Del amargo Bierce

 

Ambrose Bierce - 05Leer a Ambrose Bierce resulta siempre una actividad tan saludable como estimulante. No deja indiferente jamás. Y es que, al margen de esa biografía legendaria en la que se apoya su recuerdo y de que él, como personaje literario, haya protagonizado episodios de epilírica en varios idiomas –su desaparición ya setentón al socaire de las tropas de Villa es una pieza fundamental del mito Bierce-, la muy combativa obra narrativa de Bierce, esos cuentos de soldados (y de civiles), resultan admirables, sorprenden y emocionan por algo poderoso que los recorre y sostiene, algo más incluso que la evidente verdad de lo vivido que su autor puso en el tablero.

Son los personajes de Bierce, él mismo como espectador –ese topógrafo que recorre el campo de batalla y por la noche se ocupa de sus levantamientos-, las pasiones sobre las que vuelve una y otra vez, la crueldad y el sinsentido, lo que mantiene esa extrema tensión.

Relatos como <<Un golpe de gracia>> o <<Un jinete en el cielo>>, se leen con el juicio suspendido, la atención ala cecho, y su resolución deja al lector anonadado, cavilante ante el desenlace de situaciones que, insospechadas, se imaginaban muy otras. Nada o muy poco es lo que parece. El corazón humano tiene pliegues sorprendentes.

Bierce hizo de la guerra la materia de muchos de sus relatos, sí, pero como advierte uno de sus personajes: en sus páginas no hay <<…nada de la pompa de la guerra, ninguna insinuación de gloria>>. Al revés, Bierce, como sus criaturas, huye de la pompa, de esa gloria teatral, de la épica vacua del valor convencional. Se diría que, de un modo u otro, sus protagonistas son siempre perdedores de algo: del valor, de los seres queridos, de la propia estima o de la propia vida. Y el autor es uno de ellos, con ellos cierra filas.

Lo de Bierce no se parece a nada, a ninguna otra literatura que tenga a la guerra y a la muerte como materiales de primera. A ninguna. Y si la comparamos con otras obras, la comparación resulta penosa. Bierce escapó de la retórica, de la grandilocuencia, de la filosofía barata y hasta del peso de la tradición, tanto literaria como de la histórica y patriótica. Bierce se comportó como un soldado raso que padecía hambre, sed, cansancio, excesos de disciplina y que veía a los emboscados de la laya que fueran con desprecio. Un profesional de la duda que utilizaba el sarcasmo para hablar del sentido del deber que es el menos común de todos los sentidos.

Además, no hay relato que no esté salpicado o iluminado por el lúcido ingenio de quien escribe las memorables entradas del Diccionario del diablo, sarcástico, vitriólico, nada convencional, pariente del mejor Mencken, un bendito brivón atizaseseras, de esos que resultan imprescindibles en el pantano de los sentimientos y las pasiones de bajo tono.

*** Artículo publicado en ABCde las Artes y las Letras, ABC, Madrid, 3.9.2005

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s