Correspondencias

wilson

ESCRITAS casi, casi para ser publicadas tarde o temprano y con una franqueza y un desparpajo inauditos –la de Evelyn Waugh arroja mucha luz acerca de las costumbres cotidianas del fascinante personaje que fue el autor de Retorno a Brideshead–. Ahí en esas páginas secretas o no tanto, e incluso publicadas en vida, a la rusa –la de Gogol, sin ir más lejos–, escritas para exhibirse más que para ocultarse, está todo lo que llegamos a inventar con las cartas en la mano: las cartas marcadas. Un género -un matiz del género autobiográfico, de esa literatura de afirmación del yo en tiempos de borrasca generalizada más que en tiempos de bonanza, no nos engañemos-, un género de vuelta en todo caso, una forma de reflexionar, de conversar, de encontrar un eco a nuestras ideas fundadas o embrionarias: me lo explicaba muy bien el bertzolari Andoni Egaña, durante una cena de bertzos, en Erratzu, un otoño magnífico.

Un género de difícil manejo en todo caso. Sobrevienen enseguida los desfallecimientos, la pereza, el día a día propio, tan raro este. Una de las más fascinantes correspondencias es la mantenida entre Vladimir Nabokov y el crítico norteamericano Edmund Wilson. Nabokov, quien por cierto se ocupó de Gogol en un ensayo que es todo un modelo de cómo acercarse a un autor literario y a su obra. Está visto que pocas amistades aguantan la franqueza de opiniones, la contundencia incluso, por citar de manera gazapera otro título del ruso, acerca del propio trabajo, alentadas ambas por los celos y por ese prurito de decir verdad o cuando menos de expresar nuestra opinión independiente (cuando se nos ha solicitado) que hieren esa vanidad que es el fermento de estos negocios. Pocas sobrevivirían a la lectura de una correspondencia cruzada. Lo dice Pascal, que de negruras y recovecos del alma sabía un rato.

La de esos dos gigantes que fueron Nabokov y Wilson terminó arrigándose, agrietándose. Nabokov aguantó mal las opiniones de Wilson acerca de su monumental trabajo sobre la obra de Puchkin, Eugenio Onegin. En el tono de las cartas, en su extensión también, en su laconismo, se advierte que la relación quedó empañada y resentida hasta el final. Wilson era franco y directo y se andaba sin contemplaciones. No era la primera vez. Su opinión acerca de esa Barra Siniestra de Nabokov, es tremenda: la novela adolece de algo fundamental, de lo que debiera sostenerla, como es el por qué del tirano, su caricatura sobra, hace que la novela cojee. No es de las más celebradas del autor. El la apreciaba mucho. Cosas. Y en el otro lado, es decir, en este, el callar que sostiene la convivencia afable, la máscara de la intolerancia feroz, el dominio de unos sobre otros. Correspondencias.

*** Artículo publicado en El Correo, de Bilbao, Territorios, 18.3.1998

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Del amargo Bierce

 

Ambrose Bierce - 05Leer a Ambrose Bierce resulta siempre una actividad tan saludable como estimulante. No deja indiferente jamás. Y es que, al margen de esa biografía legendaria en la que se apoya su recuerdo y de que él, como personaje literario, haya protagonizado episodios de epilírica en varios idiomas –su desaparición ya setentón al socaire de las tropas de Villa es una pieza fundamental del mito Bierce-, la muy combativa obra narrativa de Bierce, esos cuentos de soldados (y de civiles), resultan admirables, sorprenden y emocionan por algo poderoso que los recorre y sostiene, algo más incluso que la evidente verdad de lo vivido que su autor puso en el tablero.

Son los personajes de Bierce, él mismo como espectador –ese topógrafo que recorre el campo de batalla y por la noche se ocupa de sus levantamientos-, las pasiones sobre las que vuelve una y otra vez, la crueldad y el sinsentido, lo que mantiene esa extrema tensión.

Relatos como <<Un golpe de gracia>> o <<Un jinete en el cielo>>, se leen con el juicio suspendido, la atención ala cecho, y su resolución deja al lector anonadado, cavilante ante el desenlace de situaciones que, insospechadas, se imaginaban muy otras. Nada o muy poco es lo que parece. El corazón humano tiene pliegues sorprendentes.

Bierce hizo de la guerra la materia de muchos de sus relatos, sí, pero como advierte uno de sus personajes: en sus páginas no hay <<…nada de la pompa de la guerra, ninguna insinuación de gloria>>. Al revés, Bierce, como sus criaturas, huye de la pompa, de esa gloria teatral, de la épica vacua del valor convencional. Se diría que, de un modo u otro, sus protagonistas son siempre perdedores de algo: del valor, de los seres queridos, de la propia estima o de la propia vida. Y el autor es uno de ellos, con ellos cierra filas.

Lo de Bierce no se parece a nada, a ninguna otra literatura que tenga a la guerra y a la muerte como materiales de primera. A ninguna. Y si la comparamos con otras obras, la comparación resulta penosa. Bierce escapó de la retórica, de la grandilocuencia, de la filosofía barata y hasta del peso de la tradición, tanto literaria como de la histórica y patriótica. Bierce se comportó como un soldado raso que padecía hambre, sed, cansancio, excesos de disciplina y que veía a los emboscados de la laya que fueran con desprecio. Un profesional de la duda que utilizaba el sarcasmo para hablar del sentido del deber que es el menos común de todos los sentidos.

Además, no hay relato que no esté salpicado o iluminado por el lúcido ingenio de quien escribe las memorables entradas del Diccionario del diablo, sarcástico, vitriólico, nada convencional, pariente del mejor Mencken, un bendito brivón atizaseseras, de esos que resultan imprescindibles en el pantano de los sentimientos y las pasiones de bajo tono.

*** Artículo publicado en ABCde las Artes y las Letras, ABC, Madrid, 3.9.2005

Farandola para un guiñol burlesco

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LA época en la que Céline escribió y publicó Guiñol’s Band es una época turbia y confusa por encima de todas las de su vida. Es la época de la ocupación y de las deportaciones, del colaboracionismo y del mercado negro, de la resistencia y de la delación, del ánimo de justicia parejo al de venganza, de los amos del día camino de ser los vencidos del mañana. Es la época de su encuentro con Jünger, en casa de Paul Morand –los dos escritores se detestaron de inmediato–, y es la de las amenazas de muerte –«on pense à moi dans les ténèbres», escribirá… Roger Vailland, su vecino, se defenderá de haber proyectado matarlo–, de los falsos documentos de identidad y del permiso de armas, de los delirios de la huida, del inminente y anunciado apocalipsis hacia el que Céline va con los ojos bien abiertos, pero con los forros de la ropa rellenos de guita, luises, moneda contante. El apocalipsis tanto tiempo anunciado, porque Céline se pasó la vida anunciando el apocalipsis, la hecatombe, la gran nada, no otra cosa. La época de Guignol’s Band es en la que parece no haber tiempo más que para huir, para ponerse a salvo; pero todavía hay tiempo para chalanear con Denoël, su editor, el contrato de ese guiñol, para escribir incendiarias cartas al director en el periódico fascista Je suis partout, para merodear por Montmartre, para seguir una palabra detrás de otra en el empeño de no dejarse nada en el tintero, ningún rincón de la memoria sin revisitar, sin reinventar, nada.

 El fondo autobiográfico, el material-memoria, de Guignol’s band son las estancias londinensas de Céline, ese Londres recordado y reinventado desde que su familia le envía adolescente a estudiar inglés para que pudiera convertirse en un buen hombre de comercio –ese fondo miserable, torpón, del petit boutiquier, que Céline llevaba dentro y que aflora por todas partes en su obra en forma de mezquindades de carcajada-, y sobre todo el de su trabajo en la embajada francesa durante la primera guerra, antes de que fuera licenciado del todo, inválido condecorado. Esa es la época revisitada veinticinco años después, la de la vida a grandes tragos, de las andadas en los bajos fondos de Londres, cuando él mismo teje la leyenda de haber conocido a Mata Hari en algún antro de los que visitaron Kessel o Mac Orlan, en compañía de un profesional del hampa, Joseph Garcin.

IMG_0002En Guiñol’s band se desata con violencia la rabia, la furia y la capacidad visionaria, la vena burlesca, sarcástica, la elaboración de la parodia de si mismo, héroe de guiñol –ese fue uno de sus mejores trucos literarios–, ahí está el asunto, héroe de guiñol, negro y secreto, impostor redomado en aras de un relato más verosímil que ningún otro, el del desastre sin reposo ni respiro; aquí la construcción de ese personaje pícaro y abusivo, hampón, crápula y hasta macarra de ocasión, que se ríe de todo y de todos, cruel casi siempre, abusivo, pocas veces tierno, desbordante de humor negro, el jinete solitario de la noche, el navegante igualmente solitario de la mugre, llegan a su culmen. No hay mejor océano que ese para navegar con el viento del verbo furioso, torrencial, en las velas. La suya es una vuelta de tuerca genial. Guiñol’s Band fue saludado como una pieza magistral del surrealismo… no sé yo, no sé. No queríais taza, pues taza y media, parece decir con esta vuelta sobre las huellas de sus pasos, y lo dice explícitamente en el prólogo que encierra su mínima poética.

 Todavía este Céline, este mitómano que inventa su propia biografía página a página, es el Céline legible, identificable -el esfuerzo de Carlos Manzano su traductor es colosal–, todavía podemos seguir las andadas del que se tira de cabeza en el dominio de la noche y ahí se pierde para regresar trayendo de la mano un cortejo de personajes cuando menos insólitos, delirantes, grotescos, pura barraca de feria.

Y eso que a la vista de estas apretadas, avasalladoras seiscientas cuarenta páginas en ebullición, no puedes menos que preguntarte «¿Pero quién demonios lee a Celine?». No tengo la menor idea. Es para mí todo un misterio. Debe ser cosa de iniciados, de tenida de furiosos (tirando a domésticos). Lo mejor son los lugares comunes, el escritor fascista, antisemita brutal y minucioso (una de sus fobias llevada al delirio), eso sí, el magnífico prosista, qué prosa, eh, qué prosa: colgajos de calidad para excusarse de arrimarse a su prosa. Inimitable, además. La furia, su furia, su verbo, no se improvisa, no se copia. Para quedarse sin resuello no hay más que leer en voz alta alguna de estas escenas. No se parece a nada que recordemos. A nada.

Celine_-_Gen_Paul_-_Pierre_Labric_01_maxDetrás de este libro está el Céline que acumula luises de oro, que ya se teme lo peor –en ese momento su amigo, aunque esto,tratándose de Céline sea mucho decir, Antonio Zuloaga (y también Lequerica) se lo quiere traer a España–, que acumula patatas en la bañera, y es el mirón de los cursos de danza de su mujer Lucette Almansor. Detrás de este relato torrencial está el Céline enrabietado por la falta de éxito total de sus novelas anteriores, por la ocupación alemana, por los judíos, en general, y por las sandeces místico-célticas-esotéricas puramente nazis del nacionalista de la edad de piedra: materia con la que delirar un rato largo, alucinógenos de primera.

IMG_0176Ahí  también, ahí, la magia de la literatura, su poder, un Céline que logra transformar la mugre, la codicia, la ambición desmedida, el rencor, el orgullo bobalicón, los delirios del que no bebe, que esa sí que es buena, en oro puro literario, en esa prosa entrecortada y asfixiada del fuera de sí, en ese borbotón prodigioso de lenguaje, en esas imágenes inesperadas del verdadero visionario, el que como Elías se va con ellas, en ellas se pierde y le lector con él.

La primera de Guiñol’s band este libro, terminado de imprimir en marzo de 1944, va ornada con una imponente fotografía (h. t.) de un mascarón de proa femenino, motivo curioso si pensamos que es un símbolo o un emblema de una enorme belleza (VD. Chesterton en «Un dickensiano»»), que sugiere todo lo que no hay, o no parece haber, en la obra de Céline, el viento del largo (valga el galicismo forzado), el de Baudelaire cuando escribe el fuir-fuir la bas, sobre todo para quien afirmó reiteradamente que en esta vida todo es feo, sucio, todo está irremediablemente degradado, no hay nadie, no hay nada que valga la pena. Sólo hay que vivir para contarlo y jugarse la vida en el empeño. Y perderla, y perderla.

NOTA: salvo la del mascarón de la primera edición francesa y la de sus amigos de Montmartre, las otras dos fotografías corresponden a su época de Meudon, tras su regreso del exilio danés.

Navegar mares prohibidos

 

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EN el primer párrafo de Moby Dick aparece una imagen preciosa. Su curioso narrador nos dice que cuando se encuentra dominado por el humor melancólico (niebla en la mirada) lo que hace es embarcarse, echarse al mar. Y no otra cosa hace, o puede hacer, el lector siguiendo sus pasos, porque además de que la lectura es un formidable antídoto contra las borrascas del alma, la de Moby Dick es toda una travesía, uno de esos viajes literarios que resultan a la postre inolvidables, que como todos los viajes cambian, cuando menos, nuestra mirada. El Pequod es uno de esos barcos (como la Hispaniola) de los que una vez que hemos subido no podemos bajar jamás. Vamos, como lectores, a bordo para siempre, en compañía del enigmático Quiqueg, harponero, memorable personaje literario, natural de Rokovoko, “una isla muy lejana hacia el Oeste y el Sur. No está marcada en ningún mapa: los sitios de verdad no lo están nunca”.

Herman Melville publica  en 1851. La escribió en apenas un año y la novela cayó de inmediato en el olvido fruto del desinterés del público por ese majestuoso artefacto narrativo, plagado de digresiones morales y oceanográficas (agotadoramente enciclopédicas, cosa en la que no repara casi nadie por una razón más que obvia), de reflexiones de resonancias míticas y metafísicas –como lo será otro de sus mejores libros, Las encantadas- y de situaciones poco menos que enigmáticas, absurdas casi, arbitrarias, lejanamente autobiográficas (Melville en su calidad de culo de mal asiento anduvo en un ballenero hasta que desertó) que tenían a la cubierta del Pequod como privilegiado escenario teatral, y a los señores Stubs y Starbuck, entre muchos otros, como conspicuos actores de una marítima compañía del cisne. Un teatro, el del Pequod, en el que se representa, con la debida grandilocuencia, la historia de una rebelión de resonancias clásicas contra el destino, la suerte y contra las fuerzas oscuras que parecen dominarnos sin remedio y apenas logramos sujetar, como no sea mirando para otro lado. Una rebelión contra los errores, la mala suerte y la propia conciencia, dirá muchos años más tarde otro grande de la literatura del mar, Joseph Conrad. Una rebelión de ángeles caídos, de humanos que se miden, harpón en mano, con los dioses y sus tormentas.

Ismael va a contarnos su vida, se embarca casi sólo para eso, para contarnos del mar y de los buques, de la tela de araña de las gavias y aprejos, pero acaba contándonos la asombrosa historía del capitán Ahab y de su ballena blanca, inseparables el uno del otro, incomprensibles el uno sin el otro. Ismael acaba contándonos la historia de un destino inexorable, de un destino que el hombre no puede en modo alguni alterar. Es, el suyo, un viaje hacia la destrucción, un morir matando. Ni siquiera Mr. Starbuck es capaz de pegarle un tiro a Ahab y terminar con la pesadilla de la caza de la ballena blanca. Starbuck baja el fusil y firma su condena de muerte y lo sabe, es humano, no es Ahab. No hay a bordo más salvadidas que un ataud. Ismael no será un héroe, es sólo un superviviente, un amedrentado superviviente, un testigo del desigual duelo del hombre contra el universo mundo, alguien, que a la manera de Arthur Gordon Pym, sólo vive (sobrevive) para contarlo.

Moby Dick, es un gigante literario, una isla, me temo, más citada que frecuentada porque es de ardua, y cada vez más, lectura. Moby Dick es una gran y compleja novela (poliédrica o algo así andan ahora diciendo… a saber) que trata, sí, de la vida del mar, pero también trata del mal, del excederse, de la búsqueda del propio camino, de la furia que implica toda rebelión metafísica, empezando por la de Luzbel. Moby Dick es una novela que sigue suscitando las más variadas (peregrina a veces) interpretaciones –Pour saluer Melville, de Giono, es una de las mejores- porque sus páginas son un formidable dechado en el que tejer la reflexión acerca de todos los avatares de la vapuledada condición humana, la mejor matería literaria, casi la única que existe.

*** Artículo publicado en el diario ABC, de Madrid, 3.3.2001

 

 

 

Para leer en un manicomio de papel

20-Libreria-en-Londres-destruida-durante-un-ataque-aereo-1940  HACER futurología o fantasía recreativa no es mi fuerte. La gente, además, miente que es un gusto, y en la televisión, más: <<¿Usted lee?>>, pregunta el presentador de turno y muy ufano le contesta el menda que está de guardia<<¡Vaya que si leo, me sobra afición, aunque me falte tiempo!>>. Mentira. Salta a la vista. Hay gente que lee hasta libros inexistentes, como El vecino del tercero de Gustavo de Maeztu, pero esta es harina de otro costal. Como hay gente que roba libros por docenas aprovechando que te mudas de casa. Al personal le dices: <<Dígame los cinco libros de su vida>> y se queda corito, pasmao, una mano delante y otra detrás, no sabe qué decir, echa mano de las telarañas de su sesera. A mí me pasa y como nuestra nadas poco difieren, pues eso.

Y ya si le dices lo de qué libros se llevaría a una isla desierta le entra pavor Porque es que a la gente lo de irse a una isla desierta no le tira mucho, como no sea para ganar algo o hacer el borde. Y la lectura tiene mucho de isla desierta. A lo mejor no es más que eso. La gente prefiere, con mucho, las Seycheles. Y a las Seycheles, como a Santo Domingo, y al Caribe de los urralburidos, la gente no va a leer. Va a otra cosa. Y casi todos a lo mismo. A leer no. Además, qué se va a llevar libros a una isla desierta, la gente se llevaría algo para zampar o para fornicar, yo qué sé, pero libros no, como no sea para encender una hoguera, y aun así, porque la gente sabe, por experiencia que le dicen, que los libros arden mal, se amazacotan, verdad, y atascan el mejor de los tiros y dejan mohina la más vivaz de las piras. La gente es muy suya y en una isla desierta, más, ni comparación vamos. Igual hasta se llevan el manual del fumador de puros de Zino Davidoff para pasar el rato. Dales puros, dales el libro desencuadernado, el de las cuarenta hojas, el que les hace sentirse listos, listos, bajo los porches del alma, no les des Montaigne, que igual les quita el sueño y las ganas de pifar.

Pero el caso de la biblioteca seria no es el mismo que el de la isla desierta. <<¿Qué libros deben estar a su juicio en una biblioteca?>>. Y el personal (y yo también porque soy de la cuadrilla) se pone serio, sesudo, humano, lírico, fraternal, igualitario, solidario, profundo, mon semblabe, mon frere, y en lugar de reconocer que él, juicio, lo que se dice juicio, no tiene o tiene poco, quiere libros para meditar y para instruirse y para lucir vitola de culto e instruido y demás, y habla a tontas y a locas, y miente a veces, y generalmente lo sabe, pero como mienten todos, pues qué más da. La gente queremos libros clásicos, queremos libros de prestigio, libros que no defrauden, que sean, como el perro, el mejor amigo del hombre, aunque no sé yo si no habría que empezar a dudar de la inteligencia o el instinto del perro (Baroja, dixit), habida cuenta de su amistad por animal tan dañino como el amo de ocasión.

Si nos preguntan lo de los libros queremos no quedar como unos perfectos indocumentados o como unos patanes, que eso es lo que somos la mayoría. Las cifras de ventas cantan y los verdaderos visitantes de las bibliotecas son tan raros, tanto, que habría que hacerles un homenaje. O varios… por lo menos dos. Y canta también mucho el propio talante, tal vez demasiado. Casi se nos ve a trasluz qué libros no hemos leído. Lo mejor de los libros es que es un asunto privado y que así debería quedar.

Ahora, eso sí, si me tengo que poner pincho, ciudadano de primera, con derecho a voto y mi constitución y de todo, yo diré que en una biblioteca que se precie no falte ese Quijote que muy pocos leen, la verdad, más que en el día del libro (famoso), en esa lírica fantasía que es ponerse a leer el Quijote como quien hace una gran cosa, un homenaje a Dios sabe qué o qué cosa, pero como está de moda, nadie dice nada y queda bien y, sobre todo, queda aburrido, que es de lo que se trata. Es como una misa, pero rara. Se ve que nos tira. A mí, en Madrid, hace unos días, un chorbo con menos imaginación que una hiena, me invitó a leer a todo leer Os Luisiadas. Eche a correr, a correr, creí que era el día famoso de la bestia, el del 666, y me salvé como pude de la tortura. A mí qué demonios se me habían perdido en aquella palestra leyendo algo medio sagrado. Ninguno. Pero no, hay que tomarse en serio las cosas, todas las cosas, hasta las que son inútiles totales. Sin contar con que a ver quién es el guapo que se mete con Cervantes, el que tenía la sesera llena de dolor y de comprensión de sus semejantes y de ruidos de amargura, y con Sancho Panza y con la Dulcinea que era una gamberra, y con sus sueños y delirios que a la mayoría le resultan incomprensibles cuando no desconocidos, como el discurso radical de ese caballero de los leones que vale, por el arrojo de vivir, para todo tiempo y lugar, como si fuera un bálsamo del tigre a lo bestia.

<<Otro libro que no debe faltar en una buena biblioteca>> [habla aquí Tartufo con voz impostada de hermano fosor de la cultureta] serían los Ensayos de Montaigne, que según dice la gente que sabe, fue el inventor de la intimidad, y, en la edad moderna, casi del pensar por cuenta propia, el de mirar las cosas de frente sin que nos dicte nada, nadie. Y un maestro en ese oficio de meterse en un cuarto y leer sin molestar a nadie, sin padecer ese prurito de ser imaginativo para asuntos del incordiar al personal con ideas y con actos y con puñetas. Tu, a tu torre, la pones donde te la gana, hasta en la biblioteca del barrio, y a leer, que no pasa nada, que eres tu la materia de los libros, tu mismo, con tus sueños, tus penas, tus miedos y perplejidades, y tus glorias de cuatro perras, padrecito coraje de los demonios.

Y metería Nietzsche, entero, en un volumen, para que entre en la propuesta, que me parece un autor fundamental, de esos sin los que sería imposible comprender la marcha del universo mundo, porque le hace creer al personal que es un superhombre, un tipo que se puede comer el mundo a bocaos, en un mundo en el que quien no tiene una cuenta corriente jugosa, un puesto, un acta de diputado, algo, no vale una mierda. Eso está bien. Te metes entre pecho y espalda unas páginas de esas del vagabundo y su sombra o algo así o del Humano, demasaido humano, pensadas reciamente, y te dices <<Jooooder, que es que estoy hecho un mulo>>, y sales a la calle y como llevas un casco virtual de papel y de vida no ves como te azacanea y se despiporra de ti el de hacienda, el guardia municipal (cuando levanta mentiras hechas atestado) o el otro, tanto da, el magistrado a quien la verdad le importa un comino porque lo importante es el ius y el iure y algún otro latinajo engañabobos, el casero o el promotor inmobiliario, el jefe de personal hideputa, el del garaje, el asesor de la pura nada, el del seguro, este, aquel, todos los de la trampa. Tampoco ves como te tima el del bar de la esquina con algún repugnante bebedizo, ni como te sisa el del banco, te lima, de la cuenta, risrasrisras, los famosos ordenadores que tienen nuestra vida atrapada en sus entrañas invisibles. Nada, tu, con tu Nietzsche a cuestas, miras hacia a lo alto, aonde los luceros aquellos de los falangistas y te dices <<¡Soy un tío bragao>> (eso sí, si miras para atrás verás las plumas que has dejado en el camino, como si fueras un Pulgarcito tontiloco).

Así las cosas, no queda más remedio que echar mano de Robinson Crusoe, el que por su mala cabeza, y su gusto inmoderado de la aventura, y por padecer ese prurito de ir para algún lado (y terminar en Pamplona, por cierto, con Viernes además, que se comió algún bicho por donde los fosos, según se cuenta en un libro que me robaron cuando me mude de casa), se echa a la aventura y naufraga. Robinson es un hombre que naufraga –qué hermosa imagen- y se ve obligado a construirse una vida con sus manos, a fabricarse el presente, a actuar –de la misma manera que en otro tiempo lo tienen que hacer los vapuleados compañeros de ruta de Cándido, el de Voltaire, cuando cultivan con provecho su huerto y filosofan o viceversa o yo qué sé-, a ser de verdad util para uno mismo, y a todo eso que queda tan bien en el papel y que luego, en la realidad, es de una complejidad extrema, cuando no un calvario.

Y ya puestos en negocios de fantasear sobre esa biblioteca mínima, biblioteca de campaña, biblioteca de socorro, pues habría que tener Baroja, bastante Baroja, todo Baroja a ser posible, porque no es autor de un libro solo, sino una fronda de personajes (como lo fue Dickens), de opiniones contundentes, de sentimientos y emociones tan comunes, como es la del descontento, la del saber que la vida suele estar muy por debajo de cómo la hemos soñado, de pasiones también, como la del decir no, del querer vivir la propia vida, libre al menos de conciencia, como Montaigne, el del château, sin ir más lejos, la del tirar del ronzal en la dirección contraria, que nos puede llevar a fuerapuertas o al manicomio o a parte alguna, lejos, que es a donde nos lleva la literatura.

[Y ya metidos en faena, yo, particularmente y en cuanto que persona humana, en una biblioteca que se precie pondría un Inferno, como en las antiguas, no con obras gorrinas o psicalípticas totales, sino con las obras completas del marqués de Sade que es un monumento a lo banal, al aburrimiento, al hastío y hasta al esplín de los flaneures, un porro dumdúm de letra impresa, que hace pensar en si los infiernos no serán todos de papel y están en nuestra sesera, y pensar también en la cosa aquella de la carne es triste (aquí se mete ahora lo del helas que queda dabute) y yo he leído todos los libros, porque carne lo que se dice carne en Egües hay unos chuletones bandera y lo de los libros, ay, lo de los libros, hay donde elegir, vaya que sí… Ah, que lo de la carne no era la de buey, ah, pues eso se avisa, se avisa]

*** Artículo publicado en la revista Tk, Nº 10, Pamplona, 2000, págs. 75-78.

 

Una caravana en la niebla

DSC_0783APARECIÓ con las primeras nieblas del otoño. Pero sin duda llevaba más tiempo rodando por las carreteras y no la habíamos visto porque no habíamos reparado en ella o porque no había pasado por nuestra tierra. Es enorme la cantidad de cosas que no llegamos a ver por pura inadvertencia, por la famosa pereza del ojo, por estar pensando en otra cosa, en nada, en ese volver los ojos para dentro que deja completamente ciego. Se trataba de dos camionetas y un coche, descalabrados y apetachados, pintados de rojo, verde y amarillo, con estrellas y con el Circus que no falte, que rimaban con una pareja de camellos de aspecto curtido y apolillado, sobre poco más o menos, y con dos (o más) súdbditos de la antigua Yugoeslavia (por abreviar), porque tampoco ellos sabían explicar de una manera convincente de dónde eran, en ese italiano que chamullan y manejan con más convicción que justeza los que están acostumbrados a andar a la deriva por las tierras de nadie y los territorios fronterizos del antiguo Imperio Austro-Húngaro (y otros), los que fueron la patria del Von Rezzori que escribió Las memorias de un antisemita. Eso sí, fumaban el llamado “Winston patanegra”, el de los contrabandistas, el que venden al por mayor los que todavía “andan al humo” con sus camiones y sus barcos y sus esclavos y sus ajustes de cuentas.

Eran los restos de una mínima troupe de nacionalidad ramillete abandonada por su “impresario” en el borde de la inexistencia, en los valles fronterizos de la europa de las naciones. Una troupe que se negaba a disolverse por no abandonar a los bichos, decían ellos, y por miedo a despeñarse en la inexistencia. Cosas de la frontera, de la antigua frontera, que nos da de cuando en cuando espectáculos de estos.

El caso es que los camellos en la niebla ofrecen una estampa curiosa. No diré que recuerden las caravanas de Samarcanda, pero casi, al menos las de papel, las de La Tour du Monde, que son las únicas caravanas que conozco bien. En la niebla los camellos resaltan una barbaridad, tanto como aquellos lanceros bengalies que combatieron en las llanuras del Aisne en la Primera Guerra Mundial y que hoy sólo vemos en las tarjetas postales que ofrecen los chamarileros en las ferias de los pueblos. Los camellos zampaban forraje que era un gusto y los caseros estaban admirados del apetito que gastaban unos animales a los que a cambio no se les podía sacar nada para comer como no fuera por apuesta. Aun les encendieron a los camellos los bombillones para que así pudiéramos verlos dar unas vueltas enigmáticas (no hay vuelta que no lo sea) en la improvisada pista. Los cuidadores sacaron unos trampolines y unos talabartes y disfrazados de tarzanes, o de algo, no se veía bien, pegaron unos volatines y unas cabriolas a las que la incertidumbre del futuro inmediato daba alas. También nos echaron fuego por la boca un rato, tal vez porque veían que todos estábamos ateridos. Se notaba que a pesar de todo creían en lo que hacían. Sobre el entusiasmo a pesar de los pesares habría que escribir alguna vez, pero para eso, como para pegar volatines y cabriolas, hay que saber e igual no sabemos. La gente de circo suele saber.

Una caravana de circo, en invierno, es una de las imágenes más precisas que conozco de la melancolía. Además, si uno cierra los ojos y vuelve sobre la huella de sus pasos, se ve al borde de la pista extasiado o detrás del pasacalles, incurablemente contagiado. Hace unos años, pocos, aunque todos empiezan a ser demasiados, tropecé un invierno con el grueso de la caravana del circo Zavatta -que tuvo un payaso glorioso que de propia mano se apeó del carro en marcha- en un pueblo de lejos, de bastante lejos, hacia la ruta de Flandes, sobre poco más o menos. Era su cuartel de invierno. La escena podría haberla filmado ese cineasta, para mi excepcional, y me temo que poco menos que olvidado, que es el belga André Delvaux, porque era el ambiente de su película Belle: un riachuelo, el pequeño Morin, que en verano gastaba nenúfares preciosos, abedules, arces, fresnos, una maraña de zarzas heladas y mucha niebla. Y en medio de todo aquello, las caravanas. Rojas. Allí estaban las jaulas vacías, el atrezzo, los cartelones con la cara de un payaso, los trastos abigarrados que sirven como eficaces herramientas de la fantasía. Una de las caravanas todavía tenía pegados los restos del anuncio de una caballista de esas que junto con los cosacos de postín galopan hechas jirones con el viento del invierno. Si no fuera porque de la chimenea de una granja cercana salía una columna de humo azulado y porque se oían apagados disparos de escopeta y ladridos, me habría pArecido que aun estando en la puerta de mi casa, estaba, como el abuelo de Amarcord, perdido en alguno de esos extraordinarios países que están en el nuestro, en nuestra memoria para siempre y a los que se viaja para no regresar jamás.

Si no fuera porque tenía la secreta esperanza de que aquella caravana se iba a echar de pronto a los caminos, habría pensado que andaba tan perdido como el abuelo en Amarcord, cuando cree que se han ido todos y se ha perdido en la puerta de su casa.

Me acerqué a una de las caravanas. En la puerta había clavada una tarjeta. Con mi nombre y apellido.

 

Publicado en la revista  Blanco y Negro, TI, Nº 4143, Madrid, 29.11.1998, p.12.

 

Una belleza del Sur

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Alabama song es una novela y también una balada melancólica y turbadora; un blues desgarrado, roto. La historia, hecha leyenda de la noche, podría haberlo contado, y cantado a su modo, un Tom Waits –a cada cual sus voces de la noche-, pero la voz que se escucha en estas páginas es la de una mujer herida, enferma, perdedora en el tiempo sin tiempo de la invención literaria, en el laberinto de sus recuerdos más dolorosos unos que otros.

En Alabama song, Gilles Leroy nos cuenta su fascinada pesquisa tras la del accidentado camino recorrido por Zelda Sayre, una rebelde joven sureña que escandalizaba a la alta burguesía de Montgomery, Alabama, desde que se enamora de un apuesto oficial llamado Francis Scott Fitzgerald, hasta que en las vísperas confusas del fin de su propio viaje de regreso a la tierra natal, a sus perfumes y a sus ausencias, se pregunta si no se habrá equivocado de vida y si su orgullo no le habrá jugado una mala pasada.

Entre esos dos momentos de una vida intensa y tormentosa hubo focos de la fama, el poderoso “deseo azul de brillar”, azul como los cócteles de ginebra de Scott, su amado Goofo, hoteles, residencias suntuosas, viajes, infidelidades, años veinte en París –“icono del Jazz Age”, escribirán en su necrológica-, electrochoques, borracheras, drogas, escándalos, un aborto, muchos internamientos psiquiátricos… verdad o ficción de toda vida. Zelda Fitzgerald o Zelda a secas, mejor esto último, mejor ella misma en una lucha permanente por no ser la sombra de Scott, su adorno social, su apéndice locoide, atractivo, un mero señuelo, hasta que deja de serlo, por consunción mutua, y pierde la partida. Zelda Sayre, una mujer que considera una suerte ser hombre y una desgracia ser mujer cuando no se tiene alma de hembra, y que se pasó la vida a la búsqueda de sí misma, en pugna sin tregua contra sí misma, contra el medio, contra quien quería aplastarla, contra su propia entrega, hasta su muerte espantosa, en 1948, en el incendio de un manicomio de Carolina del Norte donde permanecía encerrada.

Leroy le da la vez, el turno, a una mujer, Zelda Sayre, que se resiste a verse condenada a ser “de Scott”, Fitzgerald por supuesto, y solo eso. La rebelión contra la fuerza social y la personalidad megalómana de Scott –lo veía como una reencarnación de T. E. Lawrence a lomos de un camello rodeado de un aura de leyenda-; contra la condena a ser una “vocecita enterrada” y a ser disuelta una y otra vez en el éxito y las servidumbres de su marido como un adorno, una comparsa.

Novelar una vida consagrada desde hace más de setenta años como novelesca, por haber sido a no dudar excesiva y por el ruido de hojarasca de la pachanga literaria, y de hecho ya novelada hasta en biografías, más entusiásticas unas que otras, no es fácil, por mucho que la de los protagonistas de esa biografía, inventores de la celebridad en su tiempo –“los años veinte fueron ellos”… ¿de verdad que fueron ellos?-, de para películas que exploten para un espectador voraz el irresistible encanto de la ascensión y la caída de unos profesionales del triunfo fácil, mediático y al final víctimas de su propia puesta en escena, de sus demonios interiores nunca del todo digeridos: Zelda Sayre y Francis Scott Fitzgerald, “dos criaturas insaciables y condenadas a la decepción”.

Gilles Leroy, con una sabia mezcla de invención novelesca y datos biográficos, más del dominio público unos que otros, y en el tono de un monólogo sonámbulo, se ha arriesgado a levantar su personaje frente al que aparece en biografías más entusiastas y mitificadoras del marido de Zelda, su igual en tantas cosas. Porque con o sin combate, Zelda no ha venido siendo más que la esposa loca del deslumbrante Scott Fitzgerald que le hace sombra hasta en la ruina y en la muerte. Hasta su decadencia es más atractiva. Leroy le ha dado a Zelda un sitio de prima ballerina.

Y no es fácil introducirse en el punto de vista de la mujer soñadora y turbulenta, una niñata enamoradiza y rebelde, con tantas fobias como falta de prejuicios y sin otro objetivo que el muy pobre de la mera provocación social. Una auténtica Southern Belle, enamoradiza, caprichosa, pero salida de una familia de Alabama de clase alta que vive protegida por sus prejuicios de clase y que cae bajo la férula de un megalómano, su Goofo soñado, un desclasado que hace todo lo que está en su mano por ser alguien, por ser alguien y cobrarse la revancha, por conquistar, a Zelda, a la sociedad, al mundo, que se arriesga a ser el hazmerreír con tal de ser el centro de ese mundo que se le escapa sin remedio, como se disuelve sin regreso posible su talento literario. Aquí, en Alabama song, le ha tocado el papel de sombra, de comparsa. A su modo, Gilles Leroy pone al Gran Gatsby en su sitio.

Ya no hay premio que no apeste a una mezcla de negocio y cinismo, y el Goncourt tampoco, pero este de Gilles Leroy es, al margen del premio recibido, un libro valioso, emotivo, contundente, vivido en la pesquisa del éxito y sus estragos. En estas páginas cuenta, y solo eso, el combate de Zelda por conquistar su lugar en la tierra, su estatus de persona, al margen de la fama, el triunfo, el dinero y una vida trepidante. Bastaría con eso. Y en ese combate, la silueta brillante de Fitzgerald se apaga y su sombra se adelgaza, se queda corta. “Ha sido un honor” conocerla, concluirá el novelista, refiriéndose a Zelda, a sus voces, a sus sombras, a sus pálidas huellas. “Ha sido un gozo leerle”, dice el lector cuando cierra el libro de Leroy.

*** Artículo publicado en , ABCDe las Artes y las Letras,ABC, Madrid, 2008

Vitriolo

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DICEN quienes saben de estas cosas que hay pozos de infamia que esconden muy alta literatura. Y es que por lo visto es más que posible hacer literatura con el ánimo de venganza, cobrarse en la página escrita la revancha de una afrenta sufrida en la realidad o en la imaginación del ego herido, es decir, una páginas escrita con la tinta que mana de esos tinteros –espejos de tinta- que son la vanidad y el orgullo heridos: muy potentes motores del impulso creador también. El lector juzga lo que lee, no las reboricas del autor, no el laberinto venenoso de su sesera. Sin contar con que el lector suele celebrar de manera muy festiva el vitriolo literario. Los motivos de quien ajusta cuentas en la página escrita son oscuros y complicados: el dolor cierto de las heridas o los empujones padecidos, se unen, en alegre coyunda, a los celos, la envidia, el resentimiento, el muy humano deseo de venganza (me temo que el perdón de las ofensas sólo es posible rezando el padrenuestro, y aún así), el de conseguir una satisfacción donde hubo amargura, y alguna otra telaraña de la conciencia de la que no está libre ningún hipócrita lector, mi semejante, mi hermano. Chamfort sin ir más lejos, el que escribiera aquello de “Yo sin mí qué bien me portaría”, escribía desde la amargura y el dolor radicales, detestaba a sus semejantes y se detestaba aún más a si mismo, su rostro incluso: acabó echándose sulfúrico en la cara. Sin embargo escribió unos extraordinarios aforismos, pensamientos, retratos, anécdotas, textos muy breves, de una lucidez extremas. A pesar de todo esos motivos que se reputan oscuros no le habían oscurecido el entedimiento ni la capacidad de diseccionar el alma humana, la suya propia la primera. La pasión de Chamfort va por un lado, es casi una novela aparte, su obra literaria, por otro, tanto que leyéndola la primera queda borrada, oscurecida, desconocida para ese lector que si recorre las páginas es por la curiosidad (siempre malsana) de quien se asoma y se mira sorprendido, asombrado y sobrecogido en el espejo de papel.

El silencio del aviador

 

El silencio del aviador es una de esas novelas míticas que tienen a la Guerra Civil española como argumento y que están protagonizadas por aquellos aventureros que figuran en la dedicatoria que estampó Camilo José Cela (camino ya del olvido) a su San Camilo 1936.

            Esta que contó el escritor belga Paul Nothomb es la historia, no de uno de nosotros, como reza la canción, sino de uno que vino a España a quitarse el canguelo del alma pilotando aviones a las órdenes de un personaje turbio donde los haya: André Malraux, prototipo del aventurero del aire que sabía mucho de arte y que dio en ministro de cultura con el general De Gaulle, y que sirve de modelo para los morandos y los barnabuces españoles que han montado su propia escuadrilla de caza (y pesca). Un prestigio incuestionable y un eficaz escudo novelesco que protege de las inclemencias críticas.

aviador La de Paul Nothomb es una buena y escueta y tensa novela ambientada en nuestra guerra civil, pero no pasa de ser una más de las muchas que se han escrito, se escriben y se escribirán sobre el mismo o parecido asunto, aunque con resabios de algunas de las más memorables páginas aéreas de Antoine de Saint-Exupéry. Pero cuando menos, en El silencio el aviador, es la epilírica del aire y la ascesis guerrera, en aquella lucha ya lejana por una libertad tan cacareada como denostada, intocable casi, la que sostiene el relato. Algo es algo.

Paul Nothomb pone en escena su propia experiencia como piloto de aviones de caza al servicio de la República, asunto este que, por cierto, queda del todo desdibujado, salvo en el más logrado párrafo de la novela (página 128), ese que hace referencia al sentido de la fraternidad humana que acomete a quienes se cruzan sabiendo que no van a volver a verse nunca más y ponen en el tablero unas palabras escuetas que les igualan. Tengo mis dudas si aquellos aviadores no vinieron a España como quien se apunta a una montería, pero bueno, esto es muy subjetivo y solo atañe a la novela de la que tratamos si nos lo proponemos de manera no del todo bienintencionada.

Atrier, la contrafigura de Paul Nothomb, es, además de un aviador en acción, un personaje oscuro que intenta librarse de la culpa de una innombrable humillación, padecida en Venezuela (aunque en realidad pudo haber sido en los calabozos de la Gestapo), que el público de la época tomó como una cobardía injustificable.

*** Artículo publicado en ABCD, ABC, Madrid, 11.2.2006

La invención de la soledad

 

Después de su trilogía de Nueva York, y de esa historia en apariencia detectivesca, de El palacio de la luna, que llegó a recordarme ciertas novelas de Edgar Wallace, , se publica ahora La invención de la soledad, el primer libro de Auster, que completa esa sutil tela de araña o ese rompecabezas que tejen o forman hasta ahora todos sus libros: concordancias, alusiones, personajes desdoblados, similares situaciones, identidad de historias menores… juegos de matrioshkas.

índiceLa invención de la soledad es una emocionante reflexión sobre la paternidad y sobre la muerte, en esa primera parte que lleva por título “Retrato de un hombre invisible”, y sobre el ejercicio de la memoria y de la escritura, en una segunda titulada “El libro de la memoria”. Auster comienza esa reflexión a partir de la muerte de su padre o mejor, a partir del momento en que recibe la noticia, en ese tiempo, unas pocas semanas, durante las cuales las cosas parecen momentaneamente detenidas y antes de que la vida, su propia vida recobre su ritmo habitual y de que los mismos recuerdos se alejen demasiado y desparezcan. Para Auster el anuncio de la muerte del padre, que parece venir desde otro mundo, desde otro orden, supone también “la irreductibel certeza de nuestra mortalidad”.

Escrito durante las semanas en que Auster tiene que desmontar la casa en la que el padre vivía solo y alejado de todo y de todos, de una forma fragmentaria, como fragmentarias son las huellas dejadas por su padre o como lo es la historia que queda reflejada en las fotografías que va encontrando desperdigadas y que componen y a la vez desbaratan para siempre un mundo del que él forma parte y que a veces le conducen a un callejón sin salida: ese hallazgo de un álbum de fotografías en cuyas cubiertas se puede leer “Los Auster. Esta es nuestra vida”, y que sin embargo está vacío.

Hay algo turbador en ese testimonio y en esa reflexión del encuentro después de su muerte con un padre que nunca estuvo, en ese enfrentarse con los restos, con los objetos de uso cotidiano desprovistos subitamente de sentido, en ese formar parte él mismo del desbaratamiento, en el intentar reconstruir una vida, y tratar, como siempre, de saber y de poner las cosas en su sitio, de comprender aquella indisponibilidad, aquel refugiarse en el trabajo. Libro doloroso, sí, tal vez. Pero no puedo menos que acordarme de Seferis donde dice que “Allí donde toques la memoria, duele”.

El de Auster parece ser uno de esos padres que no saben tratar con sus hijos como personas, tan sólo como hijos menores de edad y al cuidado doméstico de otros. Un padre tan ocupado que se hace sordo, ciego, indiferente, a lo que sucede a su alrededor o que como en el caso de la enfermedad mental de su propia hija se niega a aceptar la evidencia. Hablar con él, dice, “era una experiencia agotadora”. Sí, cierto hablar con alguien que se esconde detrás de los prejuicios, de la autoritas destemplada, que se impacienta por cualquier cosa, siempre es una tarea agotadora. Y también lo es esa actitud del hijo que quiere llamar la atención del padre como sesa, hacerse valer, no defraudarle, ser tomado en serio.

Auster trata de saber quién era, quién fue, que había sido de su familia, descubre cosas sorprendentes: las que suele haber detrás de los silencios, de las medias verdades, de esa ocultación que acaba dibujándose en los rostros.

“El libro de la memoria”, también fragmentario -también y muy sutilmente el libro de otra paternidad, de otro hijo, de otra vida-tanto como lo puede ser un cuaderno de notas, de citas, de referencias, es un libro muy hermoso acerca del necesario aprendizaje de la soledad del escritor, del vivir en una habitación (Pascal), no solamente un espacio físico, sino un espacio interior -esas habitaciones desangeladas en las que los personajes de Auster se recluyen para inventar el mundo: “Un hombre que se sienta solo en una habitación y escribe” y que recuerda, claro, y de paso inventa, que a esto parece que se reduce una bien hermosa historia.   El acto de escribir como un acto de memoria, la escritura como una forma de ver, no en vano Auster afirma -y tal vez sea esta la reflexión capital de esta segunda parte- que para que un hombre esté verdaderamente presente entre lo que le rodea, no debe pensar en sí mismo, sino en lo que ve; Para poder estar entre las cosas del mundo, junto a los otros, “debe olvidarse de sí mismo. Y de ese olvido surge el poder de la memoria. Es una forma de vivir la vida en que nunca se pierde nada”.

*** Artículo publicado en el Cultural de ABC, Madrid, 29.12.1990