Rumbo sur

picture-g2

EN 1888, R. L. Stevenson sale de San Francisco en compañía de su familia a bordo de la goleta Casco. El viaje durará dos años, hasta la compra de la finca de Vailima, y a la Casco le seguirán la Equator y la Janet Nicoll. A bordo de esas goletas seguirá escribiendo febrilmente su obra al tiempo que recorre las islas Marquesas, las Pomotú, Sociedad, Hawai, Marshall, Gilbert, Samoa, Nueva Caledonia, visita Sidney incluso, y escribe este prolijo memorial de su viaje, algo más que un mero diario de navegación y algo, poco menos, que un relato novelesco de las cosas vistas y vividas. Stevenson da cuenta de su encuentro con ese paraíso terrestre más frágil en la práctica de lo que se supone, da cuenta de su encuentro con las tierras -algunas de ellas peligrosas como el archipiélago de las Pomotú- de las que ya no regresaría, acariciaría sí, como todos los viajeros que hasta allí llegan, la idea de volver -se lo cuenta a Marcel Schowb en alguna carta-, pero ese regreso no sería sino una fantasía. Viajar para no regresar: es otra de las caras del viaje.

El Stevenson que escribe estos viajes a los Mares del Sur es un viajero que tiene, aparentemente, todo el tiempo por delante, es un viajero a la antigua, que viaja con toda su familia, poco menos que con la casa a cuestas, y que se detiene en los lugares que visita lo suficiente como para contagiarse de su vida cotidiana y participar activamente en ella, como para hacer suyo sus ritmos de vida y compartir una cierta intimidad que le permite escribir un libro de memorias, tejido a todas luces sobre el diario de navegación, plagado de datos y de testimonios.

Sus anotaciones son apasionadas, coloristas, los detalles abundan, Stevenson actúa -tal y como señala Horacio Vázquez-Rial en su estupendo prólogo- a modo de un antropólogo algo más que aficionado que se interesa por la trama social de las sociedades a las que se abre, por sus condiciones de vida, que compara unas con otras y desde las primeras páginas se propone escribir una de esas historias que son ante todo literatura ambiciosa.

Costumbres, climatología, gentes, objetos, cultivos, ritos, habitats, todo merece la atención de un Stevenson que vive intensamente lo que describe, tal vez porque le va la vida en ello, que no pasa y se va, porque ya no había otro sitio a dónde ir que aquellos mares del sur, aunque él tal vez no lo supiera, que describe y descubre el entorno en el que va a hacer su vida en ese último tranco tan febril como siempre, tan lleno de entusiasmo que será la marca, la mejor marca, de la casa. El Stevenson que se dirige a los Mares del Sur es un hombre enfermo que pretende de ese modo recuperar si no la salud si algo del tono vital que le faltaba y al que vemos deslumbrado con la belleza, dolido con el dolor evidente del prójimo, vivo en la vida, vivo en las palabras con las que teje el fresco del paraíso.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s