Correspondencias

wilson

ESCRITAS casi, casi para ser publicadas tarde o temprano y con una franqueza y un desparpajo inauditos –la de Evelyn Waugh arroja mucha luz acerca de las costumbres cotidianas del fascinante personaje que fue el autor de Retorno a Brideshead–. Ahí en esas páginas secretas o no tanto, e incluso publicadas en vida, a la rusa –la de Gogol, sin ir más lejos–, escritas para exhibirse más que para ocultarse, está todo lo que llegamos a inventar con las cartas en la mano: las cartas marcadas. Un género -un matiz del género autobiográfico, de esa literatura de afirmación del yo en tiempos de borrasca generalizada más que en tiempos de bonanza, no nos engañemos-, un género de vuelta en todo caso, una forma de reflexionar, de conversar, de encontrar un eco a nuestras ideas fundadas o embrionarias: me lo explicaba muy bien el bertzolari Andoni Egaña, durante una cena de bertzos, en Erratzu, un otoño magnífico.

Un género de difícil manejo en todo caso. Sobrevienen enseguida los desfallecimientos, la pereza, el día a día propio, tan raro este. Una de las más fascinantes correspondencias es la mantenida entre Vladimir Nabokov y el crítico norteamericano Edmund Wilson. Nabokov, quien por cierto se ocupó de Gogol en un ensayo que es todo un modelo de cómo acercarse a un autor literario y a su obra. Está visto que pocas amistades aguantan la franqueza de opiniones, la contundencia incluso, por citar de manera gazapera otro título del ruso, acerca del propio trabajo, alentadas ambas por los celos y por ese prurito de decir verdad o cuando menos de expresar nuestra opinión independiente (cuando se nos ha solicitado) que hieren esa vanidad que es el fermento de estos negocios. Pocas sobrevivirían a la lectura de una correspondencia cruzada. Lo dice Pascal, que de negruras y recovecos del alma sabía un rato.

La de esos dos gigantes que fueron Nabokov y Wilson terminó arrigándose, agrietándose. Nabokov aguantó mal las opiniones de Wilson acerca de su monumental trabajo sobre la obra de Puchkin, Eugenio Onegin. En el tono de las cartas, en su extensión también, en su laconismo, se advierte que la relación quedó empañada y resentida hasta el final. Wilson era franco y directo y se andaba sin contemplaciones. No era la primera vez. Su opinión acerca de esa Barra Siniestra de Nabokov, es tremenda: la novela adolece de algo fundamental, de lo que debiera sostenerla, como es el por qué del tirano, su caricatura sobra, hace que la novela cojee. No es de las más celebradas del autor. El la apreciaba mucho. Cosas. Y en el otro lado, es decir, en este, el callar que sostiene la convivencia afable, la máscara de la intolerancia feroz, el dominio de unos sobre otros. Correspondencias.

*** Artículo publicado en El Correo, de Bilbao, Territorios, 18.3.1998

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