Japoneserías

P-1A Pierre Loti le gustaba mucho andar disfrazado. De hecho, el marino Julien Viaud, se pasó toda la vida disfrazado tejiendo una espesa trama de imposturas, de dobles y triples vidas entre soñadas y vividas por las buenas, de máscaras sucesivas entre dudosas y convincentes: imagen secreta de la intimidad solitaria de cada cual. Loti anduvo disfrazado de árabe y de chino y de bretón y de egipcio y de mago y de militar y de dandi y casi, casi hasta de vasco, cuando echó el ancla de su vida en Bakar-Etxea, en la bahía de Txingudi, junto a su cañonera Le Javelot y escribió su Ramountxo, espejo en el que han mirado no pocos impostores profesionales. En su época la gente se disfrazaba mucho, más que ahora, y vivía por temporadas a la china, como si el rodearse de pebeteros y japonesería de contraplacado y falsas lacas y más falsos paisajes orientales y farolillos de pacotilla pura fuera el colmo del lujo, del refinamiento, la puerta falsa por la que escapar a la grisura de los días, por la que huir allá lejos, como escribía agonicamente Baudelaire. En los bazares fronterizos del tiempo ido vendían pebeteros de loza azul vagamente orientales de factura con sus dragones de reglamento en relieve y alguno llegaba tarde en la noche y bizco de manos a su Bakar-etxea particular con aquel chirimbolo indescifrable en el bolsillo y allí se quedaba el chisme, como un fetiche de las lejanías, para guardar botones. Hace un tiempo, en el valle en el que vivo, me invitaron a visitar unos gabinetes de japoneserías. Algo asombroso. Afuera la niebla, las esquilas d elas yeguas y en el interior sedas, lacas, lámparas de papel,  rojo fuego, amarillos, dragones… Quién demonios pudo haber vivido allí, a orillas del Bidasoa, rodeado de farolillos chinos, lacas y sedas rojas y negras, penumbras húmedas, entre fumadero de opio de Barrio Chino y decorado para sayonara. Pongamos (por poner, por cosa de la novelería) que fuera uno de aquellos Centauros de Pirineo, mandarines de la paquetería de las mugas, que resultan mucho más atractivos en el papel que en la realidad de sus pasos fronterizos, y que llevó a sus papeles ese novelista olvidado que es Félix Urabayen. Máscaras, escenarios, disfraces, algo de ruido: a lo dicho, arte de novelería, arte de lector, arte de salir de uno mismo.

 

 

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