Intermedio boliviano

 

CUANDO el avión de Lan Chile despega de Arica en dirección a Bolivia no tienes la más ligera idea de a qué mundo vas a ir a parar. Media hora después, tras dejar atrás un panorama desolado de tierras yermas, rojizas, blanquecinas, cuando aterrizas en el aeropuerto de El Alto, compruebas que, como dijo el poeta, hay otros mundos, pero están en este.

<<Cuánto tiempo va a estar>>, pregunta el policía más diminuto y bienhumorado que he visto en mi vida.

<<Dos semanas>>, le contesto.

<<Le pondré seis. Nunca sabemos donde vamos a encontrar el amor>>.

Enseguida los cartelones guerreros de la fuerza aérea boliviana que hablan de corazón más que de motores, y esa población, El Alto, descalabrada donde las haya, a medio construir, en la que se siente la pobreza flotar en el aire y la precariedad y la busca, se huelen. Es el escenario de un fenomenal pulule de indígenas, con sombrero y polleras ellas y los inevitables aguayos de colores vivos a la espalda Las mujeres van aplastadas bajo pesos que les doblan en volumen. Es día de mercado y no se compra y se vende mucho, pero sí muchas veces: frutas, ropa, menaje, electrodomésticos con las tripas colgando, trozos de trozos…

Enseguida te muestran los estragos de las últimas revueltas y te avisan de que ese es un lugar peligroso. Miseria y peligro son señuelos de la curiosidad del turista. Lo saben.

Y al poco aparece, en su agujero, La Paz, la capital más alta del mundo y una de las más pobres. Algo pardo, gris, terroso, que tiene de una sequedad inquietante y que la imponente presencia de Illimani nevado al fondo agudiza. Y el todo bajo una luz cegadora. Extraño orgullo cuando te señalan una fábrica de cerveza y te dicen que es la mayor industria boliviana.

Cuando pones pie a tierra te da la bienvenida el soroche, la cabeza te oprime y da vueltas, y de verdad caminas como si no pisaras el suelo. El mate de hojas coca que te dan de bienvenida no arregla nada y cuando te echas a la calle, porque has ido para eso, para patear la ciudad, emprendes un ballet sonámbulo que no abandonará en todo el viaje.

Porque si algo tiene La Paz es el callejeo, el mezclarse en los corros callejeros y en el pulule de los mercados –hay que comer pollo o cerdo asado con arroz en los cubículos de sus mercados, codo con codo con el indígena, junto a los fogones precarios-, es el meter el morro en los patios misteriosos de las casas virreinales y escuchar el pedigüeñeo sangrante de ciegas en retahíla, de niños mendigos que tocan el guitarrillo para que les tiren fotos y monedas, para que llore la gringa, y llores tu también por una miseria inconcebible, bien administrada, dirá la boliviana altiva, el reclamo de los cientos de niños limpiabotas que esnifan pegamento y se cubren el rostro con pasamontañas, y el de los vendedores de fósiles y de cosas de huacas, más falsas que un Amadeo, pero la huaca es sinónimo legendario de tesoro.

 

AQUELLOS días invernales de noches heladas no era fácil viajar por el altiplano. Las carreteras estaban cortadas con piedras a lo largo de muchos kilómetros y los indígenas no dejaban pasar, en algunos lugares, a nadie. Te arriesgabas a quedarte indefinidamente bloqueado. En el estrecho de Tiquina, junto a los carteles que ofrecían sopas, ranas y falso conejo, había coches reventados.

Unas veces eran los cocaleros de los Yungas que protestaban porque los americanos les quieren recortar sus cultivos de coca y otras los de los hidrocarburos. La lista de reclamaciones indígenas es, además de centenaria, infinita. Los campesinos aymaras tienen de qué quejarse. Y se van a quejar mucho en el futuro. Por algo más que por seguir con la tradición boliviana de motines, levantamientos, matanzas y revoluciones. Por una vida digna. Mueve mucho ese pujo.

Se hablaba de rebelión contra el Estado. Se hablaba de lo que en Europa supone también una amenaza: de la disgregación. Hay miedo a esas reclamaciones. El indígena quiere ser indígena, quiere recuperar del todo su vieja lengua, quiere vivir según sus propias leyes ancestrales, las de los mallkus, las que ofrecen una justicia inmediata, comprensible, y, a nuestros ojos, prima carnal de la venganza y el linchamiento. Las cosas se ven de muy distinta manera dependiendo de qué lado de la puerta estemos.

En las ruinas de Tiawanaku, donde no hay piedra que esté donde la encontraron, entre símbolos solares y misterios varios relacionados con el paso de las estaciones, la realidad se impuso a gritos: <<¡Que vienen, que vienen!>>.

Y en efecto, venían. Se trataba de un raudo, abigarrado e irritado cortejo formado por ancianos, mujeres con sus críos a cuestas, niños, mozos, adultos, unos a pie, en bicicleta otros.

Y cortaron la carretera, a pedradas, que para eso habían salido de casa a golpe de campanas, en un lugar desierto, cerca de una vía muerta que era la imagen misma de la desolación. Pero nosotros no pasábamos. Después de mucho parlamentar con el líder de turno, el chófer vine con una propuesta: <<Que hagan una barricada>>

<<¿Para qué?>>, preguntó uno.

<<Dicen que para que aprendan lo que es trabajar>>

Y allí estuvimos, más muertos que vivos, vigilados por los campesinos silenciosos, en medio de ninguna parte, al sol, cuando este ya iba de capa caída, llevando piedras de un lado a otro. Luego no había ganas de ver santuarios (apachetas) y la cordillera Real, del Illimani al Huayna Potosi, tenía un interés relativo. Natural.

Por eso era mejor callejear por las calles Sagarnaga o Illampu, la de las brujas donde venden amuletos diabólicos (o así, no quedaba muy claro), sahumerios, fetos de llama, estrellas de mar, caracolas o te leen la buenaventura. Esa era una realidad más amable. Una forma de no ver lo que nos denuncia. Hasta que un gringo joven tira al suelo y patea una camiseta roja con la esfinge del Che Guevara. Nadie le había mandado cogerla. La vendedora la recoge con paciencia y la dobla. Inexpresiva.

Mejor entonces, cuando la realidad abruma, meterse en el fondo de esos tugurios con olor a humo y a sebo, oscuros, sólo iluminados por las prodigiosas pilas de aguayos de colores, donde hay máscaras magníficas, exvotos de plata, tinkas para beber chicha ceremonial, temibles bayonetas de la guerra del Chaco, capillitas de devociones domésticas; o vagar por la plaza de San Francisco que es un formidable pulguero en el que se dan cita caricatos, payasos y charlatanes que venden remedios contra la sífilis o contra las callosidades (pero no contra la gangrena). Allí hay vendedores de cabezas de chancho asadas, de callos y empanadas bolivianas, sopas varias, y hay orates que avisan del fin del mundo o de la maldad diabólica que aqueja a los españoles, o le enmiendan la plana a Darwin o explican el orgullo de ser indio, y pobre. La plaza de San Francisco o la plaza de los Héroes es, por otra parte, un urinario gigantesco y a la vez un comedero, y un foro de urgencias y demencias varias.

 

COPACABANA era, ese día, una ciudad medio desierta. Los turistas estaban al otro lado de la vecina frontera con el Perú, o en La Paz, quietos. No era fácil encontrar a alguien que se aventurara a hacer el viaje al lago Titicaca.

En el camino paramos a ver uno de esos cementerios donde los muertos son anónimos ya antes de ser enterrados. Muertos enterrados con la cabeza hacia afuera, el ataúd destrozado y un revoltillo de trapos y de huesos a la vista de quien allí entrara, bajo un cielo de un azul cegador.

Así enterraron aquello días a Benjamín Altamirano, el alcalde de la cercana población de Ayo-Ayo, asesinado o ejecutado, eso según quien lo explicara, quemado luego y exhibido a los pies de la estatua del líder indígena Túpac Katari. Lo enterraron, decían sus hijas, con la cabeza hacia fuera para que pudiera salir a vengarse.

En Copacabana un establecimiento ofrecía, además de parrilladas y exquisiteces varias, algo de verdad raro: calefacción. Y es que por la noche hace un frío que pela. Un cielo clarísimo en el que destacaba nítida, cercana, la Cruz del Sur, como el más antiguo emblema del viaje.

La gente lleva coches a bendecir al santuario mariano de Copacabana, que ofrece botellones de agua bendita. Es gratis el agua, no los botellones, llevan coches a bendecir

En el bote, el único que salía esa tarde rumbo a la Isla del Sol, un turista mallorquín peroraba sobre lo egoísta que es la coca y lo universal que son, en cambio, los hongos alucinógenos. Iba en compañía de una cuica uruguaya a ver la salida del sol, el año día del año nuevo aymara, en unión de otros espiritualistas de medio mundo, para ver si les tocaba el rayo de la revelación, o algo así, algo espeso. Pero lo verdaderamente singular de Copacabana resultan los brujos que os hacen conjuros sobre pedido en sus altarcillos, mezclando mucho el culo con las témporas, como es preceptivo en esta clase de negocios, y a base sahumerios, campanilleos, jerigonzas, humos y alcohol, capillitas. La suerte la tenéis echada para siempre. La lleváis en la cara.

 

EN La Paz también se puede perder la vida. Por nada o por menos de nada. Basta que os convirtáis en el objetivo de una de las muchas bandas de delincuentes que pululan por el centro de ciudad y que, haciéndose pasar por policías, detienen, en pleno centro de la ciudad, a quien les viene en gana, lo montan en un coche a punta de pistola o drogado (tal vez con el propio miedo), y abandonan luego muerto o vivo en un descampado, después de haber sido vejado y despojado de todo lo que llevaba encima. Esas cosas pasan. A quien eso le sucede se felicita de estar vivo, sólo eso, y no es poco, y lo dice, y corre de esa manera la bola, porque hasta es posible que el policía con el que hable, el que le dice que las denuncias se ponen al día siguiente, sea ful y todo sea una siniestra comedia en la que le ha tocado la peor parte. En su equipaje de vuelta se llevara algo que probablemente desconocida: el miedo. El miedo a perder la vida que le pone a prueba. Y una certeza: los dones de la existencia.

Allí donde la mortalidad infantil alcanza cifras inauditas, donde la gente trabaja como si fueran esclavos, donde los medicamentos se venden por unidades y los salarios son míseros de ganas, la vida vale poco, por ni decir que no vale nada. A la suya y a la mía me refiero. Conviene saberlo.

 

EL taxista que te saca de La Paz te avisa, por hablar de algo, de las bandas de ex policías, y de peruanos, dicen, afirman temerosos, que roban a todos los turistas que pueden. Es esa una conversación muy animada cuando el coche, japonés por supuesto, de segunda o de tercera mano, sube renqueando la carretera (autopista) de El Alto.

El viajero puede que no vea el momento de subirse en el avión y salir de Bolivia, aunque sepa que se le ha quedado algo pendiente: La Ruta del Oro. La que siguieron algunos de los vencidos carlistas de su tierra, antes de desaparecer, para siempre algunos de ellos, en las infractuosidades de la Cordillera Real.

<<¡Señor, señor! Ahora me acuerdo ¿Encontró el amor?>>, le pregunta festivo el policía cuando lo ve en la cola de los registros exhaustivos en busca de coca.

<<No, pero me llevo la cabeza sobre los hombros>>

<<Ah, eso es bueno. Hasta pronto entonces>>

<<Hasta pronto>>.

*** Artículo publicado en Eidon, la revista de la Fundación de Ciencias de la Salud, ¿2009… 2010?

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