Caín y sus amigos

San-Camilo-1936-II HACE algo más de treinta años Camilo José Cela escribió uno de esos libros que de manera cierta estaban destinados a cambiar el panorma tirando a ramplón de la literatura en castellano: San Camilo 1936. Un libro duro, torrencial de prosa tan sonámbula como precisa, de lectura mucho más fácil de lo que parece a primera vista, cuyo protagonista es una ciudad, sus habitantes. San Camilo, 1936 era un libro que trataba y trata del cainismo, de un país en el que las piras de la Inquisición y las latas de gasolina con las que daban fuego a los conventos e iglesias madrileñas no eran sino el haz y el envés de la misma piromanía, de la misma oscura manía, del mismo o muy parecido instinto criminal cifrado en la intolerancia. San Camilo, 1936 es un libro que trata de la barbarie y de la muerte, pero también de una feroz, alegre, celebración de la existencia en lo que esta tiene de gozosa, de esperanzadora. Es bárbaro y a la vez está lleno de una contagiosa ternura, de una rara piedad, de la esperanza en que este no tuviera que ser, no por fuerza, un intratable pueblo de cabreros. Cela hablaba entonces y sigue hablando ahora de un país que necesitaba salvarse de si mismo–en los versos precisos de sus mejores poetas: españolito que vienes al mundo una de las dos Españas ha de helarte el corazón-,con todas las de la ley, un país y un paisanaje que en lugar de inventarse la historia, una historia, para albardarse en ella, para vivir con ella a cuestas, creyera y construyera una vida propia, una vida en la que cupieran todos, no los más afortunados, no sólo los privilegiados de la fortuna (metamos aquí a los que se sienten privilegiados de la genética también), no sólo los fuertes de ocasión, no sólo el que tuviera las armas. Asomarse hoy a ese libro asombroso es asomarse a una de las más hondas reflexiones que se han escrito en nuestro ámbito acerca de un país que no estuviera dividido entre víctimas y verdugos, entre amos y siervos, permanente, insidiosa, irremediablemente. San Camilo 1936, tiene algo de redoble de conciencias, de aviso de caminantes, al margen de que sea un festín literario, a de los mayores y mejores festines literarios que se hayan escrito en lengua castellana.

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