La ciudad del Cerro Rico

Una ciudad dominada por el pelado Cerro Rico, cosa que se puede apreciar leyendo a Ramón Rocha Monroy en su Potosí 1600. Allí, en la calle de la Pulmonía, sopla un viento que corta y te obliga a escurrirte, hasta la del Perdón por ejemplo, para refugiarte en una confitería criolla atendida por indígenas quechuas y para no caer en las oscuridades de la calle de las Víboras.

En otra parte, con el sol de las sombras largas, el partido de fútbol arrancaba pasiones junto al lugar donde salen los atestados autobuses nocturnos rumbo a Tupiza y a los agrestes parajes de San Vicente por donde, ahora hace cien años, Butsch Cassidy y Sundace Kid anduvieron asaltando las minas de Aramayo, uno de los barones de la minería, y dicen que tal vez perdieron en ello la vida, aunque no es seguro.

En Potosi era sábado y uno de los pocos días del año en los que los mineros no trabajan y se aplican a la wilancha, una ceremonia festiva en la que, en las bocaminas, se degüellan llamas y se lanzan festivos cartuchazos de dinamita, entre tristísimas canciones quechuas acompañadas de acordeón, challas ceremoniales y tragos de alcohol de 96% («Apto para el consumo», rezaba la etiqueta) y se riegan de sangre caliente las bocaminas y las capillas de la Candelaria, al tiempo que humean las hogueras de ramas de llareta para asar los animales allí mismo descuartizados.

Pero al margen de la industria turística y del folklore de las minas, hace unos días, en las calles de Potosí, los mineros cooperativistas de las minas de Porco, envueltos en una acre nube de pólvora, advertían de manera amenazadora al presidente Morales y a «los monos de Chávez» que si continuaba con las medidas de control nacional de las minas y otras de carácter tributario, le esperarían armados. A fin de cuentas en la calle Hernández, la de los mineros, el cartucho de dinamita boliviana, con su mecha, su fulminante y su potenciador cuesta un euro y medio, como cuesta menos de medio el zacutillo de hojas de coca y algo menos la preceptiva piedra o rosca de lejía, gris o negra, para mascarla bien mascada, como hacen los turistas gringos que se sienten alguien con el bolo de coca en el carrillo.Pocos días después, esos y otros mineros cooperativistas incendiaban el edificio de Hacienda, mientras las carreteras permanecían cortadas.
Entre tanto, la guía de la Casa de la Moneda explicaba el lugar diciendo que la celebre máscara jocunda de Baco que decora de manera rotunda el patio desde la colonia, pero que fue esculpida por un francés hacia 1850, tenia dos caras: «una española y otra indígena, una mala, y otra buena», cosa que es muy aplaudida por el argentino que iba de empalmada y que probablemente tendría rotundos apellidos españoles. A fin de cuentas la copiosa ayuda económica de España para la restauración arquitectónica de Potosí se cuenta por docenas de edificios públicos y privados.
En Potosí permanece más o menos vivo el recuerdo de la guerra entre vicuñas (criollos y naturales de Extremadura, Castilla y Andalucía) y vascongados (1622-1629), más basada en cuestiones de efectivo poder político y económico que en el uso del vascuence y otros adornos identitarios, como de manera interesada sostienen las guías escritas por quienes ven en el no siempre inteligible indigenismo, un grato paralelismo con el nacionalismo vasco de corte montaraz.
Tal vez sea Potosí, más incluso que el Sucre de las blancas fachadas y los patios, la ciudad boliviana que guarde un recuerdo más español de todas: los nombres de las calles, la arquitectura y sus detalles, los usos rancios astronómicos o la notable colección de arte de las monjas carmelitas (obra de una arquitecta sevillana de la que decían con sincera admiración que era «una monja con pantalones»).
El indígena originario, de etnias diversas, aparece en las bocaminas, en el dédalo asfixiante de las galerías del Cerro, donde todavía trabajan niños, tal y como aparecen en la turbadora película «La mina del diablo»; en los lavaderos de mineral, en el mercado jolgorioso, donde los productos que se venden para curar todos los males tienen «sabor a selva», en la furia callejera de las protestas, en los alrededores de la antigua plaza de Armas, haciendo cola para que los escribanos de olivettis molidas a golpes le hagan la declaración de IVA con el aguayo a la espalda. Si de día la ciudad puede oler a pólvora y a salteñas, de noche es una ciudad fantasmal, misteriosa, que huele a brasa de llareta; una ciudad de otro tiempo, anclado en este como un animal dormido.
En la calle, el cartucho de dinamita, con su mecha, fulminante y potenciador, cuesta un euro y medio.
* Artículo publicado en el diario ABC, Madrid, 6.7.2008
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