La casa de la vida (Mario Praz)

Tal y como el mismo Praz aclaró, el afortunado título del libro hace referencia no a una casa donde se celebre la vida, sino a la casa egipcia de los muertos. Lo afirma en ese capítulo final titulado «Veinte años después» en el que se aclara entre brumas, como casi todo en este libro, el asunto de su relación (como fuente de inspiración) con la película Confidencias de Visconti a cuyas imágenes está unida la memoria de Praz aunque él no esté allí. Aunque no lo sea, uno siempre ve a Praz como «el viejo profesor», coleccionista y misántropo, encarnado por Burt Lancaster, cuya vida se ve alterada y destruida por la irrupción de la barbarie, seductora barbarie también, representada por una gente brutal, incapaz de apreciar las sutilezas del gusto y de la vida de aquel hombre al margen de casi todo dedicado a sus libros y a sus colecciones de objetos artísticos. El mismo Praz se gustó disfrazado de esa guisa.

La casa de la vida es el libro más emblemático del estudioso, del erudito, del diletante, del filósofo del gusto incluso, del inquisidor de las zonas más brumosas del pasado europeo, del coleccionista maniático, Mario Praz, por lo que tiene de compendio de algunos de sus libros anteriores, de antología personal, de colección particular incluso y por lo que tiene de máscara privada a medias desvelada que responde a esa pregunta que se hace quien se acerca a la obra vasta de Praz: ¿Quién fue Mario Praz?. La casa de la vida es la historia de una casa, el palazzo Ricci de la literaria via Giuilia romana, pero también tiene mucho de su autor, un hombre sin historia, dicen, reflejado en un mínimo espejo, como en el retrato Arnolfini, de Van Eyck: «me he mirado en un espejo ardiente convexo, y me he visto no más grande que un puñado de polvo». Cosa que no pareció apreciar en absoluto Cyril Connolly cuando criticó la edición inglesa de este libro y dijo que era el libro más aburrido que había leído en su vida. Una historia personal reflejada en la penumbra poblada de brillos de una casa que alberga una prodigiosa colección de antigüedades neoclásicas y de otras de difícil clasificación que harían pensar en los gabinetes de curiosidades del finales del siglo XVI o comienzos del XVII, reunida con pasión maniática a lo largo de toda una vida: la colección como una forma de autobiografía, ese privilegiado teatro de la memoria que exploraba el crítico Gerard-Georges Lemaire en un brillante ensayo sobre Praz titulado «Metafísica de lo arbitrario».

La lectura de La casa de la vida hace pensar en el último poema de Paul-Jean Toulet en el que se habla de ese dolor de morir cuando se aman tantas cosas. Porque lo cierto es que sobre este libro, sobre esta suerte de inventario de emociones suscitadas por los objetos en cuya descripción minuciosa se demora o por las digresiones que le sugieren, de recuerdos familiares vívidos, de gustos literarios y pasiones, del empeño en vivir las cosas del mundo, a pesar del dolor, flota una niebla de melancolía y de tristeza, un tono funeral incluso. Y eso que el relato que nos hace Praz de su casa de la vida, casi una guía fantástica y surrealista, por seguir a Steiner donde este afirma que hay algo surrealista en la erudición, no está exento de ironía y de humor, al contrario, abundan las anécdotas humorísticas, los eufemismos burlones de escenas -verdaderas conversation pieces de su colección- apenas apuntadas, algunas hasta con rasgos dickensianos; pero la nostalgia es demasiado embriagadora.

La casa de la vida es un libro insólito, extraño mejor, sugestivo, como otros de los suyos, emparentado con el monumental El gusto neoclásico y con El mundo que yo he visto, un extraordinario libro de viajes, y con esa peculiar antología que es Voces detrás de la escena. Praz rehusa explicar las complejidades psíquicas del coleccionista, ese colocar la manía por encima de todos los placeres y todas las necesidades de la existencia (Lemaire de nuevo). Praz relata otra cosa, porque de relato se trata, el por qué de una casa, el por qué de una vida, de una forma peculiar de entender y ocupar la existencia llevado de manía del coleccionismo de y de ese carácter minucioso y paciente del erudito: en literatura inglesa, sí, pero también en literatura rusa, en historia del siglo XIX, artes decorativas, arquitectura de interiores… (se echa en falta un índice de nombres y materias). De la mano de Praz se nos ofrece un recorrido sentimental por el pasado, por el presente que no es más que dolor y sobre todo nostalgia, a través de los objetos, mudos testigos, imperturbables, piezas cifradas de una vida que a veces, en la cita de Savinio que abre el último capítulo, desvelan «algunos secretos celosísimos, que el rostro del hombre, su mirada, su voz, ocultan tenazmente».

LA CASA DE LA VIDA, Mario Praz, Traduc. de Carmen Artal, Edicions Alfons el Magnànim, Valencia, 1994, 435, págs.

Artículo publicado en el diario ABC,

 

 

 

 

 

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