Jinete solitario

arton2618LA de Jünger vino siendo una de las fascinaciones intelectuales más enigmáticas de los últimos tiempos. Su figura y su obra, muy complejas, poliédricas, poco aprehensibles, han concitado hasta el último momento admiraciones y rechazos igualmente apasionados. Fue un maestro con discípulos invisibles, un maestro sin discípulos. Sus necrológicas le absolvieron de sus pecadillos de juventud, de su militarismo prusiano, entre otros, como si este sólo fuera un mero adorno, una parte desdeñable del atrezo de la historia, lo que tiene rasgos de despropósito. Ese aspecto de Jünger guerrero, de patriota nacionalista, de una lealtad ya rara, no resulta simpático, porque esos no son valores muy cotizados en este fin de siglo (aunque puedan serlo en unión de la extrema violencia en el futuro). Y eso que estimo que la figura y la obra de Jünger está más allá de la simpatía y de la antipatía, en el territorio de las verdaderas aventuras intelectuales. El que Jünger fuera por los castillos y las casas fuertes de la Francia rural y ocupada consultando bibliotecas no puede ser tomado como un rasgo de dandismo guerrero, porque, entre otras cosa, es una sandez y se olvida el título merced al que las puertas debían franqueársele: eran los vencedores de la guerra, imponían sus derechos de conquista. De su nazismo le absuelve por lo visto el haber estado mezclado en una conspiración contra Hitler, por ser amigo de uno de los Von Stupegnagel ¾«¡Voilá le plus beau de nos vainqueurs!», en frase pasablemente falsa e indecente de Hélène Morand, en cuya casa coincidió Jünger con aquella furia andante que fue Céline: no se gustaron, nada¾, pero queda por resolver su decidido aristocraticismo porque este no goza de buena fama allí donde impera la pretensión de igualdad a la baja. El aristocraticismo es escurridizo, ambiguo, demasiado individualista, si de verdad no se reduce a pamemas decorativas, es un viento que lleva lejos. Las camas de Procusto funcionan con los vivos y también lo hacen con los muertos y con los mitos vivientes. Pero con esa cama sucede como con la envidia, que a nadie le gusta tener una de ellas. El de inquisidor es papelón poco lucido, así que mejor, antes de mostrar esa antipatía tan del tiempo a todo lo que es excepcional y se sale de las convenciones, silenciar ese pensamiento en constante búsqueda y evolución que le llevó lejos, del lado de los sueños y del conocimiento del otro lado del espejo, tal y como lo muestra ya de forma agónica en los últimos tomos de sus diarios. Nunca se echó, ni se rindió ni desertó. Entomólogo y soñador de tormentas y desiertos futuros, aventurero de los papeles y de los conflictos del hombre de su tiempo, místico y visionario, casi siempre se nos muestra lejano, inaprehensible, hermético a menudo, en una obra en la que no resulta fácil aventurarse, más allá de los lugares comunes que la reducen. Una obra siempre animada por unas tensiones morales en lo personal y en lo colectivo que resultan casi a la fuerza acusadoras para el lector. Jünger mostró que una obra intelectual en solitario es más difícil de lo que parece, que está condenada a chocar con sus contemporáneos, que esa es una empresa ciertamente admirable que tiene riesgos ciertos y momentos de verdadera zozobra, y exige renuncias también ciertas. Filosofar y cultivar nuestro jardín siguiendo a Cándido no está al alcance de cualquiera.

*** Publicado en ABC, de Madrid, 9.3.1998

 

 

 

 

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Fantasmas

HAY gente que tiene más facilidad que otra para encontrarse con aparecidos, para verlos, para escucharlos y para etcétera. Hay gente cuya especialidad es ver cosas que los demás no vemos, oir voces raras donde los demás sólo sentimos la espesura del silencio y parecen vivir en una tierra de nadie entre cielo y tierra. Unas veces son estafas de poca o de mucha monta, pero otras no, otras, los que comercian con duendes y demás criaturas de lo invisible jamás vencido, resultan inquietantes de ganas, y pesados al cabo. Entran en una casa, que igual puede ser la tuya, encima, y exclaman: “Aquí hay algo, advierto presencias”, e incluso tocan las paredes como si en ellas fuera a abrirse la puerta de una galería de otro mundo. Como en las películas, igual. Y uno mira a su alrededor y se asoma incluso al fondo de los espejos y no ve nada, de ese otro lado del espejo no viene nadie. No estamos en La torre de los siete jorobados, que tiene unas apariciones fantásticas, majestuosas. Ahí, a nuestro alrededor, en el escenario de nuestra escorredura, sólo están las cosas de todos los días, tan modosas ellas y tan inquietantes también, si uno se para a mirarlas con los ojos de un Hopper o de un Lynch. Pero aunque no hay nada, aunque de las paredes no salga nadie ni de noche ni de día, ya la inquietud está sembrada y la jarana asegurada y perdemos un buen rato el tiempo en especulaciones medio filósoficas y medio empíricas, con sus pujos racionalistas incluso.

Una casa con fantasmas es mucha casa. Hay que haberlo vivido para saber de qué va el asunto. Juan Perucho, en la suya de Albinyana, tiene varios, doy fe de ello, pero también tiene un formidable espadón forjado por un mago escultor, Aulestia, en un ritual mágico y que le sirve para ahuyentarlos. Juan Perucho tiene, además, una facilidad enorme para describir esas presencias sutiles, esos temblores del aire casi imperceptibles, esos olores extraños que a veces parecen ser los de las maderas viejas y otras venir de no se sabe dónde, y sobre todo tiene una gran capacidad para hacer literatura con todo ese asunto que a unos mueve a risa y a otros a espanto.

En las proximidades de mi casa, en un camino por el que pasó con sus bártulos, sus lápices, sus cuadernos de notas, y con su poco de miopía, aquel fantástico viajero y dibujante inglés que fue Locker, se nos aparece un perro oscuro que dicen es el alma más o menos en pena de un rico tan famoso como enigmático que se dedicaba mayormente a la botánica por aquellos andurriales. Por cierto que Locker nos dejó una vista de nuestro pueblo que parece otro porque sin duda lo es, eso sí, romántica total, indescifrable. El perro dichoso, que se parece una barbaridad a los que le ponían a Carlos VII (QDP) a los pies, para la cosa de la apariencia regia y tremebunda, anda mohino por los riscos y las umbrías silenciosas, vaga por la espesura de helechos y retamas, donde habitualmente andan los jabalis, y da vueltas y más vueltas sin que sepamos el motivo. Impresiona bastante encontrárselo allí, al fondo del camino, oscuro, Baskerville puro, como dando a entender, como esperando algo o a alguien. Pero el perro no dice nada, nada. Lo que es a mí, no me dirige la palabra. Doy fe. Sin embargo a algunos de mis vecinos les anuncia hasta los sucesivos cambios de tiempo y les da mensajes de un más allá que suena sospechosamente a más acá: unos mensajes enigmáticos y simplones a partes iguales que atañen a los mínimos asuntos de nuestras vidas cotidianas, nuestras verrugas y nuestros alifafes.

A mí, que un perro te adivine el tiempo o te lo sople a la oreja, o te de una receta para dormir mejor, me parece algo admirable. Eso sí, al día de hoy no tengo la menor idea de dónde ha salido la especie de que el perro es un aparecido. Ignoro en qué noche de invierno, por la que no pasó viajero alguno, se urdió junto al fuego de haya o de castaño viejo que petardea que es un gusto, la especulación zoológica y mágica del perro oscuro. No sé quién lo echó a rodar por los caminos, bajo la campana del fuego bajo, donde crepita el haya y petardea el castaño, sólo sé que hay quién necesita encontrarse con él y contarle sus cuitas y buscar consejo en sus ladridos profundos. Si uno se asoma a esa historia sólo encuentra la noche y el invierno, la soledad también, una capacidad de mixtificación tan anacrónica como intacta, y una tentación de asomarse a lo prodigioso y de convocarlo que probablemente muera con ellos. Y el perro seguirá en el camino.

Artículo publicado en Blanco y Negro, “Tugurio Impar”, Madrid Nº 4154, 7.2.1999,  p.8.

Una paradoja andante

 

GK-Chesterton-006 «Al leer a Chesterton nos embarga una peculiar sensación de felicidad». Esta afortunada, por exacta, frase de Alberto Manguel, el autor de la selección y prólogo de Correr tras el propio sombrero (y otros ensayos), resume a la perfección casi todo lo que se puede decir de estos ensayos (y de otros del mismo autor también). Todo lo demás tiene que ver con una peculiar, y alegre sobre todo, manera de vivir y ver la vida, que resulta estimulante en el papel, pero que luego, en nuestra vida cotidiana, se revela como algo más que un juego. La alegría: un don que se conquista en su ejercicio, como todos los verdaderos dones.

Chesterton fue un maestro en arrancar, o cuando menos en saber apreciar, los destellos que tienen las cosas y los asuntos de este mundo, porque hablaba en el lenguaje de este mundo (como convinieron un día sir John Falstaff y sus amigos), de las calles poco frecuentadas, de las riadas, de los carteles publicitarios, las paradojas callejeras, del humo de las tabernas, tan denostadas estas por los puritanos, de los teatrillos, de las lecturas gozosas y jamás impunes (Stevenson y Sherlock Holmes y Dickens, sobre quien escribió páginas memorables), de la aventura, del verdadero valor de la poesía, pero sobre todo de todo aquello que no se ve no porque no exista, sino porque no se pone la suficiente atención.

Hablando muy poco de sí mismo, Chesterton se puso en escena con extraordinaria eficacia, comunicando un saludable sentido de la indignación moral, de la puesta en pie de guerra y del entusiasmo por las cosas. Manguel ha seleccionado un patético, hondo y tan amargo como veraz ensayo, el titulado «Unos policías y una moraleja», referido a la virtud de ser amigo de un hombre rico o de alabar sus cualidades exteriores (el vicio del snobismo) que es un impagable alegato en favor del igualitarismo basado en el valor de lo que es cada cual por sí mismo. Chesterton no practicó el cómodo igualitarismo a la baja, sino el elogio y la invitación a la excelencia personal, asunto este de conciencia y, por tanto, de cada cual y solo de cada cual.

Se entendería mal a Chesterton sin hacer referencia, casi siempre obviada (menos por Manguel), a su remisión, una y otra vez, a su fe religiosa, católica, apostólica y romana, porque de fe se trata, que alienta muchas de sus páginas y les da una cohesión y hasta un sentido combativo, épico, antiguo, que, sin ella, no tendrían ni por asomo.

Nunca he entendido demasiado bien a quien desdeña a Chesterton como algo propio del pasado, rancio, anacrónico y superado, cuando es el presente palpitante, al nuestro me refiero, el que aparece en sus (nunca mejor tituladas), alarmas y digresiones, un presente cuajado de verdades que tienen que ver con el roturar la tierra o el cortar leña (y todos los mitos que a ello van unidos), y también de mentiras enjaretadas con palabras de relumbrón. No gusta que nadie le de la vuelta a las verdades oficiales y a las convenciones, y muestre unas bambalinas pobretonas. Y Chesterton fue un maestro en ese arte mayor.

Hay tal cantidad de sabiduría centelleando en las páginas de G.K. Chesterton que, enseguida, abruma, distrae, inquieta; no es fácil leerlo de corrido sin sentir la necesidad de salir a recorrer una calle desconocida de cuya existencia acabamos de tener la certeza. Casi nada de lo que leemos, ya sea acerca de Lewis Carroll o del militarismo de Rudyard Kipling, nos es de verdad extraño, ajeno, el sentido de la patria y las raíces, al que vuelve con una lucidez poco común al hablar de las luces de Broadway. Su discurso es algo más que literario (referido a autores concretos de los que en esta colección de ensayos hay muchos y excelentes ejemplos) o meramente esteticista y, en cuanto tal, encandilabobos, es la crónica constante de quien busca el rastro y persigue ideas que no sean de niebla, que le sostengan y que, de paso, puedan sostener a sus lectores. No esconde sus carencias y sus prejuicios, aunque me pregunto si tuvo alguna vez conciencia plena de tenerlos. Tenía la sabiduría del vagamundos con los pies bien plantados en el suelo y la cabeza tan a pájaros, como sólida sobre los hombros.

Toboganes de tristeza

violeta-parra-louvreLA voz quebrada de Violeta Parra sorpresiva en una radio lejana, ahí, en el dial nocturno, el de las voces y las vidas perdidas, cantando su muy hermosa «Chilena en París». ¿Quién se acuerda de los poemas de Nicanor Parra? Acordarse de un poeta, no acordarse, leerlos, revisitarlos: comprometidos asuntos. Violeta Parra, Víctor Jara, José Larralde, Reggiani, el que cantaba poemas de Boris Vian: Quisiera no morir sin haber conocido los perros negros de México que duermen sin soñar… Se han escurrido veinticinco años desde la muerte de Neruda y de otras muertes, veinticinco años de los cafés del carrefour de l’Odeon, donde ya no hay sino sombras, espejos y algún robinson avejentado, perdido, fantasmal, como Ben Gunn, que habla, cómo no, de lejanos lances de piratería del alma, veinticinco años de deslealtades a los propios sueños también, y más tiempo desde que Jaime Gil de Biedma escribiera su «Elogio de la canción francesa».

Las canciones de entonces (a cada cual las suyas) son poderosos tiradores de la memoria. Al conjuro de su melodía aparecen auténticas paradas circenses, lo que la gente del oficio de la magia en los teatros llamaba incluso fantasmagorías, ilusiones de espejos y cartón piedra: la música de Nino Rota para Amarcord, sin ir más lejos, conjura recuerdos inauditos. Podría seguir nombrando toboganes de melancolía, agónicos toboganes otoñales de melancolía que fueron festivos, pero estaría plagiando a ese poeta extraordinario y tan mal conocido, Leo Ferré, el poeta de la anarquía y de la rima clásica, en su canción «La mélancolie», en la que desmenuza esos desfallecimientos de la vida cotidiana que nos encogen el alma, que a cada cual le encogen de una manera especial el alma, porque cada cual tiene los suyos, momentos en los que no pasa ningún ángel, que quedan suspendidos, cómo péndulos que se detuvieran un instante en el silencio, naderías que se rompen, olvidos, regalos de no cumpleaños, que diría Lewis Carroll. Estaría plagiando a Ferré y haciendo lo mismo que los viejos camaradas, los camaradas viejos, cuando tararean tarde en la noche el olvido de las canciones de sus veinte años y se les ve atemorizados, ausentes, cómplices por un momento de esa intensa vergüenza ante la deserción de los propios sueños, de los desfallecimientos, antes de escurrirse a los afanes del presente, tan distintos, tan costosos de adivinar entonces.

*** Artículo publicado en otoño de 1998. No encuentro al referencia exacta.

 

 

Rumbo sur

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EN 1888, R. L. Stevenson sale de San Francisco en compañía de su familia a bordo de la goleta Casco. El viaje durará dos años, hasta la compra de la finca de Vailima, y a la Casco le seguirán la Equator y la Janet Nicoll. A bordo de esas goletas seguirá escribiendo febrilmente su obra al tiempo que recorre las islas Marquesas, las Pomotú, Sociedad, Hawai, Marshall, Gilbert, Samoa, Nueva Caledonia, visita Sidney incluso, y escribe este prolijo memorial de su viaje, algo más que un mero diario de navegación y algo, poco menos, que un relato novelesco de las cosas vistas y vividas. Stevenson da cuenta de su encuentro con ese paraíso terrestre más frágil en la práctica de lo que se supone, da cuenta de su encuentro con las tierras -algunas de ellas peligrosas como el archipiélago de las Pomotú- de las que ya no regresaría, acariciaría sí, como todos los viajeros que hasta allí llegan, la idea de volver -se lo cuenta a Marcel Schowb en alguna carta-, pero ese regreso no sería sino una fantasía. Viajar para no regresar: es otra de las caras del viaje.

El Stevenson que escribe estos viajes a los Mares del Sur es un viajero que tiene, aparentemente, todo el tiempo por delante, es un viajero a la antigua, que viaja con toda su familia, poco menos que con la casa a cuestas, y que se detiene en los lugares que visita lo suficiente como para contagiarse de su vida cotidiana y participar activamente en ella, como para hacer suyo sus ritmos de vida y compartir una cierta intimidad que le permite escribir un libro de memorias, tejido a todas luces sobre el diario de navegación, plagado de datos y de testimonios.

Sus anotaciones son apasionadas, coloristas, los detalles abundan, Stevenson actúa -tal y como señala Horacio Vázquez-Rial en su estupendo prólogo- a modo de un antropólogo algo más que aficionado que se interesa por la trama social de las sociedades a las que se abre, por sus condiciones de vida, que compara unas con otras y desde las primeras páginas se propone escribir una de esas historias que son ante todo literatura ambiciosa.

Costumbres, climatología, gentes, objetos, cultivos, ritos, habitats, todo merece la atención de un Stevenson que vive intensamente lo que describe, tal vez porque le va la vida en ello, que no pasa y se va, porque ya no había otro sitio a dónde ir que aquellos mares del sur, aunque él tal vez no lo supiera, que describe y descubre el entorno en el que va a hacer su vida en ese último tranco tan febril como siempre, tan lleno de entusiasmo que será la marca, la mejor marca, de la casa. El Stevenson que se dirige a los Mares del Sur es un hombre enfermo que pretende de ese modo recuperar si no la salud si algo del tono vital que le faltaba y al que vemos deslumbrado con la belleza, dolido con el dolor evidente del prójimo, vivo en la vida, vivo en las palabras con las que teje el fresco del paraíso.

Los sermones del abogado de la juventud

rls-image2SUENA paradójico que quien fuera un trotamundos, un viajero a la fuerza -huyendo como el personaje de Las Mil y una Noches de la pálida visitante para caer, lejos, en sus brazos-, dedicara un ensayo a la casa ideal, al paraíso del soñador sedentario (pero con alma de vagamundos), al escenario idoneo de la vida cotidiana de quien puede perderla y por lo mismo ganarla, en el sueño, en la fantasía. No una casa cualquiera por tanto, no un delirio utópico emparentado con la Ciudad Jardín y similares, sino la casa para un soñador que se precie. Cuando Stevenson redacta este ensayo, 1884, viene de los Alpes y de la Costa Azul -Davos e Hyeres-, y se acaba de instalar en Bournemouth, en la costa sur de Inglaterra, en una casa, confortablemente amueblada, con vistas al mar, rodeada de pinos, cesped y rododendros. Sus días de andar errante parecían haber terminado. Quienes le visitan en esa época en Skerryvore, su nueva casa, que tenía nombre de faro, le ven lleno de entusiasmo. El mismo, refiriéndose a esa casa dice que se sentía como un mendigo irlandés en la corte del rey. Es la época del Extraño caso del Dcotor Jeckyll y Mr. Hide y enseguida de esa otra novela inolvidable Secuestrado!. Es la época de la escritura febril encogido en su cama, envuelto en una nube de humo.

            La casa ideal no es un ensayo de arquitectura al uso, es una construcción fantástica producto de su capacidad de ensoñación, de su capacidad de proyectarse en los papeles. Es un texto que rebosa entusiasmo por el entorno hecho escenario del gozo, por la propia vida. Habla Stevenson de la casa -en un tono que recuerda al de Thomas de Quincey cuando describe la habitación ideal del hombre de letras en las primeras páginas de Las confesiones de un comedor de opio-, pero el lector está escuchando su eco en un libro muy posterior al que la lectura le remite casi por fuerza: La poética del espacio, de Gaston Bachelard. Stevenson interpreta ese espacio ideal donde la vida transcurre entre el gozo de la escritura y las ensoñaciones del paseante más o menos solitario, fruto de los cuales son otros dos opúsculos de interés menor: <<Sobre cómo disfrutar en los lugares desagradables>> y <<Caminos>>.

Lo curioso es que la vida de Stevenson se iba a acomodar muy poco a esa casa ideal. Cuatro años después de escribir este opúsculo que organizaba una vida de escritor más que una casa incluso, y tras la muerte de su padre gracias al que pudieron mantener el cottage de Skerrymore, Stevenson se embarcaría en un viaje sin regreso que le llevaría a los mares del Sur, a bordo del Casco. Cuando se construya una casa, entre 1890 y 1891, la de Vaïlima, será bien distinta a como él la había pergeñado, acogerá una vida forzada por la última vuelta de tuerca.

Juanto a La casa ideal, en esta gavilla de opúsculos, reunidos por capricho editorial y sin otro norte que ese, el magnífico Sermón de Navidad -estaba en una edición de Austral y en edición no venal traducido por Santiago Rodríguez Santerbás, autor, entre otros títulos, de una memorable Vuelta al mundo en ochenta mundos-. El Sermón de Navidad es un texto excelente para explorar ese lado casi desconocido del pensamiento de Stevenson, de sus ideas éticas, morales, que es contagioso en su entusiasmo, en su alegría, en la voluntad de ser mejor, algo mejor, sin exagerar, sin zurriagazos, sin alardes. Frente a los torpes ajustes de cuentas de fin de año, frente a la cicatería, la adustez, los humazos del puritanismo, aconseja Stevenson felicitarnos por no haber sido peores, con ese humor que nos pone en marcha.

Un sermón de circunstancias que trata de “ese arte precario de vivir correctamente”, en el que aquel advocatus juventus abogaba con firmeza por la alegría, por el hacer algo más feliz al prójimo contagiándolo del propio gozo de la existencia, por no abrumarlo con nuestras nubes y borrascas, por el dar batalla por lo que creemos justo, por la generosidad desde la más estricta individualidad, por la benevolencia de quien se sabe débil, por el estar contento con uno mismo ya que “un hombre insatisfecho con su comportamiento es un hombre propenso a la tristeza”… Por todo lo que queda fácil, estupendo, en el papel y luego, al otro lado, se revela como una de esas árduas tareas en las que merece perder la vida, para ganarla.

Robert Louis Stevenson, La casa ideal y otros textos, Prólogos, traducciones y notas de Santiago R. Santerbás, María Condor y Antonio Iriarte Jurado, Ed. Hiperión, Madrid, 1998, 124 páginas.

 

 

Escena de interior

 

PODRÍA decir que conocía al tipo de toda la vida, o como dicen en Umbría, <<de los bares>>, que es tanto como conocer a alguien de la mili o del patio del colegio, pero no, ya lo tenía visto de víspera. Estaba parado delante de una casa de aspecto destartalado con contraventanas rojas, al borde de un barranco o poco menos, que la niebla del otoño ocultaba a ratos. Para mi que estaba esperando a que pasase su casa por allí para meterse en ella, pero no, me dijo que estaba viendo como salía el humo de su casa. <<Para mi que es negro>> <<Es que a veces quemo jiña, maderas viejas>>. Sin venir a cuento, porque me di cuenta de que hablaba sin ton ni son como los fabricantes de saliva, como los escritores de sandeces, como un tipo llamado Perico de Alejandría, pregonero segundo de la ciudad de Umbría, criador de pirañas o sardinas bravas y por ellas llevado al camposanto.

Nos habíamos conocido de más jóvenes, en otro país como quien dice, en ese país extraño donde los haya que es el pasado. Pero el tipo que tenía delante parecía Robinson Crusoe, era tirando a, como lo diría sin que se me pique, a corpulento, sí, eso, corpulento, y vestía de manera aproximativa. Yo también había tenido un tío abuelo que había vivido encerrado en un caserón coleccionando antigüedades y que vestía a trozos, pero ya no existe aquel lugar. Y es que la gente en solitario se echa, sin remedio, se echa. La gente en solitario lleva una vida muy rara.

Nos habíamos conocido en las calles de la ciudad de Umbría, oscuras, otoñales, en la rebotica de la farmacia de su abuelo, entre albarelos, morteros, papeles viejos, voces y disparates varios, en las salas vacías del Museo de Armas Carlistas, en los fosos de la ciudadela, donde los méndigos y los sacamantecas, en los tabernones de los chortas, e incluso en los cafetines, cabe los porches de la plaza dichosa, donde sentarían plaza para siempre los vitelonis y los aldeanos críticos a pontificar sobre la marcha del universo mundo y a sostener con paso vacilante que siempre, siempre se tienen veinte años menos, como mínimo, de los que en realidad se tienen.

De mozos habíamos corrido insistentemente vacas en Mendigorría, Puente la Reina, Artajona, bebido cuartillos de zurracapote, de ese que te deja el alma morada, como nazarena, igual, y dormido en una casa poblada de fantasmas de moros, los del 4º Tabor de regulares de Tetuán, y de carlistas y de liberales -Moriones se paseaba por allí como si tal cosa las noches de tormenta, las noches a oscuras, las noches de la llama humeante de los candiles-, una casa llena de santos y de muertos y fantasías. <<Una casa vieja>> <<Como esta>> <<No es la misma, no puede ser la misma. Sólo que todas las casas que vamos a tener en la vida son aquella primera. Yo no puedo cambiarme de casa como quien se cambia de camisa… Una casa es un refugio, un puerto de quietud, incluso un fortín, y a veces, idioro, a veces es una bola de penado, te agarra y te ahoga, como el paisaje>> <<¿Pero no creías tu en el paisaje como patria?>> <<A ratos, chico, a ratos>>.

También lo tenía visto perorando mal que bien, vestido con una toga negra a la que se le deshilachaban los puños, brillante de sebos varios, el de las mentiras también, y echando latinajos y aduciendo, contrario sensu incluso, sentencias delirantes. Aquel tipo flaco, tirando a lechuguino, como los gomosos del Club de los Zánganos que pinta magistralmente Woodehouse, y que hasta me leía, oyes, me leía, bibliografía de dandys, porque corrían tiempos de guantes amarillos y demás zarandajas, llevaba a un corpulento dentro y no lo sabía. Tenían a la fuerza que encontrarse, para no ser la sombra de si mismo. El flaco quería escribir y no sabía ni cómo ni casi de qué, qué bárbaro el tío, que pasión. El corpulento en cambio no hace otra cosa.

Fue él quien me invitó a entrar en la casa y quien me dijo que aquella, que parecía navegar en un mar de brumas era Gorritxenea, la casa del rojo. <<Hoy no pasa la paloma, no pasa. En cuanto levante la niebla empezará el tiroteo, ya verás>>. Y así fue.

Y ahora estábamos amorrados a un vaso de vino, junto a un fuego bajo que rebufaba que era un gusto: <<Vas a salir con olor a jito, ya verás. Es bueno eso de oler a jito de cuando en cuando>>. Un fuego bajo alimentado con leña de haya que todavía tenía briznas de musgo verde, <<Es de haya, de haya>>, dijo zumbón. <<¿Y eso a qué viene?>> <<Nada, a uno que me aseguró por sus muertos que yo quemaba leña de encina, que aquí no hay, además. Siempre hay alguno que sabe de vuestra vida más que vosotros mismos. Yo casi pongo mis ruidos por escrito para que nadie me vuelva a decir cómo es o cómo debe ser mi vida mi memoria, lo que he vivido y lo que imagino. Para mí escribir es hacerlo como a mi me de la gana, con arreglo a mi conciencia. Que nadie te dicte lo que tienes que escribir es una gloria, hombre, una gloria, que cuesta, vaya que sí>>.

De las paredes de la casa colgaban cosas curiosas: barcos en botellas, barquitos, fetiches, caracolas, juguetes, kilikis, santicos de pan y txistor y hasta un traje auténtico de zaldiko-maldiko… Había también un saco de marino de otro tiempo, con etiquetas de Pernambuco y Southampton, y hasta de la Tierra de Fuego, allí, por Puerto Montt. <<¿Y esto?>> <<Nada, cosas de los que sólo viajamos a parado y si lo prefieres cosas de viajero inmóvil, que eso es lo que soy, viajero de sueños y memorias… un poco poco con todo>> Y pegó una sonora carcajada. Había también marionetas y carracas para espantar a los bichos, a las yeguas que pegan cencerradas nocturnas, y máscaras de casi todos los rincones del globo, oscuras, de colorines, de animales y de demonios y de nada, de nada, máscaras de Nadie, de Nemo, de Ulises por tanto, de viajero una vez más. <<Mira para mí las máscaras y las carracas, son símbolos de alguna que otra escritura. Entre la ocultación y la obsesión>>. Aquello era un cacharrería del alma, que diría un buen amigo mío, como para unas Confidencias de tipo bárbaro, qué digo cacharrería, un chirrión. Pero aquel no era un profesor, ni erudito (como le decía asombrado Javier Reverte), era sólo un tipo que escribía, que se dedicaba a poner una palabra detrás de otra. Afable a ratos, tirando a airado otras. <<Ya sé lo que me vas a decir, borrascoso>> <<Eso>> <<Pues mira, ahora quiero ser un hombre tranquilo>>, <<Vaya por Dios>> <<Sí, eso me dicen los amigos >>

Entre las marionetas, destacaban tres muñecos. <<Estos son los muñecos de un amigo mío, un ventrílocuo algo descerebrado que se fue de viaje, Juan Lurgabe>> <<Juan Sin Tierra>> <<Exactamente, todos podemos ser Juanes Sin Tierra, aunque vivamos en una casa como esta. Algunos vamos a estar desplazados sin remedio allí donde vayamos. El desarraigo no tiene remedio, Lurgabe tenía un Teatro de la Niebla donde ponía monólogos. Tenía uno que se titulaba <<¡Iaspaña!>> y otro <<Yo soc d’aquí>> y otro más sobre la anchura del mundo y las profundidades del bosque de Sherwood, el de los proscritos, Andaba hecho un lío el hombre. Se arruinó, oye, lo que yo te diga. No hay que tocarle las narices a la gente, hombre. De pocas le dan matarile>>.

Cuando salí de la casa del rojo caía la tarde, se oía algún disparo aislado, el otoño estaba en sazón, color del cinabrio y del vinagre, del membrillo y de las nueces, y aún me quedé un rato mirando como salía el humo por la chimenea. En efecto, la ropa me olía confortablemente a jito, a humor, era el olor del humor vagabundo, el del camino ancho.

*** Ignoro donde fue publicado este artículo, hacia el año 2000 y desde Gorritxenea, la casa de Zozaia en la que entonces vivía

 

Las flores mágicas y el acerico

12186357_998290260233958_8225827591600842465_o Las flores mágicas eran un truco de buhonero, contemporáneo de Jules Renard, del que se hace eco Marcel Proust (y Virginia Woolf y otros). Eran unas flores de papel de seda que metidas en agua se abrían de una manera esplendorosa (eso aseguraba al menos el poco de prospecto que acompañaba a aquellas flores). El acerico ya sabemos lo que es, servía para clavar alfileres; el acerico y esa caja provisional de los entomólogos en la que se clavan las piezas recién capturadas. Así las páginas del diario de Jules Renard, con su espejo picado de viruelas locas y sus sombras de la conciencia, sus cielos claros y su aire campestre donde suenan las campanas del ángelus aldeano (todavía) para un descreído que quiere creer y que detesta al cura del pueblo y a las beatas, entremetidos y enredadores ambos.

El 10 de Noviembre de 1900, Jules Renard, a quien por fin le han puesto la roseta de la Legión de Honor en el ojal, está de viaje en Le Havre, alojado en el hotel Frascati -uno de los hoteles que serán un motivo recurrente de otro diarista curioso, el pintor Joseph Cornell, y de Louis-Ferdinand Céline-, va por la calle y se encuentra a un hombre tirado en el suelo que echa sangre por la boca, o tal vez es vino. No le ayuda. Se va. A unos que pasan les dice que vayan a buscar a la policía. Él no es del país, dice, y ese no ser del país le absuelve del elemental deber de socorro. Se va. Teme quedar mal, comprometerse con su roseta de la Legión de Honor en el ojal. No es el único que se va. Pero a mí, lector, lo que me interesa es ese Jules Renard que se va a su hotel y anota el incidente en su diario. Nadie lo haría. Renard sí. Ahí está la fuerza de su diario. Renard no pretende mostrarnos el mejor lado, hecho único lado para la pose ventajosa por arte de birlibirloque, pretende escribir con verdad. No sabremos nunca si lo consiguió, sí sabemos en cambio que lo intentó, que fue fiel a su propósito, a su ambición literaria.

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Verdad descarnada, pero no hecha felpudo para sacudir en las narices del prójimo el polvo, espejo enseguida velado por las emanaciones mefíticas del yo, Renard se muestra ambicioso, deseoso de halagos cuando descree de ellos, tierno y malintencionado, inclemente con sus contemporáneos, pascaliano también, a su pesar, cuando nos hace ver que decir la verdad es algo que la mayoría, él también, evita para poder vivir más o menos en la paz de las tan fustigadas convenciones. El diario es así el otro lado, el espacio del secreto, del secreto con voluntad literaria, el espacio de la venganza y del examen de conciencia resuelto en caracteres, aforismos y momentos de una emoción intensa y una rara poesía.

Junto a páginas en las que relata el suicidio del padre, con quien estaba unido por las raíces, de una manera subterráneo, no por las ramas, o la muerte extraña, tragicómica, de la madre, un personaje «plutónico» que nutriría sus mejores páginas, aparece el abanico de la trapisonda literaria de su época -ese Wilde dentón, ese Verlaine hecho una sopa de vino, la fundación del Mercure…-, las miserias del prójimo (no se perdonaba las propias), sus desfallecimientos y ruindades, y unas iluminaciones que destellan y recorren el texto como relámpagos de lucidez, ironía y belleza. La actitud de Jules Renard hacia ese diario que crecía mínimo, esencial, con su lenguaje tallado, y pretendía llegar tanto a los últimos recovecos de su alma, como a la crónica de la época, es ambigua. En 1901 afirma que no es una obra, que escribir el diario le vacía, por lo mismo que hacer el amor todos los días no es el amor. Después de haber comenzado a releerlo –dura tarea también cuando el diario es de verdad y no un artificio–, piensa que es la obra de su vida y que esta se sostiene porque existe aquel (14.11.1900).

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El diario de Renard es el registro de un hombre dedicado al oficio de escritor, en su época, en su sociedad literaria, en su entorno más peculiar, el del aldeano que nunca dejó de ser, con los pies hincados en la tierra y la cabeza a pájaros, lúcido hasta perturbar a los lectores. No es una novela porque raras veces en las novelas entra de manera tan determinante y demoledora el azar de la existencia. Es sólo un registro empecinado en el que al azar de los humores, de las circunstancias, de la meteorología, la de Chatry y la del alma, su autor se muestra púdico e impúdico a la vez, desapacible, culpable, brillante, luminoso, tierno, entusiasta, panteísta, sarcástico, burlón, anonadado, indefenso…     Desapacible y corrosivo cuando escribe uno detrás de otro aforismos que le tienen a él en su intimidad como descarnados protagonistas y, en consecuencia, al prójimo, ese prójimo hacia el que siente una hostilidad implacable. Aforismos que recuerdan lo corrosivo de los de Chamfort (tan corrosivos como el ácido con el que este intentó matarse y destruir su rostro). Maligno con amigos y enemigos -las reuniones de literatos, como la de la fundación del Mercure que se trago buena parte de la dote de Marinette, su mujer, es impagable-, satisfecho con sus éxitos literarios y teatrales –Poil de Carotte, aunque luego protestaría de que ese éxito le siguiera como si fuera un enojoso buscapiés-, codicioso de honores que serán antes o después objeto de burla. Hay admiraciones sinceras también: Jaurés -¿por qué mataron a Jaurés?, cantaría Brel-, Marcel Schwob, hacia el que siente esa envidia que se traduce en admirativa emulación, uno de los mayores rasgos de generosidad intelectual, raro entre los raros, poco ejercido y nunca reconocido.

Renard, el eterno insatisfecho, el que escribió aquello tan hermoso, tan ambiguo también, tan contradictorio de «Desaparecer en un villorrio para hacer de él el centro del mundo», pasaba parte del año en París, corriendo redacciones, camerinos, palcos de teatro. De ahí tal vez, de su ir y venir de lo privado a lo público, de la vida del notable en el campo al paseante en corte, esa tensión resuelta en uno de sus muchos hallazgos: «Voy como un topo. De cuando en cuando empujo un poco de tierra. Un claro. Luego vuelvo a mi noche.» Dónde la noche, dónde el claro. En Renard estas incógnitas se resuelven en su escritura, de la que tampoco se fía mucho, como no lo hace de si mismo: el único que es responsable de sus actos es el autor dramático, en escena, y aun así, nos dirá. Paradójico siempre, luminoso, aunque su luz sea a veces la de la borrasca, oscura.

 

Reseña de Jules Renard, Diario (1887-1910), Selección y edición de Josep Massot e Ignacio Vidal-Folch, Ed. Grijalbo-Monadori, Barcelona, en ABC Cultural, Nº 358, 8.10.1998.

Patrañas

 

DE las patrañas mejor o peor urdidas se nutre buena parte de la narrativa novelística. Patrañas o “verdaderas relaciones” del viaje a ese extraño territorio en el que se mezclan con mejor o peor fortuna realidad y fantasía, lo vivido y lo imaginado, lo que fue y lo que pudo haber sido. De “Historia fingidas, y texida de los casos que comunmente suceden, ò son verisímiles”, define a la novela el diccionario de nuestra lengua, en su edición de 1791.

Con motivo de la aparición de su novela, Los años indecisos, Torrente Ballester sostuvo que había que inventar con más empeño, que en nuestra novela podía apreciarse un exceso de intención testimonial, de memoria tremebunda y folletinesca al cabo, y una ausencia clara de fantasía novelesca, de invención de mundos, de iluminaciones imaginarias. Torrente defiende ante todo la patraña de buena ley, incluso tratándose de la propia vida, por qué va a aquedar esta excluida, no es acaso el autor un persoanje literario, una patrña más. Tal vez porque sabe con certeza que a menudo es la invención la que más y mejor luz echa a esos rincones oscuros de la memoria donde los episodios de nuestra vida, de la vida de los nuestros, todo aquello que nos constituye e indentifica, se encuentran por completo difuminados, que es, en definitiva, la ficción autobiográfica la que mejor nos identifica, donde mejor podemos reconocernos. Años indecisos, años y días inciertos, vidas más o menos fingidas, memoria dolorosa siempre, olvidos irreparables. Tal vez sostiene Torrente el valor de la invención porque sabe que es en ese territorio donde sopla con más fuerza el viento del humor vagabundo, el que pone la distancia en el dolor y en el entusiasmo y en sus fingimientos, que esa es la lente que con más claridad -como esa del viento sur que nos acerca las cosas en las latitudes septentrionales y nos las pone al alcance la mano-, nos aproxima a nuestro verdadero rostro, que es la invención la que en ocasiones convoca a la realidad y la construye, como supo, con dolor por cierto, otro experto en ficciones autobiográficas: Anthony Burgess.

 

 

 

 

El memorial de un gaviero

Herman-Melville

En agosto de 1843, después de haber rodado por el Pacífico Sur, Herman Melville, el vagamundos, el aventurero, el peregrino de las estrellas, tal y como él mismo se ve, se enrola en la fragata United States, de la armada norteamericana. Era un buque en el que convivían más de quinientos marineros, un buque fuertemente armado que recorrió la costa americana del Pacífico, dobló el mítico cabo de Hornos, y que en octubre de 1844 se detuvo finalmente en Boston, en el Atlántico. Ahí acabó para Melville la vida de vagabundo de los mares y comenzó la de escritor.

Seis años después, con una intención clara de testimonio y denuncia, escribe y publica, este soberbio memorial de la vida cotidiana a bordo de un buque de guerra, el Neversink (Nunca se hunde, para unos, Siempre navega para otros), en el que puestos a descifrar simbologías -y la obra de Melville se presta a ello hasta en exceso-, es fácil establecer el símbolo de la Humanidad, de un sistema social de difícil compostura, de una espesa red tejida por las lineas invisibles de las contelaciones o de las estrellas fugaces (escribiría Louis Aragon), de la que es imposible escapar: “Todos los mortales estamos a bordo de una fragata-mundo, veloz e insumergible”, nos dirá Melville, antes de concluir sombriamente que nuestro destino está predestinado y nada podemos hacer para variar ese rumbo. Es el calvinista el que habla.

Chaqueta blanca es un relato vivísimo, pero su fondo es duro, desgarrado, amargo incluso, nada o muy poco épico. Un fondo, un mundo mejor, que contrasta con el tono de quien lo describe. El tono de Melville en esta obra es además de firme, casi humorístico, y hasta burlesco en ocasiones, como lo sería en otras -en Israel Potter (1855) sin ir más lejos: señalemos la inclinación de Melville a escribir el memorial mínimo o extenso de los más desfavorecidos, de los perdedores, de las víctimas-. La de Melville es la voz del hombre animoso, del hombre que se empeña en sobrevivir, en vencer las dificultades, animado por una envidiable vitalidad, por un sentido de la igualdad y de la justicia, partidario decidido del entusiasmo, del esfuerzo, dueño de un mundo nuevo o en pos de su posesión, el hombre que sus lectores creemos circula entre los versos de Walt Whitmann. Curioso tono sin embargo para alguien que cree en la predestinación.

home_port1931  A Melville le anima no tanto el relato pintoresco de lo vivido, de lo sentido en ese primer viaje del grumete que siente la pulsión de la aventura -Redburn (1848)-, sino el testimonio que busca la fundación de la dignidad oscurecida por el arbitrario y violento principio de la autoridad basado en la violencia, raras veces en la superioridad moral o intelectual (salvo en los momentos de peligro, como nos dirá cuando relate el paso del cabo de Hornos).

Melville fue casi un especialista en escribir tratados de navegación moral. No hay descripción por minuciosa que sea de la vida a bordo de esa fragata de guerra que no tenga un valor simbólico y escape a una reflexión moral. Y sin embargo… El vagabundos se inclina hacia el hombre meditabundo que se interroga acerca de su destino, acerca del destino de quienes le rodean también, sus semejantes, raras veces sus camaradas, jamás sus hermanos. En todas las páginas de Chaqueta blanca late, al igual que en otras obras de Melville, esa mitología tan americana de autores que fueron sus contemporáneos -el Poe de Arthur Gordon Pym, por ejemplo-, cifrada en el impulso de la fuga, en la necesidad de una iniciación y en la búsqueda del propio destino.

Chaqueta blanca posee ese fondo autobiográfico de casi toda la obra de Herman Melville, sin que se llegue a saber (por innecesario) si se trata de ficción autobiográfica o de una forma de restañar las propias heridas convirtiéndolas en invención literaria, en páginas novelesca o en crónica. Melville, desertor del ballenero Acuhsnet, escribirá más tarde Typee (1846). Melville gaviero, que siente en su propia carne los castigos injustos, la brutalidad, y ese sentimiento de rebelión vibrante ante la injusticia, escribe Chaqueta Blanca y Redburn.

md_213Cuando Melville escribió esta obra, en 1849, supo que arriesgaba la impopularidad, la impopularidad sobre todo de las gentes del mar encerradas en sus servidumbres y privilegios; supo que iba a ser detestado por hablar de uno de tantos secretos profesionales, de uno de tantos tapujos de las conveniencias: no sólo de la ilegalidad de las flagelaciones brutales y arbitrarias por motivos nimios. Tal vez fue por eso por lo que intentó hacer el mayor ruido posible con su obra, viajando a Londres para promocionarla (y para reunir información que le permitiera escribir el Israel Potter), en el otoño de 1849.

Un capítulo curioso de Chaqueta blanca es el que hace referencia a los marineros que escribían su diario de a bordo y de cómo cuando se supo, a bordo del Neversink, que uno de ellos -¿trasunto de Melville?- estaba escribiendo un diario que, a la vez, iba a ser un memorial o una apuntación fiscal de la vida de un buque de la Armada, con sus oficios, leyes, tareas, rutinas, corruptelas, abusos, le requisaron el libro y lo arrojaron atornillado al mar porque estaba prohibido deshonrar a personas del mismo cuerpo.

Chaqueta blanca es un libro minucioso en la descripición de la vida cotidiana a bordo y de sus tareas e incidencias, y amargo -la amarga poesía de las cosas del mar que alienta el inequívoco capítulo final-, pariente de uno posterior, Redburn, en el que denuncia las brutalidades y arbitrariedades cometidas a bordo de los equipajes de la armada, y, por lo que tiene de viaje iniciático, de Dos años al pie del mástil, el realto autobiográfico de su amigo Henry Dana.

Es de justicia referirse a la traducción de José Manuel de Prada Samper. No da igual traducir una cosa por otra y callarse sabiendo que pocos se van a dar cuenta de las pifias. Sobre todo en la literatura del mar a causa de su complejo, vasto y pintoresco léxico que hace a menudo, a quienes lo utilizan sin venir mucho a cuento, decir lo contrario de lo que quieren decir. Sus notas a pie de página resultan impagables y facilitan enormemente la comprensión cabal del texto. Un esfuerzo notable. Da gusto leer su trabajo.

* Chaqueta blanca, Herman Melville, Traducción de José Manuel de Prada Samper, Alba editorial, Barcelona 1998.

* * Articulo publicado en ABC Cultural, Nº 371, Madrid, 7.1.1999.