Jinete solitario

arton2618LA de Jünger vino siendo una de las fascinaciones intelectuales más enigmáticas de los últimos tiempos. Su figura y su obra, muy complejas, poliédricas, poco aprehensibles, han concitado hasta el último momento admiraciones y rechazos igualmente apasionados. Fue un maestro con discípulos invisibles, un maestro sin discípulos. Sus necrológicas le absolvieron de sus pecadillos de juventud, de su militarismo prusiano, entre otros, como si este sólo fuera un mero adorno, una parte desdeñable del atrezo de la historia, lo que tiene rasgos de despropósito. Ese aspecto de Jünger guerrero, de patriota nacionalista, de una lealtad ya rara, no resulta simpático, porque esos no son valores muy cotizados en este fin de siglo (aunque puedan serlo en unión de la extrema violencia en el futuro). Y eso que estimo que la figura y la obra de Jünger está más allá de la simpatía y de la antipatía, en el territorio de las verdaderas aventuras intelectuales. El que Jünger fuera por los castillos y las casas fuertes de la Francia rural y ocupada consultando bibliotecas no puede ser tomado como un rasgo de dandismo guerrero, porque, entre otras cosa, es una sandez y se olvida el título merced al que las puertas debían franqueársele: eran los vencedores de la guerra, imponían sus derechos de conquista. De su nazismo le absuelve por lo visto el haber estado mezclado en una conspiración contra Hitler, por ser amigo de uno de los Von Stupegnagel ¾«¡Voilá le plus beau de nos vainqueurs!», en frase pasablemente falsa e indecente de Hélène Morand, en cuya casa coincidió Jünger con aquella furia andante que fue Céline: no se gustaron, nada¾, pero queda por resolver su decidido aristocraticismo porque este no goza de buena fama allí donde impera la pretensión de igualdad a la baja. El aristocraticismo es escurridizo, ambiguo, demasiado individualista, si de verdad no se reduce a pamemas decorativas, es un viento que lleva lejos. Las camas de Procusto funcionan con los vivos y también lo hacen con los muertos y con los mitos vivientes. Pero con esa cama sucede como con la envidia, que a nadie le gusta tener una de ellas. El de inquisidor es papelón poco lucido, así que mejor, antes de mostrar esa antipatía tan del tiempo a todo lo que es excepcional y se sale de las convenciones, silenciar ese pensamiento en constante búsqueda y evolución que le llevó lejos, del lado de los sueños y del conocimiento del otro lado del espejo, tal y como lo muestra ya de forma agónica en los últimos tomos de sus diarios. Nunca se echó, ni se rindió ni desertó. Entomólogo y soñador de tormentas y desiertos futuros, aventurero de los papeles y de los conflictos del hombre de su tiempo, místico y visionario, casi siempre se nos muestra lejano, inaprehensible, hermético a menudo, en una obra en la que no resulta fácil aventurarse, más allá de los lugares comunes que la reducen. Una obra siempre animada por unas tensiones morales en lo personal y en lo colectivo que resultan casi a la fuerza acusadoras para el lector. Jünger mostró que una obra intelectual en solitario es más difícil de lo que parece, que está condenada a chocar con sus contemporáneos, que esa es una empresa ciertamente admirable que tiene riesgos ciertos y momentos de verdadera zozobra, y exige renuncias también ciertas. Filosofar y cultivar nuestro jardín siguiendo a Cándido no está al alcance de cualquiera.

*** Publicado en ABC, de Madrid, 9.3.1998

 

 

 

 

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