Sueños malabares

 

CUANDO tienes cuerpo de fuga no hay quien te detenga. Es cuestión no ya de sentir un prurito ocasional, esa comezón que a veces empuja al desastre, sino de estar siempre en disposición de irse a otra parte, en vuelo, sea invierno o verano, pero más con lo segundo, aunque al final te quedes, de cuerpo presente quiero decir. Esto al menos me fue quedando claro a partir de aquel verano. Con catorce años y medio puedes arruinar tu vida para siempre escribiendo por ejemplo una carta al padre sólo buena para limpiarse el culo con ella, o puedes echarte a ver mundo y no volver a pisar tierra firme de la corriente jamás. A mí me pasó lo segundo (sobre poco más o menos).

Aquel, el de mis catorce años, pudo haber sido el verano de mi vida y en cierta forma lo fue, vaya que sí. Todo verano es un último verano, suelen escribir los poetas (mayormente los de la experiencia), que es algo que queda dabute aunque no se sepa muy bien qué se quiere decir con ello, un tiempo para echarse al campo, para empezar aventuras y para seguir en ellas casi de por vida.

Fue, casualmente, el verano en que mi padre me metió a obrero –aprendiz… y aprendí que los mamporreros de la patronal son gente espantosa siempre–, aunque esta sea o parezca otra historia. Tal vez por eso, por estar harto (y atemorizado) de fresadoras, taladros y soldaduras, formé intención de echarme a la aventura, y no volver a ponerme un mono más que para bajar a las profundidades de las cuevas en donde también puedes quedarte un buen rato a la fresca y quizá para siempre -feo asunto este, feo-. El mundo visto a través de la saetera de mis papeles me parecía ancho y las posibilidades de aventura enormes –esto también es lo propio de un verano que se precie–, y había que correrlo, y cuanto antes, mejor. Era un asunto que no podía dejarse para mejor ocasión.

Más o menos estas eran mis cavilaciones del mundo ancho y del mundo estrecho, del mundo amargo y del mundo alegre, en extramuros siempre, cuando tropecé una vez más con el circo. Nada como merodear por los alrededores del circo, meter la cabeza en el buzón de sus lonas, como quien la mete en la cabeza de un león, para saber de qué va la vida. Además me acordaba mucho de la malabarista del verano anterior, una que había visto haciendo juegos con unos bolos y contorsionándose como una rueda: la promesa de Los Ormanis. Pensé muchas veces en ella. Allí, en el circo, se me abría una puerta ancha y prometedora ornada de bombillones, y había que franquearla. Al otro lado estaba la aventura y la vida en forma de aquel nudo andante que era la Ormani en traje de lentejuelas. Estaba decidido, tenía que escaparme de casa y enrolarme en el circo, en el Americano me parece, que era el más moderno. Podía haberlo intentado con alguna barraca de fenómenos y atrocidades de las ferias, porque sin saberlo esa iba a ser a la larga mi oficio o poco menos; pero no, el mundo de la carpa y la pista me tiraba una barbaridad, me parecía de más fundamento. Yo suponía que de esa manera iba a correr mundo enseguida y por la brava, porque los cosacos y los indios del oeste americano resultaban muy prometedores, y las minas del rey Salomón no podían estar lejos de aquel hipopótamo de aspecto tristón, y el Tigre de Mompracén tampoco. Además, era demasiado joven para enrolarme en la Legión o para irme a pescar bacalao a Terranova, que era lo que hacía la gente de trueno de Pamplona, antes, durante o después de haber hecho algún estropicio de campeonato (a veces y por los mismos motivos también se iban de monjes un rato). El circo estaba bien, era a mi modo de ver más accesible, podía dar volatines y saltos mortales en el trapecio y dar vueltas a lomos de un caballejo, yo qué sé. El asunto era irse, correr mundo. Tenía vocación además de tío de pista y tablas. En mi casa no les gustaba el circo porque decían que era pecado, y es que las trapecistas, las domadoras de lobos y en general las mujeres salían demasiado ligeras de ropa, así, cómo suena, y vivían muy, pero que muy amontonados (también así como suena y en general). Y lo que había sido el espacio de la alegría y el encantamiento, era de pronto un terreno prohibido. Cosas. Vivíamos lejos del Manicomio Vasco-Navarro de San Francisco Javier, pero no sé, ya entonces la fumarola de la insania se metía por todos lados, y a veces parecía que viviéramos dentro de sus tapias, mejor por tanto la aventura, los terrenos baldíos de extramuros, el circo.

A mí las trapecistas, las domadoras, las contorsionistas, ni me gustaban ni dejaban de gustarme, me parecían algo tan admirable como cualquier otro número, hasta que ví a la Ormani. En el circo se respiraba no sé, un aire de libertad, de bohemia que la llamaban, muy distinto al de aquella ciudad de tapias, conventos, campanas y cornetines de ordenanza. En el circo olía a bosta, cierto, pero también se percibían los perfumes de la aventura, esos que vienen del otro lado del canal de Suez y son perfumes de papel, o que se perciben en el interior del bosque, con los proscritos, como Vidocq, el ladrón policía, que resultaba de lo más atractivo. El circo iba a ser de fijo la solución a todos mis problemas. En el circo no había curas pajilleros ni tíos locos que estaban casualmente al otro lado de la tapia del manicomio, los que habían echado y se habían olvidado cerrar la puerta por fuera. En el circo había, parecía, una alegría curiosa, contagiosa, atractiva, algo que te metía la música en el cuerpo, las ganas de jarana, y el entusiasmo y el riesgo y la destreza, lo verosímil, la apariencia. La otra cara estaba todavía a oscuras; la del circo y la de otros asuntos de menor animación también.

Aquel universo de caballos y jinetes, de trapecistas, lanza llamas, equilibristas, enanos y gigantes, domadores, bichos al por mayor o al por menor, tigres, leones, elefantes, payasos estrepitosos, malabaristas, elefantes, magos e ilusionistas, que hacían aparecer y desaparecer gente a voluntad, gente un poco de todas partes y de ninguna, era el que merecía la pena. La vida de todos los días era a su lado bien poca cosa.

Lo mejor fueron, como siempre, los preparativos: el equipaje para la fuga. Reuní unos trozos de mapas Michelín de España y Francia, mi Huck Fynn hecho puré, unas gafas de bucear que me tocaron en una tómbola para por si acaso, unas pieles de lince o de tejón o de algo así que había en el desván de casa con las que iba a confeccionarme un traje tarzanesco, la carta de despedida en la que, breve y enigmáticamente, aseguraba que volvería rico y famoso, la bicicleta de mi número. O lo que es lo mismo: la espera ansiosa, y el viaje y las tardes de pista anticipados. Se me fue el verano en ello. Di volteretas como un loco, hice contorsionismo aproximativo (pensaron en llevarme a un médico a que me miraran bien mirado), me colgué de trapecios improvisados, hice de funambulista de la pura nada, me magullé bien magullado, perfeccioné equilibrios en una bicicleta improbable, prehistórica, una bicicleta de asalto, una suerte de apisonadora a pedales… Ya estaba en la pista, lejos, en otra parte, y la pequeña Ormani pegando cabriolas vestida de lentejuelas, catapultada por el cielo de la pista (y con ella, claro, o algo así)

Por fin llegó el circo. Los Ormanis no venían en cartel. Pero yo estaba decidido: correría mundo en pos de mi malabarista, de una malabarista. El último día, a media mañana, cuando unos se desperezaba a la puerta de sus caravanas y otros se entrenaban en juegos malabares, me metí con mi bici en el circo y me acerqué a uno que tenía cara amable y estaba dando de comer a unas focas. Le expliqué por lo menudo cuáles eran mis pretensiones, mi oferta concreta, la de enrolarme en aquel banderín de enganche del ilusionismo y la pista, el trapecio y la bici aquella. El otro me sonrió mucho y me miró con benevolencia cierta. Me dije: «Tate, tate, tu de esta equilibrista». Cuando acabé mi parlamento el de las focas me espetó: «Non capisco niente io sonno russo». Me quedé de piedra. Pero el de las focas llamó de seguido a un forzudo o algo así, porque le había visto moviendo de aquí para allá cosas de importancia, grandes, parecía ser el que hacía de Taras Bulba en los carteles que se quedaron pegados un invierno de nieve en las condenadas tapias. Inicié por segunda vez mi discurso, pero a las pocas frases el forzudo del cráneo rasurado me espetó: «¡Anda chaval, larga de aquí que te pego una hostia!». Muy castiza me pareció la franqueza como para ser cosaca, o india, muy castiza y muy amenazador el tono. Me fui con mi bicicleta y mi maletilla, pero con aquella música pimpante metida en alma, a otra parte, para siempre.

 

*** Relato publicado en El Mundo, UVE, Madrid, 15.8.1997, p.8., y también en El sueño de un verano, Madrid, Espasa, 1998, p.117-123.

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