Deriva de las estaciones

 

NI VOLVER, volver, volver, ni decíamos ayer, porque entre otras cosas no deja de ser un broma ya muy gastada, espesa. Cuando pasaron las grullas hacia el sur, nocturnas, atronadoras, estaba leyendo a Josep Pla y, con ese viento sur que hace que la gente melancólica camine como si no pisara el suelo y alquile de cuando en cuando el cerebro a los disparates furiosos, la chimenea echaba tanto humo como la suya, y casi todo en mi casa emanaba un confortable olor a jito. Luego vinieron los temporales. Cuando repasaron, hace ya un par de meses, no menos atronadores, pero en más perfecta formación, los ansarones hacia el norte, estaba leyendo la edición castellana de ese desbarre apocalíptico que es Guignol’s band de Céline. Hace unos años, Céline me interesaba bastante más que ahora. Ahora me abruma –ese agobio de la furia, ese malestar del rencor extremo–, tal vez porque como decía Caro Baroja en Los Baroja los asuntos tristes o tremebundos interesan cuando eres joven; cuando vas camino de ser mayor que le dicen, interesan cada vez menos, poco, nada. Citemos un verso de Gil de Biedma: cuando aparece cada vez más claro que envejecer y morir son los verdaderos argumentos de la obra, que es por cierto cuando hay quien se amorra a la contemplación de alguna vanitas siniestra o por el contrario se aplica a vivir con toda la intensidad de que sea capaz. Va en caracteres. Va en bolsas, también; y en estados de salud.

Si me interesan los asuntos más o menos campestres, de un bucolismo que a veces pone los pelos de punta, es porque los tengo delante de las narices. De no ser así, es decir, de no tropezarme con las grullas o con el viento huracanado del sur, que como asunto nocturno es de una animación que tumba, o de no poder comprobar que aun no estando en Malasia los bosques son majestuosos como templos y rumorosos como el mar (Conrad), esos asuntos del pasar de las estaciones, de su ritmo, de sus hitos y de sus oficios desaparecidos, de sus gastronomías menores hechas a base de platos contundentes, me resultarían extremadamente irreconocibles, imaginarios, pura literatura fantástica. Si no fuera de esa manera me iban a interesar tan poco como las historias del Kronen y el mensakismo ilustrado y toda una faramalla literaria que me resulta por igual incomprensible y antipática, y con pésima prosa, además, (sobre todo la prosa). En esos asuntos de la deriva de las estaciones, que sé interesan más bien poco, podemos fijarnos quienes vivimos en algún lugar en el que todavía hay cielo y tierra. Solo así tiene sentido leer un libro como Las horas de Pla o su Huida del tiempo, y que esa materia literaria nos resulte cuando menos identificable. Libros apacibles, libros de horas, libros del humor vagabundo, hechos de mucho mirar las cosas del mundo en torno y de poner la mirada allí donde no la suele poner nadie, y a la vez de mirar en la tradición literaria, de fijar la memoria, de genuina invención literaria; libros que me parece resultan cada vez más anacrónicos, más representativos de una sensibilidad que tiene mucho de resistencia a la barbarie, como los de artículos de Chesterton, cada vez menos frecuentados, más desconocidos, como nuestros clásicos (reflexión recurrente donde las haya y sin mucho futuro), cada vez más lectura propia de unos lectores que tienen algo de sociedad secreta, que leen a contrapelo, que leen, a secas.

*** Artículo publicado en La Nueva España, Cultura, de Oviedo,        20.3.1996, y el El Correo de Andalucía, Sevilla, 28.6.96. Escrito desde Gorritxenea, en Zozaia, de Baztan.

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