Fantasmas

HAY gente que tiene más facilidad que otra para encontrarse con aparecidos, para verlos, para escucharlos y para etcétera. Hay gente cuya especialidad es ver cosas que los demás no vemos, oir voces raras donde los demás sólo sentimos la espesura del silencio y parecen vivir en una tierra de nadie entre cielo y tierra. Unas veces son estafas de poca o de mucha monta, pero otras no, otras, los que comercian con duendes y demás criaturas de lo invisible jamás vencido, resultan inquietantes de ganas, y pesados al cabo. Entran en una casa, que igual puede ser la tuya, encima, y exclaman: “Aquí hay algo, advierto presencias”, e incluso tocan las paredes como si en ellas fuera a abrirse la puerta de una galería de otro mundo. Como en las películas, igual. Y uno mira a su alrededor y se asoma incluso al fondo de los espejos y no ve nada, de ese otro lado del espejo no viene nadie. No estamos en La torre de los siete jorobados, que tiene unas apariciones fantásticas, majestuosas. Ahí, a nuestro alrededor, en el escenario de nuestra escorredura, sólo están las cosas de todos los días, tan modosas ellas y tan inquietantes también, si uno se para a mirarlas con los ojos de un Hopper o de un Lynch. Pero aunque no hay nada, aunque de las paredes no salga nadie ni de noche ni de día, ya la inquietud está sembrada y la jarana asegurada y perdemos un buen rato el tiempo en especulaciones medio filósoficas y medio empíricas, con sus pujos racionalistas incluso.

Una casa con fantasmas es mucha casa. Hay que haberlo vivido para saber de qué va el asunto. Juan Perucho, en la suya de Albinyana, tiene varios, doy fe de ello, pero también tiene un formidable espadón forjado por un mago escultor, Aulestia, en un ritual mágico y que le sirve para ahuyentarlos. Juan Perucho tiene, además, una facilidad enorme para describir esas presencias sutiles, esos temblores del aire casi imperceptibles, esos olores extraños que a veces parecen ser los de las maderas viejas y otras venir de no se sabe dónde, y sobre todo tiene una gran capacidad para hacer literatura con todo ese asunto que a unos mueve a risa y a otros a espanto.

En las proximidades de mi casa, en un camino por el que pasó con sus bártulos, sus lápices, sus cuadernos de notas, y con su poco de miopía, aquel fantástico viajero y dibujante inglés que fue Locker, se nos aparece un perro oscuro que dicen es el alma más o menos en pena de un rico tan famoso como enigmático que se dedicaba mayormente a la botánica por aquellos andurriales. Por cierto que Locker nos dejó una vista de nuestro pueblo que parece otro porque sin duda lo es, eso sí, romántica total, indescifrable. El perro dichoso, que se parece una barbaridad a los que le ponían a Carlos VII (QDP) a los pies, para la cosa de la apariencia regia y tremebunda, anda mohino por los riscos y las umbrías silenciosas, vaga por la espesura de helechos y retamas, donde habitualmente andan los jabalis, y da vueltas y más vueltas sin que sepamos el motivo. Impresiona bastante encontrárselo allí, al fondo del camino, oscuro, Baskerville puro, como dando a entender, como esperando algo o a alguien. Pero el perro no dice nada, nada. Lo que es a mí, no me dirige la palabra. Doy fe. Sin embargo a algunos de mis vecinos les anuncia hasta los sucesivos cambios de tiempo y les da mensajes de un más allá que suena sospechosamente a más acá: unos mensajes enigmáticos y simplones a partes iguales que atañen a los mínimos asuntos de nuestras vidas cotidianas, nuestras verrugas y nuestros alifafes.

A mí, que un perro te adivine el tiempo o te lo sople a la oreja, o te de una receta para dormir mejor, me parece algo admirable. Eso sí, al día de hoy no tengo la menor idea de dónde ha salido la especie de que el perro es un aparecido. Ignoro en qué noche de invierno, por la que no pasó viajero alguno, se urdió junto al fuego de haya o de castaño viejo que petardea que es un gusto, la especulación zoológica y mágica del perro oscuro. No sé quién lo echó a rodar por los caminos, bajo la campana del fuego bajo, donde crepita el haya y petardea el castaño, sólo sé que hay quién necesita encontrarse con él y contarle sus cuitas y buscar consejo en sus ladridos profundos. Si uno se asoma a esa historia sólo encuentra la noche y el invierno, la soledad también, una capacidad de mixtificación tan anacrónica como intacta, y una tentación de asomarse a lo prodigioso y de convocarlo que probablemente muera con ellos. Y el perro seguirá en el camino.

Artículo publicado en Blanco y Negro, “Tugurio Impar”, Madrid Nº 4154, 7.2.1999,  p.8.

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