, su 68 que es nobleza de calendario en lugar de serlo de espada o de toga, su Richard cuando se habla tarde en la noche de problemas de melancolía y alguien quiere tomar la última, para el camino, o la última a secas, su grito anarco <<Ni Dios, ni amo>>, que da título a uno de esos monólogos poéticos atiza seseras que seguramente dan, como el místico cohete de Quevedo, en nada, en poca cosa, en caña chamuscada, porque no pretenden otra cosa, y aun así, quién sabe. Así las cosas, así los memoriales, así aquellas canciones del verano, del último verano, las de la vergüenza y la mentira, la deslealtad a los propios sueños: <<Nunca te entregues ni te apartes/junto al camino, nunca digas:/ no puedo más y aquí me quedo,/ y aquí me quedo>>. Para encontrar heridas de muerte las palabras hay motivos más que sobrados, viene habiendo motivos, y aun así, uno pone la oreja en la noche, como si la noche fuera una caracola, la caracola de un ingeniero y de un obrero del verso, y escucha en su fondo la voz del mozo que ha sido, y lo conoca, antes de que los músicos den en muy tocadores, antes del frío.

 

 

 

 

 

La sonrisa helada

nsmbl-Mark-TwainDE Mark Twain uno se queda con la idea del escritor que fue un experto en navegar contra corriente. De hecho yo sigo viendo su Huckleberry Finn como un raro, equívoco también, manual de rebelión adolescente. Twain tuvo algo de aventurero y de pionero del periodismo, navegó por el Mississipi, escribió como un forzado, ganó dinero y se arruinó, pagó sus deudas con su escritura compulsiva (algo muy balzaquiano por cierto), viajó, dio conferencias, fue un autor de éxito. Una vida intensa que resulta a la postre novelesca.

Twain, por si sus lectores no se habían dado cuenta, y esta especie de ramillete hecho caprichoso breviario de bolsillo para las horas bajas, plagó su obra de aforismos, de agudezas (y artesde ingenio por cierto), de finas chocarrerías (si tal cosa es posible) en las que brilla la ironía y el sarcasmo. Digo lo de las horas bajas porque el mismo Twain sabía y por eso echo sus ironías sobre el particular, que alguien que goce de una salud de hierro, poco dado al puritanismo y con el bolsillo caliente, a los aforismos no se arrima. Al día siguiente, cuando toca examianr lo inconstante que es el coraçon humano y lo débil de nuestra condición, tal vez.

Su análisis de caracteres le acercan más a un agrio, a un sulfúrico Chamfort (con ese ácido quiso borrarse el rostro, su detestado rostro de árcangel… decían), que a un De La Rochefoucauld, pero de la amargaura última, de la estocada, del portazo en el rostro le separa el humor, un humor franco, restallante de ingenio, con unas pinceladas de ternura, de piedda última (ay, le humor como rebelión contra el dolor) que otros moralistas (y otros humoristas) no se habrían permitido. Y algo más, Twain se nos muestra confortablemente instalado en su propia piel, a pesar de los pesares y por su causa. Todo su ingenio es una forma de instalarse en la existencia para recibir los menores daños posibles por parte de los poderosos y de nuestros iguales, y de todo el que siente la tentación de meternos de una forma u otra el dedo en el ojo. De hecho sus aforismos son una invitación clara a sobrellevar las pejigueras y los empujones, una especie de bálsamo del tigre de papel sobre el que su autor tampoco se hace ilusiones. Son de papel: el bálsamo y el tigre.

La de Twain es una desconfianza radical en el ser humano -el suyo es un precedente inmediato, al menos en el tiempo, a H.L.Mencken-, en ese prójimo que casi nunca lo es, con quien mantenemos ambiguas, trapaceras y convencionales relaciones que nos sirven para afianzar, a su costa, nuestra estima. Paradójica desconfianza porque lleva implicita una curiosa confianza, la del moralista que sabe, porque nos lo dice que es más fácilnseñar al prójimo a ser bueno que serlo uno mismo. Mejor la absolución y la tolerancia, mejor proscribir la cicatería del alma, mejor la risa: <<Ante el asalto de la risa nada se sostiene en pie…>>. Convengamos. Pero convengamos también que en ocasiones el espejo nos hiela la carcajada.

** Mark Twain, Ante el asalto de la risa nada se sostiene en pie, Aforismos, sentencias y reflexiones seleccionados y traducidos por Maurico Bach, Ed. Península, Barcelona, 1998, 157 págs.

*** Artículo publicado en El Cultural, de ABC, Madrid, 5.11.1998

 

 

 

 

 

Viajes sin retorno

 

libros-que-inspiran-viajes-01 ALGUIEN, parafraseando el título (lo mejor) del libro de Joseph de Maistre, Viaje alrededor de mi cuarto, dijo que ese es el único viaje del que no se regresa. Hombre, no exageremos. Lo cierto es que hoy proliferan los libros de viajes destinados, imagino, a esos viajeros inmóviles que dicen, como Lezama Lima, “qué poca gente habrá viajado tanto como yo entre las paredes de mi biblioteca” y que dejan en el aire el olorcillo del tartufo que ni viaja ni lee, pero se pone en escena con un cuajo de campeonato. Hoy proliferan los libros del yo, los libros de la memoria, los libros que hacen con la propia andadura su poco de novela -ya dijimos que Díaz-Plaja en su Arte de quedarse solo veía en ellos una anticipación del suicidio del autor comparándolos al espejo último en el que se reflejó Larra-; pero proliferan también los libros de viajes, los relatos de viajeros del día y de los de antaño que como los folletines decimonónicos de La Tour du Monde y otros sirvieron de poderosos tiradores literarios de un Jules Verne, por ejemplo, y en general alentaron un par de generaciones de culos de mal asiento. Hoy el viajero es descreído y amargo, porque amargo es ir al techo del mundo, sea el Tíbet o sea Mustang, y encontrarse en los aledaños una cuadrilla de teutones botando al ritmo de Macarena y ponerlo por escrito. Raras veces tropieza el viajero con la magia y el deslumbramiento de lo desconocido (lo fabrica casi: Matthiessen). No busca lo raro, busca ser testigo, busca ofrecer la verdad (temible asunto). Por eso lo normal es que se tropiece con el filo de la navaja, con el ojo oscuro del kalashnikov. Los libros de viajes se hacen así pasto para la melancolía radical de los viajeros inmóviles en unos casos, mientras que en otros se hace auténtica literatura de anticipación y de terror, cuando hablan de la barbarie, la pobreza o el escaso valor de la vida humana -ese es el paisaje, ese-, que suscita, me temo, más que un instintivo movimiento de piedad, un temor difuso a las tinieblas, a la barbarie, a las auténticas leyes de la tribu, al desposeimiento, y una invitación cierta al viaje a la galería más recóndita de la propia madriguera. [3.11.98]

Aquí París

 

Pío Baroja EL Pío Baroja que escribe estas páginas memorialísticas es el que vive refugiado en París, sobre todo en su segunda estancia parisina, entre 1938 y la primavera de 1941, hasta muy pocos días antes de que París fuese declarada, el 19 de Junio, ciudad abierta por el general Weygand, y abandonada a merced de los alemanes que don Pío no llegó a ver porque cuando entraron en al ciudad el ya hacía días que estaba en Bayona. El París que aparece en este libro es un París vivido, escrito en el día a día, y es un París recordado, al tiempo de su publicación por vez primera, en 1955, un año antes de su muerte, y vuelto a recorrer en los vericuetos de la memoria de lo vivido y en las cuartillas escritas desde su refugio de la Ciudad Universitaria.

Para Baroja los de París son los días del exilio, de un curioso exilio, entre voluntario y forzoso, que no tuvo nada de dorado, son los días de la zozobra personal, de la precariedad material, de la melancolía intensa y del arrebato de quien ve la vida como pérdida y callejón sin salida, pero aun saca fuerzas para escribir páginas llenas de vigor. Baroja tiene más de sesenta años, se encuentra achacoso y carece de unos medios sostenidos de ganarse comodamente la vida, ha perdido su casa de Madrid, el ambiente de Vera de Bidasoa le resulta irrespirable y no puede aunque lo intenta marcharse a América como hacen otros para huir de la guerra y de la muerte. Baroja vive en la Casa de España de la Ciudad Universitaria en condiciones más bien precarias, es testigo de las idas y venidas de los funcionarios de la República que escapan a América con los billetes pagados, escribe artículos para La Nación de Buenos Aires, escribe también páginas novelescas –Laura o la soledad sin remedio, Susana o los cazadores de moscas, páginas de El hotel del cisne que se cruzan aquí, en este libro, de manera enigmática- y recorre París a pie, como había hecho en otras ocasiones, pero curiosamente no se entusiasma demasiado con el libro de uno de sus amigos de esos días, el poeta Leon-Paul Fargue, que acaba de publicar una soberbia guía del vagamundos de la ciudad, Le Pieton de Paris (1939). Tal vez los días no están para hacer de flâneur, para recorrer librerías de viejo, mercadillos, tabucos, para ir al encuentro de tipos raros, para ser observador y sólo observador de la vida… El aire del día es otro, es gris, es hostil, es azaroso, la época y los avatares que va viviendo como testigo involuntario y forzoso a la vez le resultan a Baroja ininteligibles y amenazantes a partes iguales, y aunque todo ello acabe con fortuna en los papeles -por pura fidelidad a su vivir para contarlo-, aunque tenga y mantenga amigos y relaciones en esos días turbios, hay algo más en estas páginas que la mera crónica de una época incierta. La arena de los días traza un autorretrato lleno de melancolía, de añoranza, de fragilidad y de entereza a la vez: un Baroja que tiembla y a pesar de todo, a pesar de atravesar los malos tiempos, los de la incertidumbre, crea y espera estoico sin esperar en nada, leal a sus sueños y a sus ideas.

 

 

 

 

El conde malvado

 

NPG 804; John Wilmot, 2nd Earl of Rochester by Unknown artist

TOMO prestado el título a un excelente escritor, y editor, Patrick Mauriés, uno de los pocos escritores actuales que se han ocupado de John Wilmot (1647-1680), segundo conde de Rochester (Le Méchant Comte, 1992), singular personaje, poeta desigual y autor de poderosos versos satíricos, muerto en la treintena, reconciliado con la Iglesia y en un estado físico lamentable, gracias sobre todo a que, por detestarla, fue incapaz de llevar una vida tranquila. En España creo que solo Bernd Dietz se ha ocupado de su obra –El progreso del libertino: la poesía de John Wilmot (Earl of Rochester), 1989, aunque antes publicara en Zaragoza un resumen de ese trabajo- y de su vida que ha dado pie a una buena película, El libertino, con Johnny Deep en el papel de Rochester.

A John Wilmot le persigue una fama de esas que los entendidos llaman <<sulfurosa>>, sólidamente fundamentada en un rosario de episodios poco honrosos, unos imaginarios, pero veraces los más, de lances de gamberro abusivo y sin escrúpulos alumbrado por azumbres de vino, de cazadotes y crápula total, a quien tanto le daban las putas como los pajes, de aventurero que participa en la guerra contra Holanda y de delincuente, de transformista, en saltimbanqui callejero, en curandero charlatán y astrólogo con mucha clientela bajo el nombre de Alexander Bendo, y a la vez de alguien poseedor de un talento literario que iba mucho más allá de la mera mordacidad que puede gastar un poeta cortesano y chaquetero, profesional de la adulación de aquellos que detentan el poder, como se gastaba entonces, y ahora, ahora, aunque con menos libertinaje de por medio. Estos no son los tiempos de Wilmot. <<Una bonita y honrada época de putas y alcohol en la que cualquier hombre desearía vivir>>, dice el dramaturgo Thomas Shadwell en Los amantes huraños, citado por Green, a lo que el malvado conde replicó: <<¿Quién puede abstenerse de la sátira en estos tiempos?>>. Sus poemas corrieron de mano en mano y le costaron destierro en muchas ocasiones. A su muerte, tanto su madre como quienes los poseían, destruyeron con saña puritana poemas, correspondencia y crónicas y hasta algunos libros tan raros, y burlescos, como ese (atribuido) Sodom or the Quintessence of Debauchery, que se conoce gracias a que quedó un único ejemplar del que se han ido tirando copias.

La época de Rochester, la de la Restauración monárquica y el reinado de Carlos II, es un época algo menos turbulenta que las vividas por su padre, de quien parece que Wilmot heredó el ingenio y la propensión a transformar su conciencia en un lagar. Es la época que se refleja, llena de colorido, en el diario de Samuel Pepys, la de la Peste y el incendio de Londres, la del nacimiento de Henry Purcell y de Daniel Defoe, de Robert Harley y de un pirata ilustrado como William Dampier, de las tabernas, los teatros, los enredos, las intrigas políticas, los panfletos, los espías y delatores y la conjuración de los papistas…

En El mono de lord Rochester, obra escrita a comienzos de los años treinta, aunque se publicara cuatro décadas más tarde, Graham Green siguió los pasos de la vida de Rochester, documentándola dentro de los límites de las muchas lagunas y leyendas que rodean al personaje, con abundantes referencias a su obra poética, y logró una brillante y apasionante biografía en la que luce más el asombro que la identificación con el personaje, o que la pesquisa policial y cicatera del puritano que lleva al autor a la picota. Graham Greene no siente ese odio que el mismo dice se basa en la educación puritana, sino que intenta comprender al personaje y sobre todo, relatar, una época, una vida. Tampoco se centra en lo que de <<raro>> tenía John Wilmot, sino que intenta dar con el origen de su descontento y de su furia –algo parecido hizo Macchia cuando se acercó a Chamfort-, de su furia destructiva y de su rencor contra todo y contra todos, el que alentaba sátiras e insultos descarados que alcanzaban una y otra vez al propio rey con quien mantuvo una relación entre la amistad profunda y el proxenetismo. Green intenta explicar y explicarse esa paradoja de un libertino extremo en su papel, también extremo, de moralista, con una época, sus costumbres y figurantes, como si sus versos más o menos de ocasión, más o menos afortunados, fueran un eficaz exorcismo contra sí mismo, su peor enemigo.

*** Artículo publicado en ABCDe las Artes y las Letras, ABC, Madrid, 1.12.2007

 

Entrañas de la filfa

 

9788489624542¿Quién se acuerda de David Foenkinos?, es un buen título para hablar de un asunto que no suele atraer lectores –la falta de éxito-, al revés, que los pone en fuga, y de ese fenómeno tan común de la industria editorial y mediática por el que un escritor de éxito pierde este y se convierte en un deportado hacia la nada literaria y en un Malevitch de los encuentros literarios. ¿Qué puede hacer un autor en ese caso, además de firmar ridículas cagalitas y otras inmundicias pane lucrando o de dar clases de guitarra para que sus alumnos se hagan célebres porque tienen más talento y juventud que el maestro? Foenkinos sugiere que la solución (la suya) está en reinventarse la propia vida –oh, el amor, qué melonada- cuando esta ha sido reducida por la falta éxito precisamente a mala cama, migajas afectivas y mendicidades económicas. Mala cosa la falta de éxito hasta para inventarse una vida nueva, esa vida nueva que equivale a una nueva escritura, la que corresponde al terreno de la ensoñación autobiográfica, los extenuantes sueños de despierto. La falta de éxito, modo de empleo.

***Artículo publicado en El Cultural, de ABC, Madrid, 27.12.2008

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Dejando a un lado quién o quiénes están enterrados en el lugar donde se dice que están los restos de Federico García Lorca, la actitud de los herederos del poeta ante la orden del juez Garzón de abrir esa fosa refleja bien cuál es la actitud nacional ante la apertura de fosas comunes e identificación de restos de asesinados en la retaguardia, al tiempo de la guerra civil y en la inmediata posguerra.

Mientras que Fernández Montesinos, descendiente a su vez de otro asesinado, dice que va a demandar a Garzón por ordenar la apertura de la fosa, su sobrina no se opone a la exhumación de restos. No es este el único caso que se ha dado, entre herederos de las víctimas del franquismo, de no querer abrir la fosa donde pueden estar los restos de sus familiares. ¿Los motivos? A cada cuál los suyos. Depende mucho de cómo se ha vivido esa ausencia y ese atropello.

La diferencia es que el asesinato de Federico García Lorca dio enseguida la vuelta al mundo y desde 1936 ha inspirado miles de páginas literarias y de investigación histórica, alguna película y hasta canciones. Se convirtió enseguida en todo un símbolo de la represión franquista, más en el exterior de España, que dentro, donde miles de ciudadanos, convertido en apestados sociales o en invisibles, tenían otros “Federicos” que no eran poetas famosos. Por eso, la decisión del juez Garzón de ordenar la apertura de la fosa ha sido tan señalada por el periódico francés Le Monde, país en el que su muerte tuvo una repercusión enorme.

La decisión del juez Baltasar Garzón ha supuesto un acelerón en lo que se refiere a la asunción de la memoria histórica y no ha gustado nada a los del <<Mejor no remover>>. Lo de menos es que en la fosa cuya apertura ha ordenado el juez Garzón estén los restos de García Lorca, porque lo cierto es que allí hay restos de fusilados sin juicio, esto es, de asesinados.

Hace dos días, los titulares sensacionalistas de la prensa de Madrid decían que el juez Garzón había llevado a Franco a juicio. Mucho titular para poco juicio. En el interior se ofrecían, a modo de picota, las fotografías de algunos de los acusados de crímenes contra la humanidad. Por cierto, que detrás del nombre de uno de ellos, la Barcina abandera a todo trapo el arte de su ciudad. No hago más que constatar un hecho y señalar lo que tal vez sea una actitud de clara y reiterada connivencia con el franquismo por parte de esa alcaldesa, tan escrupulosa con todo lo democrático en tantos otros casos. Ahí no cabe atrincherarse detrás de la Historia, haciéndola intocable, aséptica. Ignoro los méritos que le hicieron a Rodezno acreedor de la plaza que la ciudad le dedica, como desconozco su responsabilidad directa o indirecta, si es que la tuvo, en los delitos de los que ahora se le acusa, a más de cincuenta años de su fallecimiento. La historia cambia y es incómoda para todos, pero yo al menos no puedo participar en su puesta en la picota sin pruebas concretas. Me asisten, creo que con pleno derecho, motivos personales para no hacerlo.

Toda esa parte de nuestra historia está por escribir con detalle y exhaustividad, gracias a todos los que, franquistas y no franquistas, han impedido que, hasta hace nada, se pudiera siquiera investigar: negativa maliciosa a acceso a archivos, ocultación y destrucción de documentación, prohibiciones políticas y policiales, actitudes conniventes con las autoridades franquistas o herederas sociales de aquellas (no convenía “indisponerse”), volatilización de memorias originales que figuran en los inventarios de bienes de interés cultural elaborados por gobiernos como el de Miguel Sanz.

Habría que ir más lejos, habría que declarar ilegales y nulas de pleno derecho todas y cada una de las leyes de contenido represivo y político dictadas al amparo de la victoria de la guerra, y solo por ella legitimadas, y en consecuencia, de todos y cada uno de los procesos penales, tanto militares como de jurisdicción ordinaria o de excepción (Espionaje, Bandidaje) emprendidos a su amparo. Eso sí que equivaldría a desautorizar por completo a un régimen como el franquista. Pero no se hizo en su momento y ya no creo que se haga.

Tal y como está planteado, el procedimiento judicial emprendido por Garzón es una falacia jurídica tendente a obtener una resolución cuyo contenido y alcance se sabe de antemano. Garzón sabe, porque es del dominio público, que la totalidad de los encausados están muertos y que, en consecuencia, su responsabilidad criminal está extinguida. La petición de sus certificados de defunción es un mero trámite que cierra el caso, aunque se mantengan las acusaciones, al menos en el papel. Algo es algo.

Yo no sé en este caso dónde acaba la verdad y empieza la patraña, dónde el espíritu de justicia, la magnanimidad, la piedad y dónde la munición política de baja calidad, y si al cabo, este juicio acelerado de la Historia emprendido por el juez Garzón, con sus consecuentes tareas de investigación social y judicial, puede servir, como se dice, como un reconocimiento y una reparación, aunque así esté siendo vivido por los familiares de las víctimas.

Apoyo sin reservas que se abran todas las fosas comunes que se pueda y se identifique a los autores de los crímenes, porque algunos quedan, y quedan testigos, los últimos, de quiénes fueron los autores materiales de las fechorías cometidas al amparo de un clima de impunidad total, cuando no con arreglo a listas elaboradas con anterioridad al alzamiento militar, gracias a la ayuda de civiles que por su oficio conocían los entresijos de la ciudad en la que vivían y conservaron, hasta muy tarde, la documentación que había servido para lo que por ejemplo Mola calificaba de Escarmiento. Si los nombres de los autores de las fechorías que ahora pide Garzón no salieron a la luz en los setenta, no creo que vayan a salir ahora. De lo que no estoy tan seguro es de que el reconocimiento y reparación de las víctimas, y de sus familiares, pase en exclusiva por este proceso. Lo que importa es la longitud y alcance de su recorrido. Y ese está por ver. De la fosa de García Lorca hasta ahora solo se sabe que contiene restos humanos de fallecidos, como muchos miles, “por heridas de arma de fuego”.

Levantar el vuelo

 

11349976_10203054246356043_961494171_nIRSE, quedarse, esa parece ser hoy la única cuestión. Irse de tu paisaje del alma para ser uno mismo, para poder reconocerse como persona, libre, autónomo, señor de un pequeño gran mundo, el de las ideas de todos los días, el de sus emociones y sus empeños. Quedarse, irse, de la tierra de donde eres, de la que a pesar de todo eres, para poder simplemente respirar, sin verte abrumado por las oscuras leyes de la tribu, para poder percibir la anchura del mundo, su color, sus voces, para poder pensar el libertad, algo tan sencillo, en apariencia, expresada una palabra de otra, y otra más, pequeñas verdades siempre, como pájaros echados a volar, propios, libres, al alcance de cualquiera, al alcance de las personas de buena voluntad. Irse para coger boleto para el viaje del peor de los exilios, el que te echa de tu casa y te obliga a fundarla día a día en tus palabras. No hay tierra que así merezca la pena de ser vivida. No hay tierra que en condiciones de secuestro cierto merezca la pena, escenario de tu pequeña vida, de tu pequeña verdad. No hay, al cabo, paisaje como patria que valga cuando uno no puede ser uno mismo, libre, autónomo, señor de tu casa de palabras. Mejor el exilio, para poder construir tu casa, para poder al cabo defender la única casa que merece la pena de ser defendida, la de las palabras en libertad, la que de seguro quiso uno de nuestros mejores poetas (el otro es Blas de Otero) Gabriel Aresti. Irse, quedarse, no cejar en el empeño de poner una palabra detrás de otra, en libertad.

*** Artículo publicado en El Correo, de Bilbao, hacia 2001.

**** La ilustración es de Pedro de la Sota.

 

Frontones bolivianos

VIAJE 2 253

NO conozco otros***, pero tal vez el frontón de pelota vasca mas alto del mundo este en Bolivia, junto a la bocamina Cancañiri, a más de 4.000 metros de altura, junto a la derruida estación de ferrocarril de la mina de estaño Siglo XX, en Llallagua, una de las minas de Simón Iturri Patiño.

Del frontón, que fue cerrado, quedan enteras el frontis y las paredes izquierda y trasera. Surge, insólito, al pie de una cumbre que un minero llamaba La Tortuga, en un panorama desolado, de casetas de adobe, donde todavía los mineros que trabajan por libre pueden comprar refrescos y dinamita, y restos de restos. Algo más abajo empieza el hormiguero de los lavaderos manuales de mineral, un trabajo de una dureza que hace ociosos los comentarios y es que se acabaron las explotaciones de verdad industriales y se volvió a la extracción manual y artesanal, al arañar el mineral a la montaña, dentro y fuera de la bocamina.

El paisaje de las montañas en donde están las poblaciones mineras de Llallagua, Uncía y Catavi, es abrupto, duro, pelado, salvaje y la mano del hombre no ha hecho mas que agudizar esa impresión viva de dureza extrema. Su colorido, que lo tiene y muy rico, es una cuestión de matices de verdes, grises y dorados gracias a la luz del día y sus horas en la rala vegetación de paja brava y de llareta, de desmontes y escombreras, de ruinas de piedra y adobe. Pero aquello no es un espectáculo, es un trozo de realidad dura, marginal, olvidada. Allí, en apariencia, el mayor signo de vida es el silbido del viento. A ratos, algunos mineros salen de la mina o ascienden despacio por los caminos. Nada más.

Pero no es ese el único frontón de la localidad, porque más abajo, hasta los 3.700 metros, hay otros cuatro frontones de pelota en uso. Llallagua, en el norte de Potosí, tiene 35.000 habitantes. No sé el grado de dificultad de jugar a mano a más de 4.000 metros de altura. No vi jugar. Vi otras cosas menos festivas, aunque en su defecto viese unas inolvidables muestras de coraje, lealtad a las propias ideas, solidaridad y fraternidad humanas, ya fuera por parte de mineros, cargos públicos, políticos y hasta comunicadoras sociales. En Llallagua, sus habitantes, pasados o actuales, han vivido mucho y muy duro.

De la estación de ferrocarril no quedan más que unas paredes, algunos raíles, algunos chasis de vagones. Pasado. Pero fue por esa vía por donde la noche de San Juan de 1967 entraron las tropas enviadas por el general Barrientos para castigar a la muy combativa población minera de Llallagua, metiendo bala a discreción en el final de una fiesta muy celebrada alli, y matando a unas treinta personas e hiriendo a otras ochenta, entre mineros, mujeres y niños, aunque las cifras reales no se hayan llegado a saber nunca.

El trasfondo de aquella matanza obrera fue la guerrilla que mantenía el Che Guevara en la zona oriental de Ñancahuazu y la sospecha gubernamental de que el congreso sindical que allí se iba a reunir, tenía como objetivo no ya el apoyo circunstancial ya aprobado de una mita, el salario de un día, de la muy combativa fuerza minera a la guerrilla guevarista, sino el entronque con una guerrilla que hasta ese momento estaba casi por completo ajena a las luchas sindicales de los mineros.

No hay pueblo oprimido que no este empeñado en su propia tarea de recuperación de memoria histórica, haya pasado el tiempo que haya pasado. Ahora mismo, el diputado y líder sindical José Pimentel y el periodista Carlos Soria, al margen de otros trabajos, están empeñados con coraje en que, cuando menos, aquella matanza no vaya a parar al olvido, ya que no se puede reparar del todo a las víctimas o procesar a los culpables de aquella y otras atrocidades.

Toda la historia de esa remota zona minera de Llallagua, Uncía, Catavi, esta marcada por la lucha de los mineros. Es un recuento interminable de combates, reclamaciones, muertes, matanzas, represiones y explotación pura y dura más o menos encubierta. Así hasta el cierre oficial de las minas, gracias a la política neoliberal de los felices ochenta, que como todo el mundo sabe es el sostén de la verdadera democracia, de la auténtica libertad. Amen. Una historia de vida y muerte, en un territorio durísimo, de accesos comprometidos. Aun, el empuje de la población minera y de sus lideres logro, después incluso del cierre de la explotación de las minas, fundar la Universidad Siglo XX, donde ahora mismo estudian unos cuatro mil universitarios, con un amplio abanico de licenciaturas. En este caso las cifras lo dicen todo.

Y es precisamente de esas y otras minas, de sus regalías, de donde han venido saliendo los fondos necesarios para la construcción y desarrollo de los actuales territorios autonómicos y de verdad sediciosos. Unas autonomías más basadas en cuestiones económicas y de clase, que en cuestiones de verdad indentitarias, tal y como estas vienen recogidas expresamente en varios apartados de la actual Constitución boliviana. Por eso llaman tanto la atención que la prensa que en España ataca los estatutos autonómicos de Cataluña y el País Vasco, sea la que defiende como un logro de la democracia el desarrollo autonómico de los terratenientes, los oligarcas y las transnacionales. Llama la atención, eso es todo.

Como llama la atención que sean esos mismos terratenientes de la derecha los que ahora se nieguen a la celebración de un referéndum revocatorio por ellos mismos impulsado, ante el temor a que, una vez más, sea Evo Morales, apoyado por los que parecían estar condenados a estar eternamente gobernados, quien vuelva a ganar y salga fortalecido.

En la actual situación política boliviana a los habitantes de esas poblaciones, a los mineros de esas y otras minas, nadie les puede disuadir de que no haya llegado su hora política, social, vital, su verdadera oportunidad de hacer oír de verdad su voz, de verla representada como nunca hasta ahora ha estado en un parlamento, en un gobierno con capacidad decisoria para atender de verdad sus reclamaciones, sus asuntos. Y la suya es y ha sido una conquista plenamente democrática. Conviene no olvidarlo.

*** Encontré otros años después en Potosí.

**** Artículo publicado en el Diario de Noticias, de Navarra, mayo de 2008, y escrito desde Llallagua, en el viaje de aquel año. Probablemente hoy después de siete viajes más no escribiría lo mismo.