Las flores mágicas y el acerico

Las flores mágicas eran un truco de buhonero, contemporáneo de Jules Renard, del que se hace eco Marcel Proust (y Virginia Woolf y otros). Eran unas flores de papel de seda que metidas en agua se abrían de una manera esplendorosa (eso aseguraba al menos el poco de prospecto que acompañaba a aquellas flores). El acerico ya sabemos lo que es, servía para clavar alfileres; el acerico y esa caja provisional de los entomólogos en la que se clavan las piezas recién capturadas. Así las páginas del diario de Jules Renard, con su espejo picado de viruelas locas, sus sombras de la conciencia y sus cielos claros, su aire campestre donde suenan las campanas del ángelus aldeano (todavía) para un descreído que quiere creer y que detesta al cura del pueblo y a las beatas, entremetidos y enredadores ambos.

El 10 de Noviembre de 1900, Jules Renard, a quien por fin le han puesto la roseta de la Legión de Honor en el ojal, está de viaje en Le Havre, alojado en el hotel Frascati -uno de los hoteles que serán un motivo recurrente de otro diarista curioso, el pintor Joseph Cornell, y de Louis-Ferdinand Céline-, va por la calle y se encuentra a un hombre tirado en el suelo que echa sangre por la boca, o tal vez es vino. No le ayuda. Se va. A unos que pasan les dice que vayan a buscar a la policía. Él no es del país, dice, y ese no ser del país le absuelve del elemental deber de socorro. Se va. Teme quedar mal, comprometerse con su roseta de la Legión de Honor en el ojal. No es el único que se va. Pero a nosotros nos interesa Renard que se va a su hotel y anota el incidente en su diario. Nadie lo haría. Renard sí. Ahí está la fuerza de su diario. Renard no pretende mostrarnos el mejor lado, hecho único lado para la pose ventajosa por arte de birlibirloque, pretende escribir con verdad. No sabremos nunca si lo consiguió, sí sabemos en cambio que lo intentó, que fue fiel a su propósito, a su ambición literaria.

Verdad descarnada, pero no hecha felpudo para sacudir en las narices del prójimo el polvo, espejo enseguida velado por las emanaciones mefíticas del yo, Renard se muestra ambicioso, deseosos de halagos cuando descree de ellos, tierno y malintencionado, inclemente con sus contemporáneos, pascaliano también, a su pesar, cuando nos hace ver que decir la verdad es algo que la mayoría, él también, evita para poder vivir más o menos en la paz de las tan fustigadas convenciones. El diario es así el otro lado, el espacio del secreto, del secreto con voluntad literaria, el espacio de la venganza y del examen de conciencia resuelto en caracteres, aforismos y momentos de una emoción intensa y una rara poesía.

Junto a páginas en las que relata el suicidio del padre, con quien estaba unido por las raíces, de una manera subterráneo, no por las ramas, o la muerte extraña, tragicómica, de la madre, un personaje «plutónico» que nutriría sus mejores páginas, aparece el abanico de la trapisonda literaria de su época -ese Wilde dentón, ese Verlaine hecho una sopa de vino, la fundación del Mercure…-, las miserias del prójimo (no se perdonaba las propias), sus desfallecimientos y ruindades, y unas iluminaciones que destellan y recorren el texto como relámpagos de lucidez, ironía y belleza. La actitud de Jules Renard hacia ese diario que crecía mínimo, esencial, con su lenguaje tallado, y pretendía llegar tanto a los últimos recovecos de su alma, como a la crónica de la época, es ambigua. En 1901 afirma que no es una obra, que escribir el diario le vacía, por lo mismo que hacer el amor todos los días, no es el amor. Después de haber comenzado a releerlo -dura tarea también cuando el diario es de verdad y no un artificio-, piensa que es la obra de su vida y que esta se sostiene porque existe aquel (14.11.1900).

journal-jules-renard-L-1    El diario de Renard es el registro de un hombre dedicado al oficio de escritor, en su época, en su sociedad literaria, en su entorno más peculiar, el del aldeano que nunca dejó de ser, con los pies hincados en la tierra y la cabeza a pájaros, lúcido hasta perturbar a los lectores. No es una novela porque raras veces en las novelas entra de manera tan determinante y demoledora el azar de la existencia. Es sólo un registro empecinado en el que al azar de los humores, de las circunstancias, de la meteorología, la de Chatry y la del alma, su autor se muestra púdico e impúdico a la vez, desapacible, culpable, brillante, luminoso, tierno, entusiasta, panteísta, sarcástico, burlón, anonadado, indefenso…     Desapacible y corrosivo cuando escribe uno detrás de otro aforismos que le tienen a él en su intimidad como descarnados protagonistas y, en consecuencia, al prójimo, ese prójimo hacia el que siente una hostilidad implacable. Aforismos que recuerdan lo corrosivo de los de Chamfort (tan corrosivos como el ácido con el que este intentó matarse y destruir su rostro). Maligno con amigos y enemigos -las reuniones de literatos, como la de la fundación del Mercure que se trago buena parte de la dote de Marinette, su mujer, es impagable-, satisfecho con sus éxitos literarios y teatrales –Poil de Carotte, aunque luego protestaría de que ese éxito le siguiera como si fuera un enojoso buscapiés-, codicioso de honores que serán antes o después objeto de burla. Hay admiraciones sinceras también: Jaurés -¿por qué mataron a Jaurés?, cantaría Brel-, Marcel Schwob, hacia el que siente esa envidia que se traduce en admirativa emulación, uno de los mayores rasgos de generosidad intelectual, raro entre los raros, poco ejercido y nunca reconocido.

Renard, el eterno insatisfecho, el que escribió aquello tan hermoso, tan ambiguo también, tan contradictorio de «Desaparecer en un villorrio para hacer de él el centro del mundo», pasaba parte del año en París, corriendo redacciones, camerinos, palcos de teatro. De ahí tal vez, de su ir y venir de lo privado a lo público, de la vida del notable en el campo al paseante en corte, esa tensión resuelta en uno de sus muchos hallazgos: «Voy como un topo. De cuando en cuando empujo un poco de tierra. Un claro. Luego vuelvo a mi noche.» Dónde la noche, dónde el claro. En Renard estas incógnitas se resuelven en su escritura, de la que tampoco se fía mucho, como no lo hace de si mismo: el único que es responsable de sus actos es el autor dramático, en escena, y aun así, nos dirá. Paradójico siempre, luminoso, aunque su luz sea a veces la de la borrasca, oscura.

Artículo publicado en el diario ABC a propósito de la publicación de una selección del diario de Jules Renard (Ed. Grijalbo-Monadori, Barcelona).

 

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