“Con Galdós, entre pólvora y covachuelas”

 

b_benito_perez_galdos_efespfour849948-2525868.jpg_1306973099CUANDO en abril de 1898, Benito Pérez Galdós acomete la tercera serie de sus Episodios Nacionales, dice que lo hace a instancias de su público y de sus amigos que así se lo piden, aunque para entonces el novelista tuviese conflictos graves con su editor Miguel H. de la Cámara por cuenta de la liquidación de derechos de autor y existencias editoriales. La situación financiera de Galdós no atravesaba por su mejor momento; al revés, el pleito sobre derechos de autor con su primer editor le había resultado muy gravoso. Una situación que, al final, le empujó a echarse en manos de Hernando y Cía, tras pasar por las suyas propias o las de la Viuda e Hijos de Tello, donde se editaron los dos libros que ahora se reeditan.

Galdós anunció para esa tercera serie diez obras de las que las dos primeras, que echan a rodar personajes no del todo secundarios que sirven de testigos y sostenes de las que vendrán más tarde –como el arrebatado romántico Fernando Calpena, por ejemplo-, son Zumalacarregui, publicado ese mismo año, y escrita entre los meses de abril y mayo, y Mendizábal que lo fue dos años más tarde, aunque se escribiera entre agosto y septiembre de 1898, lo que da también una idea de su ímpetu creativo. El período que abarcarán esos nuevos Episodios Nacionales será el de la Primera Guerra Carlista (1833-1840), las regencias de María Cristina de Borbón-Dos Sicilias y del general Baldomero Espartero, y el comienzo del reinado de Isabel II, que coincide en artes y literatura con lo mejor del romanticismo español, tanto en sus vertientes de creación como de activa participación política: Espronceda, Larra, el duque de Rivas, el marqués de Molins, García Gutiérrez, Miguel de los Santos Álvarez, Mesonero Romanos (que le suministrará muchos detalles de la época), Ventura de la Vega, Eugenio de Ochoa, Manuel Montes de Oca que dará titulo a uno de los episodios…. Jóvenes y menos jóvenes, todos pertenecen e intervienen de hoz y de coz en esa época de la historia de España tan convulsa como esperanzada. Hacen época. Los personajes de Galdós también, de ella salen.

Pero si la época de la que Galdós traza el fresco vital es, vista en la distancia, atractiva por su intensidad romántica, aquella en la que acometió su empresa fueron unos años, largos, de verdad sombríos de nuestra historia. A finales del año 1898, el 10 de diciembre, el tratado de París pone fin a la guerra injusta de invasión declarada por los Estados Unidos a España y con él la pérdida definitiva de lo que Isabel II llamaba en su papeles oficiales, y con caligrafía de poca afición, <<nuestras posesiones de Asia>>. El clima social no podía ser más desesperanzado y sombrío. El país que había enviado a Cuba uno de los mayores ejércitos movilizados hasta entonces, tiene que admitir su derrota y su fracaso militar, político y humano. El país se tiene que resignar a no ser nadie, nada. Galdós no fue en modo alguno ajeno a aquel sentimiento de fracaso nacional y a la necesidad de regeneración que ya era clamorosa antes de la derrota y pérdida de los territorios de Ultramar. En la obra de Galdós la clave de sus actitudes políticas no es en absoluto desdeñable. A fin de cuentas para entonces ya había sido diputado y su nombre bandera de posiciones radicales.

 

show-midres.phpTOMÁS de Zumalacarregui (1788-1835), guipuzcoano, hidalgo, apegado a las tradiciones de su tierra y militar de profesión, veterano de las luchas contra los franceses, dotado de auténtico genio militar y de otras cualidades personales que el hicieron acreedor de la admiración tanto de sus correligionarios como de sus adversarios; y junto a él, más incluso que enfrente, José Álvarez Méndez, Mendizabal (1790-1853), gaditano, masón, constitucionalista, probablemente de origen judío, hábil financiero, más que un mero comerciante experto en el aprovisionamiento e intendencia de cuerpos de Ejército, y con unos pujos y maneras irrefrenables de medro social teñido de romanticismo, más que de rastacuerismo. Dos personajes tan opuestos como muy atractivos y representativos de dos formas encontradas de vida española: la que reduciendo bastante se puede llamar oscurantista y absolutista, como hacía Galdós, y que, tras la abolición de la Ley Sálica, representaban los partidarios de Carlos María Isidro de Borbón, enseguida llamados <<los carlistas>>, y la que en un sentido amplio y difuso, y sobre todo engañoso, representaba el ejercito cristino y el termitero de sus generales, la muy discutible España liberal que no dudaba en pasar por las armas o en enviar al exilio a sus líderes de ocasión cuando se apartaban de la ortodoxia liberal de turno. Dos concepciones encontradas de vida más incluso que dos opciones políticas cifradas en un conflicto con tintes románticos que se internacionalizó con la participación de ingleses, alemanes, franceses vendeanos y hasta polacos, y que, con todas su mutaciones, ensangrentaría el país en cuatro ocasiones a lo largo de un siglo. A fin de cuentas, el mismo Hennigsen, con la autoridad que da el haber participado directamente en la lucha, diría, ya en 1839, cuando la guerra no había acabado, que los soldados de Las Provincias y del Viejo Reyno luchaban más por sus fueros y libertades que por las cuestiones puramente dinásticas, un serio handicap en la guerra este, que se reproduciría, con la rebelión y deserción de batallones enteros, cuarenta años más tarde.

Pero al margen de la pormenorizada descripción de las acciones militares protagonizadas por el general carlista y que lo retratan con eficacia, Pérez Galdós nutre su relato con las peripecias de personajes de su invención no del todo secundarios, que le dan una extraordinaria vivacidad a este y lo colocan del lado del folletín al que en aquella época aspiraban hasta los escritores que más miga gastaban en los cuarteles de sus escudos fules. A fin de cuentas era el folletín el género más leído por el público y el que, en consecuencia, más beneficios reportaba, al margen del teatro al que aspiraban todos.

Galdós acierta al construir su novela no en torno a personajes convencionalmente novelescos, aunque resulten héroes de folletín, los primeros actores digamos, sino al hilo de aquellos que sin otro título que sus manos y sus azacaneados destinos padecen la guerra y las convulsiones de su época, el llamado pueblo menudo, la carne de cañón, los que no tiene nombre o lo tienen apenas, que intentan sobrevivir con sus pequeñas vidas, al margen de si son o no arrollados por los violentos acontecimientos que les han tocado en suerte.

Zumalacarregui, <<el tío Tomás>>, era ya en vida todo un mito, tanto en las filas carlistas como en las liberales. Zumalacarregui, un prestigioso militar guipuzcoano casado con una navarra, avecindado en la calle del Carmen de Pamplona, que salió de la ciudad a finales de octubre de 1833 por el Portal de Francia o Portal del Abrevadero (no del Carmen, como dice Galdós, siguiendo a otros doctos), y hoy de Zumalacarregui. Ese hecho responde al fusilamiento, apenas una semana antes, el día 14, en los fosos de la ciudadela de Pamplona y de manera infamante, de otro prestigioso caudillo navarro, el mariscal de campo don Santos Ladrón de Cegama que había proclamando a Carlos V como rey de España en Tricio, La Rioja, el día 6, y había sido hecho prisionero en su primer encuentro armado con su antiguo amigo íntimo el general cristino Manuel Lorenzo.

El fusilamiento de espaldas y sentado en una silla de don Santos Ladrón de Cegama encendió a la población navarra y en ese clima de sublevación y revuelta se produjo la salida de la ciudad de Zumalacarregui para hacerse cargo de la dirección del ejército carlista, y sobre todo de su organización, hasta convertirlo en una fuerza de cincuenta mil hombres capaz de mantener en jaque al ejército de Madrid durante varios años.

Galdós hace aparecer a Zumalacarregui en escena un año después de estos hechos cuando el general había ya iniciado sus campañas militares más a base de repetidos golpes de mano que de encuentros formales, y más afortunadas unos que otros, todo hay que decirlo, en noviembre de 1934 y en vísperas de la expedición de la Ribera de Navarra, que no tenía otro objeto que aprovisionar a sus tropas antes de regresar al norte del territorio controlado por don Carlos: valles navarros de La Berrueza, Yerri, Amescoas, Ulzama, Atez, Baztán… La de Zumalacarregui como caudillo militar es una vida corta toda vez que muere el 24 de junio de 1835, a consecuencia de la herida recibida en el cerco de Bilbao, junto a la basílica de Begoña, y tras la novelesca intervención del curandero guipuzcoano que atendía por el remoquete de Petriquillo.

Galdós puso al caudillo carlista en escena con vigor cierto y aun siendo algo más que un mero liberal al uso, con admiración sincera. Si vibrantes son las páginas escritas sobre el militar, tanto por carlistas como liberales, vibrantes son también las de Galdós. De ahí también la fuerza innegable actual de su relato.

A Galdós le salía bien describir el covachuelismo madrileño, los cafés, las fondas, las estafetas, las calles de ese Madrid que ha dado en llamarse galdosiano –el mejor homenaje que se puede hacer a un escritor-, pero en cuanto pisaba geografías concretas que no fueran las suyas, estas eran escenarios tirando a vacilantes, poblados por personajes que se acomodaban más mal que bien a los habitantes reales de unas tierras que le eran extrañas.

La toponimia no era el fuerte de Galdós y en las escenas reales que tienen por escenario las tierras de Navarra, acierta con la forma de hablar bárbara y graciosa de los riberos, pero patina en la caracterización sainetera de los euskaldunes con modos y acentuaciones que suenan como trallazos. Lástima, porque el empeño resultaba ya en su época algo más que meritorio, algo más que un mero rasgo de exotismo. Los nombres de pueblos o lugares de Navarra (foz de Asipuri por Aspurz, por ejemplo) suele estar mal escritos y así siguen, una edición detrás de otra. Cosa curiosa porque para su época Pascual Madoz, otro navarro, ya había publicado su famoso Diccionario geográfico (1846-1850), que andaba por todas partes. Probablemente la causa de esos pertinaces errores haya que buscarla en las fuentes consultadas por el novelista, que como <<el Pirala>> parecen a ratos compendios de toponimia recreativa.

Para cuando Pérez Galdós se dedica a escribir estos episodios la bibliografía de las guerras carlistas era ya muy copiosa. Basta asomarse a la monumental, exhaustiva e imprescindible bibliografía de Jaime del Burgo o a las quinientas páginas del exhaustivo trabajo de José María de Azcona, Zumalacárregui. Estudio crítico de las fuentes históricas de su tiempo, (Madrid, 1946). Y al margen de la muy primeriza biografía de Zaratiegui (1836) o a la crónica del militar inglés C. F. Henningsen (1839), las andanzas militares de Zumalacarregui eran en buena parte accesible al gran público a través de los papeles menos folletinescos y más rigurosos de lo que parece del liberal Antonio de Pirala, una fuente a día de hoy bastante fiable, se diga lo que se diga, al margen de muchas otras particulares sobre las operaciones del Ejército del Norte, en lo que se llamaban <<Las Provincias>> (Navarra era todavía Reyno, aunque viejo).

Sería poco honesto decir que Galdós fue ecuánime en su relato de la guerra, porque, por ejemplo, si bien pormenorizó con bastante detalle los atropellos de los carlistas, no dijo gran cosa de las criminales fechorías impunes cometidas por la escoria y la vergüenza del ejército cristino (de donde viene la palabra guiri: gristino): los tristemente famosos peseteros. Una vez más la historia de España resulta muy distinta dependiendo de que lado del parapeto se escriba.

No me consta, ni tampoco creo que importe demasiado saberlo, si Galdós conocía o no la bibliografía ya publicada, aunque parece que manejó la obra de Zaratiegui, pero lo cierto es que, por regla general, las acciones, movimientos de tropas y combates concretos de los cuerpos de los ejércitos liberal y carlista son precisos y están bien documentados. Si cotejamos las páginas de Pirala, por ejemplo, con las de Galdós se pueden apreciar las coincidencias de quien habla de lo mismo. Galdós podía resumir, pero no era aficionado a escribir una cosa por otra y como novelista histórico era concienzudo, algo que resulta ejemplar en una época, la nuestra, en la que la desfachatez y la ignorancia supina suelen ser la norma por lo que a la novela de índole histórica se trata.

Así por ejemplo toda la expedición de la Ribera de Navarra por Los Arcos, Sesma, Miranda de Arga, Peralta y Villafranca, entre otros lugares, hasta regresar a La Berrueza, así como la batalla de Mendaza del 12 de diciembre de 1834, la primera y casi única que mantuvo el general con estrategia de cuerpos de ejército y que pudo costarle la vida, batalla en la que intervinieron los Fernández de Córdova y el navarro Oraa, están relatadas de manera impecable. Pero lo más importante no es la exactitud de los datos históricos o su relato, sino la manera en la que estos episodios son vividos por los personajes reales o los imaginarios que pone en escena, su historia menuda, la vida corriente que se han visto obligados a dejar atrás, la que la guerra les ha obligado a interrumpir.

Releyendo a Galdós, a cien años de la publicación de sus obras, se tiene la sospecha de que si bien se ha elogiado a Balzac o a Dickens en el pulule formidable de sus personajes secundarios, no se ha hecho lo propio, y con idéntica justicia, con Pérez Galdós que <<gustoso de referir las cosas pequeñas antes que las grandes>> pobló sus novelas de los protagonistas del entramado social de la España de la época, un auténtico hormiguero social: curas saltatumbas, monjas levantiscas, cantineras, mozas bravas, jornaleros que tienen más miedo al hambre que a la muerte, o personajes que tratan de hacerse a sí mismos, como el clérigo Fago de esta primera novela, un estupendo personaje novelesco, visionarios, y gente de orden, constitucionalista, amante de las libertades cívicas (y del registro d ela propiedad y de la usura de los censos) tal y como viene en el reparto.

En ese sentido los Episodios Nacionales, estos en concreto, son obras muy agradecidas para los estudios académicos de todo tipo, habida cuenta de que ambas están basadas en incontables <<hechos reales>>, <<históricos>>, que forman casi por completo el dechado de la obra. La interacción entre invención literaria y testimonio histórico da pie con Galdós a una inagotable fuente de estudios que aseguran la pervivencia y buena salud del gremio. Solo por esto, Galdós merece un monumento.

No es un carlista quien se acerca a Zumalacarregui, sino un español que incluso trata de superar y liquidar aquella ya vieja y cansina, y sobre todo equívoca, división entre carlistas y liberales, entre oscurantistas y absolutistas y amantes de los libertades y derechos del hombre que quedan bien en el papel pero que resultaba muy difícil llevar a la práctica en <<un intratable pueblo de cabreros>> (Jaime Gil de Biedma); un español que sospecha que esa pugna es estéril. Galdós es un hombre que mira hacia otro siglo, hacia otra España, invocación esta frecuente en los dos títulos aquí reunidos y que invita a una relectura atenta de esa obra que de agarbanzada solo tiene la mala fe de quien acuña la expresión.

 

01-mendizabal

Y tras Zumalacarregui, Galdós publica, poco más de un año más tarde y en el mismo editor, su Mendizábal, otro personaje complejo y muy atractivo, por sus orígenes, sus avatares vitales y su ímpetu político, hecho demonio de ocasión, hasta muchos años después de que su época hubiese pasado, por la clerigalla nacional, que fue mucha y bien pertrechada, y por la pequeña y gran aristocracia reaccionaria que con sus medidas vio, entre otras cosas, esfumarse el sistema de señoríos. La obra, escrita inmediatamente después de la anterior, pone en escena a otro personaje clave de su época, un personaje controvertido, el demonio para los clericales a los que no les temblaba el pulso a la hora de aprovecharse de su desamortización para aumentar su propio patrimonio latifundista, y una esperanza nacional para otros que aspiraban a una España modernizada y veían que esa esperanza se diluía en intrigas de covachuelas y palacios, conspiraciones, asonadas y poco fuste real para cambiar lo que fuera, cosa que ya vieron con desesperación otros escritores de la época, como Mariano José de Larra. Los observadores extranjeros llegaron a decir que aquellos españoles que se reunían en juntas y conspiraban a más y mejor, eran como niños jugando con productos químicos inconscientes de que les pudiesen explotar en las manos.

Estimo que Mendizábal es una de las más apasionantes novelas de Pérez Galdós, de las que se leen con auténtico placer. Si en la anterior novela acertó al colocar al militar carlista en su máximo momento de gloria, en esta tuvo el genio de colocar al hombre de estado llamado Mendizábal en la intimidad de su despacho, en sus enredos personales, aunque la época concreta sean las vísperas de su decreto de desamortización de bienes eclesiásticos, una de las medidas políticas más impopulares que se tomarían en España en muchos años, vista sobre todo desde la periferia, donde reinaban los terratenientes que, aun siendo en ocasiones carlistas, fueron beneficiarios directos de los bienes desamortizados por contar con el beneplácito eclesiástico a través de argucias de sacristía, y por ser de los pocos que podían acceder al sistema de subasta de grandes lotes establecido por los decretos dictados por Mendizábal y aprobados por las Cortes. Todavía en la época en que Galdós escribe su obra, los bienes desamortizados seguían siendo una cuestión candente, tanto para algunos de los compradores, como para los antiguos propietarios. El tiempo, los cepillos de las ánimas y el registro de la propiedad se encargarían de limar asperezas y escrúpulos de conciencia.

Curiosamente Mendizábal no llevaría la gestión de su proyecto al ser destituido en mayo de 1836, aunque volviera a ser ministro de Hacienda enseguida.

Y de la misma manera que en Zumalacarregui había dado entrada al pueblo llano junto a los que de ordinario aparecen como protagonistas de la historia, en Mendizábal aparece en escena el hormiguero de la busca madrileña, esa que al parecer ni cesa ni tiene cura. El hombre de estado no es ajeno a esos enredos. La trama de la novela, desde su primera página es de auténtico folletín. Su protagonista, el atractivo y arrebatado Fernando Calpena, nacido en la localidad navarra de Vera de Bidasoa, prohijado por unas gentes de la zona, llega al Madrid de 1935, como protegido de Mendizábal después de haberse formado en tareas comerciales en París, donde ha visto representar el Anthony de Dumas (como en realidad lo viera el escritor Eugenio de Ochoa, uno de los comparsas del personaje en un Madrid de cafés ahumados que pintaría Esquivel). Fernando Calpena desconoce sus orígenes, que son aristocráticos, asunto este que no se desvelará del todo hasta varios episodios más tarde. Un auténtico héroe romántico que acabará decepcionándose de su protector al ver que este no logra llevar a cabo las reformas políticas emprendidas.

Hay que dejar a un lado los reparos de verosimilitud en la caracterización del personaje Calpena no ya porque resulte grotesco más que inverosímil que en la localidad navarra de Urdax hubiese a comienzos del siglo XIX alguien de apellido Calpena (no podía ser, como más tarde, ni siquiera carabinero), sino porque en cuestiones de folletín cualquier desbarre contribuye al atractivo de la acción.

Galdós pinta a un Mendizábal admirado, envidiado, gozando de mucho prestigio social, envidiado, un personaje nocturno, abrumado de trabajos y poseído de sueños legítimos de una reforma nacional absolutamente necesaria, los mismos que tuvo el autor de la novela, un personaje nocturno que recibía a sus visitas políticas a horas intempestivas en su despacho de la Presidencia de Gobierno, donde le visitó George Borrow, don Jorgito el inglés, en busca de una autorización para ir a vender biblias por los frentes de batalla a lo que Mendizábal le respondió que mientras le trajera pólvora y cañones para luchar contra los carlistas sería bien recibido, pero que si no era así, le pedía que le permitiera prescindir de su grata compañía.

Y si acertó con el retrato del hombre de estado, también lo hizo con el retrato de la sociedad madrileña de su tiempo. Galdós describió de manera magistral aquellos sórdidos y asfixiantes ambientes de las oficinas ministeriales, las llamadas covachuelas, en donde no se hacía estrictamente nada: una lacra nacional cuyo alcance real se ignora a día de hoy. El covachuelismo, sostenido por la vagancia más incluso que por la franca corrupción, era la escollera en la que se estrellaban los más vigoroso proyectos reformistas. Y Galdós lo retrata de manera impecable.

Al margen del evidente folletinismo de la acción de la novela y de personajes como Fernando Calpena, hijo natural de una aristócrata no lo olvidemos, que se rebela contra el medio y contra el destino que los de su casta le tienen reservado a pesar de todo reservado y quiere ser él mismo, todo un héroe romántico en un país que mira con lupa los apellidos y el origen social y familiar de las personas, cosa que hará hasta el propio Galdós al explicar el cambio de apellido de don Juan Álvarez Méndez, por Mendizábal, el pulule de personajes que aparecen en Mendizábal es sencillamente prodigioso. Madrid, más hormiguero que nunca, aparece plagado de gentes que van a la busca, de funcionarios de ocasión con vocación de cesantes, menestrales, fondistas, cocheros, criados, curas, beneficiarios, rentistas noctámbulos, policías, porteros, pluriempleados sujetos al despido, cesantes a la fuerza salvo que naveguen con doblez los mares políticos, poetas, autores de teatro, cómicos, arribistas a la caza de un acta de diputado y prestamistas, no podían faltar los prestamistas en los cuadros galdosianos. Tuvo hacia ellos auténtica curiosidad y esta se vio recompensada con páginas gloriosas como esas en las que en esta novela, la Zahón y Maturana, corredores de joyas, examinan un alijo de perlas.

Galdós hace costumbrismo al describir esos modos de vida española, o madrileña habría que decir con más propiedad, cierto, no lo voy a discutir, aunque me temo que sea, como muchos otros, término a revisar (por su indebido uso despectivo), pero lo más importante es que nos muestra a sus personajes, tanto a los ficticios como a los reales, en sus vidas privadas, cada cual con su particular historia a cuestas, pero enhebrada en la gran Historia, pero siempre la Historia escrita por los hombres, dueños o menos dueños de sus destinos, no dictada y caligrafiada por la Providencia y sus administradores y pendolistas, que como es sabido ha sido la gran historiadora española hasta hace nada, ni mucho menos por los ángeles porque esta <<no la conocemos ni por el forro>>, como dirá con gracia al explicar la controvertida batalla de Mendaza.

Más de cien años después de haber publicado aquellos episodios nacionales que me temo nos explican más de lo que nos gustaría, el <<agarbanzado>> Galdós sigue conmoviendo y apasionando a sus lectores, llevándolos a escenarios atractivos y mostrándoles pasiones reconocibles, lo que es toda una lección para los críticos montaraces que le miran por encima del hombro. La Literatura es con Benito Pérez Galdós es en sus Episodios Nacionales una fiesta en la que se admite mal el prejuicio, la bandería y las exclusiones sumarias. Algo tiene que tener Galdós para seguir siendo leído, para que de su mano los lectores del siglo XXI se asomen a la España del siglo XIX, la de nuestros males y conflictos nunca del todo solucionados, dicen los que saben de estas cosas, cuando tenemos otros.

*** Prólogo a los Episodios Nacionales -Zumalacarregui y Mendizabal– de Benito Pérez Galdós, editados por El Mundo, Madrid, 2010

 

 

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