En esta situación…

EN esta situación terminó el año…, que de tan lacónica y expresiva manera concluía en las hojas de servicios militares el resumen de las actividades y los destinos del año. Conviene, a veces, escribir una página de servicios anuales, aunque al final sólo sea para felicitarnos por no haber sido peores y para mirar de seguido para otro lado y para tentarnos las mollas, suspirar y pensar que, por el momento al menos, amanece y que la vida sigue siendo hermosa si no se desfallece, como decía Ida Arnold, en Brigthon, parque de atracciones, la hermosísima novela de Graham Green. Y lo decía sin mucho motivo, porque como podrá comprobar el curioso lector, a Ida la vida le había pegado muy recios empujones. Y es que la gente que a la chita callando, en voz baja, tiene entereza en las adversidades, me parece admirable.

A propósito de mollas. El otro día, un día precioso, raso, mi vecino más cercano estuvo un buen rato de fiesta porque mataron el cuto. Yo en cuanto ví que sacaban al cuto berreando a todo berrear a la era, me metí para adentro y me atricheré detrás de unos libros hasta que pasó la fiesta. No por nada, no porque me asuste o desagrade especialmente la matanza (no está el horno para dengues), ni porque sea especialmente vegetariano, sino porque hace tres años por estas fechas crepusculares, un día también muy hermoso, pero que amenazaba nieve, y acabó cayendo con ganas, pasó lo mismo. Me asomé a la ventana, ví a los vecinos trajinando con aquel animal enorme, y el fuego, los cuchillos, los helechos, el mondongo, el puro que se estaba fumando el matarife, y me dije: «Tomá, mira que estampa más auténtica, más racial». Al poco, pensé: «Hombre, podrías escribir un artículo sobre el particular con sabor a auténtico». Y eso fue mi perdición. Para ver mejor la escena me subí al desván, provisto de una cámara de retratar incluso, porque ya puestos en faena iba a hacer un reportaje de esos que salen en las revistas y que llaman mucho la atención, pero de pronto me falló el suelo, cedió una plancha de castaño y me fui por el agujero. Un trompazo fenomenal. Suele pasar cuando uno anda con las autenticidades profundas a vueltas: los coscorrones aparecen enseguida porque siempre hay alguien que tiene una autenticidad más auténtica que la vuestra. Desde entonces huyo de la matanza anual del cuto del vecino, con todos sus ritos ancestrales y sus ceremonias y sus autenticidades, y en general de todos los acontecimientos con sabor (ancestrales) y regusto a auténticos y a tradición tribal, y como es la época, la de los días cortos y las noches largas y las fantasías intensas, me disfrazo de algo, más que nada porque el disfraz es una impostura, un artificio más o menos rebuscado, pero nada auténtico, aunque a veces sea la única verdad que tengamos para llevarnos a la boca. Mi preferido es el de Hombre Invisible, pariente lejano del de H. G. Wells al que -qué imagen tan maravillosa- sólo se le podía adivinar el rostro a través del humo, cuando fumaba.

De qué otra cosa podría disfrazarme en estas fechas en las que quien más quien menos puja por disfrazarse, por impostar durante unas horas la terca verdad que duerme en su interior, su fantasma privado, por ser sencillamente otro durante un rato o, como Ulises, ser Nemo, ninguno, nadie, para encontrarse, mañanero, derrotado, con mal cuerpo, con uno mismo en el espejo. De Mr. Hyde, el doble del doctor Jeckyll, parte de su alma verdadera, según Chesterton porque sólo entierran a uno, mal. Además, en mi ciudad vieja, la de las torres toscanas, me reconocerían nada más pisar el poco adoquín que le queda a la calle. De Pinocho, ese atolondrado tarugo que talló con sabiduría Carlo Collodi tampoco puedo disfrazarme porque me cogen enseguida el zorro y el lobo y nos vamos los tres a las ferias, a ver las barracas y luego hasta te traga una ballena (por lo menos). Los demás que se me ocurren: vampiro, Robin Hood en las ramas de su bosque de Sherwood, matasiete de los Tercios (como Alonso de Contreras) o matasiete a secas, incroyable, artista de variedades, especialidad ilusionista o vetrilocuo, Falstaff que sabe de la vida perdida en vano, están todos apolillados, he abierto el almario donde duermen y están todos apolillados. Quedémonos quietos en el rincón del fuego y que en esa situación termine el año, al menos este, por una vez.

* Artículo publicado en Blanco y Negro, Madrid, “Tugurio Impar”, Nº 4149, 3.1.1999, p. 10.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s