Intermedio boliviano

 

CUANDO el avión de Lan Chile despega de Arica en dirección a Bolivia no tienes la más ligera idea de a qué mundo vas a ir a parar. Media hora después, tras dejar atrás un panorama desolado de tierras yermas, rojizas, blanquecinas, cuando aterrizas en el aeropuerto de El Alto, compruebas que, como dijo el poeta, hay otros mundos, pero están en este.

<<Cuánto tiempo va a estar>>, pregunta el policía más diminuto y bienhumorado que he visto en mi vida.

<<Dos semanas>>, le contesto.

<<Le pondré seis. Nunca sabemos donde vamos a encontrar el amor>>.

Enseguida los cartelones guerreros de la fuerza aérea boliviana que hablan de corazón más que de motores, y esa población, El Alto, descalabrada donde las haya, a medio construir, en la que se siente la pobreza flotar en el aire y la precariedad y la busca, se huelen. Es el escenario de un fenomenal pulule de indígenas, con sombrero y polleras ellas y los inevitables aguayos de colores vivos a la espalda Las mujeres van aplastadas bajo pesos que les doblan en volumen. Es día de mercado y no se compra y se vende mucho, pero sí muchas veces: frutas, ropa, menaje, electrodomésticos con las tripas colgando, trozos de trozos…

Enseguida te muestran los estragos de las últimas revueltas y te avisan de que ese es un lugar peligroso. Miseria y peligro son señuelos de la curiosidad del turista. Lo saben.

Y al poco aparece, en su agujero, La Paz, la capital más alta del mundo y una de las más pobres. Algo pardo, gris, terroso, que tiene de una sequedad inquietante y que la imponente presencia de Illimani nevado al fondo agudiza. Y el todo bajo una luz cegadora. Extraño orgullo cuando te señalan una fábrica de cerveza y te dicen que es la mayor industria boliviana.

Cuando pones pie a tierra te da la bienvenida el soroche, la cabeza te oprime y da vueltas, y de verdad caminas como si no pisaras el suelo. El mate de hojas coca que te dan de bienvenida no arregla nada y cuando te echas a la calle, porque has ido para eso, para patear la ciudad, emprendes un ballet sonámbulo que no abandonará en todo el viaje.

Porque si algo tiene La Paz es el callejeo, el mezclarse en los corros callejeros y en el pulule de los mercados –hay que comer pollo o cerdo asado con arroz en los cubículos de sus mercados, codo con codo con el indígena, junto a los fogones precarios-, es el meter el morro en los patios misteriosos de las casas virreinales y escuchar el pedigüeñeo sangrante de ciegas en retahíla, de niños mendigos que tocan el guitarrillo para que les tiren fotos y monedas, para que llore la gringa, y llores tu también por una miseria inconcebible, bien administrada, dirá la boliviana altiva, el reclamo de los cientos de niños limpiabotas que esnifan pegamento y se cubren el rostro con pasamontañas, y el de los vendedores de fósiles y de cosas de huacas, más falsas que un Amadeo, pero la huaca es sinónimo legendario de tesoro.

 

AQUELLOS días invernales de noches heladas no era fácil viajar por el altiplano. Las carreteras estaban cortadas con piedras a lo largo de muchos kilómetros y los indígenas no dejaban pasar, en algunos lugares, a nadie. Te arriesgabas a quedarte indefinidamente bloqueado. En el estrecho de Tiquina, junto a los carteles que ofrecían sopas, ranas y falso conejo, había coches reventados.

Unas veces eran los cocaleros de los Yungas que protestaban porque los americanos les quieren recortar sus cultivos de coca y otras los de los hidrocarburos. La lista de reclamaciones indígenas es, además de centenaria, infinita. Los campesinos aymaras tienen de qué quejarse. Y se van a quejar mucho en el futuro. Por algo más que por seguir con la tradición boliviana de motines, levantamientos, matanzas y revoluciones. Por una vida digna. Mueve mucho ese pujo.

Se hablaba de rebelión contra el Estado. Se hablaba de lo que en Europa supone también una amenaza: de la disgregación. Hay miedo a esas reclamaciones. El indígena quiere ser indígena, quiere recuperar del todo su vieja lengua, quiere vivir según sus propias leyes ancestrales, las de los mallkus, las que ofrecen una justicia inmediata, comprensible, y, a nuestros ojos, prima carnal de la venganza y el linchamiento. Las cosas se ven de muy distinta manera dependiendo de qué lado de la puerta estemos.

En las ruinas de Tiawanaku, donde no hay piedra que esté donde la encontraron, entre símbolos solares y misterios varios relacionados con el paso de las estaciones, la realidad se impuso a gritos: <<¡Que vienen, que vienen!>>.

Y en efecto, venían. Se trataba de un raudo, abigarrado e irritado cortejo formado por ancianos, mujeres con sus críos a cuestas, niños, mozos, adultos, unos a pie, en bicicleta otros.

Y cortaron la carretera, a pedradas, que para eso habían salido de casa a golpe de campanas, en un lugar desierto, cerca de una vía muerta que era la imagen misma de la desolación. Pero nosotros no pasábamos. Después de mucho parlamentar con el líder de turno, el chófer vine con una propuesta: <<Que hagan una barricada>>

<<¿Para qué?>>, preguntó uno.

<<Dicen que para que aprendan lo que es trabajar>>

Y allí estuvimos, más muertos que vivos, vigilados por los campesinos silenciosos, en medio de ninguna parte, al sol, cuando este ya iba de capa caída, llevando piedras de un lado a otro. Luego no había ganas de ver santuarios (apachetas) y la cordillera Real, del Illimani al Huayna Potosi, tenía un interés relativo. Natural.

Por eso era mejor callejear por las calles Sagarnaga o Illampu, la de las brujas donde venden amuletos diabólicos (o así, no quedaba muy claro), sahumerios, fetos de llama, estrellas de mar, caracolas o te leen la buenaventura. Esa era una realidad más amable. Una forma de no ver lo que nos denuncia. Hasta que un gringo joven tira al suelo y patea una camiseta roja con la esfinge del Che Guevara. Nadie le había mandado cogerla. La vendedora la recoge con paciencia y la dobla. Inexpresiva.

Mejor entonces, cuando la realidad abruma, meterse en el fondo de esos tugurios con olor a humo y a sebo, oscuros, sólo iluminados por las prodigiosas pilas de aguayos de colores, donde hay máscaras magníficas, exvotos de plata, tinkas para beber chicha ceremonial, temibles bayonetas de la guerra del Chaco, capillitas de devociones domésticas; o vagar por la plaza de San Francisco que es un formidable pulguero en el que se dan cita caricatos, payasos y charlatanes que venden remedios contra la sífilis o contra las callosidades (pero no contra la gangrena). Allí hay vendedores de cabezas de chancho asadas, de callos y empanadas bolivianas, sopas varias, y hay orates que avisan del fin del mundo o de la maldad diabólica que aqueja a los españoles, o le enmiendan la plana a Darwin o explican el orgullo de ser indio, y pobre. La plaza de San Francisco o la plaza de los Héroes es, por otra parte, un urinario gigantesco y a la vez un comedero, y un foro de urgencias y demencias varias.

 

COPACABANA era, ese día, una ciudad medio desierta. Los turistas estaban al otro lado de la vecina frontera con el Perú, o en La Paz, quietos. No era fácil encontrar a alguien que se aventurara a hacer el viaje al lago Titicaca.

En el camino paramos a ver uno de esos cementerios donde los muertos son anónimos ya antes de ser enterrados. Muertos enterrados con la cabeza hacia afuera, el ataúd destrozado y un revoltillo de trapos y de huesos a la vista de quien allí entrara, bajo un cielo de un azul cegador.

Así enterraron aquello días a Benjamín Altamirano, el alcalde de la cercana población de Ayo-Ayo, asesinado o ejecutado, eso según quien lo explicara, quemado luego y exhibido a los pies de la estatua del líder indígena Túpac Katari. Lo enterraron, decían sus hijas, con la cabeza hacia fuera para que pudiera salir a vengarse.

En Copacabana un establecimiento ofrecía, además de parrilladas y exquisiteces varias, algo de verdad raro: calefacción. Y es que por la noche hace un frío que pela. Un cielo clarísimo en el que destacaba nítida, cercana, la Cruz del Sur, como el más antiguo emblema del viaje.

La gente lleva coches a bendecir al santuario mariano de Copacabana, que ofrece botellones de agua bendita. Es gratis el agua, no los botellones, llevan coches a bendecir

En el bote, el único que salía esa tarde rumbo a la Isla del Sol, un turista mallorquín peroraba sobre lo egoísta que es la coca y lo universal que son, en cambio, los hongos alucinógenos. Iba en compañía de una cuica uruguaya a ver la salida del sol, el año día del año nuevo aymara, en unión de otros espiritualistas de medio mundo, para ver si les tocaba el rayo de la revelación, o algo así, algo espeso. Pero lo verdaderamente singular de Copacabana resultan los brujos que os hacen conjuros sobre pedido en sus altarcillos, mezclando mucho el culo con las témporas, como es preceptivo en esta clase de negocios, y a base sahumerios, campanilleos, jerigonzas, humos y alcohol, capillitas. La suerte la tenéis echada para siempre. La lleváis en la cara.

 

EN La Paz también se puede perder la vida. Por nada o por menos de nada. Basta que os convirtáis en el objetivo de una de las muchas bandas de delincuentes que pululan por el centro de ciudad y que, haciéndose pasar por policías, detienen, en pleno centro de la ciudad, a quien les viene en gana, lo montan en un coche a punta de pistola o drogado (tal vez con el propio miedo), y abandonan luego muerto o vivo en un descampado, después de haber sido vejado y despojado de todo lo que llevaba encima. Esas cosas pasan. A quien eso le sucede se felicita de estar vivo, sólo eso, y no es poco, y lo dice, y corre de esa manera la bola, porque hasta es posible que el policía con el que hable, el que le dice que las denuncias se ponen al día siguiente, sea ful y todo sea una siniestra comedia en la que le ha tocado la peor parte. En su equipaje de vuelta se llevara algo que probablemente desconocida: el miedo. El miedo a perder la vida que le pone a prueba. Y una certeza: los dones de la existencia.

Allí donde la mortalidad infantil alcanza cifras inauditas, donde la gente trabaja como si fueran esclavos, donde los medicamentos se venden por unidades y los salarios son míseros de ganas, la vida vale poco, por ni decir que no vale nada. A la suya y a la mía me refiero. Conviene saberlo.

 

EL taxista que te saca de La Paz te avisa, por hablar de algo, de las bandas de ex policías, y de peruanos, dicen, afirman temerosos, que roban a todos los turistas que pueden. Es esa una conversación muy animada cuando el coche, japonés por supuesto, de segunda o de tercera mano, sube renqueando la carretera (autopista) de El Alto.

El viajero puede que no vea el momento de subirse en el avión y salir de Bolivia, aunque sepa que se le ha quedado algo pendiente: La Ruta del Oro. La que siguieron algunos de los vencidos carlistas de su tierra, antes de desaparecer, para siempre algunos de ellos, en las infractuosidades de la Cordillera Real.

<<¡Señor, señor! Ahora me acuerdo ¿Encontró el amor?>>, le pregunta festivo el policía cuando lo ve en la cola de los registros exhaustivos en busca de coca.

<<No, pero me llevo la cabeza sobre los hombros>>

<<Ah, eso es bueno. Hasta pronto entonces>>

<<Hasta pronto>>.

*** Artículo publicado en Eidon, la revista de la Fundación de Ciencias de la Salud, ¿2009… 2010?

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Buena y mala conciencia

Manos-cortadas-2-misioneros-1904-1024x656No recuerdo haber leído que el escritor inglés de origen polaco, Joseph Conrad, que fue marino antes que escritor, y contrabandista de armas para los carlistas, hubiese tenido algo más que tentaciones racistas; pero es coherente con su época y con la manera generalizada de pensar en el ámbito del imperio británico, uno de cuyos pilares fundamentales fue el racismo extremo y la xenofobia, cosa que no se dice, claro. El racismo, como el antisemitismo, como cualquier forma de afirmación de la propia identidad por la exclusión y el desprecio del Otro, «se respira»; y a finales del siglo XIX se respiró mucho.

Al revés, a Joseph Conrad se le considera hasta un paladín de la denuncia de la barbarie europea, belga en concreto, en los territorios congoleños apenas explorados y explotados por las sociedades beneficiarias de las trapisondas del rey Leopoldo, en las que participaron europeos de todas las nacionalidades. La barbarie, el crimen estaba en el aire, era una forma de llevar y de imponer la civilización a los «salvajes», allí donde la religión pudiese ser un instrumento de dominación y donde, con mano de obra en condiciones de esclavitud encubierta, se pudiesen obtener grandes beneficios de lo que fuera: minerales, piedras preciosas, petróleo, caucho, madera, marfil… Y algo más, había complacencia en el crimen, en el asesinato, en las mutilaciones, como la hubo entre los nazis alemanes: las fotografías no dejan lugar a dudas. En la Patagonia chilena y en Tierra de Fuego se exterminaron indios patagónicos y fueguinos hasta finales de los años veinte o comienzos de los treinta del siglo pasado. Lo instigaron poderosos estancieros que pagaban matones a tanto la pieza. Un relato escalofriante. Impune. Allí quedaba la Patagonia. Y un estanciero era mucho estanciero. Pero eso no se cuenta o se cuenta como le conviene a quien paga la historia oficial.

Los reportajes de grandes viajes (pura industria turística de la peor especie) son una buena muestra de lo que digo. Así, los norteamericanos, en un reportaje sobre las ciudades perdidas del Amazonas, cuando se refieren a la deforestación hablan de «limpieza de maleza», o así está doblado al castellano. De las actuales fechorías de los madereros es mejor no hablar porque están con el poder que conviene al gobierno norteamericano. Además, los narcos no suelen andar muy lejos y en esos andurriales los forasteros, por intrusos, están mal vistos.

Es una de las novelas más conocidas de Conrad, Lord Jim, donde encontramos expresiones como «perros sarnosos» referidas a los que se atreven a juzgar a un blanco. En el fondo es la misma mentalidad que empuja a los norteamericanos a hurtar a los delincuentes que gozan de esa nacionalidad a los tribunales de otros países donde han cometido delitos. Algo que pone en solfa la noción misma de soberanía e independencia, y de elemental justicia.

Pero más que ese episodio anecdótico, producto de una época, Conrad reprocha a Jim, el haberse entregado a los salvajes, viviendo con ellos, a su manera. Conrad no entiende que alguien se pueda ir a vivir entre «salvajes» de manera benévola, altruista, considerándolos sus iguales, asumiendo sus costumbres sin intención de imponerles la civilización del imperio, al revés, despojándose del lastre civilizado. Y quien dice salvajes, dice indígenas o pobladores originarios, cuya igualdad está discutida y rechazada hasta ahora mismo.

EL FILÓSOFO francés Pascal Bruckner acaba de hablar de una mala conciencia de la izquierda europea que le hace transigir con ideas reaccionarias, abstenerse de la crítica, no opinar (asumiendo el ser extranjeros cuando pretenden ser ciudadanos del mundo), comprender, en falso la mayoría de las veces por entrega y asunción, y todo por una mala conciencia, un difuso sentimiento de culpa por un pasado histórico del que no son herederos ni por asomo. Como si la nacionalidad nos hiciera co-responsables de las fechorías que gobernantes del pasado que ni siquiera hubiésemos podido elegir. Mucha responsabilidad es esa.

Cabe preguntarse si detrás de las ayudas oficiales españolas en Latinoamérica, y al margen de proteger los negocios actuales, no hay una mala conciencia por dos o tres siglos de ocupación virreinal, mal estudiada, mal explicada, hecha justificación de un odio necesario para ser algo, para sentirse algo, para vibrar por la patria (en América acabas muy harto de patrias y de patriotas): los españoles tienen la culpa de todo, hasta de los desmanes y el pillaje cierto de las elites republicanas, criollas, mestizas e indígenas incluso que quieren pasar por blancos cuando adquieren algo de poder. Yo tengo claro que si los beneficiarios de algunas ayudas (y no precisamente oficiales) no fueran radical, furiosamente anti españoles no recibirían las ayudas o el apoyo ideológico que reciben. Pero bueno, lo que yo crea y nada es lo mismo. La riada del tiempo va por otro lado y se lleva las opiniones particulares al chirrión.

Según la tesis de Bruckner, el altruismo o esos elementales sentimientos de solidaridad, de piedad, de fraternidad, de elemental justicia quedarían excluidos. Sería la mala conciencia la que empujaría a dejarse el pellejo en guerras ajenas a cooperantes, a miembros benévolos de ONG (cada vez más contestadas por cierto por los países que las acogen y no solo por el asunto de sus fondos o de que sean cotarretes), a religiosos, que en realidad no tratarían sino de llevar su verdad y de barrer las creencias originarias, aunque luego tú mismo puedas ver que, cuando menos los actuales, no tratan de imponer nada y hasta dudes de que sean los mismos católicos que intervienen de manera abusiva en la política conservadora y autoritaria de tu tierra. Mala conciencia o conciencia a secas. La idea no es mala, pero me temo que Bruckner, desde su olimpo universitario, olvida que al beneficiario de un hospital, un dispensario, un equipo quirúrgico, una capacitación profesional, la buena o mala conciencia del pagano le importa, de entrada, un carajo.

 

*** Artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra, en el año 2008, ignoro la fecha. Está escrito desde Bolivia en el viaje de aquel año.

 

 

Las diabladas de La Tirana

LA Tirana es una pequeña población de ese norte grande chileno que para muchos viajeros no tiene otro atractivo que el desierto, los salares, las poblaciones abandonadas, las tierras salitrosas, las carreteras interminables, cruzadas a veces de rojos camiones de ácido, las quebradas vertiginosas, como las de la mina Cerro Colorado, y el recuerdo de las oficinas salitreras inglesas, como la fantasmal Humberstone, y de la riqueza que a ellas iba aparejada, la que dio verdadera vida al cercano puerto de Iquique. Eso, y unos cielos de un violento color azul. Y la soledad, hecha dudoso atractivo turístico. Es hermoso.

Su principal atracción: el santuario de la Virgen del Carmen. Un edificio de madera y calamina, construido bien avanzado el siglo XIX, donde un fray Antonio Rondón edificó una ermita para sustituir a una cruz tombal encontrada en el corazón de un bosque de tamarugos. El mayor atractivo de la iglesia es su bóveda decorada con el cielo estrellado de julio.

Pero cada año, entre el 12 y el 18 de Julio, por la festividad de la Virgen del Carmen, ese pueblo que el viajero puede encontrar en apariencia desierto, con los inevitables perros vagabundos recorriendo sus calles de sal y arcilla, flanqueadas por casas de adobes y calaminas de colores vivos, pero muchas de ellas recubiertas de gruesas hojas de cartón, y cerradas por un primitivo candado que suele ser el orgullo del propietario, cobra una vida inaudita. Una población de menos de mil habitantes se convierte de golpe en una de cien mil.

Esos días están de fiesta hasta las animitas milagrosas de la carretera y La Tirana crece y se ensancha de acampadas, cientos de tenderetes de feria, coches, camiones, caravanas y cocinas improvisadas. Día y noche, sin un respiro.

A La Tirana acuden peregrinos de todo el altiplano chileno, de la costa, de la vecina Bolivia, del sur peruano. Y al calor de las devociones y de los carnavales rituales de los peregrinos con sus comparsas, se arriman los comerciantes de todo y de nada, los descuideros, los curiosos y los turistas de lejos para los que la devoción religiosa del prójimo es ya espectáculo enigmático.

Son familias enteras, clubes que se preparan durante todo el año y llegan a bordo de camiones en los que llevan todo lo necesario para esa acampada de casi seis días en los alrededores del pueblo, bajo los tamarugos y los algarrobos si hay suerte, bajo las estrellas si no la hay. Porque La Tirana es, en realidad, una mínima cuadrícula de calles alrededor del santuario y de la plaza ceremonial bien provista de <<fuentes de soda>> y locales de comidas y apetitosos comistrajos, siempre más suculentos que las comidas saludables: churrascos, lomitos, completos, prietas… y vino, claro.

La de La Tirana es una de esas fiestas de origen difuso, mezcla de creencias ancestrales, teatralidad carnavalesca y genuina devoción religiosa, cuyo pasado mítico se inventa y renueva a cada celebración. Allí conviven en buena armonía los ekekos andinos y las imágenes devotas, los amuletos con los escapularios.

Lo que allí se conmemora es la muerte de una princesa inca a manos de sus propios súbditos después de una teatral conversión al cristianismo. Esa es la versión oficial, mítica, la más pedestre hace que La Tirana sea una mujer de mal humor y armas tomar, propietaria de una fonda para arrieros en su ruta de la cordillera hacia Pozo Almonte y la costa. Como sucede en todos los lugares míticos, no se sabe con certeza como empezó esta peculiar romería, si antes de haber sido inventada, que es lo normal, o después, que es lo real.

El ambiente es de ruido atronador y polvo, febril, excitado, de voces que no cesan (más que en misa) y de charangueo reñidor, producido por el estrépito de bombos colosales, platillos, trompetas, carracas y hasta cascabeles, cuando lo demás calla. Casi todo, hasta el calor del día y el frío pampero de la noche, contribuye a que se cree esa contagiosa atmósfera de fiesta y urgencia devota.

Un misionero hace de aguador benévolo y reparte vasos entre los peregrinos que marchan de rodillas o se arrastran por el suelo, solos o sostenidos por sus familiares, en cumplimiento de mandas y promesas. Otros hacen guardia con unos cirios descomunales. Peregrinos que se confunden con las máscaras de las diabladas que están a la espera de su desfile ritual, sometido a unas precisas ordenanzas.

Una mezcla de procesión religiosa y danza profana, animada por ritmos de charanga y canciones patrióticas, en la que el viejo Pascuero anda en buena vecindad con reptiles y dragones de cuernos retorcidos, coloreados con violencia, mientras un sacerdote vestido de ceremonia se toca con una gorra boliviana para protegerse del sol del mediodía que casca que es un gusto.

El olor espeso de las fritangas y las parrilladas se mezcla con el polvo, el humo de colores de las bengalas nocturnas, en la llamada <<espera del alba>>, con el olor de la chicha agria. Las voces de la devoción, entre cansinas y fanáticas, expandidas por altavoces o a capella, compiten con las melopeas profanas. La cueca anda hermanada con la letanía, la jeremiada del mendigo con la del charlatán o el timador, y hasta con el himno patriótico y guerrero.

Alrededor de la iglesia, antes y después de los desfiles rituales, pululan las cofradías de más de una veintena de miembros que aguardan su turno en la procesión y muestran con orgullo sus estandartes, imágenes propias, bombos y tambores y, sobre todo, los fantásticos disfraces de diablos –que entroncarían con las también fabulosas máscaras articuladas del carnaval de Oruro-, de pájaros, como el condor, de chinos, de indias del oeste americano, de gitanos y gitanas de lujo, pero todos con sus capas bordadas en oro, sus ricos trajes de seda, adornados con cascabeles y provistos de carracas, negras y fúnebres unas o festivas en forma de mariposa, otras, y hasta patrióticas con la bandera chilena. Y todo en medio de esa pampa desértica donde tiemblan los espejismos y antes de que el silbido del viento vuelva a ser casi el único signo de vida.

*** Artículo publicado en el diario El País, 25.6.2005

Buscador de tesoros

 

EN tiempos inciertos los pequeños anuncios de los periódicos son una mina de mínimas mitologías de la época, un chirrión de afanes y locuras. Hace unos días me tropecé con uno que rezaba poco más o menos así: <<Si hay alguna leyenda en su familia, llámenos, le encontramos el tesoro de su casa. Garantizado>>. Casas con tesoros. Ya no hay. O hay pocas. Y en cuanto a leyendas. Pocas también, pocas. Hay que ponerse a ello. Hay que tener afición.

No estoy seguro de que la de buscador de tesoros sea una profesión sólo de los malos tiempos o de los tiempos inciertos, que no pasa de ser un amable lugar común al que uno se acoge para no ir más lejos. Pero parece que muy mal deben de andar los tiempos para cuando un particular se anuncia en la prensa como buscador de tesoros (legendarios) y garantiza el resultado encima. Ahí es nada. Hay que creer mucho en uno mismo. O estar convencido de aquello que me decía hace años un chamarilero: <<Todos los días sale un tonto a la calle, y yo, zas, detrás>>. Antes más había que sacar licencia. Te expedían o no te expedían Real Cédula. Y si encontrabas el tesoro había que pagar gabela. Claro que también es en los tiempos inciertos cuando proliferan los magos y los saludadores y los duendes y los guapetones y los camorristas y los brucolacos y los vámpiros, que alteraban la paz ciudadana, según decía el célebre aldeano crítico D. Valentín de Foronda (Cartas de Policía, Vitoria, 1802). Hay que estar muy loco para coger el teléfono, llamar al buscador y cuando llegue a vuestra casa señlarle un rincón y decirle: <<Empiece por ahí, buen hombre>>, porque igual viene con una cuadrilla de mandaos con las herramienta al hombro y nos deja la casa hecha una escombrera. A saber. Es como echarse a la aventura. Porque buscar un tesoro es ante todo una aventura.

Un anticuario de París se compró hace unos años el castillo de Echauz que esconde (sigue y sigue la leyenda), un tesoro, en Baigorri, solar de la familia d’Harrast -la del cineasta Harry d’Harrast d’Abbaddie, el amigo de Conchita Montes y de Edgar Neville, con quien hizo una Traviesa molinera (1934) ya invisible-, y se pasó una temporada aporreando como un poseso las paredes con un pico y poniendo cargas de dinamita en un sitio y en otro, para acabar marchándose exhausto, con el rabo entre las piernas. Y cuentan que los aldeanos escuchaban desde fuera como si la casa fuera una barraca de feria gratis total o una caja mágica de los truenos, y reían maliciosos con los zambombazos. Porque lo propio del buscador de tesoros es terminar yéndose con el rabo entre las piernas, mohino, molido también, melancólico, y pensar de seguido en lo mal repartido que está el Universo Mundo. Los tesoros no se dejan así como así. Eso lo sabían bien los que conocían los ensalmos para sacarlos de las aguas profundas, del corazón del bosque, para arrebatárselos a las criaturas fabulosas, a los trasgos, a la noche.

Sostenía Mark Twain, el autor de ese libro subversivo donde los haya que es Huckleberry Finn, que es propio de muchachos sanos soñar alguna vez con echarse a la aventura e ir en busca de un tesoro. Claro que si vas, te cogen. Casi seguro. Pero es difícil que el mozo olvide el olor y el sabor de la aventura, de la búsqueda del tesoro. Ese temblor es difícil que lo olviden quienes de joven han soñado con los papeles del tiempo ido que hablaban de huacas virreinales o de las propiedades de la hierba guar-guar o mirado en el interior de la tumba de un templario (con el coadjutor del pueblo que luego llegó a “obispo rojo”) para ver si el buen caballero se había dejado algo de provecho en el camino o volado como Sain-Exupery, en la Aeropostal, o como Amalia Earhart, o recorrido bosques, ruinas, cuevas y subterraneos, en pos de riquezas fabulosas, de la fábula misma, de lo maravilloso que se nombra con palabras de todos lo días. Quienes saben de eso llevan la comezón de la búsqueda de los tesoros de por vida, a pesar de los pesares, por su causa probablemente. Más incluso cuando van para abuelos y saben que no tienen otro tesoro que la necesidad de la búsqueda, el ir en pos de la quest de la leyenda de los caballeros del Amadis, la que está siempre un poco más lejos, una jornada más allá de la última noticia. [4.11.98]

*** Artículo publicado en Blanco y Negro, Madrid, noviembre 1998

 

Valparaíso en la noche

VIAJE 4 387<<Valparaíso en la noche, siento tus pasos de baile>>, o cantaba Ángel Parra. Por su parte, el Gitano Rodríguez sostenía  que no se puede vivir sin conocerlo. El Gitano fue uno de los muchos poetas que han cantado esa ciudad enrevesada, recodera, formada por cerros y quebradas profundas, de cara a la bahía de Quintil y al océano Pacífico. La Joya del Pacífico, la llaman los marinos, y esa canción se escucha en una gran película neo realista, Valparaíso mi amor, del doctor Aldo Francia: la miseria oculta de los cerros, el que la riqueza del puerto fuera ya cosa del pasado y no llegara para todos, las casas palafíticas e inverosímiles al borde las quebradas donde crecen las mimosas invernales y el maqui de los picaflores. Lo filmó también Joris Yvens. Y los porteños se asoman con emoción a esas imágenes y enmudecen como quien se asoma a un espejo.

Nous irons à Valparaiso, cantaba Germaine Montero, la amiga de García Lorca; y su mejor dibujante, Lukas, dijo desde el mirador Attkinson, que era una ciudad en la que no se podía vivir sin una sonrisa en el corazón, la que ahora mismo brilla en los graffitis y murales de sus tapias y derribos. Una ciudad de buganvillas, palmeras, picaflores, tordos, cuturras y palomas (las que pinta el Lolo Coirón), de casas de adobe y calamina, y de villas <<inglesas>>, en las que luce el anaranjado del pino oregón, que venía de lastre en barcos como en el que habría emigrado Joaquín Murieta.

Valparaíso conserva vivo el recuerdo de los veleros que, hasta la apertura del canal de Panamá, doblaban el Cabo de Hornos rumbo a California e hicieron de Valpo (como la llamaban los gringos) uno de los puertos de mayor movimiento del mundo. Valparaíso fue decayendo poco a poco, cuando el salitre dejó de salir rumbo a Europa, pero sigue llena de color, de escaleras más laberínticas y empinadas unas que otras, que serpentean los cerros: Placeres, Bella Vista, Monjas, Alegre, Concepción, Barón, Artillería, Toro, Playa Ancha donde la ciudad se acaba y acaban muchos porteños porque ahí está el cementerio, con el mar batiendo a sus pies, y ahí fue donde fusilaron y enterraron hace cien años a un Landrú porteño cuya tumba es hoy un centro de peregrinación y atracción turística: la animita milagrosa de Émile Dubois. Animitas callejeras de Valparaíso: otro mito de devoción y superstición porteña, como el cementerio de Disidentes y sus tumbas historiadas.

Se dice que Neruda se inventó Valparaíso, no ya porque viviera de joven en ella y se escondiera en uno de sus cerros cuando fue perseguido o porque adquiriera más tarde la casa torre, la casa proa de La Sebastiana, en Cerro Bellavista, sino porque escribió mucho sobre ella, le dedicó muchos versos y, refiriéndose a sus millones de peldaños, dijo que quien subiera todas esas escaleras habría dado la vuelta al mundo.

Valparaíso es un nombre legendario y algo más que eso: una ciudad emocionante. Basta reparar en los detalles: los loros y los jugadores de golf del Liberty, el bar de trueno de la plaza Echaurren, frecuentado por el cineasta Raúl Ruiz; las ferreterías que venden <<golos chinitos antiguos>>; los bares de trueno de los marinos, los volantines de colores que se alzan primero en un cerro, luego en otro, y se saludan y bailan, y los porteños que los miran gozosos; la manera en que conversan desconocidos con desconocidos, porteños o no porteños, afables, en las barquillas de los ascensores, como la palomilla del Artillería que me contaba como de niña, de moza, subía las escalas de gato del Esmeralda… los barcos.

Hoy, al margen de la industria turística sostenida en su nombre, del Valparaíso de Neruda no queda gran cosa. Quedan las <<Antigüedades el abuelo>>, pero las puertas de los cafés que él frecuentó, o las del Roland Bar y el American Bar, están cerradas. Los locales del carrete juvenil son otros. Inútil buscar el cabaret de Los Siete Espejos fotografiado por Sergio Larrain, pero sí el elegante Club Naval o el Museo del mismo nombre, aunque pesen los recuerdos sombríos de 1973. De aquella época todavía gloriosa queda el simpático Cinzano de la plaza Aníbal Pinto, donde Rodolfo prepara unos sauers gloriosos y el capitán Oliva perora sobre navegaciones y desastres del mar con una caña de Canepa en la mano, y por la noche se escuchan cuecas y tangos que emocionan a la parroquia entrada en años; y también el Bar Inglés, donde la melancolía de las vidas y las ciudades que ya fueron tiene sabor a limón de pica, a palta y a cilantro. Para encontrar cachureo marítimo del que le gustaba a Neruda, y a falta de la misteriosa colección del escritor Salvador Reyes, hay que ir al Hamburgo, el hogar del navegante alemán, donde las maquetas de barcos, los gallardetes, las banderas, los mascarones, no dejan un espacio libre: <<El trabajo es el enemigo de la clase bebedora>>, reza, con palabras de Oscar Wilde, un cartel que saluda a la clientela.

Una ciudad patrimonio de la Humanidad, mezcla de muchas sombras y descalabros y no pocas luces, pero que tiene un valor: la alegría de la gente más humilde, la que encuentras en el mostrador de los jugos del Bogarin o de las empanadas de Salvador Donoso, en las mesitas de las caletas Membrillo o Portales, bajo el vuelo de los pelícanos, a la sombra de San Pedro protector, en Los porteños, en cuyas mesas se enciende el fuego del piure, en las barquillas de los ascensores bromeando acerca del aguacero y del temporal que rompe con furia en la Costanera, de la cesta de la compra y sus afanes, de los volantines, del último circo en derrota que acertó a pasar por alguna placilla de los cerros altos, allí por donde la calle Pío Baroja es una calle de miseria; en el griterío del mercado amarillo y verde de El Cardonal o en la noche de trueno de sus alrededores, o en el bar de El Enano Cochino, hombre de cine y espectáculo, undergrounds ambos. Valparaíso, una ciudad de poetas, de pintores, de soñadores, de una melancolía incurable, que es habiendo sido. Contar Valparaíso es, en los temporales del invierno, la mejor conversación porteña.

*** El artículo se publicó en El País, de Madrid, en 11.4.2009 con el título “Bailando una cueca en Valparaíso”

El Gran Teatro, de la plaza de San Francisco, en La Paz

LUGAR de paso, de cruce, de busca y estadía contemplativa, de reunión de conocidos y desconocidos, de tratos comerciales y profesionales, de comercio bravo y al paso, de matuteo y trampa, de pulule sin rumbo aparente, de parloteo público y privado, de espectáculos más o menos improvisados, de reivindicaciones políticas y sociales a menudo violentas, de idas y venidas, centro de un mundo más incluso que de una sociedad urbana que gracias a una concepción política indigenista de las relaciones políticas y sociales va a tener una presencia en nuestra época que nadie auguraba. Un poco de todo y mucho más, pero sobre todo escenario de un Gran Teatro urbano como ya se desarrolla, a diario y a casi todas las horas, en muy pocas ciudades: eso es la plaza de san Francisco de la ciudad de La Paz, capital aymara[1] de Bolivia y la más indígena del continente sudamericano.

La plaza de San Francisco, a casi 4.000 metros de altitud, no es una <<plaza>> en sentido estricto, no desde luego en su concepción española virreinal, como cuadrada o rectangular Plaza de Armas, en la que confluye la cuadrícula de las calles recién trazadas a cordel tras la conquista y sus avatares, sino un espacio o una sucesión de espacios y planos muy irregulares que, en conjunto, tienen una vida de verdadero vientre de la ciudad y que constituyen su motor y auténtico centro. Casi todo lo que sucede en la ciudad pasa en algún momento por ese escenario hipnótico en el que los vecinos bajados de la población termitera de El Alto o surgidos de la ciudad hundida bajo la presencia del imponente Illimani (6.462m.), comen, beben, comercian, riñen, sellan paces, atienden a su familia y hasta hacen sus necesidades (motivo por el que en el interior de la iglesia, detrás de una puerta, hay un cartel que reza: <<¡Ojo! No ensucie. Sea educado!>>. Si la ciudad moderna va poco a poco perdiendo sus rasgos diferenciadores y, por supuesto, su centro de mercado tradicional alrededor del cual se articulaba la vida urbana desde el medioevo europeo y el renacimiento americano, eso no pasa todavía con La Paz. La ciudad, alrededor de la plaza, en la plaza misma, sigue siendo la misma que hace cien años. Los figurantes de su teatro pasan, pasamos, pero en lo esencial la vida de la plaza sigue siendo la misma: comerciar, alimentarse, intercambiar, aunque solo sean palabras, ideas, cuentos, ilusiones.

Un espacio que está marcado por la presencia de algunos edificios emblemáticos: la Iglesia y convento de San Francisco, fundados en 1549, aunque muy reformados hasta bien entrado el siglo XIX; la moderna Casa de la Cultura; la central sindical, desde cuyos balcones sus líderes arengan a la multitud no siempre pacífica, y una moderna pasarela peatonal aérea que los puristas de la ciudad consideran un despropósito arquitectónico, pero lo cierto es que por algún lado hay que salvar el intenso tráfico de vehículos y personas que cruza en todo momento la plaza, no solo atendiendo a las manipulaciones de la policía de tráfico, que si el interruptor del semáforo está averiado, lo hace juntando y separando los cables con ojo y paciencia casi infinita. El resto es desigual: casas modernas proyectadas a la carrera, otras tapadas por cartelones publicitarios o fachadas clásicas que esconden tanto muy hermosos patios coloniales como entrañas laberínticas.

El atrio de la iglesia de San Francisco, en cuyas escaleras se sientan mendigos y desocupados bajo un sol que ciega y abrasa, y por el que pululan vendedores de fósiles, limpiabotas y hasta agrimensores que estudian los planos que les traen los campesinos, limita por un lado con el comienzo de la calle Sagarnaga, la de la artesanía y las empresas de aventura turística –en nuestra época, la Aventura es un espectáculo, una atracción de feria y un negocio a veces subvencionado-, y por otro con una vía de tránsito intenso medio enterrada que une dos partes de la ciudad, la zona de la cuadrícula virreinal donde bulle la vida política oficial de la ciudad y el laberinto comercial de las calles indígenas.

Esta vía divide a su vez la plaza entre la zona de la iglesia y la zona escalonada del Monumento a los Héroes que, como todos los de su clase, ronda el disparate furioso, y ésta con una zona de mercado, el Lanza, que se extiende de manera tentacular, y de comedores populares que ahora mismo sobreviven, abarrotados, pero en precario, en barracones improvisados porque su sitio de costumbre, como el de los vendedores de libros o los joyeros y plateros, es un enorme agujero en cuyo fondo asoman las bocas de la ciudad española y sus misterios.

Un espacio muy irregular por tanto, atravesado de arriba a abajo por una calle de tráfico tan intenso como ruidoso que une la población, ciudad ya, de El Alto, la ciudad mas alta del mundo y la más pobre (eso sostienen), un auténtico termitero humano hecho de furia y reivindicaciones, con la zona baja de la ciudad donde la modernidad o la otra Bolivia asoman.

Se diría que esa plaza nunca duerme. Para las cinco de las mañana la plaza es atravesada por cientos y cientos de microbuses, furgonetas o trufis[2], que circulan atestados con las puertas abiertas a las que se asoman los voceros que a gritos más o menos cantarines anuncian los trayectos y el precio, al tiempo que los primeros puestos de bebidas frías y calientes, jugos de frutas, tés, cafés, se instalan o vuelven a encender los farolillos para dar de comer y de beber algo caliente, sopas, jugos de frutas exprimidos ahí mismo (por unos profesionales que se agrupan en un curioso sindicato de <<Comidas y refrescos al paso>>), a la gente que va al trabajo o a los niños y jóvenes que acuden al colegio.

Y al lado de las decenas de puestos de comidas atendidos por mujeres indígenas vestidas con mandilones blancos y cubiertas con gorritos de ganchillo que las identifican, los limpiabotas jóvenes y no tan jóvenes con el rostro cubierto por pasamontañas que apenas les dejan un rendija para los ojos, para no intoxicarse al respirar directamente los productos químicos que utilizan en la limpieza del calzado, aunque otros utilicen esos mismo productos para pasar a mejor vida. De sus servicios usan hombres y mujeres, gente mayor y colegiales.

Y junto a los limpiabotas y las cocineras, los puestos de cambistas de dólares, euros, pesos argentinos y chilenos, reales brasileños, y la gente que toma asiento en bancos improvisados para dar cuenta de un plato de apetitosa comida antes de seguir su camino, y los vendedores callejeros de material escolar y electrónico, de perfumería y droguería, de barajas, alcoholes caseros, de chorizos de caldos, asaduras, salteñas[3], decenas de periódicos, más leídos que comprados. Y enseguida, cuando ascienda el día, harán aparición los vendedores de fósiles, los que os ofrecen cerámica precolombina o restos arqueológicos, y los vendedores de helados que trabajarán hasta que la temperatura ronde los cero grados y el día naufrague en un cielo intensamente estrellado, que tientan a los fieles que entran o salen de la iglesia de san Francisco en uno de cuyos altares se celebra el culto a la devoción de un <<Señor Santiago>>, que más que matamoros, protege de las tormentas y los rayos, en una muestra más de sincretismo entre la religión católica y la de la población originaria, los mendigos, los abogados que atienden a sus clientes, familias enteras o grupos de campesinos, los representantes políticos que ayudan o prometen logros a sus paisanos y electores, antes de dirigirse en comitiva a las oficinas centrales de gobierno, las floristas para vivos o para muertos, las cabinas telefónicas andantes, esto es, cholas[4] con un teléfono móvil atado con una cadena a la cintura para que no se lo arranquen.

            La traza de la plaza es consecuencia del encargo realizado al alarife[5] Juan Gutiérrez Paniagua en 1546, nombrándole agrimensor para que levantara traza de la población, <<con calles derechas, plazas y solares>>, y diseñara la ciudad colonial de La Paz, con el sistema clásico de cuadras alrededor de una plaza de Armas, la actual Murillo, pero en ese lugar se dividía la ciudad indígena y la ciudad española y enseguida criolla.

La plaza de San Francisco, que se prolonga en una plaza de los Héroes, es, como dicen con orgullo los bolivianos, un <<Hyde Park, versión aymara>>; pero es mucho más que un Hyde Park porque en esa plaza, además de hablar, de perorar, de discutir o de arengar, se vive, se come, se bebe, con o sin challas[6], se comercia, se expresan ideas y se alivian los humores.

Esa plaza es a ratos el mejor exponente de lo que puede ser el melting pot boliviano>>, dice un escritor blanco, cuando la realidad es que la multiculturalidad boliviana, la convivencia de etnias y culturas es mucho más conflictiva que todo eso, y ahí también aflora, a ratos de manera civilizada y ceremoniosa, y a ratos de manera bronca, esa realidad compleja de etnias que han convivido en el enfrentamiento y la exclusión. Solo haciendo literatura se puede sostener que esa plaza es un espejo de pacífica e ideal convivencia multicultural y solo eso. Esa es una moraleja que no va con la vida real que en esa plaza se muestra a diario. Y es que en Bolivia conviven, más mal que bien hasta ahora, 36 etnias diferentes, entre indígenas, blancos y mestizos. Y entre los blancos los hay criollos, nacidos en La Paz, e inmigrantes e hijos de inmigrantes que van desde españoles huidos de la guerra civil española o de la hambruna, a croatas que lideran el actual autonomismo separatista de la clase dirigente, pasando por alemanes o gringos que han adquirido inmensas propiedades aunque sus títulos de propiedad a veces no aparezcan por parte alguna. Todos los que conforman o representan el espeso y complejo tejido social de Bolivia se han dado cita en algún momento esa plaza, aunque sea de paso.

 

Si el indigenismo boliviano es una realidad nueva al menos en su aspecto político, también lo es la multiculturalidad efectiva y forzosa, y el profundo y no siempre cómodo mestizaje que de ella se deriva. La cuestión de la diferencia de razas y etnias está lejos de ser una realidad no conflictiva mientras en un <<nosotros>> de derechos iguales, no entren <<los otros>>. Eso pensamos desde nuestra realidad codificada. No formamos parte de los pueblos originarios.

Por esa plaza pasan las concentraciones multitudinarias en apoyo de un régimen político difícil de desentrañar y hacer inteligible desde la posición del eurocentrismo, pero hay que admitir que ahora mismo gobiernan aquellos cuya existencia parecía no tener otro sentido que ser gobernados, los olvidados de la historia colonial, republicana, neoliberal: la población originaria, que sí, que dará mucho color local a la plaza, pero representa un mundo que se expresa en lenguas de origen remoto, que tiene cultos, costumbres, medicinas y hasta leyes brutales, propias y privativas, que nos resultan ininteligibles o de difícil comprensión a los europeos del siglo XXI, más jacobinos que otra cosa, acostumbrados a relegar las diferencias al terreno del folklore y, si resultan conflictivas, a que queden bajo el dominio de la codificación napoleónica.

El pasado 4 de mayo, en esa plaza, a cuatro mil metros de altura, se reunieron miles y miles de indígenas venidos con mucho esfuerzo de pueblos perdidos del altiplano boliviano, los llamados cocaleros, cultivadores de la hoja de coca, cuyo cultivo defiende con ahínco el presidente Morales, y los llamados <<ponchos rojos>>, indígenas radicales calzados de sandalias, cubiertos con sombreros, que desfilan en formación cuasi militar, silenciosa o rugiente, con un temible látigo de llameros[7] cruzado a la espalda y a veces un teléfono móvil en la mano. La tecnología no esta reñida con el indigenismo. El indígena no quiere regresar a la edad de piedra, como le acusan los blancos de orden.

Para la gente de orden, en esa plaza, en lugar de expresión cívica, hay un habitual y tramposo reparto de cartuchos de dinamita y un calentar cabezas para dirigirse en protesta al palacio presidencial de la plaza Murillo, en la cuadriculada ciudad colonial. Pero es mucho más que eso. Ahí se encuentran los que son nuestros iguales y nos identifican, y los otros, los que conforman nuestra otra cara y a quien aun así los bolivianos llaman de manera ejemplar <<Hermanos>>.

Allí en la plaza, conforme avanza el día se dan cita los charlatanes que tras ejecutar juegos de manos para atraer la atención del público, proclaman la virtud de plantas amazónicas que probablemente la botánica de Linneo desconoce, pero no así la de los laboratorios farmacéuticos, japoneses o no, que saquean la Amazonía, remedios, con <<sabor a selva>>, contra las <<lombrices de los ojos>> o la sífilis, tanto da, vigorizantes y energizantes <<para ellos, que tienen una enfermedad a la que llaman estrés>>, remedios milagrosos por supuesto, porque sin milagro no tiene interés alguno escuchar la incesante palabrería, y junto a ellos, los vendedores de dividís o cidís, positivamente fraudulentos, y de captadores portátiles de ondas satelitales que de funcionar permitirían asomarse a domicilio a mundos asombrosos y codiciar productos en los que dejar el pellejo.

Y mezclados con los vendedores de milagros, están los adivinadores del porvenir, los curanderos o cuando menos sus agentes, los anunciadores del fin del mundo o los líderes políticos improvisados que arremeten contra la conquista española, el pillaje de los gringos y las multinacionales de las minas de plata y oro, y los pozos de petróleo, o contra algunos de sus actuales políticos y gobernantes porque <<¡No son indios, no son pobres!>>.

A su lado, en otro corro, si los paisanos no discuten sus diferencias ideológicas, con una elegante cortesía y un respeto que hace ver el sentido de la dignidad que tienen, los payasos improvisados arrancan risas de oro o descarnadas y los malabaristas asombran a los campesinos, en dura competencia con el que de manera vibrante refuta a Charles Darwin demostrando que no descendemos de los primates, sino de los diplodocus y tal vez de los extraterrestres, novedad esta que es acogida con notorio alivio y muestras de asentimiento por buena parte del público, al que el inminente anuncio del fin del mundo y su fuego eterno por parte de predicadores con aire de tartufos o de bandidos, incomoda de manera notoria. No pocas violentas discusiones políticas terminan con un sorpresivo: <<Aquí estamos para ser felices>>. Y todo envuelto en el intenso humo y aroma de la asadura de carnes y chorizos.

En realidad todo el centro de la vieja ciudad de La Paz es un inmenso zoco, sobre todo las calles que confluyen en la plaza de San Francisco, desde una zona de intenso comercio callejero que arranca entre las calles Max Paredes y el llamado barrio Chino, de la Avenida Argentina, que forman un todo comercial, laberíntico, de busca humana, desgarrada, rica, pobre, olorosa de especias y escenario de una literatura negra y donde la magia, o cuando menos las ceremonias con ella relacionadas, tienen su espacio real en dos o tres calles adyacentes a esa plaza especializadas en venta de objetos para ceremonias magico-religiosas de la religión aymara centrada en el culto a la Pachamama, la diosa tierra, o Supay. Calles en cuyos rincones están sentados los yatiris que leen el porvenir en las hojas de la coca y que el actual gobierno indigenista ha capacitado para ejercer en centros oficiales de salud[8]. Y al lado de los yatiris y curanderos, la ferretera que os susurra furtiva si necesitáis oro y cerca, en un rincón de la plaza, los joyeros y los compradores de oro en bruto, armados hasta los dientes con armas cortas o largas, las que son objeto de tráfico intenso en el vecino barrio chino, donde se puede encontrar de todo, lo legal y lo ilegal, lo cultivado y lo furtivo.

Por si fuera poco, una vez al año, en la fiesta móvil del Gran Poder[9], la plaza es atravesada durante casi veinticuatro horas ininterrumpidas por las comparsas de danzantes de la morenada, una fiesta medio religiosa, medio pagana que reúne a unos 50.000 danzantes vestidos con trajes muy barrocos y muy costosos, cargados de oro y plata[10], que utilizan máscaras que hacen referencia a personajes míticos, a usos venidos de Asia o están inspiradas en la conquista y dominio virreinal español (aunque estén expresamente prohibidos en esta ocasión los disfraces de arcángeles y de virrey).

Esa es la fiesta mayor de la ciudad de La Paz. La hora de salida de los diferentes cortejos que pasan por la plaza camino de la iglesia del Gran Poder es la seis de la mañana. Durante más de dieciséis horas, por la plaza pasan de manera incesante miles y miles de bailarines a un ritmo machacón y obsesionante, el que marcan las comparsas de atabales, trompetas, tambores, que van con cada grupo, un ritmo que embriaga y seduce, en un alboroto atronador de petardos, cohetes, carracas, cascabeles de gran tamaño y, durante el trayecto nocturno, continuos fuegos artificiales, mientras en los márgenes se azuzan los fuegos y no acaban nunca de disiparse los humos de la pólvora y de los faroles de aceite, de los hornos y fogones donde se asan y fríen las asaduras de gorrín, de pollo, de vacuno, para atender los comedores improvisados que reúnen a familias enteras, a extraños y a vecinos, que comparten el asado de cerdo y los incesantes tragos.

Al lado de las parrillas y fogones, se instalan los adivinadores zodiacales o no del porvenir, las loterías y juegos de azar a cada cual más extraño, los puestos de dulces y de bebidas. Una fiesta que conforme cae la noche se convierte en una embriaguez colosal de la que al espectador le es difícil alejarse, porque el espectáculo de la calle se renueva constantemente e hipnotiza, y el que cree estar de paso y ser solo testigo, forma parte del espectáculo y se confunde con él, le guste o no. No hay lugar para los melindres.

Con otras vestimentas y, en parte con otra gente, que sin embargo parece la misma, unida en el indigenismo y la pluriculturalidad, el día 21 de junio, fecha del Año Nuevo aymara, la plaza vuelve a llenarse con otros ritmos, otros instrumentos y otros danzantes cubiertos con los ponchos llenos de color del altiplano o esos otros que vienen de lejos, como los jalq’a, en cuyo tejido de apariencia solo lineal y colorista se expresa un mundo, el Mundo, el visible y el invisible, utilizando un lenguaje oculto, casi secreto, para hablar de Supay, el señor de la oscuridad, el silencio y las profundidades y de sus habitantes innombrables. La razón del comercio y sus monedas contantes y sonantes no está reñida con lo que nuestro eurocentrismo jacobino califica de supersticiones y solo supersticiones. Nuestra realidad no es la única posible. Nuestros anteojos culturales nos ciegan.

Una plaza, un teatro, un preciso lugar urbano, cuyo agotamiento, en el sentido que le dio Georges Perec a su ejercicio literario de inventario y catalogación de un rincón de la place Saint Sulpice parisina se presenta como un intento vano, porque no es la rutina, ni siquiera lo azaroso y pintoresco, como engañoso material literario, lo que ahí brota esperable o sorpresivo a borbotones. Es la vida de la ciudad perdida en el tiempo la que la atraviesa y hace palpitar como un órgano vivo, inagotable, con su bronca e inacallable respiración. Ahí no se puede ser perezoso de mirada, no se puede pasar de largo. Ahí se produce por fuerza el encuentro con el Otro, con lo Otro, con lo que no somos o somos sin saberlo. En la plaza de San Francisco de la Paz permanece viva la ciudad tal y como fue y ha sido olvidada, convertida en mero dormitorio o en oficina o en museo o en escenario de espectáculo organizado: tablado de un Gran Teatro ingobernable.

 

Miguel Sánchez-Ostiz

La Paz, 20 de Mayo de 2008.

 

[1] Etnia mayoritaria del altiplano boliviano cuyo epicentro es la ciudad de La Paz, aunque no sea la capital estricta de la república, pero sí la mayor capital indígena de América latina.

[2] Muy pequeñas furgonetas japonesas que hacen servicios de taxi entre los barrios periféricos y el centro,

[3] Una suerte de empanada muy sabrosa que encierra una mezcla de salsa más o menos picante y picadillo de carne, entre otros ingredientes.

[4] Forma familiar y habitual de nombrar a la mujer andina vestida de una peculiar manera, con superposición de faldas (polleras), chales y cubierta con un sombrerito tipo borsalino de origen incierto.

[5] Equivalente a arquitecto en la época.

[6] Ofrenda a la Pachamama, la tierra, consistente en arrojar al suelo una porción de lo que se bebe, ya sea cerveza, alcohol casi puro o chicha, la bebida de maíz fermentada.

[7] Pastores de llamas.

[8] La Razón, 5-V-2008, pág. A28.

[9] Este año de 2008 se celebró el domingo 18 de mayo.

[10] Se calcula que este último año la fiesta ha movido 26 millones de dólares USA.

*** El artículo se publicó en la revista Secolul XXI, de Bucarest, en 2008 o 2009, de ahí las notas destiandas al lector rumano. Tal vez sea este mismo texto el que publicó luego Mariano Baptista Gumucio en una recopilación de textos sobre La Paz.

 

De Llallagua a Cochabamba

 

JUNTO a la bocamina de Cancañiri, una de las antiguas minas de estaño de Patiño, en Llallagua, al norte del departamento de Potosí, a más de 4.000 metros de altura, están las paredes del frontón de pelota vasca más alto del mundo. El frontón se recorta contra un panorama duro, desértico, salvaje, de un color verdiamarillo de la paja brava y la llareta, barrido por el viento. Pero al margen de curiosidades, en Llallagua permanece vivo el recuerdo de la guerrilla guevarista de 1967 y sobre todo de la matanza perpetrada por el ejército la noche de San Juan de ese año. Un recuerdo, entre muchos otros, en el que fundar un presente hecho de reivindicaciones sociales largamente silenciadas y diferidas.

Al amanecer, en Llallagua, los mineros arrancan cerro arriba a meterse en las galerías de las bocaminas para buscar vetas propicias y arañar el mineral. Cerrada la explotación industrial, ahora mismo se explota con medios rudimentarios propios de un grabado del siglo XVI o del tratado de Barba. Está lejos de agotarse la minería boliviana y con ella la fuente de divisas con las que pagar proyectos políticos de varias clases. Cuando se creía agotado el mineral, algo más abajo, en Huanuni, han encontrado un filón de estaño extraordinariamente rico.

En otro clima más amable, en las terrazas de El Prado de Cochabamba y en las mesas de los restaurantes de la jijelife local, donde <<no entrarán nunca los cholos>>, se conspira abiertamente contra el gobierno de Evo Morales y contra el revocatorio del próximo diez de agosto. Los comentarios van de la burla al sarcasmo, como si se esperara que sucediese algo irreparable. Se trata de tumbar a Morales, a pesar de que las organizaciones obreras e indigenistas digan que el proceso político que llevó al MAS al gobierno es irreversible, y eso que entre los indígenas originarios hay ya rumor de fronda contra el gobierno.

Cochabamba es la puerta del Chapare, la región que más coca produce de Bolivia; una coca inapropiada para ser mascada y muy apropiada en cambio para ser procesada para obtener cocaína (a cinco euros el gramo), cosa que preocupa más a unos que a otros, felices de haber expulsado a los norteamericanos de USAID.

A otra gente, menuda y numerosa, lo que le preocupa es lo que pueda pasar con las expulsiones <<racistas>> de inmigrantes por parte de las autoridades españolas. Un asunto que la prensa boliviana azuza sin recato, confundiendo la declaración de derechos humanos con la normativa particular de los países. Las acusaciones recíprocas de racismo se suceden.

Entre tanto, en las calles de Cochabamba, con la dulzura del aire, el lujo de las buganvillas, las hojas rojas del pascuero y las palmeras, a la vista de las manchas nevadas del Tunari, permanece vivo el recuerdo de un brutal asesinato de tinte racial que ilustra de manera clara la profunda división de la sociedad boliviana.

En enero de 2007, se produjeron unos enfrentamientos extraordinariamente violentos entre campesinos cocaleros y lo que se ha dado en llamar <<clase media>>, un fenómeno bastante singular al que no se le presta la atención que merece. Los cocaleros habían tomado Cochabamba e incendiado la Prefectura –todavía pueden verse las huellas-. Hubo persecuciones callejeras de blancos, t’alas, y apaleamiento de c’alas, indígenas. Entre unos y otros, más de 60.000 personas enfrentadas ocuparon las calles. Hubo tres muertos y cientos de heridos.

Entre los fallecidos, Cristian Urresti, de 17 años, que había salido con toda su familia a la calle para protestar, de manera legítima, contra la ocupación de la ciudad por parte de los cocaleros. Urresti murió apaleado cuando intentó proteger a su padre del ataque de unos campesinos (que la versión oficial reduce a <<matones>>) y fue colgado de un árbol en las puertas de una coqueta capilla metodista. En ese lugar se encienden a diario velas y se ponen ramos de flores en recuerdo del muchacho. Asunto inolvidable, como tantos otros, perpetrados ora por unos, ora por otros. La memoria histórica tiene dos direcciones; conviene no olvidarlo. No ha habido detenciones y los testigos presenciales de los hechos han sido presionados para no hablar. La fiscal encargada del caso ha cerrado una investigación oficial cerrando el paso al hallazgo de los autores del crimen. La de la ineficacia de la administración de justicia boliviana es una queja generalizada algo más que callejera. Es de temer que Cristian Urresti fue asesinado por blanco más que por otra cosa. Ese mismo día, en otra calle, un joven asesinó a tiros a un cocalero que dejó a su espalda una familia en la penuria. Su asesino, en cambio, sí fue detenido, juzgado y condenado. Dos medidas, dos países, dos mártires, dos cultos, como mínimo claro, en la geografía de las treinta y seis etnias, y los pueblos que se reconocen apenas y que conviven apartados, ajenos a elementales principios de igualdad, legalidad y esa fraternidad que nos resulta inalcanzable.

*** El artículo, enviado al diario ABC, de Madrid, nunca se publicó. Mayo o junio de 2008.

El barco fantasma

 

índiceEL Etireno estaba en algún lugar del golfo de Guinea con una carga inquietante a bordo, la de la infamia. El Etireno era un barco con un anunciado cargamento de niños esclavos a bordo que había salido de las tinieblas de África (el título es de Stanley) rumbo a otro oscuro infierno. Era una de esas noticias que aparecen con rara constancia por los arrabales de los noticieros y que nos estremecen y que para nuestra tranquilidad desaparecen de seguido, regresan a las sentinas de las que han salido, cuando no se hacen rutina del horror, cosa sabida. Hay esclavitud, de niños, en África y la hay en Rusia y en Extremo Oriente. La hay de niños y la hay de adultos. Un estupendo escritor de Costa de Marfil, Ahmadou Kouruma escribió una portentosa novela sobre los niños soldados, nada de Stephen King, nada, la cruda realidad y más sobrecogedora si cabe: Allah n’est pas obligé. África no dejará nunca de sorprendernos, de ofrecernos un siempre renovado repertorio de horrores: las dos monjas acusadas de genocidio sentadas en un banquillo belga de acusados es una imagen que produce perplejidad y pocas ganas de asomarse a las trastiendas. El Etireno, hecho barco fantasma, estaba ilocalizable en algún lugar del golfo de Guinea y de la noche, perseguido por los noticieros más que por justicia alguna. Los de tierra temían que los negreros hubiesen tirado su carga al mar para desembarazase de las pruebas. No era su primer viaje. Ni será el último. Se hablaba con pachorra del precio pagado por cabeza: tres mil pesetas. Alguien tiene toda la información y las pruebas documentales y testificales que no irán a parar a tribunal alguno. Es un horror que no tiene remedio. Se diga lo que se diga. Vimos imágenes de niñas minúsculas que hacían de esclavas o algo así, con un propósito informativo cuyo alcance se me escapa como no sea el de una eficaz puesta en escena. Y cuando el Etireno atracó en el puerto de Cotonú, a bordo había un cargamento de gente enfurruñada, derrengada, baldada, con sus hijos a cuestas, camino, dicen, quién sabe, de mejores vientos, camino del Norte incierto, camino de la libertad o también de otras formas más sutiles de esclavitud, que ese parece ser el precio cierto de algunas libertades. Y luego aparecieron algunos niños que parecen mudos y son los verdaderos testigos y nada dicen. Enigmáticos, atemorizados, zampando. Y la noticia que se desinfla, aunque deje un rastro de tensión en el aire, un hueco de inquietud. Verdad o montaje informativo, tanto da. Aire de la época, eso sí. El Etireno, un barco que nos ha tenido en vilo. A unos más que a otros. Estábamos de vacaciones. A lo nuestro. Y el barco, lejos, fantasma puro, en el golfo de Guinea, donde rigen otras leyes, donde viven otros seres cuya vida no suele valer nada, menos que nada. Un barco mugriento, ¿no?, que navegaba en la noche, en las aguas internacionales, en las aguas de nadie que ley alguna rige y que ha dejado una inquietante estela. [20.4.2001]

*** Artículo publicado en la revista Época, Madrid, 23-29.4.2001, p.169. Fue mi primera y única publicación en aquel panfleto.

Japoneserías

P-1A Pierre Loti le gustaba mucho andar disfrazado. De hecho, el marino Julien Viaud, se pasó toda la vida disfrazado tejiendo una espesa trama de imposturas, de dobles y triples vidas entre soñadas y vividas por las buenas, de máscaras sucesivas entre dudosas y convincentes: imagen secreta de la intimidad solitaria de cada cual. Loti anduvo disfrazado de árabe y de chino y de bretón y de egipcio y de mago y de militar y de dandi y casi, casi hasta de vasco, cuando echó el ancla de su vida en Bakar-Etxea, en la bahía de Txingudi, junto a su cañonera Le Javelot y escribió su Ramountxo, espejo en el que han mirado no pocos impostores profesionales. En su época la gente se disfrazaba mucho, más que ahora, y vivía por temporadas a la china, como si el rodearse de pebeteros y japonesería de contraplacado y falsas lacas y más falsos paisajes orientales y farolillos de pacotilla pura fuera el colmo del lujo, del refinamiento, la puerta falsa por la que escapar a la grisura de los días, por la que huir allá lejos, como escribía agonicamente Baudelaire. En los bazares fronterizos del tiempo ido vendían pebeteros de loza azul vagamente orientales de factura con sus dragones de reglamento en relieve y alguno llegaba tarde en la noche y bizco de manos a su Bakar-etxea particular con aquel chirimbolo indescifrable en el bolsillo y allí se quedaba el chisme, como un fetiche de las lejanías, para guardar botones. Hace un tiempo, en el valle en el que vivo, me invitaron a visitar unos gabinetes de japoneserías. Algo asombroso. Afuera la niebla, las esquilas d elas yeguas y en el interior sedas, lacas, lámparas de papel,  rojo fuego, amarillos, dragones… Quién demonios pudo haber vivido allí, a orillas del Bidasoa, rodeado de farolillos chinos, lacas y sedas rojas y negras, penumbras húmedas, entre fumadero de opio de Barrio Chino y decorado para sayonara. Pongamos (por poner, por cosa de la novelería) que fuera uno de aquellos Centauros de Pirineo, mandarines de la paquetería de las mugas, que resultan mucho más atractivos en el papel que en la realidad de sus pasos fronterizos, y que llevó a sus papeles ese novelista olvidado que es Félix Urabayen. Máscaras, escenarios, disfraces, algo de ruido: a lo dicho, arte de novelería, arte de lector, arte de salir de uno mismo.

 

 

Patagonia Express

A Luis Sepúlveda le conocí en Madrid, un día de finales de Mayo de 1994, en una comida que probablemente fue, creo, un si es no es tumultuosa, más que nada porque me parece que había por allí un poeta arrebatado y gritón que ponía pingando a todo bicho viviente, que es oficio de poeta en campaña, como todo el mundo sabe. Y es que al berreo se le llama vitalidad, entre otras cosas. Sea. De la misma forma que a la difamación, a la burla, a los celos, algunos clarinetistas de postín les llaman “la sal de la literatura”. Cominerías. Afortunadamente comimos en un extremo de la mesa, y bebimos y hablamos hasta que él se fue a firmar ejemplares a la feria del Retiro. Sepúlveda es un conversador nato, un entusiasta contagioso y uno de esos seductores que saben como capturar, como hacerse, como vivirlas en el fondo, historias geniales, las que aparecen en este Patagonia Express, emocionantes, rebosantes de entusiasmo y de celebración de la vida. Llevaba una ballena de plata al cuello. Yo había leído un libro suyo, Mundo del fin del mundo, y me había quedado de inmediato cautivado por esa Patagonia o esa Tierra de Fuego de la que me había hablado un poeta chileno que aparece y desaparece de mis historias, Adolfo de Nordenflycht, y que también había leído en el extraordinario libro de Bruce Chatwin a esos confines dedicado. Un territorio que nunca perdí la esperanza de ver alguna vez (porque no pongo empeño alguno en ello), pero que desde entonces, fue el telón de fondo de esa No existe tal lugar de mis desvelos y el acicate de un viaje que concluyó cuando metí los pies en el agua del estrecho de Magallanes, en una playa sucia, junto a la ciudad más asutral del continente americano: Punta Arenas.

Aquel día de primavera madrileña hablamos de ballenas, de barcos, de viajes, de viajeros, de literatura, de un congreso de escritores del viaje y la aventura que se celebra todos los años en Saint-Malo… Casi, casi, aquella comida pudo haber acabado como una de las historias espléndidas, arrebatadoras, que componen este Patagonia Express: su encuentro con Bruce Chatwin en Barcelona y su casi inmediato propósito de salir disparados hacia la Patagonia. Sepúlveda, un escritor de viajes, sea, y algo más, bastante más. Tiene un estilo natural y eficaz, que evoca de manera engañosa el relato oral, porque tiene rasgos de gran estilo. El suyo, sus viajes, tienen poco que ver con un inventario de cosas vistas -Desde aquel lejano Rien que la terre del mítico Paul Morand (y otros autores también) a Il mondo cho e visto de Praz- y mucho, bastante más con las historias vividas. Nos separaban muchas cosas, nos unían otras. El es un viajero. Yo no lo soy, y hasta se me han pasado las ganas de decir, sin venir mucho a cuento y a modo de gansada, aquella cita de Lezama que a muchos les sirve de excusa para no leerlo a fondo jamás: <<Pocas personas habrán viajado tanto como yo entre las paredes de mi biblioteca>>. Sepúlveda me hablaba de los escritores de gabinete (casi todos los españoles), los que necesitan un espacio preciso, casi un escenario, y de cómo él, para escribir, no necesita ese gabinete -no le hace falta este secreter de indiano, aunque en él acabe iluminándolo-, sino espacios más amplios, más abiertos, el requerimiento del viaje. Lo explica muy bien en ese libro: le basta con una mítica moleskina y una tabla de panadero en la que apoyar sus papeles. Y además se nota que es veraz. Un escritor de gabinete jamás habría escrito estas historias americanas (incluida la del pariente de América que cierra el libro de manera contundente y obliga al lector a quitarse el sombrero).

Importa sin embargo el lugar donde leemos ciertos libros. Este Patagonia Expres, leído desde uno de esos lugares donde uno se siente bien, de los que habla Sepúlveda, a pesar de todo, a pesar de los pesares, es una forma de vivir la propia casa, el paisaje como una segunda piel. Leer ese libro de viajes desde un rincón perdido, en el rincón del fuego de una casa vagamente perdida en una geografía que les dice poco a quienes en ella no vive, con el viento del sudoeste silbando por la chimenea, es también una forma de viajar, es, como decía Jean-François Fogel al hablar de Paul Morand, admitir que “siempre tiene que haber alguien en movimiento para pervertir a los que están en reposo”. Y es, sobre todo, una forma de comprobar el poder de seducción de esa literatura sostenida en las historias verdaderas y en las vidas de los hombres: escribir con verdad.