El barco fantasma

 

índiceEL Etireno estaba en algún lugar del golfo de Guinea con una carga inquietante a bordo, la de la infamia. El Etireno era un barco con un anunciado cargamento de niños esclavos a bordo que había salido de las tinieblas de África (el título es de Stanley) rumbo a otro oscuro infierno. Era una de esas noticias que aparecen con rara constancia por los arrabales de los noticieros y que nos estremecen y que para nuestra tranquilidad desaparecen de seguido, regresan a las sentinas de las que han salido, cuando no se hacen rutina del horror, cosa sabida. Hay esclavitud, de niños, en África y la hay en Rusia y en Extremo Oriente. La hay de niños y la hay de adultos. Un estupendo escritor de Costa de Marfil, Ahmadou Kouruma escribió una portentosa novela sobre los niños soldados, nada de Stephen King, nada, la cruda realidad y más sobrecogedora si cabe: Allah n’est pas obligé. África no dejará nunca de sorprendernos, de ofrecernos un siempre renovado repertorio de horrores: las dos monjas acusadas de genocidio sentadas en un banquillo belga de acusados es una imagen que produce perplejidad y pocas ganas de asomarse a las trastiendas. El Etireno, hecho barco fantasma, estaba ilocalizable en algún lugar del golfo de Guinea y de la noche, perseguido por los noticieros más que por justicia alguna. Los de tierra temían que los negreros hubiesen tirado su carga al mar para desembarazase de las pruebas. No era su primer viaje. Ni será el último. Se hablaba con pachorra del precio pagado por cabeza: tres mil pesetas. Alguien tiene toda la información y las pruebas documentales y testificales que no irán a parar a tribunal alguno. Es un horror que no tiene remedio. Se diga lo que se diga. Vimos imágenes de niñas minúsculas que hacían de esclavas o algo así, con un propósito informativo cuyo alcance se me escapa como no sea el de una eficaz puesta en escena. Y cuando el Etireno atracó en el puerto de Cotonú, a bordo había un cargamento de gente enfurruñada, derrengada, baldada, con sus hijos a cuestas, camino, dicen, quién sabe, de mejores vientos, camino del Norte incierto, camino de la libertad o también de otras formas más sutiles de esclavitud, que ese parece ser el precio cierto de algunas libertades. Y luego aparecieron algunos niños que parecen mudos y son los verdaderos testigos y nada dicen. Enigmáticos, atemorizados, zampando. Y la noticia que se desinfla, aunque deje un rastro de tensión en el aire, un hueco de inquietud. Verdad o montaje informativo, tanto da. Aire de la época, eso sí. El Etireno, un barco que nos ha tenido en vilo. A unos más que a otros. Estábamos de vacaciones. A lo nuestro. Y el barco, lejos, fantasma puro, en el golfo de Guinea, donde rigen otras leyes, donde viven otros seres cuya vida no suele valer nada, menos que nada. Un barco mugriento, ¿no?, que navegaba en la noche, en las aguas internacionales, en las aguas de nadie que ley alguna rige y que ha dejado una inquietante estela. [20.4.2001]

*** Artículo publicado en la revista Época, Madrid, 23-29.4.2001, p.169. Fue mi primera y única publicación en aquel panfleto.

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