Las diabladas de La Tirana

LA Tirana es una pequeña población de ese norte grande chileno que para muchos viajeros no tiene otro atractivo que el desierto, los salares, las poblaciones abandonadas, las tierras salitrosas, las carreteras interminables, cruzadas a veces de rojos camiones de ácido, las quebradas vertiginosas, como las de la mina Cerro Colorado, y el recuerdo de las oficinas salitreras inglesas, como la fantasmal Humberstone, y de la riqueza que a ellas iba aparejada, la que dio verdadera vida al cercano puerto de Iquique. Eso, y unos cielos de un violento color azul. Y la soledad, hecha dudoso atractivo turístico. Es hermoso.

Su principal atracción: el santuario de la Virgen del Carmen. Un edificio de madera y calamina, construido bien avanzado el siglo XIX, donde un fray Antonio Rondón edificó una ermita para sustituir a una cruz tombal encontrada en el corazón de un bosque de tamarugos. El mayor atractivo de la iglesia es su bóveda decorada con el cielo estrellado de julio.

Pero cada año, entre el 12 y el 18 de Julio, por la festividad de la Virgen del Carmen, ese pueblo que el viajero puede encontrar en apariencia desierto, con los inevitables perros vagabundos recorriendo sus calles de sal y arcilla, flanqueadas por casas de adobes y calaminas de colores vivos, pero muchas de ellas recubiertas de gruesas hojas de cartón, y cerradas por un primitivo candado que suele ser el orgullo del propietario, cobra una vida inaudita. Una población de menos de mil habitantes se convierte de golpe en una de cien mil.

Esos días están de fiesta hasta las animitas milagrosas de la carretera y La Tirana crece y se ensancha de acampadas, cientos de tenderetes de feria, coches, camiones, caravanas y cocinas improvisadas. Día y noche, sin un respiro.

A La Tirana acuden peregrinos de todo el altiplano chileno, de la costa, de la vecina Bolivia, del sur peruano. Y al calor de las devociones y de los carnavales rituales de los peregrinos con sus comparsas, se arriman los comerciantes de todo y de nada, los descuideros, los curiosos y los turistas de lejos para los que la devoción religiosa del prójimo es ya espectáculo enigmático.

Son familias enteras, clubes que se preparan durante todo el año y llegan a bordo de camiones en los que llevan todo lo necesario para esa acampada de casi seis días en los alrededores del pueblo, bajo los tamarugos y los algarrobos si hay suerte, bajo las estrellas si no la hay. Porque La Tirana es, en realidad, una mínima cuadrícula de calles alrededor del santuario y de la plaza ceremonial bien provista de <<fuentes de soda>> y locales de comidas y apetitosos comistrajos, siempre más suculentos que las comidas saludables: churrascos, lomitos, completos, prietas… y vino, claro.

La de La Tirana es una de esas fiestas de origen difuso, mezcla de creencias ancestrales, teatralidad carnavalesca y genuina devoción religiosa, cuyo pasado mítico se inventa y renueva a cada celebración. Allí conviven en buena armonía los ekekos andinos y las imágenes devotas, los amuletos con los escapularios.

Lo que allí se conmemora es la muerte de una princesa inca a manos de sus propios súbditos después de una teatral conversión al cristianismo. Esa es la versión oficial, mítica, la más pedestre hace que La Tirana sea una mujer de mal humor y armas tomar, propietaria de una fonda para arrieros en su ruta de la cordillera hacia Pozo Almonte y la costa. Como sucede en todos los lugares míticos, no se sabe con certeza como empezó esta peculiar romería, si antes de haber sido inventada, que es lo normal, o después, que es lo real.

El ambiente es de ruido atronador y polvo, febril, excitado, de voces que no cesan (más que en misa) y de charangueo reñidor, producido por el estrépito de bombos colosales, platillos, trompetas, carracas y hasta cascabeles, cuando lo demás calla. Casi todo, hasta el calor del día y el frío pampero de la noche, contribuye a que se cree esa contagiosa atmósfera de fiesta y urgencia devota.

Un misionero hace de aguador benévolo y reparte vasos entre los peregrinos que marchan de rodillas o se arrastran por el suelo, solos o sostenidos por sus familiares, en cumplimiento de mandas y promesas. Otros hacen guardia con unos cirios descomunales. Peregrinos que se confunden con las máscaras de las diabladas que están a la espera de su desfile ritual, sometido a unas precisas ordenanzas.

Una mezcla de procesión religiosa y danza profana, animada por ritmos de charanga y canciones patrióticas, en la que el viejo Pascuero anda en buena vecindad con reptiles y dragones de cuernos retorcidos, coloreados con violencia, mientras un sacerdote vestido de ceremonia se toca con una gorra boliviana para protegerse del sol del mediodía que casca que es un gusto.

El olor espeso de las fritangas y las parrilladas se mezcla con el polvo, el humo de colores de las bengalas nocturnas, en la llamada <<espera del alba>>, con el olor de la chicha agria. Las voces de la devoción, entre cansinas y fanáticas, expandidas por altavoces o a capella, compiten con las melopeas profanas. La cueca anda hermanada con la letanía, la jeremiada del mendigo con la del charlatán o el timador, y hasta con el himno patriótico y guerrero.

Alrededor de la iglesia, antes y después de los desfiles rituales, pululan las cofradías de más de una veintena de miembros que aguardan su turno en la procesión y muestran con orgullo sus estandartes, imágenes propias, bombos y tambores y, sobre todo, los fantásticos disfraces de diablos –que entroncarían con las también fabulosas máscaras articuladas del carnaval de Oruro-, de pájaros, como el condor, de chinos, de indias del oeste americano, de gitanos y gitanas de lujo, pero todos con sus capas bordadas en oro, sus ricos trajes de seda, adornados con cascabeles y provistos de carracas, negras y fúnebres unas o festivas en forma de mariposa, otras, y hasta patrióticas con la bandera chilena. Y todo en medio de esa pampa desértica donde tiemblan los espejismos y antes de que el silbido del viento vuelva a ser casi el único signo de vida.

*** Artículo publicado en el diario El País, 25.6.2005

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