Escena de interior

 

PODRÍA decir que conocía al tipo de toda la vida, o como dicen en Umbría, <<de los bares>>, que es tanto como conocer a alguien de la mili o del patio del colegio, pero no, ya lo tenía visto de víspera. Estaba parado delante de una casa de aspecto destartalado con contraventanas rojas, al borde de un barranco o poco menos, que la niebla del otoño ocultaba a ratos. Para mi que estaba esperando a que pasase su casa por allí para meterse en ella, pero no, me dijo que estaba viendo como salía el humo de su casa. <<Para mi que es negro>> <<Es que a veces quemo jiña, maderas viejas>>. Sin venir a cuento, porque me di cuenta de que hablaba sin ton ni son como los fabricantes de saliva, como los escritores de sandeces, como un tipo llamado Perico de Alejandría, pregonero segundo de la ciudad de Umbría, criador de pirañas o sardinas bravas y por ellas llevado al camposanto.

Nos habíamos conocido de más jóvenes, en otro país como quien dice, en ese país extraño donde los haya que es el pasado. Pero el tipo que tenía delante parecía Robinson Crusoe, era tirando a, como lo diría sin que se me pique, a corpulento, sí, eso, corpulento, y vestía de manera aproximativa. Yo también había tenido un tío abuelo que había vivido encerrado en un caserón coleccionando antigüedades y que vestía a trozos, pero ya no existe aquel lugar. Y es que la gente en solitario se echa, sin remedio, se echa. La gente en solitario lleva una vida muy rara.

Nos habíamos conocido en las calles de la ciudad de Umbría, oscuras, otoñales, en la rebotica de la farmacia de su abuelo, entre albarelos, morteros, papeles viejos, voces y disparates varios, en las salas vacías del Museo de Armas Carlistas, en los fosos de la ciudadela, donde los méndigos y los sacamantecas, en los tabernones de los chortas, e incluso en los cafetines, cabe los porches de la plaza dichosa, donde sentarían plaza para siempre los vitelonis y los aldeanos críticos a pontificar sobre la marcha del universo mundo y a sostener con paso vacilante que siempre, siempre se tienen veinte años menos, como mínimo, de los que en realidad se tienen.

De mozos habíamos corrido insistentemente vacas en Mendigorría, Puente la Reina, Artajona, bebido cuartillos de zurracapote, de ese que te deja el alma morada, como nazarena, igual, y dormido en una casa poblada de fantasmas de moros, los del 4º Tabor de regulares de Tetuán, y de carlistas y de liberales -Moriones se paseaba por allí como si tal cosa las noches de tormenta, las noches a oscuras, las noches de la llama humeante de los candiles-, una casa llena de santos y de muertos y fantasías. <<Una casa vieja>> <<Como esta>> <<No es la misma, no puede ser la misma. Sólo que todas las casas que vamos a tener en la vida son aquella primera. Yo no puedo cambiarme de casa como quien se cambia de camisa… Una casa es un refugio, un puerto de quietud, incluso un fortín, y a veces, idioro, a veces es una bola de penado, te agarra y te ahoga, como el paisaje>> <<¿Pero no creías tu en el paisaje como patria?>> <<A ratos, chico, a ratos>>.

También lo tenía visto perorando mal que bien, vestido con una toga negra a la que se le deshilachaban los puños, brillante de sebos varios, el de las mentiras también, y echando latinajos y aduciendo, contrario sensu incluso, sentencias delirantes. Aquel tipo flaco, tirando a lechuguino, como los gomosos del Club de los Zánganos que pinta magistralmente Woodehouse, y que hasta me leía, oyes, me leía, bibliografía de dandys, porque corrían tiempos de guantes amarillos y demás zarandajas, llevaba a un corpulento dentro y no lo sabía. Tenían a la fuerza que encontrarse, para no ser la sombra de si mismo. El flaco quería escribir y no sabía ni cómo ni casi de qué, qué bárbaro el tío, que pasión. El corpulento en cambio no hace otra cosa.

Fue él quien me invitó a entrar en la casa y quien me dijo que aquella, que parecía navegar en un mar de brumas era Gorritxenea, la casa del rojo. <<Hoy no pasa la paloma, no pasa. En cuanto levante la niebla empezará el tiroteo, ya verás>>. Y así fue.

Y ahora estábamos amorrados a un vaso de vino, junto a un fuego bajo que rebufaba que era un gusto: <<Vas a salir con olor a jito, ya verás. Es bueno eso de oler a jito de cuando en cuando>>. Un fuego bajo alimentado con leña de haya que todavía tenía briznas de musgo verde, <<Es de haya, de haya>>, dijo zumbón. <<¿Y eso a qué viene?>> <<Nada, a uno que me aseguró por sus muertos que yo quemaba leña de encina, que aquí no hay, además. Siempre hay alguno que sabe de vuestra vida más que vosotros mismos. Yo casi pongo mis ruidos por escrito para que nadie me vuelva a decir cómo es o cómo debe ser mi vida mi memoria, lo que he vivido y lo que imagino. Para mí escribir es hacerlo como a mi me de la gana, con arreglo a mi conciencia. Que nadie te dicte lo que tienes que escribir es una gloria, hombre, una gloria, que cuesta, vaya que sí>>.

De las paredes de la casa colgaban cosas curiosas: barcos en botellas, barquitos, fetiches, caracolas, juguetes, kilikis, santicos de pan y txistor y hasta un traje auténtico de zaldiko-maldiko… Había también un saco de marino de otro tiempo, con etiquetas de Pernambuco y Southampton, y hasta de la Tierra de Fuego, allí, por Puerto Montt. <<¿Y esto?>> <<Nada, cosas de los que sólo viajamos a parado y si lo prefieres cosas de viajero inmóvil, que eso es lo que soy, viajero de sueños y memorias… un poco poco con todo>> Y pegó una sonora carcajada. Había también marionetas y carracas para espantar a los bichos, a las yeguas que pegan cencerradas nocturnas, y máscaras de casi todos los rincones del globo, oscuras, de colorines, de animales y de demonios y de nada, de nada, máscaras de Nadie, de Nemo, de Ulises por tanto, de viajero una vez más. <<Mira para mí las máscaras y las carracas, son símbolos de alguna que otra escritura. Entre la ocultación y la obsesión>>. Aquello era un cacharrería del alma, que diría un buen amigo mío, como para unas Confidencias de tipo bárbaro, qué digo cacharrería, un chirrión. Pero aquel no era un profesor, ni erudito (como le decía asombrado Javier Reverte), era sólo un tipo que escribía, que se dedicaba a poner una palabra detrás de otra. Afable a ratos, tirando a airado otras. <<Ya sé lo que me vas a decir, borrascoso>> <<Eso>> <<Pues mira, ahora quiero ser un hombre tranquilo>>, <<Vaya por Dios>> <<Sí, eso me dicen los amigos >>

Entre las marionetas, destacaban tres muñecos. <<Estos son los muñecos de un amigo mío, un ventrílocuo algo descerebrado que se fue de viaje, Juan Lurgabe>> <<Juan Sin Tierra>> <<Exactamente, todos podemos ser Juanes Sin Tierra, aunque vivamos en una casa como esta. Algunos vamos a estar desplazados sin remedio allí donde vayamos. El desarraigo no tiene remedio, Lurgabe tenía un Teatro de la Niebla donde ponía monólogos. Tenía uno que se titulaba <<¡Iaspaña!>> y otro <<Yo soc d’aquí>> y otro más sobre la anchura del mundo y las profundidades del bosque de Sherwood, el de los proscritos, Andaba hecho un lío el hombre. Se arruinó, oye, lo que yo te diga. No hay que tocarle las narices a la gente, hombre. De pocas le dan matarile>>.

Cuando salí de la casa del rojo caía la tarde, se oía algún disparo aislado, el otoño estaba en sazón, color del cinabrio y del vinagre, del membrillo y de las nueces, y aún me quedé un rato mirando como salía el humo por la chimenea. En efecto, la ropa me olía confortablemente a jito, a humor, era el olor del humor vagabundo, el del camino ancho.

*** Ignoro donde fue publicado este artículo, hacia el año 2000 y desde Gorritxenea, la casa de Zozaia en la que entonces vivía

 

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