Una caravana en la niebla

UNA CARAVANA EN LA NIEBLA

APARECIO con las primeras nieblas del otoño. Pero sin duda llevaba más tiempo rodando por las carreteras y no la habíamos visto porque no habíamos reparado en ella o porque no había pasado por nuestra tierra. Es enorme la cantidad de cosas que no llegamos a ver por pura inadvertencia, por la famosa pereza del ojo, por estar pensando en otra cosa, en nada, en ese volver los ojos para dentro que deja completamente ciego. Se trataba de dos camionetas y un coche, descalabrados y apetachados, pintados de rojo, verde y amarillo, con estrellas y con el Circus que no falte, que rimaban con una pareja de camellos de aspecto curtido y apolillado, sobre poco más o menos, y con dos (o más) súdbditos de la antigua Yugoeslavia (por abreviar), porque tampoco ellos sabían explicar de una manera convincente de dónde eran, en ese italiano que chamullan y manejan con más convicción que justeza los que están acostumbrados a andar a la deriva por las tierras de nadie y los territorios fronterizos del antiguo Imperio Austro-Húngaro (y otros), los que fueron la patria del Von Rezzori que escribió Las memorias de un antisemita. Eso sí, fumaban el llamado “Winston patanegra”, el de los contrabandistas, el que venden al por mayor los que todavía “andan al humo” con sus camiones y sus barcos y sus esclavos y sus ajustes de cuentas.

Eran los restos de una mínima troupe de nacionalidad ramillete abandonada por su “impresario” en el borde de la inexistencia, en los valles fronterizos de la europa de las naciones. Una troupe que se negaba a disolverse por no abandonar a los bichos, decían ellos, y por miedo a despeñarse en la inexistencia. Cosas de la frontera, de la antigua frontera, que nos da de cuando en cuando espectáculos de estos.

El caso es que los camellos en la niebla ofrecen una estampa curiosa. No diré que recuerden las caravanas de Samarcanda, pero casi, al menos las de papel, las de La Tour du Monde, que son las únicas caravanas que conozco bien. En la niebla los camellos resaltan una barbaridad, tanto como aquellos lanceros bengalies que combatieron en las llanuras del Aisne en la Primera Guerra Mundial y que hoy sólo vemos en las tarjetas postales que ofrecen los chamarileros en las ferias de los pueblos. Los camellos zampaban forraje que era un gusto y los caseros estaban admirados del apetito que gastaban unos animales a los que a cambio no se les podía sacar nada para comer como no fuera por apuesta. Aun les encendieron a los camellos los bombillones para que así pudiéramos verlos dar unas vueltas enigmáticas (no hay vuelta que no lo sea) en la improvisada pista. Los cuidadores sacaron unos trampolines y unos talabartes y disfrazados de tarzanes, o de algo, no se veía bien, pegaron unos volatines y unas cabriolas a las que la incertidumbre del futuro inmediato daba alas. También nos echaron fuego por la boca un rato, tal vez porque veían que todos estábamos ateridos. Se notaba que a pesar de todo creían en lo que hacían. Sobre el entusiasmo a pesar de los pesares habría que escribir alguna vez, pero para eso, como para pegar volatines y cabriolas, hay que saber e igual no sabemos. La gente de circo suele saber.

Una caravana de circo, en invierno, es una de las imágenes más precisas que conozco de la melancolía. Además, si uno cierra los ojos y vuelve sobre la huella de sus pasos, se ve al borde de la pista extasiado o detrás del pasacalles, incurablemente contagiado. Hace unos años, pocos, aunque todos empiezan a ser demasiados, tropecé un invierno con el grueso de la caravana del circo Zavatta -que tuvo un payaso glorioso que de propia mano se apeó del carro en marcha- en un pueblo de lejos, de bastante lejos, hacia la ruta de Flandes, sobre poco más o menos. Era su cuartel de invierno. La escena podría haberla filmado ese cineasta, para mi excepcional, y me temo que poco menos que olvidado, que es el belga André Delvaux, porque era el ambiente de su película Belle: un riachuelo, el pequeño Morin, que en verano gastaba nenúfares preciosos, abedules, arces, fresnos, una maraña de zarzas heladas y mucha niebla. Y en medio de todo aquello, las caravanas. Rojas. Allí estaban las jaulas vacías, el atrezzo, los cartelones con la cara de un payaso, los trastos abigarrados que sirven como eficaces herramientas de la fantasía. Una de las caravanas todavía tenía pegados los restos del anuncio de una caballista de esas que junto con los cosacos de postín galopan hechas jirones con el viento del invierno. Si no fuera porque de la chimenea de una granja cercana salía una columna de humo azulado y porque se oían apagados disparos de escopeta y ladridos, me habría pArecido que aun estando en la puerta de mi casa, estaba, como el abuelo de Amarcord, perdido en alguno de esos extraordinarios países que están en el nuestro, en nuestra memoria para siempre y a los que se viaja para no regresar jamás.

 

Si no fuera porque tenía la secreta esperanza de que aquella caravana se iba a echar de pronto a los caminos, habría pensado que andaba tan perdido como el abuelo en Amarcord, cuando cree que se han ido todos y se ha perdido en la puerta de su casa.

Me acerqué a una de las caravanas. En la puerta había clavada una tarjeta. Con mi nombre y apellido.

 

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