El castillo de Montaigne

ob_53c12aa7f2cb767cdbb39897c3037f80_p1010109Pues bien, solo puedo decirle que el día que me propuso que fuéramos a visitar el castillo de Montaigne tuve la certeza de que era la última vez que le veía, y así sucedió… Conoció a aquella actriz, poca cosa, mucho ruido y luego nada. Estuvo con ella en el festival de cine. Y a la vuelta, si es que volvió, que no lo sé, empezó a llevar una vida escondida, retirada, secreta diría yo, cómo si se hubiese propuesto enterrar todo lo anterior, como si hubiese estado esperando el momento oportuno en el que poder dar la vuelta a las cosas y empezar a hacer aquello que siempre había deseado hacer, ser la persona que siempre deseo ser, no como sus amigos… Esto ocurrió ya hace varios años y de lo que haya hecho durante ellos no he tenido otras noticias que las que he podido leer en los periódicos, sus películas… Cierto, su éxito, desde el primer momento, algo envidiable… Todo lo demás, todo lo que a usted parece interesarle, lo he olvidado y no tengo ninguna fotografía de las que usted busca y de las otras tampoco. Yo, por otra parte, no aspiro a otro perdón que a ser olvidado… ¿Cómo? Ah, sí, la historia de Paquito Arderius, tiene usted razón. No me acuerdo de nada, de nada. Es inútil que insista. Así que no sé si voy a poder ayudarle ni creo que encuentre nadie que lo haga… ¿Cómo era de joven? Pues no lo sé, ni creo que encuentre a nadie que lo sepa, fue un experto simulador. Era muy suyo. Pero aquella última burla. No tenía porque haberlo hecho, él debió de creer que me sentiría halagado por su propuesta de ir a visitar un lugar que suponía tenía un interés para mí, sin darse cuenta que yo ya no tenía interés alguno en ir con él a ninguna parte. Tal vez fuera una última mofa, y quisiera ver cómo me entusiasmaba con algo que a él en el fondo le había importado un comino siempre. Hacía estas cosas a menudo. Sí, no crea, no, detrás de la máscara que usaba de circunspección ocultaba otra de resentimiento, esa forma de doblez y de desconfianza, de pasar por lo que no se es, que se da tanto en los ambientes cerrados, apartados, esos mundos rurales tan auténticos, sabe usted, me extraña que no hubiera hecho un peliculón de esos en que el chico y la chica bailan en la plaza del pueblo o en el frontón debajo de los farolillos de colores, todo muy limpio, muy natural, muy humano, y hasta emocionante, sí, pero él no era de esos… Recuerdo bien haber asistido con él a alguna cena de compromiso, sabe, los políticos de hace unos años. Les gustaba jugar a tener un salón, un saloncillo, que daba en garito en seguida, o en pastelón de cerdos y archipiélago de vómitos que diría mi querido Torres Villarroel, claro. Pero él, antes de que dejaran de interesarse por todo lo que no fuera sus propias cosas, sus copas y sus bromas espesas, daba el pego. Hablaba de esto y de lo otro, les informaba de la marcha del mundo, de todas las sutilezas, de todos los matices, algo increíble, era un pozo de ciencia aquel hombre, se lo sabía todo, desde el rock japonés a la historia completa de Transilavania pasando por los recovecos de la electrónica y la inteligencia artificial… ¡Qué tío Paquito Arderius! Lo que llevó a la pantalla no es más que un pálido reflejo de las situaciones que él mismo protagonizó. Le escuchaban como a un orate y al salir de aquellas sesudas reuniones que daban en divertidas francachelas, debo reconocerlo, había que verle pegar zapatetas en la acera, como un enano de comedia, aquel que cantaba <<¡Mañana tendré yo al fin un príncipe que me sirva y tarará, tarará… nadie sabrá que me llamo el enano saltarín>>… ¿Qué ocurre señora? ¿Que no le hacen gracia mis bromas? Pues lo cierto es que los caricaturizaba sin piedad. En el fondo no tenía aprecio ni mucho menos piedad por nadie. Alguna vez le oí decir que no la habían tenido con él y que él no iba a tenérsela a nadie. Como ve, se trata de un juego de equívocos. Y luego su éxito tan fulgurante. Algo increíble, oiga, rotundo, eh… No me río, no tengo motivo alguno, como puede usted comprobar, y además tiene usted razón, sus crónicas urbanas fueron notables, excelentes si usted quiere, marcaron una época, también, sí, claro, aquella forma tan suya de ofrecer una visión cruda y a la vez sentimental de la realidad, el chico, la chica, la ciudad, el coche que atraviesa la ciudad de noche, la música como una queja, como un nostálgico lamento, esta bobada fue suya, por cierto, el mundo sin piedad, la falta de futuro… un éxito tremendo. Me extrañaría que tales materiales hubiese sucedido lo contrario… ¿Se ahoga? No se preocupe, si lo que quiere es que ponga en marcha el ventilador, le diré que no funciona, desde hace años, probablemente desde el último verano que él pasó en la ciudad, desde aquel comienzo de otoño, bellísimo, por cierto en que me propuso llevarme a ver el castillo de Montaigne… ¿Cómo ha dado conmigo? ¡Bah! Es lo de menos. Si no quiere decírmelo no me lo diga.

¿Su gusto por el lujo? dice usted. Si, cierto. Dicen que se hizo famoso por eso; pero eso explicable, señora. Se había pasado la vida arreando con cuantas zaborras y restos, heredados, regalados, comprados a bajo precio y hasta sustraídos que se le habían puesto por delante. Estaba harto de vivir con cosas de segunda mano. No había tenido otro remedio. Así que cuando el cinematógrafo le reportó beneficios, vivió lo que se dice a lo grande, eso al menos es lo que me han contado, se hizo un gran gastrónomo, un bebedor exquisito, nada de agua, buenas cosechas, sí, y cambio el ajedrez por el golf que era lo que de verdad le gustaba, los birdis y todo eso, y menudo salto de las reproducciones del reina Sofía a comprarse un Barceló… Sí cierto, Paquito Arderius tenía mucho éxito, como usted lo llama, con las mujeres, algo tremendo, de siempre, sobre todo desde que triunfó con sus películas… con “Noche de perros ciegos” sobre todo. Sabía cómo hacerles regalos, cajas de bombones, libros escogidos, flores, viajes… Muy delicado para todo eso… “El hermoso tenebroso”… No nada. El título de un libro. De Julien Gracq ¿No lo conoce verdad? No importa. Desde entonces dejó de ser un especialista en el porno de los videos de barriada… Ah, ¿No sabía esto? Fue un gran aficionado, sí, todo un especialista. Lo sabía casi todo sobre ese asunto y tenía grandes dotes, ocultas como casi todas las suyas, para ser un gamberro, un chulito de esos de barriada. Le gustaba frecuentar los ambientes sórdidos, gasolineras, billares, discotecas de las afueras, cuando nadie le veía. Tal vez estuviese ambientándose para los peliculones que después hizo…

¿Cómo dice? ¿Qué a ver qué opino yo de su muerte “a lo James Dean”? ¿Pero qué dice? Menuda bobada. ¿A quién se le ha ocurrido semejante cosa?… Usted lo que quiere es escribir la historia de Paquito Arderius como si fuera un héroe moderno para una generación de indigentes y no pienso colaborar en ello… ¿O no estará pensando en escribir una novela? Otro Jim Morrison… Ah, no sé, cualquiera sabe. Todo es posible señora, y escuchándole a usted todavía más, y yo le repito que no sé nada, lea la prensa de hace unos años, ahí está todo, sus entrevistas sobre todo, resultaba muy brillante hablando, sí, muchísimo, tenía muchas ideas, y comprendió los entresijos de su época como nadie, lo demás… Claro que se mató en un Porsche, le gustaban mucho los coches, pero eso no quiere decir nada, no fue el primer accidente que tuvo, como puede comprobar… Rebelde sin causa, dice. Juá… ¿Pero a quién se le ha ocurrido eso? Claro que tenía motivos para rebelarse, como todo el mundo, como cualquiera, como todos los que no están contentos con su suerte, yo mismo, señora llevo años entre libros y papelotes, recluido en este sillón, y ahora apenas puedo moverme.

Miguel Sánchez-Ostiz.

(El relato pertenece al libro inédito Bando de impostores)

*** El relato se publicó en Territorios, de El Correo, de Bilbao, un venrano de los años noventa del apsado siglo. Me lo pidió el mal nacido de Iñaki Uriarte que cordinaba los “relatos de verano”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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