El olor de la aventura

EL OLOR DE LA AVENTURA

HAY quien piensa que la aventura, sus preliminares, sus vísperas, huelen a choto o si no, no huelen, pero eso no es del todo cierto. Los que de verdad saben de este negocio espeso de la vida intensa que nos puede esperar al cabo de la calle, que ya nos está esperando la cabo de la calle, incluso cuando vamos llegando a la cincuentena, mitad sabios, mitad tontilocos, dicen que la aventura huele al humo de una hoguera alimentada con hojarasca del bosque y encendida casi, casi en su corazón, y que ese olor acre e intenso, la provoca.

Otros, que también sabían del asunto y que por eso mismo se callaban los detalles concretos, escribieron aventuras ajenas, porque sabían que aquellas páginas de padecimientos e infortunios que parecían no ir con ellos, les absolvían de los propios, restañaban dolores lejanos, aliviaban la propia memoria. Estos aventureros, pasivos a la fuerza, hablaron de ese perfume extraño que flota alrededor de la mala suerte, los errores y las zonas crepusculares de la conciencia, alrededor de la inquietud de partir, del malestar difuso, de la incomodidad de la propia piel y los papeles de identidad ciertos. Así, el Manual del Perfecto Aventurero, del olvidado Pierre Mac Orlan, quien por cierto escribía que además de ese olor a zorrera cierta de nuestras borrascas del alma, la aventura estaba en los aromas que venían de más allá del canal de Suez y que acababan flotando en el aire espeso de las alhóndigas de las especias, por encima de los profundos cajones donde se exhibían estas, hechas un Rotko (o varios) de colores intensos, inimitables casi. Eso decían, pero concluían amargamente que al final sólo era un cuestión de paga, un ir para volver, un camino circular de huida, un viaje al fondo de una caracola.

Cuando éramos más jóvenes la gente que se iba a la aventura se alistaba en el Tercio o se enrolaba en la pesca del bacalao en Terranova en unos barcos pasablemente herrumbrosos que brincaban sobre las olas como saltimbanquis, y unos volvían, por lo general baldados, y otro no, y se quedaban por esos mundos de Dios, metidos para siempre en el corazón de alguna selva, y las palabras de la noche, en la ciudad vieja cada día más lejana en el mapa de la memoria, les amueblaban la vida, les decoraban la casa, les poblaban el harén y hasta la despensa, y aquellos aventureros, hechos de la misma materia que la cárcel donde Morgana encerró al mago Merlín, las palabras, se iban haciendo una leyenda tan cierta como impalpable, pura invención, moneda de curso legal en los mostradores de esos otros mundos que están en este.

Otros, otros seguían olfateando en el aire de la ciudad vieja, en el del país ancho también, un perfume intenso, turbador, excitante, que les empujaba a irse, a quedarse, a regresar, irredentos culos de mal asiento, siempre de aquí para allá, en pos de sus propias sombras –vuelta enorme esta, enorme–, de un escrúpulo o de un zacuto de ventura, de dicha, de poca, frágil fortuna, cuando todavía no había descubierto la codicia, el daño, la crueldad, la falsa supervivencia. Escalaban volcanes cerca de Java en alpargatas y la lava les chamuscaba el esparto como si fueran la mecha amarilla de un chisquero de aquellos que había en un país que sigue siendo este, aviadores de fortuna en Manaos –«¡¿Pero qué te ha pasado en la cara?!» «Ná, que ya me he caído dos veces con el avión en la selva… ¡Echa otra copa!»–, navegantes en veleros desvencijados empujados por velas del color de la bergamota, del color del sueño profundo, en los escenarios de Conrad, en el Índico, en el mar de las Célebes, huaqueros, clandestinos siempre, místicos del desierto ardiente que encendió las oraciones del padre De Foucauld o de los monasterios colgantes del Monte Athos, exploradores de los confines a la búsqueda de esa soledad que cabe siempre entre las manos, en un paisaje barrido por el viento o quieto, quieto, con un intenso olor a algas y a salazones y a ese, tan sutil, del musgo que cubre las lápidas de los loberos australes, en la latitud de la isla del Elefante, lejos, a la deriva, vidas hechas de palabras, hechas ahora de papel. Ay, las palabras de la noche. Ay, la aventura y sus aromas.

 

 

 

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