Tinta roja

Escribir como Gómez de la Serna, con tinta roja, y decir, enseguida además, «Escribo con sangre», sin reparar en que la frase puede resultar tremebunda, porque lo es, además de una formidable gansada ad usum amigos de las altivas enormidades, pero tampoco en que con sangre no se hacen más que morcillas y que estamos hablando de tinta y de papel, y del tener algo que decir, sobre todo de esto último. Gómez de la Serna, personaje literario ya más que autor al que de ordinario no se frecuenta o se frecuenta poco, menos de lo que parece, escribía, además, sobre papel amarillo. Todo muy rojo y gualdo. Ahora, eso sí, lo primero, el imagen_47material, el atrezzo, y sin visitar a Cornejo, luego ya se irá viendo, a lo mejor vivimos para contarlo, a lo mejor contamos a palo seco, que es una forma como cualquier otra de ir viviendo, a lo mejor no contamos nada.

Con Nabokov pasaba lo mismo, te comprabas unas cartulinas Bristol (muy monas ellas), unos lapiceros pinchos y dos o tres mil duros de libros de mariposas y, hala, a escribir Lolitas y Adas y Arlequines. Nada como el atrezzo, el disfraz. Luego resulta como con las plumas estilográficas robadas, sustraídas, distraídas, del mogolloncillo madrileño de Ramón para el temblor aquel famoso de la reliquias literarias, que con ellas en la mano, cuando escriben, que no siempre lo hacían, no es tan fácil escribir algo que logre cautivar a un lector, no es tan fácil llevar la vida a los papeles, no es tan fácil inventar sobre el dechado de los hechos que comúnmente suceden, y hasta el más tonto se da cuenta de lo cansadas que resultan las imposturas que no dan en invenciones y el andar todo el día a vueltas con una máscara literaria en el empeño vano de ser el que no se es al margen de la página, al margen de ese discreto comercio que caracteriza la relación entre el autor y sus lectores, y que es lo único importante del negocio, lo demás, las tintas de colores, el papel, la mesa, el atril nabokoviano, el relicario al completo, no pasan de ser sino pijadas que sólo salen a escena cuando el autor se hace personaje literario y nada más que eso.

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