El memorial de un gaviero

Herman-Melville

En agosto de 1843, después de haber rodado por el Pacífico Sur, Herman Melville, el vagamundos, el aventurero, el peregrino de las estrellas, tal y como él mismo se ve, se enrola en la fragata United States, de la armada norteamericana. Era un buque en el que convivían más de quinientos marineros, un buque fuertemente armado que recorrió la costa americana del Pacífico, dobló el mítico cabo de Hornos, y que en octubre de 1844 se detuvo finalmente en Boston, en el Atlántico. Ahí acabó para Melville la vida de vagabundo de los mares y comenzó la de escritor.

Seis años después, con una intención clara de testimonio y denuncia, escribe y publica, este soberbio memorial de la vida cotidiana a bordo de un buque de guerra, el Neversink (Nunca se hunde, para unos, Siempre navega para otros), en el que puestos a descifrar simbologías -y la obra de Melville se presta a ello hasta en exceso-, es fácil establecer el símbolo de la Humanidad, de un sistema social de difícil compostura, de una espesa red tejida por las lineas invisibles de las contelaciones o de las estrellas fugaces (escribiría Louis Aragon), de la que es imposible escapar: “Todos los mortales estamos a bordo de una fragata-mundo, veloz e insumergible”, nos dirá Melville, antes de concluir sombriamente que nuestro destino está predestinado y nada podemos hacer para variar ese rumbo. Es el calvinista el que habla.

Chaqueta blanca es un relato vivísimo, pero su fondo es duro, desgarrado, amargo incluso, nada o muy poco épico. Un fondo, un mundo mejor, que contrasta con el tono de quien lo describe. El tono de Melville en esta obra es además de firme, casi humorístico, y hasta burlesco en ocasiones, como lo sería en otras -en Israel Potter (1855) sin ir más lejos: señalemos la inclinación de Melville a escribir el memorial mínimo o extenso de los más desfavorecidos, de los perdedores, de las víctimas-. La de Melville es la voz del hombre animoso, del hombre que se empeña en sobrevivir, en vencer las dificultades, animado por una envidiable vitalidad, por un sentido de la igualdad y de la justicia, partidario decidido del entusiasmo, del esfuerzo, dueño de un mundo nuevo o en pos de su posesión, el hombre que sus lectores creemos circula entre los versos de Walt Whitmann. Curioso tono sin embargo para alguien que cree en la predestinación.

home_port1931  A Melville le anima no tanto el relato pintoresco de lo vivido, de lo sentido en ese primer viaje del grumete que siente la pulsión de la aventura -Redburn (1848)-, sino el testimonio que busca la fundación de la dignidad oscurecida por el arbitrario y violento principio de la autoridad basado en la violencia, raras veces en la superioridad moral o intelectual (salvo en los momentos de peligro, como nos dirá cuando relate el paso del cabo de Hornos).

Melville fue casi un especialista en escribir tratados de navegación moral. No hay descripción por minuciosa que sea de la vida a bordo de esa fragata de guerra que no tenga un valor simbólico y escape a una reflexión moral. Y sin embargo… El vagabundos se inclina hacia el hombre meditabundo que se interroga acerca de su destino, acerca del destino de quienes le rodean también, sus semejantes, raras veces sus camaradas, jamás sus hermanos. En todas las páginas de Chaqueta blanca late, al igual que en otras obras de Melville, esa mitología tan americana de autores que fueron sus contemporáneos -el Poe de Arthur Gordon Pym, por ejemplo-, cifrada en el impulso de la fuga, en la necesidad de una iniciación y en la búsqueda del propio destino.

Chaqueta blanca posee ese fondo autobiográfico de casi toda la obra de Herman Melville, sin que se llegue a saber (por innecesario) si se trata de ficción autobiográfica o de una forma de restañar las propias heridas convirtiéndolas en invención literaria, en páginas novelesca o en crónica. Melville, desertor del ballenero Acuhsnet, escribirá más tarde Typee (1846). Melville gaviero, que siente en su propia carne los castigos injustos, la brutalidad, y ese sentimiento de rebelión vibrante ante la injusticia, escribe Chaqueta Blanca y Redburn.

md_213Cuando Melville escribió esta obra, en 1849, supo que arriesgaba la impopularidad, la impopularidad sobre todo de las gentes del mar encerradas en sus servidumbres y privilegios; supo que iba a ser detestado por hablar de uno de tantos secretos profesionales, de uno de tantos tapujos de las conveniencias: no sólo de la ilegalidad de las flagelaciones brutales y arbitrarias por motivos nimios. Tal vez fue por eso por lo que intentó hacer el mayor ruido posible con su obra, viajando a Londres para promocionarla (y para reunir información que le permitiera escribir el Israel Potter), en el otoño de 1849.

Un capítulo curioso de Chaqueta blanca es el que hace referencia a los marineros que escribían su diario de a bordo y de cómo cuando se supo, a bordo del Neversink, que uno de ellos -¿trasunto de Melville?- estaba escribiendo un diario que, a la vez, iba a ser un memorial o una apuntación fiscal de la vida de un buque de la Armada, con sus oficios, leyes, tareas, rutinas, corruptelas, abusos, le requisaron el libro y lo arrojaron atornillado al mar porque estaba prohibido deshonrar a personas del mismo cuerpo.

Chaqueta blanca es un libro minucioso en la descripición de la vida cotidiana a bordo y de sus tareas e incidencias, y amargo -la amarga poesía de las cosas del mar que alienta el inequívoco capítulo final-, pariente de uno posterior, Redburn, en el que denuncia las brutalidades y arbitrariedades cometidas a bordo de los equipajes de la armada, y, por lo que tiene de viaje iniciático, de Dos años al pie del mástil, el realto autobiográfico de su amigo Henry Dana.

Es de justicia referirse a la traducción de José Manuel de Prada Samper. No da igual traducir una cosa por otra y callarse sabiendo que pocos se van a dar cuenta de las pifias. Sobre todo en la literatura del mar a causa de su complejo, vasto y pintoresco léxico que hace a menudo, a quienes lo utilizan sin venir mucho a cuento, decir lo contrario de lo que quieren decir. Sus notas a pie de página resultan impagables y facilitan enormemente la comprensión cabal del texto. Un esfuerzo notable. Da gusto leer su trabajo.

* Chaqueta blanca, Herman Melville, Traducción de José Manuel de Prada Samper, Alba editorial, Barcelona 1998.

* * Articulo publicado en ABC Cultural, Nº 371, Madrid, 7.1.1999.

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