Elogio de Antonio Pérez

 

antonio_perez_top  EL homónimo del secretario de Felipe II no tiene más relación con el monarca sombrío que su sostenida vecindad con los potentes retratos imaginarios que pintó Antonio Saura. Antonio Pérez, en su calidad de “amigo de los pintores”, tuvo mucha relación con Saura y con Millares, con Bonifacio y Javier Pagola, con Gordillo y con Equipo Crónica, pero también con Juan Marsé, Juan Goytisolo, Ramón Chao y José Miguel Ullán… y muchos otros, conocidos unos, menos conocidos otros. Su juvenil curiosidad le ha llevado a la pintura, la escultura, la literatura, coleccionismo lúdico y a mantener un extraño sentido entre festivo y serio, hondo, de la existencia. Visitarlo en Cuenca, en su enrevesada casa de la calle San Pedro, era una fiesta. Antonio Pérez es uno de esos personajes radicalmente singulares de la cultura española: afable, generoso, pícaro, divertido, entrañable, emprendedor, creativo y nada cicatero con la obra del prójimo. Su nombre está ligado a la editorial Ruedo Ibérico y sobre todo a la mítica librería La joie de lire, la de François Maspero, en el quartier Saint Severin, de París, donde hasta Bono compraba libros prohibidos (ahora sabemos), mientras otros mangaban a todo mangar bajo la atenta mirada del librero. Editor, librero (actor ocasional de cine como suele serlo la gente inquieta), coleccionista y un furioso buscador de objetos singulares. Hace unos años hizo algo que pocos hacen, tal vez porque pensamos que para qué, que qué más da (que es una de las armas más eficaces de la muerte): montar en Cuenca, con todos sus fondos y colecciones, la Fundación Antonio Pérez, en el Antiguo Convento de las Carmelitas, sobre la foz del Huécar. Un lugar vivo, privilegiado que hoy alberga una estupenda muestra de pintura contemporanea y los fondos de Antonio Millares y de Lucebert, y que se se ofrece como un laberinto de libros, pinturas, esculturas, objetos que a los que el azar les confiere una rara calidad de trampantojo, fotografías, grabados, motivos literarios.. Allí no hay rincón donde la vista no se detenga y pierda, y casi todo es un estímulo para el trabajo creador. Sólo por ver su obra, hoy, Cuenca, la Pequeña ciudad de la hablara el bohemio ful de Gonzalez Ruano, merece el viaje, vaya que sí.

*** Artículo publicado en El Correo, Bilbao, 2002

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