La invención de la soledad

 

Después de su trilogía de Nueva York, y de esa historia en apariencia detectivesca, de El palacio de la luna, que llegó a recordarme ciertas novelas de Edgar Wallace, , se publica ahora La invención de la soledad, el primer libro de Auster, que completa esa sutil tela de araña o ese rompecabezas que tejen o forman hasta ahora todos sus libros: concordancias, alusiones, personajes desdoblados, similares situaciones, identidad de historias menores… juegos de matrioshkas.

índiceLa invención de la soledad es una emocionante reflexión sobre la paternidad y sobre la muerte, en esa primera parte que lleva por título “Retrato de un hombre invisible”, y sobre el ejercicio de la memoria y de la escritura, en una segunda titulada “El libro de la memoria”. Auster comienza esa reflexión a partir de la muerte de su padre o mejor, a partir del momento en que recibe la noticia, en ese tiempo, unas pocas semanas, durante las cuales las cosas parecen momentaneamente detenidas y antes de que la vida, su propia vida recobre su ritmo habitual y de que los mismos recuerdos se alejen demasiado y desparezcan. Para Auster el anuncio de la muerte del padre, que parece venir desde otro mundo, desde otro orden, supone también “la irreductibel certeza de nuestra mortalidad”.

Escrito durante las semanas en que Auster tiene que desmontar la casa en la que el padre vivía solo y alejado de todo y de todos, de una forma fragmentaria, como fragmentarias son las huellas dejadas por su padre o como lo es la historia que queda reflejada en las fotografías que va encontrando desperdigadas y que componen y a la vez desbaratan para siempre un mundo del que él forma parte y que a veces le conducen a un callejón sin salida: ese hallazgo de un álbum de fotografías en cuyas cubiertas se puede leer “Los Auster. Esta es nuestra vida”, y que sin embargo está vacío.

Hay algo turbador en ese testimonio y en esa reflexión del encuentro después de su muerte con un padre que nunca estuvo, en ese enfrentarse con los restos, con los objetos de uso cotidiano desprovistos subitamente de sentido, en ese formar parte él mismo del desbaratamiento, en el intentar reconstruir una vida, y tratar, como siempre, de saber y de poner las cosas en su sitio, de comprender aquella indisponibilidad, aquel refugiarse en el trabajo. Libro doloroso, sí, tal vez. Pero no puedo menos que acordarme de Seferis donde dice que “Allí donde toques la memoria, duele”.

El de Auster parece ser uno de esos padres que no saben tratar con sus hijos como personas, tan sólo como hijos menores de edad y al cuidado doméstico de otros. Un padre tan ocupado que se hace sordo, ciego, indiferente, a lo que sucede a su alrededor o que como en el caso de la enfermedad mental de su propia hija se niega a aceptar la evidencia. Hablar con él, dice, “era una experiencia agotadora”. Sí, cierto hablar con alguien que se esconde detrás de los prejuicios, de la autoritas destemplada, que se impacienta por cualquier cosa, siempre es una tarea agotadora. Y también lo es esa actitud del hijo que quiere llamar la atención del padre como sesa, hacerse valer, no defraudarle, ser tomado en serio.

Auster trata de saber quién era, quién fue, que había sido de su familia, descubre cosas sorprendentes: las que suele haber detrás de los silencios, de las medias verdades, de esa ocultación que acaba dibujándose en los rostros.

“El libro de la memoria”, también fragmentario -también y muy sutilmente el libro de otra paternidad, de otro hijo, de otra vida-tanto como lo puede ser un cuaderno de notas, de citas, de referencias, es un libro muy hermoso acerca del necesario aprendizaje de la soledad del escritor, del vivir en una habitación (Pascal), no solamente un espacio físico, sino un espacio interior -esas habitaciones desangeladas en las que los personajes de Auster se recluyen para inventar el mundo: “Un hombre que se sienta solo en una habitación y escribe” y que recuerda, claro, y de paso inventa, que a esto parece que se reduce una bien hermosa historia.   El acto de escribir como un acto de memoria, la escritura como una forma de ver, no en vano Auster afirma -y tal vez sea esta la reflexión capital de esta segunda parte- que para que un hombre esté verdaderamente presente entre lo que le rodea, no debe pensar en sí mismo, sino en lo que ve; Para poder estar entre las cosas del mundo, junto a los otros, “debe olvidarse de sí mismo. Y de ese olvido surge el poder de la memoria. Es una forma de vivir la vida en que nunca se pierde nada”.

*** Artículo publicado en el Cultural de ABC, Madrid, 29.12.1990

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