El Gran Teatro, de la plaza de San Francisco, en La Paz

LUGAR de paso, de cruce, de busca y estadía contemplativa, de reunión de conocidos y desconocidos, de tratos comerciales y profesionales, de comercio bravo y al paso, de matuteo y trampa, de pulule sin rumbo aparente, de parloteo público y privado, de espectáculos más o menos improvisados, de reivindicaciones políticas y sociales a menudo violentas, de idas y venidas, centro de un mundo más incluso que de una sociedad urbana que gracias a una concepción política indigenista de las relaciones políticas y sociales va a tener una presencia en nuestra época que nadie auguraba. Un poco de todo y mucho más, pero sobre todo escenario de un Gran Teatro urbano como ya se desarrolla, a diario y a casi todas las horas, en muy pocas ciudades: eso es la plaza de san Francisco de la ciudad de La Paz, capital aymara[1] de Bolivia y la más indígena del continente sudamericano.

La plaza de San Francisco, a casi 4.000 metros de altitud, no es una <<plaza>> en sentido estricto, no desde luego en su concepción española virreinal, como cuadrada o rectangular Plaza de Armas, en la que confluye la cuadrícula de las calles recién trazadas a cordel tras la conquista y sus avatares, sino un espacio o una sucesión de espacios y planos muy irregulares que, en conjunto, tienen una vida de verdadero vientre de la ciudad y que constituyen su motor y auténtico centro. Casi todo lo que sucede en la ciudad pasa en algún momento por ese escenario hipnótico en el que los vecinos bajados de la población termitera de El Alto o surgidos de la ciudad hundida bajo la presencia del imponente Illimani (6.462m.), comen, beben, comercian, riñen, sellan paces, atienden a su familia y hasta hacen sus necesidades (motivo por el que en el interior de la iglesia, detrás de una puerta, hay un cartel que reza: <<¡Ojo! No ensucie. Sea educado!>>. Si la ciudad moderna va poco a poco perdiendo sus rasgos diferenciadores y, por supuesto, su centro de mercado tradicional alrededor del cual se articulaba la vida urbana desde el medioevo europeo y el renacimiento americano, eso no pasa todavía con La Paz. La ciudad, alrededor de la plaza, en la plaza misma, sigue siendo la misma que hace cien años. Los figurantes de su teatro pasan, pasamos, pero en lo esencial la vida de la plaza sigue siendo la misma: comerciar, alimentarse, intercambiar, aunque solo sean palabras, ideas, cuentos, ilusiones.

Un espacio que está marcado por la presencia de algunos edificios emblemáticos: la Iglesia y convento de San Francisco, fundados en 1549, aunque muy reformados hasta bien entrado el siglo XIX; la moderna Casa de la Cultura; la central sindical, desde cuyos balcones sus líderes arengan a la multitud no siempre pacífica, y una moderna pasarela peatonal aérea que los puristas de la ciudad consideran un despropósito arquitectónico, pero lo cierto es que por algún lado hay que salvar el intenso tráfico de vehículos y personas que cruza en todo momento la plaza, no solo atendiendo a las manipulaciones de la policía de tráfico, que si el interruptor del semáforo está averiado, lo hace juntando y separando los cables con ojo y paciencia casi infinita. El resto es desigual: casas modernas proyectadas a la carrera, otras tapadas por cartelones publicitarios o fachadas clásicas que esconden tanto muy hermosos patios coloniales como entrañas laberínticas.

El atrio de la iglesia de San Francisco, en cuyas escaleras se sientan mendigos y desocupados bajo un sol que ciega y abrasa, y por el que pululan vendedores de fósiles, limpiabotas y hasta agrimensores que estudian los planos que les traen los campesinos, limita por un lado con el comienzo de la calle Sagarnaga, la de la artesanía y las empresas de aventura turística –en nuestra época, la Aventura es un espectáculo, una atracción de feria y un negocio a veces subvencionado-, y por otro con una vía de tránsito intenso medio enterrada que une dos partes de la ciudad, la zona de la cuadrícula virreinal donde bulle la vida política oficial de la ciudad y el laberinto comercial de las calles indígenas.

Esta vía divide a su vez la plaza entre la zona de la iglesia y la zona escalonada del Monumento a los Héroes que, como todos los de su clase, ronda el disparate furioso, y ésta con una zona de mercado, el Lanza, que se extiende de manera tentacular, y de comedores populares que ahora mismo sobreviven, abarrotados, pero en precario, en barracones improvisados porque su sitio de costumbre, como el de los vendedores de libros o los joyeros y plateros, es un enorme agujero en cuyo fondo asoman las bocas de la ciudad española y sus misterios.

Un espacio muy irregular por tanto, atravesado de arriba a abajo por una calle de tráfico tan intenso como ruidoso que une la población, ciudad ya, de El Alto, la ciudad mas alta del mundo y la más pobre (eso sostienen), un auténtico termitero humano hecho de furia y reivindicaciones, con la zona baja de la ciudad donde la modernidad o la otra Bolivia asoman.

Se diría que esa plaza nunca duerme. Para las cinco de las mañana la plaza es atravesada por cientos y cientos de microbuses, furgonetas o trufis[2], que circulan atestados con las puertas abiertas a las que se asoman los voceros que a gritos más o menos cantarines anuncian los trayectos y el precio, al tiempo que los primeros puestos de bebidas frías y calientes, jugos de frutas, tés, cafés, se instalan o vuelven a encender los farolillos para dar de comer y de beber algo caliente, sopas, jugos de frutas exprimidos ahí mismo (por unos profesionales que se agrupan en un curioso sindicato de <<Comidas y refrescos al paso>>), a la gente que va al trabajo o a los niños y jóvenes que acuden al colegio.

Y al lado de las decenas de puestos de comidas atendidos por mujeres indígenas vestidas con mandilones blancos y cubiertas con gorritos de ganchillo que las identifican, los limpiabotas jóvenes y no tan jóvenes con el rostro cubierto por pasamontañas que apenas les dejan un rendija para los ojos, para no intoxicarse al respirar directamente los productos químicos que utilizan en la limpieza del calzado, aunque otros utilicen esos mismo productos para pasar a mejor vida. De sus servicios usan hombres y mujeres, gente mayor y colegiales.

Y junto a los limpiabotas y las cocineras, los puestos de cambistas de dólares, euros, pesos argentinos y chilenos, reales brasileños, y la gente que toma asiento en bancos improvisados para dar cuenta de un plato de apetitosa comida antes de seguir su camino, y los vendedores callejeros de material escolar y electrónico, de perfumería y droguería, de barajas, alcoholes caseros, de chorizos de caldos, asaduras, salteñas[3], decenas de periódicos, más leídos que comprados. Y enseguida, cuando ascienda el día, harán aparición los vendedores de fósiles, los que os ofrecen cerámica precolombina o restos arqueológicos, y los vendedores de helados que trabajarán hasta que la temperatura ronde los cero grados y el día naufrague en un cielo intensamente estrellado, que tientan a los fieles que entran o salen de la iglesia de san Francisco en uno de cuyos altares se celebra el culto a la devoción de un <<Señor Santiago>>, que más que matamoros, protege de las tormentas y los rayos, en una muestra más de sincretismo entre la religión católica y la de la población originaria, los mendigos, los abogados que atienden a sus clientes, familias enteras o grupos de campesinos, los representantes políticos que ayudan o prometen logros a sus paisanos y electores, antes de dirigirse en comitiva a las oficinas centrales de gobierno, las floristas para vivos o para muertos, las cabinas telefónicas andantes, esto es, cholas[4] con un teléfono móvil atado con una cadena a la cintura para que no se lo arranquen.

            La traza de la plaza es consecuencia del encargo realizado al alarife[5] Juan Gutiérrez Paniagua en 1546, nombrándole agrimensor para que levantara traza de la población, <<con calles derechas, plazas y solares>>, y diseñara la ciudad colonial de La Paz, con el sistema clásico de cuadras alrededor de una plaza de Armas, la actual Murillo, pero en ese lugar se dividía la ciudad indígena y la ciudad española y enseguida criolla.

La plaza de San Francisco, que se prolonga en una plaza de los Héroes, es, como dicen con orgullo los bolivianos, un <<Hyde Park, versión aymara>>; pero es mucho más que un Hyde Park porque en esa plaza, además de hablar, de perorar, de discutir o de arengar, se vive, se come, se bebe, con o sin challas[6], se comercia, se expresan ideas y se alivian los humores.

Esa plaza es a ratos el mejor exponente de lo que puede ser el melting pot boliviano>>, dice un escritor blanco, cuando la realidad es que la multiculturalidad boliviana, la convivencia de etnias y culturas es mucho más conflictiva que todo eso, y ahí también aflora, a ratos de manera civilizada y ceremoniosa, y a ratos de manera bronca, esa realidad compleja de etnias que han convivido en el enfrentamiento y la exclusión. Solo haciendo literatura se puede sostener que esa plaza es un espejo de pacífica e ideal convivencia multicultural y solo eso. Esa es una moraleja que no va con la vida real que en esa plaza se muestra a diario. Y es que en Bolivia conviven, más mal que bien hasta ahora, 36 etnias diferentes, entre indígenas, blancos y mestizos. Y entre los blancos los hay criollos, nacidos en La Paz, e inmigrantes e hijos de inmigrantes que van desde españoles huidos de la guerra civil española o de la hambruna, a croatas que lideran el actual autonomismo separatista de la clase dirigente, pasando por alemanes o gringos que han adquirido inmensas propiedades aunque sus títulos de propiedad a veces no aparezcan por parte alguna. Todos los que conforman o representan el espeso y complejo tejido social de Bolivia se han dado cita en algún momento esa plaza, aunque sea de paso.

 

Si el indigenismo boliviano es una realidad nueva al menos en su aspecto político, también lo es la multiculturalidad efectiva y forzosa, y el profundo y no siempre cómodo mestizaje que de ella se deriva. La cuestión de la diferencia de razas y etnias está lejos de ser una realidad no conflictiva mientras en un <<nosotros>> de derechos iguales, no entren <<los otros>>. Eso pensamos desde nuestra realidad codificada. No formamos parte de los pueblos originarios.

Por esa plaza pasan las concentraciones multitudinarias en apoyo de un régimen político difícil de desentrañar y hacer inteligible desde la posición del eurocentrismo, pero hay que admitir que ahora mismo gobiernan aquellos cuya existencia parecía no tener otro sentido que ser gobernados, los olvidados de la historia colonial, republicana, neoliberal: la población originaria, que sí, que dará mucho color local a la plaza, pero representa un mundo que se expresa en lenguas de origen remoto, que tiene cultos, costumbres, medicinas y hasta leyes brutales, propias y privativas, que nos resultan ininteligibles o de difícil comprensión a los europeos del siglo XXI, más jacobinos que otra cosa, acostumbrados a relegar las diferencias al terreno del folklore y, si resultan conflictivas, a que queden bajo el dominio de la codificación napoleónica.

El pasado 4 de mayo, en esa plaza, a cuatro mil metros de altura, se reunieron miles y miles de indígenas venidos con mucho esfuerzo de pueblos perdidos del altiplano boliviano, los llamados cocaleros, cultivadores de la hoja de coca, cuyo cultivo defiende con ahínco el presidente Morales, y los llamados <<ponchos rojos>>, indígenas radicales calzados de sandalias, cubiertos con sombreros, que desfilan en formación cuasi militar, silenciosa o rugiente, con un temible látigo de llameros[7] cruzado a la espalda y a veces un teléfono móvil en la mano. La tecnología no esta reñida con el indigenismo. El indígena no quiere regresar a la edad de piedra, como le acusan los blancos de orden.

Para la gente de orden, en esa plaza, en lugar de expresión cívica, hay un habitual y tramposo reparto de cartuchos de dinamita y un calentar cabezas para dirigirse en protesta al palacio presidencial de la plaza Murillo, en la cuadriculada ciudad colonial. Pero es mucho más que eso. Ahí se encuentran los que son nuestros iguales y nos identifican, y los otros, los que conforman nuestra otra cara y a quien aun así los bolivianos llaman de manera ejemplar <<Hermanos>>.

Allí en la plaza, conforme avanza el día se dan cita los charlatanes que tras ejecutar juegos de manos para atraer la atención del público, proclaman la virtud de plantas amazónicas que probablemente la botánica de Linneo desconoce, pero no así la de los laboratorios farmacéuticos, japoneses o no, que saquean la Amazonía, remedios, con <<sabor a selva>>, contra las <<lombrices de los ojos>> o la sífilis, tanto da, vigorizantes y energizantes <<para ellos, que tienen una enfermedad a la que llaman estrés>>, remedios milagrosos por supuesto, porque sin milagro no tiene interés alguno escuchar la incesante palabrería, y junto a ellos, los vendedores de dividís o cidís, positivamente fraudulentos, y de captadores portátiles de ondas satelitales que de funcionar permitirían asomarse a domicilio a mundos asombrosos y codiciar productos en los que dejar el pellejo.

Y mezclados con los vendedores de milagros, están los adivinadores del porvenir, los curanderos o cuando menos sus agentes, los anunciadores del fin del mundo o los líderes políticos improvisados que arremeten contra la conquista española, el pillaje de los gringos y las multinacionales de las minas de plata y oro, y los pozos de petróleo, o contra algunos de sus actuales políticos y gobernantes porque <<¡No son indios, no son pobres!>>.

A su lado, en otro corro, si los paisanos no discuten sus diferencias ideológicas, con una elegante cortesía y un respeto que hace ver el sentido de la dignidad que tienen, los payasos improvisados arrancan risas de oro o descarnadas y los malabaristas asombran a los campesinos, en dura competencia con el que de manera vibrante refuta a Charles Darwin demostrando que no descendemos de los primates, sino de los diplodocus y tal vez de los extraterrestres, novedad esta que es acogida con notorio alivio y muestras de asentimiento por buena parte del público, al que el inminente anuncio del fin del mundo y su fuego eterno por parte de predicadores con aire de tartufos o de bandidos, incomoda de manera notoria. No pocas violentas discusiones políticas terminan con un sorpresivo: <<Aquí estamos para ser felices>>. Y todo envuelto en el intenso humo y aroma de la asadura de carnes y chorizos.

En realidad todo el centro de la vieja ciudad de La Paz es un inmenso zoco, sobre todo las calles que confluyen en la plaza de San Francisco, desde una zona de intenso comercio callejero que arranca entre las calles Max Paredes y el llamado barrio Chino, de la Avenida Argentina, que forman un todo comercial, laberíntico, de busca humana, desgarrada, rica, pobre, olorosa de especias y escenario de una literatura negra y donde la magia, o cuando menos las ceremonias con ella relacionadas, tienen su espacio real en dos o tres calles adyacentes a esa plaza especializadas en venta de objetos para ceremonias magico-religiosas de la religión aymara centrada en el culto a la Pachamama, la diosa tierra, o Supay. Calles en cuyos rincones están sentados los yatiris que leen el porvenir en las hojas de la coca y que el actual gobierno indigenista ha capacitado para ejercer en centros oficiales de salud[8]. Y al lado de los yatiris y curanderos, la ferretera que os susurra furtiva si necesitáis oro y cerca, en un rincón de la plaza, los joyeros y los compradores de oro en bruto, armados hasta los dientes con armas cortas o largas, las que son objeto de tráfico intenso en el vecino barrio chino, donde se puede encontrar de todo, lo legal y lo ilegal, lo cultivado y lo furtivo.

Por si fuera poco, una vez al año, en la fiesta móvil del Gran Poder[9], la plaza es atravesada durante casi veinticuatro horas ininterrumpidas por las comparsas de danzantes de la morenada, una fiesta medio religiosa, medio pagana que reúne a unos 50.000 danzantes vestidos con trajes muy barrocos y muy costosos, cargados de oro y plata[10], que utilizan máscaras que hacen referencia a personajes míticos, a usos venidos de Asia o están inspiradas en la conquista y dominio virreinal español (aunque estén expresamente prohibidos en esta ocasión los disfraces de arcángeles y de virrey).

Esa es la fiesta mayor de la ciudad de La Paz. La hora de salida de los diferentes cortejos que pasan por la plaza camino de la iglesia del Gran Poder es la seis de la mañana. Durante más de dieciséis horas, por la plaza pasan de manera incesante miles y miles de bailarines a un ritmo machacón y obsesionante, el que marcan las comparsas de atabales, trompetas, tambores, que van con cada grupo, un ritmo que embriaga y seduce, en un alboroto atronador de petardos, cohetes, carracas, cascabeles de gran tamaño y, durante el trayecto nocturno, continuos fuegos artificiales, mientras en los márgenes se azuzan los fuegos y no acaban nunca de disiparse los humos de la pólvora y de los faroles de aceite, de los hornos y fogones donde se asan y fríen las asaduras de gorrín, de pollo, de vacuno, para atender los comedores improvisados que reúnen a familias enteras, a extraños y a vecinos, que comparten el asado de cerdo y los incesantes tragos.

Al lado de las parrillas y fogones, se instalan los adivinadores zodiacales o no del porvenir, las loterías y juegos de azar a cada cual más extraño, los puestos de dulces y de bebidas. Una fiesta que conforme cae la noche se convierte en una embriaguez colosal de la que al espectador le es difícil alejarse, porque el espectáculo de la calle se renueva constantemente e hipnotiza, y el que cree estar de paso y ser solo testigo, forma parte del espectáculo y se confunde con él, le guste o no. No hay lugar para los melindres.

Con otras vestimentas y, en parte con otra gente, que sin embargo parece la misma, unida en el indigenismo y la pluriculturalidad, el día 21 de junio, fecha del Año Nuevo aymara, la plaza vuelve a llenarse con otros ritmos, otros instrumentos y otros danzantes cubiertos con los ponchos llenos de color del altiplano o esos otros que vienen de lejos, como los jalq’a, en cuyo tejido de apariencia solo lineal y colorista se expresa un mundo, el Mundo, el visible y el invisible, utilizando un lenguaje oculto, casi secreto, para hablar de Supay, el señor de la oscuridad, el silencio y las profundidades y de sus habitantes innombrables. La razón del comercio y sus monedas contantes y sonantes no está reñida con lo que nuestro eurocentrismo jacobino califica de supersticiones y solo supersticiones. Nuestra realidad no es la única posible. Nuestros anteojos culturales nos ciegan.

Una plaza, un teatro, un preciso lugar urbano, cuyo agotamiento, en el sentido que le dio Georges Perec a su ejercicio literario de inventario y catalogación de un rincón de la place Saint Sulpice parisina se presenta como un intento vano, porque no es la rutina, ni siquiera lo azaroso y pintoresco, como engañoso material literario, lo que ahí brota esperable o sorpresivo a borbotones. Es la vida de la ciudad perdida en el tiempo la que la atraviesa y hace palpitar como un órgano vivo, inagotable, con su bronca e inacallable respiración. Ahí no se puede ser perezoso de mirada, no se puede pasar de largo. Ahí se produce por fuerza el encuentro con el Otro, con lo Otro, con lo que no somos o somos sin saberlo. En la plaza de San Francisco de la Paz permanece viva la ciudad tal y como fue y ha sido olvidada, convertida en mero dormitorio o en oficina o en museo o en escenario de espectáculo organizado: tablado de un Gran Teatro ingobernable.

 

Miguel Sánchez-Ostiz

La Paz, 20 de Mayo de 2008.

 

[1] Etnia mayoritaria del altiplano boliviano cuyo epicentro es la ciudad de La Paz, aunque no sea la capital estricta de la república, pero sí la mayor capital indígena de América latina.

[2] Muy pequeñas furgonetas japonesas que hacen servicios de taxi entre los barrios periféricos y el centro,

[3] Una suerte de empanada muy sabrosa que encierra una mezcla de salsa más o menos picante y picadillo de carne, entre otros ingredientes.

[4] Forma familiar y habitual de nombrar a la mujer andina vestida de una peculiar manera, con superposición de faldas (polleras), chales y cubierta con un sombrerito tipo borsalino de origen incierto.

[5] Equivalente a arquitecto en la época.

[6] Ofrenda a la Pachamama, la tierra, consistente en arrojar al suelo una porción de lo que se bebe, ya sea cerveza, alcohol casi puro o chicha, la bebida de maíz fermentada.

[7] Pastores de llamas.

[8] La Razón, 5-V-2008, pág. A28.

[9] Este año de 2008 se celebró el domingo 18 de mayo.

[10] Se calcula que este último año la fiesta ha movido 26 millones de dólares USA.

*** El artículo se publicó en la revista Secolul XXI, de Bucarest, en 2008 o 2009, de ahí las notas destiandas al lector rumano. Tal vez sea este mismo texto el que publicó luego Mariano Baptista Gumucio en una recopilación de textos sobre La Paz.

 

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