Un hombre categoría

 

peine-del-aire-chillidaAL margen del valor y la calidad incuestionable de su obra, Eduardo Chillida aparece como un <<hombre bueno, noble y limpio>>. Así lo calificó de manera justa y emocionada su amigo el científico Pedro Miguel Etxenike. Yo no tuve la suerte de conocerlo, pero he seguido con algo más que interés desde hace mucho su obra escultórica, sus apariciones públicas y sus palabras. Chillida no defraudaba nunca, siempre sacabas algo en claro, precisamente en claro. Y hasta es posible que en apret hasta esté ahora mismo escribiendo estas líneas por eso. No hay arte verdadero que se admire y se interrogue de manera impune. La forma en que una obra escultórica como la suya cala en nosotros, nos seduce, provoca y pasa a forma parte de nosotros y de nuestra manera de ver el mundo y es misteriosa de ganas. Aquello que nos ha emocionado de manera intensa cuando éramos jovenes e íbamos componiendo nuestro rompecabezas, nuestro pequeño gran mundo, sigue ahí, forma parte de nosotros, es una más de las piezas que nos han hecho ser lo que somos, irrenunciable por tanto.

Sus palabras estaban cerca de la poesía, lo eran a veces, y, sobre todo, cerca de ese esfuerzo sostenido de pensamiento que profundiza de manera directa en el sentido de la propia existencia, del arraigo o desarraigo en el mundo, de nuestro lugar en el mundo, nunca de manera aleve o gratuita, siempre con tensiones, con verdad. Ahí, por ejemplo, una escultura memorable como es la nombrada con resonancia de un verso de Gabriel Aresti: Gure aitaren etxea (La casa de nuestro padre). Pensar las cosas, pensar la propia condición, no dejarse ir y dejarse vivir a cabo, por costumbre, por rutina, resistir a las escorreduras, estar en lo que se celebra por el valor de lo que se hace no por sus consecuencias, hacerlo como quien camina pisando arena, entre la ligereza y el esfuerzo, como si las cosas, las palabras, las formas fueran huellas de sus caminatas por las playas donostiarras junto a Pilar Belzunce. Claridad, inteligibilidad, en lugar de expresiones de recio y apretado discurrir: palabras y obras del tamaño de sus manos. <<Siempre intuí que sus esculturas poseían un interrogante filosófico>>, decía Cioran.

Lo que hizo como escultor ya se sabe, o en todo caso yo no voy a descubrirlo, lo que queda, en cambio, su legado, eso es para mi ahora casi más importante, porque no es material o no lo es del todo. Tiene que ver con una conducta ética, civil, respecto al propio trabajo y respecto al país en el que vivía, la comunidad y a las personas una a una, algo que destacaba luminoso en sus apariciones públicas, en sus palabras, pocas y jamás gratuitas, en su lucidez y en sus muestras de amor hacía el País Vasco del que se sabía un árbol más.

María Zambrano habla del valor de la transparencia y de la forma como medios de lograr una identidad entre lo se es y lo que se muestra. Eso es algo que brilla de manera tan intensa y singular en el caso de este hombre y su tarea.

Y ahí aparece un valor más importante, el de lo magistral, el de la enseñanza vital de los hombres singulares, notables, que así gusta de emplear la expresión Carlos Castilla del Pino; gente que enseña más que exhibe o muestra, o que enseña mostrando su obra y la sencilla transparencia de la propia vida, y que la hace ser nada menos que querida, ahí es nada, querida, por necesaria. Quienes se acercaban a su peine del viento, que mira hacia donde nacen las olas, ese lugar que fue para él uno de sus genuinos interrogantes, era una gente sencilla que expresaba con pocas palabras su estima y su respeto y un afecto que pocos artistas concitan. Aquellas obras y muchas otras no les eran ajenas, las sentían parte de si mismos. Toda una lección.

Se me da que el suyo es un legado de valor incalculable, porque de valores trata, que tiene que ver con la noción de esfuerzo y trabajo, de bien hacer (esa limpieza a la que se refería Etxenike), de tenacidad, exigencia, ambición intelectual, autoestima, compromiso ético y con la época que nos ha tocado vivir, de sueño, de voluntad de invención y de creación, poco o nada con la bambolla, con el éxito social, con las tablas. Era un raro. Estaba y no estaba. Toda esa obra ingente, gigantesca hasta cuando atacaba papeles íntimos y delicados (japoneserías) está construída al margen de los ruidos mediáticos, pero en la afirmación de la propia tarea más que en la negación de la ajena. Que ese legado sea recogido, depende de cada cual, de quien se acerque a su obra con limpieza y con los menos prejuicios posibles.

Ahora que no habrá más palabras, ahora que queda su hueco -<<Lo vamos a echar mucho de menos>>, decía Juan mari Arzak-, su ausencia como una obra más, en Zabalaga precisamente, sólo sé que su obra no puede ser vista, admirada, interrogada de manera impune. Induce a la emulación. Y no somos escultores. Lástima. Nuestro trabajo es otro. A cada cual el suyo. Categoría, un hombre de categoría.

*** Bilbao, Pérgola, Nº 122, Octubre de 2002.

Item más de 2015. Nunca llegué a conocer. Le tuve devoción, mucha, desde lejos. Una exposición suya, en Pamplona, en 1973 me costó una agarrada a puñetazos con mi padre (ya lo cuento en otra parte). Él habló con desprecio de mis poemas, como saben Leopoldo Zugaza y Bernardo Atxaga por cuenta de unos poema publicados en una revista de lujo que nunca llegué a tener Hegalez Hegal (1981).

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