Regalos

 

DE los de no cumpleaños habló Lewis Carroll en algún lado. Son los regalos de los días que no son especialmente navideños, de los días que no son de aniversario, de los días que igual no hace bueno y su motivo es porque no hace bueno, o viceversa, o porque hemos tenido presente a alguien de una manera especial o porque lo hemos visto cabalmente -eso tan raro- cuando lo hemos encontrado por sorpresa al pasar una página, al doblar esa esquina de papel, o hemos encontrado allí un jirón de una conversación perdida que así recuperamos. Los que yo recibo suelen ser libros, tal vez porque es lo mío, tal vez porque los lazos de amistad y afecto que me unen a quienes me los regalan se han ido anudando y tejiendo a través de los libros, de eso tan hermoso, y tan juvenil también, que son las lecturas compartidas, las lecturas paralelas, los descubrimientos sucesivos, entusiásticos y contagiosos de la existencia. Compartir la lectura de un libro es algo más que compartir las peripecias de unos personajes, que visitar una cierta atmósfera, un país lejano y extraño, a medias inventado (como nuestro pasado), algo más que unas ideas pasablemente estimulantes. Los libros regalados crean un vínculo extraño entre quien da el regalo y quien lo recibe, fundan un pacto curioso, una complicidad, pasajera o perdurable, poco importa, pero el caso es que hay gente que ya sólo vive para nosotros en los regalos que nos ha hecho, que se ha instalado allí, entre las páginas que el tiempo va patinando con la minuciosa arquitectura de la destrucción que sólo se hace visible cuando es demasiado tarde, y que vive para nosotros en su trama, con sus palabras propias, desdoblada tal vez en personajes literarios que, ellos sí, ellos permanecen frescos, vivos. Otras veces damos vueltas y más vuelta al libro preguntándonos por qué demonios nos lo habrán regalado, dónde estaremos nosotros, dónde nos habrán reconocido, dónde ellos, cuáles son las palabras de la complicidad, el santo y seña de ese súbito gesto de amistad, y no encontramos nada, un enigma que nos puede costar media vida descifrar, el enigma de unos desconocidos que a pesar de todo se empeñan en mostrarse el mundo con un gesto mudo, del que habló Valéry.

 

 

 

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