Una belleza del Sur

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Alabama song es una novela y también una balada melancólica y turbadora; un blues desgarrado, roto. La historia, hecha leyenda de la noche, podría haberlo contado, y cantado a su modo, un Tom Waits –a cada cual sus voces de la noche-, pero la voz que se escucha en estas páginas es la de una mujer herida, enferma, perdedora en el tiempo sin tiempo de la invención literaria, en el laberinto de sus recuerdos más dolorosos unos que otros.

En Alabama song, Gilles Leroy nos cuenta su fascinada pesquisa tras la del accidentado camino recorrido por Zelda Sayre, una rebelde joven sureña que escandalizaba a la alta burguesía de Montgomery, Alabama, desde que se enamora de un apuesto oficial llamado Francis Scott Fitzgerald, hasta que en las vísperas confusas del fin de su propio viaje de regreso a la tierra natal, a sus perfumes y a sus ausencias, se pregunta si no se habrá equivocado de vida y si su orgullo no le habrá jugado una mala pasada.

Entre esos dos momentos de una vida intensa y tormentosa hubo focos de la fama, el poderoso “deseo azul de brillar”, azul como los cócteles de ginebra de Scott, su amado Goofo, hoteles, residencias suntuosas, viajes, infidelidades, años veinte en París –“icono del Jazz Age”, escribirán en su necrológica-, electrochoques, borracheras, drogas, escándalos, un aborto, muchos internamientos psiquiátricos… verdad o ficción de toda vida. Zelda Fitzgerald o Zelda a secas, mejor esto último, mejor ella misma en una lucha permanente por no ser la sombra de Scott, su adorno social, su apéndice locoide, atractivo, un mero señuelo, hasta que deja de serlo, por consunción mutua, y pierde la partida. Zelda Sayre, una mujer que considera una suerte ser hombre y una desgracia ser mujer cuando no se tiene alma de hembra, y que se pasó la vida a la búsqueda de sí misma, en pugna sin tregua contra sí misma, contra el medio, contra quien quería aplastarla, contra su propia entrega, hasta su muerte espantosa, en 1948, en el incendio de un manicomio de Carolina del Norte donde permanecía encerrada.

Leroy le da la vez, el turno, a una mujer, Zelda Sayre, que se resiste a verse condenada a ser “de Scott”, Fitzgerald por supuesto, y solo eso. La rebelión contra la fuerza social y la personalidad megalómana de Scott –lo veía como una reencarnación de T. E. Lawrence a lomos de un camello rodeado de un aura de leyenda-; contra la condena a ser una “vocecita enterrada” y a ser disuelta una y otra vez en el éxito y las servidumbres de su marido como un adorno, una comparsa.

Novelar una vida consagrada desde hace más de setenta años como novelesca, por haber sido a no dudar excesiva y por el ruido de hojarasca de la pachanga literaria, y de hecho ya novelada hasta en biografías, más entusiásticas unas que otras, no es fácil, por mucho que la de los protagonistas de esa biografía, inventores de la celebridad en su tiempo –“los años veinte fueron ellos”… ¿de verdad que fueron ellos?-, de para películas que exploten para un espectador voraz el irresistible encanto de la ascensión y la caída de unos profesionales del triunfo fácil, mediático y al final víctimas de su propia puesta en escena, de sus demonios interiores nunca del todo digeridos: Zelda Sayre y Francis Scott Fitzgerald, “dos criaturas insaciables y condenadas a la decepción”.

Gilles Leroy, con una sabia mezcla de invención novelesca y datos biográficos, más del dominio público unos que otros, y en el tono de un monólogo sonámbulo, se ha arriesgado a levantar su personaje frente al que aparece en biografías más entusiastas y mitificadoras del marido de Zelda, su igual en tantas cosas. Porque con o sin combate, Zelda no ha venido siendo más que la esposa loca del deslumbrante Scott Fitzgerald que le hace sombra hasta en la ruina y en la muerte. Hasta su decadencia es más atractiva. Leroy le ha dado a Zelda un sitio de prima ballerina.

Y no es fácil introducirse en el punto de vista de la mujer soñadora y turbulenta, una niñata enamoradiza y rebelde, con tantas fobias como falta de prejuicios y sin otro objetivo que el muy pobre de la mera provocación social. Una auténtica Southern Belle, enamoradiza, caprichosa, pero salida de una familia de Alabama de clase alta que vive protegida por sus prejuicios de clase y que cae bajo la férula de un megalómano, su Goofo soñado, un desclasado que hace todo lo que está en su mano por ser alguien, por ser alguien y cobrarse la revancha, por conquistar, a Zelda, a la sociedad, al mundo, que se arriesga a ser el hazmerreír con tal de ser el centro de ese mundo que se le escapa sin remedio, como se disuelve sin regreso posible su talento literario. Aquí, en Alabama song, le ha tocado el papel de sombra, de comparsa. A su modo, Gilles Leroy pone al Gran Gatsby en su sitio.

Ya no hay premio que no apeste a una mezcla de negocio y cinismo, y el Goncourt tampoco, pero este de Gilles Leroy es, al margen del premio recibido, un libro valioso, emotivo, contundente, vivido en la pesquisa del éxito y sus estragos. En estas páginas cuenta, y solo eso, el combate de Zelda por conquistar su lugar en la tierra, su estatus de persona, al margen de la fama, el triunfo, el dinero y una vida trepidante. Bastaría con eso. Y en ese combate, la silueta brillante de Fitzgerald se apaga y su sombra se adelgaza, se queda corta. “Ha sido un honor” conocerla, concluirá el novelista, refiriéndose a Zelda, a sus voces, a sus sombras, a sus pálidas huellas. “Ha sido un gozo leerle”, dice el lector cuando cierra el libro de Leroy.

*** Artículo publicado en , ABCDe las Artes y las Letras,ABC, Madrid, 2008

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