Los sermones del abogado de la juventud

rls-image2SUENA paradójico que quien fuera un trotamundos, un viajero a la fuerza -huyendo como el personaje de Las Mil y una Noches de la pálida visitante para caer, lejos, en sus brazos-, dedicara un ensayo a la casa ideal, al paraíso del soñador sedentario (pero con alma de vagamundos), al escenario idoneo de la vida cotidiana de quien puede perderla y por lo mismo ganarla, en el sueño, en la fantasía. No una casa cualquiera por tanto, no un delirio utópico emparentado con la Ciudad Jardín y similares, sino la casa para un soñador que se precie. Cuando Stevenson redacta este ensayo, 1884, viene de los Alpes y de la Costa Azul -Davos e Hyeres-, y se acaba de instalar en Bournemouth, en la costa sur de Inglaterra, en una casa, confortablemente amueblada, con vistas al mar, rodeada de pinos, cesped y rododendros. Sus días de andar errante parecían haber terminado. Quienes le visitan en esa época en Skerryvore, su nueva casa, que tenía nombre de faro, le ven lleno de entusiasmo. El mismo, refiriéndose a esa casa dice que se sentía como un mendigo irlandés en la corte del rey. Es la época del Extraño caso del Dcotor Jeckyll y Mr. Hide y enseguida de esa otra novela inolvidable Secuestrado!. Es la época de la escritura febril encogido en su cama, envuelto en una nube de humo.

            La casa ideal no es un ensayo de arquitectura al uso, es una construcción fantástica producto de su capacidad de ensoñación, de su capacidad de proyectarse en los papeles. Es un texto que rebosa entusiasmo por el entorno hecho escenario del gozo, por la propia vida. Habla Stevenson de la casa -en un tono que recuerda al de Thomas de Quincey cuando describe la habitación ideal del hombre de letras en las primeras páginas de Las confesiones de un comedor de opio-, pero el lector está escuchando su eco en un libro muy posterior al que la lectura le remite casi por fuerza: La poética del espacio, de Gaston Bachelard. Stevenson interpreta ese espacio ideal donde la vida transcurre entre el gozo de la escritura y las ensoñaciones del paseante más o menos solitario, fruto de los cuales son otros dos opúsculos de interés menor: <<Sobre cómo disfrutar en los lugares desagradables>> y <<Caminos>>.

Lo curioso es que la vida de Stevenson se iba a acomodar muy poco a esa casa ideal. Cuatro años después de escribir este opúsculo que organizaba una vida de escritor más que una casa incluso, y tras la muerte de su padre gracias al que pudieron mantener el cottage de Skerrymore, Stevenson se embarcaría en un viaje sin regreso que le llevaría a los mares del Sur, a bordo del Casco. Cuando se construya una casa, entre 1890 y 1891, la de Vaïlima, será bien distinta a como él la había pergeñado, acogerá una vida forzada por la última vuelta de tuerca.

Juanto a La casa ideal, en esta gavilla de opúsculos, reunidos por capricho editorial y sin otro norte que ese, el magnífico Sermón de Navidad -estaba en una edición de Austral y en edición no venal traducido por Santiago Rodríguez Santerbás, autor, entre otros títulos, de una memorable Vuelta al mundo en ochenta mundos-. El Sermón de Navidad es un texto excelente para explorar ese lado casi desconocido del pensamiento de Stevenson, de sus ideas éticas, morales, que es contagioso en su entusiasmo, en su alegría, en la voluntad de ser mejor, algo mejor, sin exagerar, sin zurriagazos, sin alardes. Frente a los torpes ajustes de cuentas de fin de año, frente a la cicatería, la adustez, los humazos del puritanismo, aconseja Stevenson felicitarnos por no haber sido peores, con ese humor que nos pone en marcha.

Un sermón de circunstancias que trata de “ese arte precario de vivir correctamente”, en el que aquel advocatus juventus abogaba con firmeza por la alegría, por el hacer algo más feliz al prójimo contagiándolo del propio gozo de la existencia, por no abrumarlo con nuestras nubes y borrascas, por el dar batalla por lo que creemos justo, por la generosidad desde la más estricta individualidad, por la benevolencia de quien se sabe débil, por el estar contento con uno mismo ya que “un hombre insatisfecho con su comportamiento es un hombre propenso a la tristeza”… Por todo lo que queda fácil, estupendo, en el papel y luego, al otro lado, se revela como una de esas árduas tareas en las que merece perder la vida, para ganarla.

Robert Louis Stevenson, La casa ideal y otros textos, Prólogos, traducciones y notas de Santiago R. Santerbás, María Condor y Antonio Iriarte Jurado, Ed. Hiperión, Madrid, 1998, 124 páginas.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s