Una paradoja andante

 

GK-Chesterton-006 «Al leer a Chesterton nos embarga una peculiar sensación de felicidad». Esta afortunada, por exacta, frase de Alberto Manguel, el autor de la selección y prólogo de Correr tras el propio sombrero (y otros ensayos), resume a la perfección casi todo lo que se puede decir de estos ensayos (y de otros del mismo autor también). Todo lo demás tiene que ver con una peculiar, y alegre sobre todo, manera de vivir y ver la vida, que resulta estimulante en el papel, pero que luego, en nuestra vida cotidiana, se revela como algo más que un juego. La alegría: un don que se conquista en su ejercicio, como todos los verdaderos dones.

Chesterton fue un maestro en arrancar, o cuando menos en saber apreciar, los destellos que tienen las cosas y los asuntos de este mundo, porque hablaba en el lenguaje de este mundo (como convinieron un día sir John Falstaff y sus amigos), de las calles poco frecuentadas, de las riadas, de los carteles publicitarios, las paradojas callejeras, del humo de las tabernas, tan denostadas estas por los puritanos, de los teatrillos, de las lecturas gozosas y jamás impunes (Stevenson y Sherlock Holmes y Dickens, sobre quien escribió páginas memorables), de la aventura, del verdadero valor de la poesía, pero sobre todo de todo aquello que no se ve no porque no exista, sino porque no se pone la suficiente atención.

Hablando muy poco de sí mismo, Chesterton se puso en escena con extraordinaria eficacia, comunicando un saludable sentido de la indignación moral, de la puesta en pie de guerra y del entusiasmo por las cosas. Manguel ha seleccionado un patético, hondo y tan amargo como veraz ensayo, el titulado «Unos policías y una moraleja», referido a la virtud de ser amigo de un hombre rico o de alabar sus cualidades exteriores (el vicio del snobismo) que es un impagable alegato en favor del igualitarismo basado en el valor de lo que es cada cual por sí mismo. Chesterton no practicó el cómodo igualitarismo a la baja, sino el elogio y la invitación a la excelencia personal, asunto este de conciencia y, por tanto, de cada cual y solo de cada cual.

Se entendería mal a Chesterton sin hacer referencia, casi siempre obviada (menos por Manguel), a su remisión, una y otra vez, a su fe religiosa, católica, apostólica y romana, porque de fe se trata, que alienta muchas de sus páginas y les da una cohesión y hasta un sentido combativo, épico, antiguo, que, sin ella, no tendrían ni por asomo.

Nunca he entendido demasiado bien a quien desdeña a Chesterton como algo propio del pasado, rancio, anacrónico y superado, cuando es el presente palpitante, al nuestro me refiero, el que aparece en sus (nunca mejor tituladas), alarmas y digresiones, un presente cuajado de verdades que tienen que ver con el roturar la tierra o el cortar leña (y todos los mitos que a ello van unidos), y también de mentiras enjaretadas con palabras de relumbrón. No gusta que nadie le de la vuelta a las verdades oficiales y a las convenciones, y muestre unas bambalinas pobretonas. Y Chesterton fue un maestro en ese arte mayor.

Hay tal cantidad de sabiduría centelleando en las páginas de G.K. Chesterton que, enseguida, abruma, distrae, inquieta; no es fácil leerlo de corrido sin sentir la necesidad de salir a recorrer una calle desconocida de cuya existencia acabamos de tener la certeza. Casi nada de lo que leemos, ya sea acerca de Lewis Carroll o del militarismo de Rudyard Kipling, nos es de verdad extraño, ajeno, el sentido de la patria y las raíces, al que vuelve con una lucidez poco común al hablar de las luces de Broadway. Su discurso es algo más que literario (referido a autores concretos de los que en esta colección de ensayos hay muchos y excelentes ejemplos) o meramente esteticista y, en cuanto tal, encandilabobos, es la crónica constante de quien busca el rastro y persigue ideas que no sean de niebla, que le sostengan y que, de paso, puedan sostener a sus lectores. No esconde sus carencias y sus prejuicios, aunque me pregunto si tuvo alguna vez conciencia plena de tenerlos. Tenía la sabiduría del vagamundos con los pies bien plantados en el suelo y la cabeza tan a pájaros, como sólida sobre los hombros.

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