Sabor a podre

LO tienen todo, o cuando menos casi todo. Tienen dinero, tienen ese éxito social que la inmensa mayoría codicia, figuran por derecho propio en la pachanga de la sociedad de su tiempo, son imagen pura y a veces solo eso, y tal vez por eso mismo admirados, existen más que sus conciudadanos anónimos, viven vidas de verdad, de primera, como sus entierros, sus coyundas, sus trapisondas, parece que dicen, parece que piensan, parece, y aun quieren expresarse, venderse, dejarse manipular por la tribu de la Pandereta, escribir, en suma, y publicar y saborear esa miel nueva, antaño denostada, la de ser autor celebrado. Y mienten porque son unos profesionales de la mentira, unos profesionales de ese turbador ejercicio de hasta donde se puede llegar por dinero, del tocomocho de lo que se viene vendiendo como literatura cuando no es sino basura, eso sí, bien aderezada, bien albardada, bien promocionada sobre todo, con los necesarios toques de pandereta incluidos. Esto es, artefactos vagamente literarios, pero bien vendidos, con la técnica adecuada, con la manipulación mediática que sea menester. Y así se hace verdad lo que escribía el padre Isla (Cartas de Juan de la Encina): desdichada es la madre que no tenga un hijo que imprima. Pero la literatura es otra cosa, la verdadera literatura está transcurriendo lejos de los platós, en los márgenes, casi un paso más por delante de sus propia sombra, como siempre, en un lugar, en un espacio en el que las trapisondas mediáticas no hacen mella alguna. Eso también lo saben los lectores, que no son tontos, ni mucho menos. Porque si algo sabe Ana Rosa Quintana es que callando, sonriendo, dengue va dengue viene, no hace sino aterrizar en ese territorio en el que lo cometido no tiene importancia alguna (cosa que también sabe Urralburu and wife en otra juerga de novela negra que dicen ahora como venimos diciendo nosotros hace mucho, está más de moda que nunca), porque ya no es noticia, porque ella, profesional del ramo, sabe que al público hay que echarle pitanza renovada a diario y que lo que hoy es alarma social, mañana no es sino chascarrillo, y eso con suerte, y pasado olvido, aburrimiento, nada. Y gira la rueda de la fortuna, la ruleta amañada, y gira.

*** Artículo publicado en El Correo, de Bilbao, año 2000.

Un hombre categoría

 

peine-del-aire-chillidaAL margen del valor y la calidad incuestionable de su obra, Eduardo Chillida aparece como un <<hombre bueno, noble y limpio>>. Así lo calificó de manera justa y emocionada su amigo el científico Pedro Miguel Etxenike. Yo no tuve la suerte de conocerlo, pero he seguido con algo más que interés desde hace mucho su obra escultórica, sus apariciones públicas y sus palabras. Chillida no defraudaba nunca, siempre sacabas algo en claro, precisamente en claro. Y hasta es posible que en apret hasta esté ahora mismo escribiendo estas líneas por eso. No hay arte verdadero que se admire y se interrogue de manera impune. La forma en que una obra escultórica como la suya cala en nosotros, nos seduce, provoca y pasa a forma parte de nosotros y de nuestra manera de ver el mundo y es misteriosa de ganas. Aquello que nos ha emocionado de manera intensa cuando éramos jovenes e íbamos componiendo nuestro rompecabezas, nuestro pequeño gran mundo, sigue ahí, forma parte de nosotros, es una más de las piezas que nos han hecho ser lo que somos, irrenunciable por tanto.

Sus palabras estaban cerca de la poesía, lo eran a veces, y, sobre todo, cerca de ese esfuerzo sostenido de pensamiento que profundiza de manera directa en el sentido de la propia existencia, del arraigo o desarraigo en el mundo, de nuestro lugar en el mundo, nunca de manera aleve o gratuita, siempre con tensiones, con verdad. Ahí, por ejemplo, una escultura memorable como es la nombrada con resonancia de un verso de Gabriel Aresti: Gure aitaren etxea (La casa de nuestro padre). Pensar las cosas, pensar la propia condición, no dejarse ir y dejarse vivir a cabo, por costumbre, por rutina, resistir a las escorreduras, estar en lo que se celebra por el valor de lo que se hace no por sus consecuencias, hacerlo como quien camina pisando arena, entre la ligereza y el esfuerzo, como si las cosas, las palabras, las formas fueran huellas de sus caminatas por las playas donostiarras junto a Pilar Belzunce. Claridad, inteligibilidad, en lugar de expresiones de recio y apretado discurrir: palabras y obras del tamaño de sus manos. <<Siempre intuí que sus esculturas poseían un interrogante filosófico>>, decía Cioran.

Lo que hizo como escultor ya se sabe, o en todo caso yo no voy a descubrirlo, lo que queda, en cambio, su legado, eso es para mi ahora casi más importante, porque no es material o no lo es del todo. Tiene que ver con una conducta ética, civil, respecto al propio trabajo y respecto al país en el que vivía, la comunidad y a las personas una a una, algo que destacaba luminoso en sus apariciones públicas, en sus palabras, pocas y jamás gratuitas, en su lucidez y en sus muestras de amor hacía el País Vasco del que se sabía un árbol más.

María Zambrano habla del valor de la transparencia y de la forma como medios de lograr una identidad entre lo se es y lo que se muestra. Eso es algo que brilla de manera tan intensa y singular en el caso de este hombre y su tarea.

Y ahí aparece un valor más importante, el de lo magistral, el de la enseñanza vital de los hombres singulares, notables, que así gusta de emplear la expresión Carlos Castilla del Pino; gente que enseña más que exhibe o muestra, o que enseña mostrando su obra y la sencilla transparencia de la propia vida, y que la hace ser nada menos que querida, ahí es nada, querida, por necesaria. Quienes se acercaban a su peine del viento, que mira hacia donde nacen las olas, ese lugar que fue para él uno de sus genuinos interrogantes, era una gente sencilla que expresaba con pocas palabras su estima y su respeto y un afecto que pocos artistas concitan. Aquellas obras y muchas otras no les eran ajenas, las sentían parte de si mismos. Toda una lección.

Se me da que el suyo es un legado de valor incalculable, porque de valores trata, que tiene que ver con la noción de esfuerzo y trabajo, de bien hacer (esa limpieza a la que se refería Etxenike), de tenacidad, exigencia, ambición intelectual, autoestima, compromiso ético y con la época que nos ha tocado vivir, de sueño, de voluntad de invención y de creación, poco o nada con la bambolla, con el éxito social, con las tablas. Era un raro. Estaba y no estaba. Toda esa obra ingente, gigantesca hasta cuando atacaba papeles íntimos y delicados (japoneserías) está construída al margen de los ruidos mediáticos, pero en la afirmación de la propia tarea más que en la negación de la ajena. Que ese legado sea recogido, depende de cada cual, de quien se acerque a su obra con limpieza y con los menos prejuicios posibles.

Ahora que no habrá más palabras, ahora que queda su hueco -<<Lo vamos a echar mucho de menos>>, decía Juan mari Arzak-, su ausencia como una obra más, en Zabalaga precisamente, sólo sé que su obra no puede ser vista, admirada, interrogada de manera impune. Induce a la emulación. Y no somos escultores. Lástima. Nuestro trabajo es otro. A cada cual el suyo. Categoría, un hombre de categoría.

*** Bilbao, Pérgola, Nº 122, Octubre de 2002.

Item más de 2015. Nunca llegué a conocer. Le tuve devoción, mucha, desde lejos. Una exposición suya, en Pamplona, en 1973 me costó una agarrada a puñetazos con mi padre (ya lo cuento en otra parte). Él habló con desprecio de mis poemas, como saben Leopoldo Zugaza y Bernardo Atxaga por cuenta de unos poema publicados en una revista de lujo que nunca llegué a tener Hegalez Hegal (1981).

“Haz siempre lo que temas”

 

El-reto-es-conseguir-que-haya-_54358105248_54026874601_600_226HE leído varias veces en los últimos meses un texto literario que me parece sobrecogedor, que trasciende el momento en que fue escrito, que no envejece, que desgraciadamente es algo más que una mera referencia literaria y se me figura un acicate para la reflexión sobre la barbarie de nuestra época, la que más cercana tenemos, sostenida en el tiempo, un eficaz recordatorio. Me refiero a <<Corto viaje hacia la muerte>>, de Raúl Guerra Garrido. Es el suyo un relato intenso, vibrante, de lo vivido tras el asesinato, ahora hace poco más de un año, de su amigo el periodista José Luis López de la Calle y que aparece publicado de nuevo en un libro de once escritores castellanos (ni uno más) titulado Tierra de silencio. Sé, lo supe con retraso, que a Raúl Guerra Garrido le hicieron un merecido homenaje en Madrid. Lástima, hubiese ido. Valgan estas líneas como mi pequeño homenaje. Digo lo de merecido porque Raúl Guerra Garrido, en estos tiempos de miseria y de borrasca, no se ha callado y ha padecido por ello muy serios empujones. La quema de su farmacia en San Sebastián fue el último de una larga serie. Y todo por haber cometido un imperdonable pecado: hablar, hablar claro, pero a su aire. El que según Thomas Szasz es el peor de los pecados. Hace falta coraje y una entereza rara para sostener lo que de verdad se piensa, para ejercer la libertad de conciencia, esa que sin ejercicio no significa ni vale gran cosa. Sobre todo cuando vienen mal dadas, cundo esas palabras tienen un precio cierto. Hace falta coraje cuando se sabe que eso, tus palabras, pueden costarte la vida. <<Haz siempre lo que temas>>, le dijo a Raúl Guerra, hace muchos años, en el Bierzo, su abuelo. Tremendo acertijo que encontré agazapado en un libro precioso que publicó Raúl Guerra hace unos meses, El otoño siempre hiere, que es un libro de viajes y un libro de la memoria, de una intensidad y una emoción poco comunes, de mucha sabiduría, que tiene detrás mucha vida, donde la descripción del paisaje es de puro paisaje del alma, autorretrato casi, y las historias son briznas de una historia mayor, destellos de una mirada limpia de ver la vida. Hacer lo que más tememos suele ser hablar con arreglo a nuestra conciencia, ser de verdad libres, jugárnosla, arriesgarnos al descrédito y a perder el favor de la tribu, ponernos al margen de las convenciones y de esas conveniencias que ponen antifaces y mordazas en el más templado. Y tal vez sea esta la cuestión más candente de nuestra época, la que más a menudo va a ir saliendo a las palestras literarias, la que Raúl Guerra lleva más de media vida poniendo de una manera tan callada como ejemplar en su escena, al margen de las modas, de los ruidos mediáticos y del aplauso de la cuadrilla, en el lugar de la verdadera escritura: ejercer la libertad de conciencia, pensar por cuenta propia, al margen de la tribu y de sus leyes.

*** Artículo publicado en El Correo, de Bilbao, en junio o julio de 2000 y publicado de nuevo, sin consulta previa, en Inventario de Raúl Guerra Garrido, Fundación Instituto Castellano Leonés de la Lengua, Segovia, 2005, pág. 173 y 174.

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El castillo de Montaigne

ob_53c12aa7f2cb767cdbb39897c3037f80_p1010109Pues bien, solo puedo decirle que el día que me propuso que fuéramos a visitar el castillo de Montaigne tuve la certeza de que era la última vez que le veía, y así sucedió… Conoció a aquella actriz, poca cosa, mucho ruido y luego nada. Estuvo con ella en el festival de cine. Y a la vuelta, si es que volvió, que no lo sé, empezó a llevar una vida escondida, retirada, secreta diría yo, cómo si se hubiese propuesto enterrar todo lo anterior, como si hubiese estado esperando el momento oportuno en el que poder dar la vuelta a las cosas y empezar a hacer aquello que siempre había deseado hacer, ser la persona que siempre deseo ser, no como sus amigos… Esto ocurrió ya hace varios años y de lo que haya hecho durante ellos no he tenido otras noticias que las que he podido leer en los periódicos, sus películas… Cierto, su éxito, desde el primer momento, algo envidiable… Todo lo demás, todo lo que a usted parece interesarle, lo he olvidado y no tengo ninguna fotografía de las que usted busca y de las otras tampoco. Yo, por otra parte, no aspiro a otro perdón que a ser olvidado… ¿Cómo? Ah, sí, la historia de Paquito Arderius, tiene usted razón. No me acuerdo de nada, de nada. Es inútil que insista. Así que no sé si voy a poder ayudarle ni creo que encuentre nadie que lo haga… ¿Cómo era de joven? Pues no lo sé, ni creo que encuentre a nadie que lo sepa, fue un experto simulador. Era muy suyo. Pero aquella última burla. No tenía porque haberlo hecho, él debió de creer que me sentiría halagado por su propuesta de ir a visitar un lugar que suponía tenía un interés para mí, sin darse cuenta que yo ya no tenía interés alguno en ir con él a ninguna parte. Tal vez fuera una última mofa, y quisiera ver cómo me entusiasmaba con algo que a él en el fondo le había importado un comino siempre. Hacía estas cosas a menudo. Sí, no crea, no, detrás de la máscara que usaba de circunspección ocultaba otra de resentimiento, esa forma de doblez y de desconfianza, de pasar por lo que no se es, que se da tanto en los ambientes cerrados, apartados, esos mundos rurales tan auténticos, sabe usted, me extraña que no hubiera hecho un peliculón de esos en que el chico y la chica bailan en la plaza del pueblo o en el frontón debajo de los farolillos de colores, todo muy limpio, muy natural, muy humano, y hasta emocionante, sí, pero él no era de esos… Recuerdo bien haber asistido con él a alguna cena de compromiso, sabe, los políticos de hace unos años. Les gustaba jugar a tener un salón, un saloncillo, que daba en garito en seguida, o en pastelón de cerdos y archipiélago de vómitos que diría mi querido Torres Villarroel, claro. Pero él, antes de que dejaran de interesarse por todo lo que no fuera sus propias cosas, sus copas y sus bromas espesas, daba el pego. Hablaba de esto y de lo otro, les informaba de la marcha del mundo, de todas las sutilezas, de todos los matices, algo increíble, era un pozo de ciencia aquel hombre, se lo sabía todo, desde el rock japonés a la historia completa de Transilavania pasando por los recovecos de la electrónica y la inteligencia artificial… ¡Qué tío Paquito Arderius! Lo que llevó a la pantalla no es más que un pálido reflejo de las situaciones que él mismo protagonizó. Le escuchaban como a un orate y al salir de aquellas sesudas reuniones que daban en divertidas francachelas, debo reconocerlo, había que verle pegar zapatetas en la acera, como un enano de comedia, aquel que cantaba <<¡Mañana tendré yo al fin un príncipe que me sirva y tarará, tarará… nadie sabrá que me llamo el enano saltarín>>… ¿Qué ocurre señora? ¿Que no le hacen gracia mis bromas? Pues lo cierto es que los caricaturizaba sin piedad. En el fondo no tenía aprecio ni mucho menos piedad por nadie. Alguna vez le oí decir que no la habían tenido con él y que él no iba a tenérsela a nadie. Como ve, se trata de un juego de equívocos. Y luego su éxito tan fulgurante. Algo increíble, oiga, rotundo, eh… No me río, no tengo motivo alguno, como puede usted comprobar, y además tiene usted razón, sus crónicas urbanas fueron notables, excelentes si usted quiere, marcaron una época, también, sí, claro, aquella forma tan suya de ofrecer una visión cruda y a la vez sentimental de la realidad, el chico, la chica, la ciudad, el coche que atraviesa la ciudad de noche, la música como una queja, como un nostálgico lamento, esta bobada fue suya, por cierto, el mundo sin piedad, la falta de futuro… un éxito tremendo. Me extrañaría que tales materiales hubiese sucedido lo contrario… ¿Se ahoga? No se preocupe, si lo que quiere es que ponga en marcha el ventilador, le diré que no funciona, desde hace años, probablemente desde el último verano que él pasó en la ciudad, desde aquel comienzo de otoño, bellísimo, por cierto en que me propuso llevarme a ver el castillo de Montaigne… ¿Cómo ha dado conmigo? ¡Bah! Es lo de menos. Si no quiere decírmelo no me lo diga.

¿Su gusto por el lujo? dice usted. Si, cierto. Dicen que se hizo famoso por eso; pero eso explicable, señora. Se había pasado la vida arreando con cuantas zaborras y restos, heredados, regalados, comprados a bajo precio y hasta sustraídos que se le habían puesto por delante. Estaba harto de vivir con cosas de segunda mano. No había tenido otro remedio. Así que cuando el cinematógrafo le reportó beneficios, vivió lo que se dice a lo grande, eso al menos es lo que me han contado, se hizo un gran gastrónomo, un bebedor exquisito, nada de agua, buenas cosechas, sí, y cambio el ajedrez por el golf que era lo que de verdad le gustaba, los birdis y todo eso, y menudo salto de las reproducciones del reina Sofía a comprarse un Barceló… Sí cierto, Paquito Arderius tenía mucho éxito, como usted lo llama, con las mujeres, algo tremendo, de siempre, sobre todo desde que triunfó con sus películas… con “Noche de perros ciegos” sobre todo. Sabía cómo hacerles regalos, cajas de bombones, libros escogidos, flores, viajes… Muy delicado para todo eso… “El hermoso tenebroso”… No nada. El título de un libro. De Julien Gracq ¿No lo conoce verdad? No importa. Desde entonces dejó de ser un especialista en el porno de los videos de barriada… Ah, ¿No sabía esto? Fue un gran aficionado, sí, todo un especialista. Lo sabía casi todo sobre ese asunto y tenía grandes dotes, ocultas como casi todas las suyas, para ser un gamberro, un chulito de esos de barriada. Le gustaba frecuentar los ambientes sórdidos, gasolineras, billares, discotecas de las afueras, cuando nadie le veía. Tal vez estuviese ambientándose para los peliculones que después hizo…

¿Cómo dice? ¿Qué a ver qué opino yo de su muerte “a lo James Dean”? ¿Pero qué dice? Menuda bobada. ¿A quién se le ha ocurrido semejante cosa?… Usted lo que quiere es escribir la historia de Paquito Arderius como si fuera un héroe moderno para una generación de indigentes y no pienso colaborar en ello… ¿O no estará pensando en escribir una novela? Otro Jim Morrison… Ah, no sé, cualquiera sabe. Todo es posible señora, y escuchándole a usted todavía más, y yo le repito que no sé nada, lea la prensa de hace unos años, ahí está todo, sus entrevistas sobre todo, resultaba muy brillante hablando, sí, muchísimo, tenía muchas ideas, y comprendió los entresijos de su época como nadie, lo demás… Claro que se mató en un Porsche, le gustaban mucho los coches, pero eso no quiere decir nada, no fue el primer accidente que tuvo, como puede comprobar… Rebelde sin causa, dice. Juá… ¿Pero a quién se le ha ocurrido eso? Claro que tenía motivos para rebelarse, como todo el mundo, como cualquiera, como todos los que no están contentos con su suerte, yo mismo, señora llevo años entre libros y papelotes, recluido en este sillón, y ahora apenas puedo moverme.

Miguel Sánchez-Ostiz.

(El relato pertenece al libro inédito Bando de impostores)

*** El relato se publicó en Territorios, de El Correo, de Bilbao, un venrano de los años noventa del apsado siglo. Me lo pidió el mal nacido de Iñaki Uriarte que cordinaba los “relatos de verano”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tiempos banales

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HASTA hace nada era de buen tono referirse a nuestra época como “tiempos banales”, no susceptibles por tanto de ser tenidos en consideración a efectos literarios. No era de buen tono, insisto, hablar de lo que uno tenía delante de las narices o sucedía en el pequeño escenario del que somos espectadores, casi, casi a la fuerza. Nunca me fie de esa afirmación arbitraria, entre otras cosas porque los tiempos siempre son más banales para unos que para otros. Los testimonios de quienes iban a los lugares donde la tragedia se manifestaba de más cruda manera –Bosnia, Adganistán, Ruanda…- y contaban lo que habían visto, han sido poco o nada frecuentados. Pienso, entre otros muchos, en Juan Goytisolo, en Alfonso Armada, en algún que otro libro de Javier Reverte que no es de los más conocidos, han venido siendo valorados poco menos que como un género menor. Ha venido siendo mejor mirar para otra parte o a parte alguna. Lo cierto es que la realidad de nuestra época tira de una manera firme del escritor, le requiere. Casi no hay escapatoria posible. A veces está en juego hasta la autoestima. El escritor abandona la ficción, la fantasía incluso, y echa mano de la cruda y estricta realidad. Los más que trágicos acontecimientos de la última semana que nos han dejado sumidos en la perplejidad y en el miedo, plantean tales y tan ineludibles cuestiones filosóficas, morales, éticas, jurídicas, que están poco menos que llamados a ser la espoleta casi de una nueva escritura que se cuestione, incluso desde la estricta invención literaria, todo un sistema de valores que han venido rigiendo hasta ahora, y subvertir algunos de ellos incluso. El terrorismo es uno de los problemas fundamentales de la época, como lo es el rumor de fronda de los desheredados de la fortuna, y el escaso valor que tiene la vida humana, y el imperio de la ley del más fuerte y el fanatismo religioso o político que tiene en nada a la persona y a su dignidad, y su pariente carnal, el totalitarismo. Como cuestiones para nutrir obras literarias o filosóficas, o híbridas (vuelve ya una narrativa sostenida en la reflexión filosófica de sus autores: ver la última novela de Phillipe Sollers publicada en castellano), hay casi de sobra. Jamás fueron menos banales que ahora nuestros tiempos. Sólo puede ser banal la escritura que de ellos se ocupa, pero esta si que es otra historia. [18.9.2001]

*** Ignoro donde fue publicado, por la extensión es posible que fuera en El Correo, de Bilbao, en la fecha que se indica.

El poeta y su escenario

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DE las muy peculiares relaciones que mantienen los escritores con las ciudades que son para ellos el paisaje de fondo de sus vidas o el paisaje del alma, Bilbao ha sido uno de esos escenarios pirvilegiados. Basta asomarse a dos de sus mejores poetas, Blas de Otero y Gabriel Aresti, sin contar con que los libros de ambos nos restituyen una juventud que a veces da vértido más entusiasta y nos proponen ambos el activo exilio de la palabra como tarea. Las relaciones del poeta con sus mundo urbano de todos los días son unas relaciones espesas, pocas veces mansas si el poema vale de verdad la pena, conflictivas casi siempre y hasta a veces tiende el poeta a morder la mano que le da de comer, tiende el poeta a rebelarse contra la casa del padre y contra el padre mismo, cuando puede, y contra el paisaje, y tiende a mantener de por vida una enconada guerra parricida contra lo que en el fondo le constituye, en un tira y afloja tan extenuante para quien lo pone en el papel como emocionante para quien lo lee. Es de esa tensión del “amor del disgusto”, que dijo un cursilón, de la que surgen los poemas más intensos, más vibrantes de las últimas generaciones. La ciudad y la propia biografía a ella inseparablemente unida suscita en el poeta palabras dulces de las humildes parcelas de la vida en ellas festejadas, pero también la amargura y el sarcasmo, la nostalgia agónica, turbadora, embriagada de nieblas y de lluvias, la burla mordaz y el dicterio arrebatado.

Para el poeta la ciudad, su ciudad natal o la ciudad de su elección, tanto da al cabo, es el escenario preciso de sus cotidianos avatares, el de su pequeño gran mundo, el de los episodios más o menos intensos, el de su gris cotianeidad también, el que alienta su ansia de partir, como los pájaros que buscan una estación más propicia, que decía ese gran poeta del viento y las soledades que fue Leo Ferré sus lances y avatares, el que le contagia para bien o para mal un cierto clima moral. Y es que cuando el poeta se refiere a la ciudad se suele referir a las oscuras entretelas de su propia biografía, pocas veces a sus muy precisos y muy contados convencinos, aunque sí a ese algo al parecer tan inasible como la transparencia del aire y que en él que flota y que sólo el poeta parece ver, algo no muy festivo, o más doloroso que festivo. Cuando el poeta dice <<Ciudad nada me importas>>, es más fingitore que nunca, lo sabe él y lo saben sus lectores.

En el escenario de la vieja ciudad hay poetas raros y menos raros, a unos y a otros los vemos en el mito literario, sombrío y romántico de sus cafés, redacciones de periódicos, bares de trueno y de menos trueno, trabajos a salto de amta o trabajos de provecho, páginas novelescas de los que se van para volver o para siempre, leyendas más o menos terribles o insustanciales portagonizadas por escritores con más o menos fortuna, y talento, claro, exiliados en su propia ciudad, inventando paso a paso su laberinto sísifos de papel y tinta. De ellos habla, con precisión y humor, José Fernández de la Sota en su reciente Bilbao, literatura y literatos.

En los poemas escritos por esos poetas de la ciudad encontramos una búsqueda imposible del paraíso perdido, una nostalgia del paraíso perdido nunca visto ni menos vivido, de un imposible no vencido, el de convocar la vida aquí, a la verdadera me refiero, a la de los poetas, en estas calles y no en otras, cuando siempre se la supone en otra parte. Poetas confundidos con su ciudad, en sus legitimas aspiraciones de vidas mejores y distintas, en sus desazones, enconos, frustraciones, en los regresos en solitario, en la nostalgia turbadora sentida en la distancia de las ciudades extrañas, y lluvia, bastante lluvia, es decir paisaje, del alma siempre. Poetas que se entenderían mal sin la ciudad a la que pertenecen, la que les pertenece, de la que se van, de la que con ellos viaja, a la que vuelven y vuelven, una y otra vez, en sus sucesivas ciudades de papel.

*** Tal vez se publicara en Pérgola, de Bilbao, en el año 2000.

Elogio de Antonio Pérez

 

antonio_perez_top  EL homónimo del secretario de Felipe II no tiene más relación con el monarca sombrío que su sostenida vecindad con los potentes retratos imaginarios que pintó Antonio Saura. Antonio Pérez, en su calidad de “amigo de los pintores”, tuvo mucha relación con Saura y con Millares, con Bonifacio y Javier Pagola, con Gordillo y con Equipo Crónica, pero también con Juan Marsé, Juan Goytisolo, Ramón Chao y José Miguel Ullán… y muchos otros, conocidos unos, menos conocidos otros. Su juvenil curiosidad le ha llevado a la pintura, la escultura, la literatura, coleccionismo lúdico y a mantener un extraño sentido entre festivo y serio, hondo, de la existencia. Visitarlo en Cuenca, en su enrevesada casa de la calle San Pedro, era una fiesta. Antonio Pérez es uno de esos personajes radicalmente singulares de la cultura española: afable, generoso, pícaro, divertido, entrañable, emprendedor, creativo y nada cicatero con la obra del prójimo. Su nombre está ligado a la editorial Ruedo Ibérico y sobre todo a la mítica librería La joie de lire, la de François Maspero, en el quartier Saint Severin, de París, donde hasta Bono compraba libros prohibidos (ahora sabemos), mientras otros mangaban a todo mangar bajo la atenta mirada del librero. Editor, librero (actor ocasional de cine como suele serlo la gente inquieta), coleccionista y un furioso buscador de objetos singulares. Hace unos años hizo algo que pocos hacen, tal vez porque pensamos que para qué, que qué más da (que es una de las armas más eficaces de la muerte): montar en Cuenca, con todos sus fondos y colecciones, la Fundación Antonio Pérez, en el Antiguo Convento de las Carmelitas, sobre la foz del Huécar. Un lugar vivo, privilegiado que hoy alberga una estupenda muestra de pintura contemporanea y los fondos de Antonio Millares y de Lucebert, y que se se ofrece como un laberinto de libros, pinturas, esculturas, objetos que a los que el azar les confiere una rara calidad de trampantojo, fotografías, grabados, motivos literarios.. Allí no hay rincón donde la vista no se detenga y pierda, y casi todo es un estímulo para el trabajo creador. Sólo por ver su obra, hoy, Cuenca, la Pequeña ciudad de la hablara el bohemio ful de Gonzalez Ruano, merece el viaje, vaya que sí.

*** Artículo publicado en El Correo, Bilbao, 2002

Una caravana en la niebla

UNA CARAVANA EN LA NIEBLA

APARECIO con las primeras nieblas del otoño. Pero sin duda llevaba más tiempo rodando por las carreteras y no la habíamos visto porque no habíamos reparado en ella o porque no había pasado por nuestra tierra. Es enorme la cantidad de cosas que no llegamos a ver por pura inadvertencia, por la famosa pereza del ojo, por estar pensando en otra cosa, en nada, en ese volver los ojos para dentro que deja completamente ciego. Se trataba de dos camionetas y un coche, descalabrados y apetachados, pintados de rojo, verde y amarillo, con estrellas y con el Circus que no falte, que rimaban con una pareja de camellos de aspecto curtido y apolillado, sobre poco más o menos, y con dos (o más) súdbditos de la antigua Yugoeslavia (por abreviar), porque tampoco ellos sabían explicar de una manera convincente de dónde eran, en ese italiano que chamullan y manejan con más convicción que justeza los que están acostumbrados a andar a la deriva por las tierras de nadie y los territorios fronterizos del antiguo Imperio Austro-Húngaro (y otros), los que fueron la patria del Von Rezzori que escribió Las memorias de un antisemita. Eso sí, fumaban el llamado “Winston patanegra”, el de los contrabandistas, el que venden al por mayor los que todavía “andan al humo” con sus camiones y sus barcos y sus esclavos y sus ajustes de cuentas.

Eran los restos de una mínima troupe de nacionalidad ramillete abandonada por su “impresario” en el borde de la inexistencia, en los valles fronterizos de la europa de las naciones. Una troupe que se negaba a disolverse por no abandonar a los bichos, decían ellos, y por miedo a despeñarse en la inexistencia. Cosas de la frontera, de la antigua frontera, que nos da de cuando en cuando espectáculos de estos.

El caso es que los camellos en la niebla ofrecen una estampa curiosa. No diré que recuerden las caravanas de Samarcanda, pero casi, al menos las de papel, las de La Tour du Monde, que son las únicas caravanas que conozco bien. En la niebla los camellos resaltan una barbaridad, tanto como aquellos lanceros bengalies que combatieron en las llanuras del Aisne en la Primera Guerra Mundial y que hoy sólo vemos en las tarjetas postales que ofrecen los chamarileros en las ferias de los pueblos. Los camellos zampaban forraje que era un gusto y los caseros estaban admirados del apetito que gastaban unos animales a los que a cambio no se les podía sacar nada para comer como no fuera por apuesta. Aun les encendieron a los camellos los bombillones para que así pudiéramos verlos dar unas vueltas enigmáticas (no hay vuelta que no lo sea) en la improvisada pista. Los cuidadores sacaron unos trampolines y unos talabartes y disfrazados de tarzanes, o de algo, no se veía bien, pegaron unos volatines y unas cabriolas a las que la incertidumbre del futuro inmediato daba alas. También nos echaron fuego por la boca un rato, tal vez porque veían que todos estábamos ateridos. Se notaba que a pesar de todo creían en lo que hacían. Sobre el entusiasmo a pesar de los pesares habría que escribir alguna vez, pero para eso, como para pegar volatines y cabriolas, hay que saber e igual no sabemos. La gente de circo suele saber.

Una caravana de circo, en invierno, es una de las imágenes más precisas que conozco de la melancolía. Además, si uno cierra los ojos y vuelve sobre la huella de sus pasos, se ve al borde de la pista extasiado o detrás del pasacalles, incurablemente contagiado. Hace unos años, pocos, aunque todos empiezan a ser demasiados, tropecé un invierno con el grueso de la caravana del circo Zavatta -que tuvo un payaso glorioso que de propia mano se apeó del carro en marcha- en un pueblo de lejos, de bastante lejos, hacia la ruta de Flandes, sobre poco más o menos. Era su cuartel de invierno. La escena podría haberla filmado ese cineasta, para mi excepcional, y me temo que poco menos que olvidado, que es el belga André Delvaux, porque era el ambiente de su película Belle: un riachuelo, el pequeño Morin, que en verano gastaba nenúfares preciosos, abedules, arces, fresnos, una maraña de zarzas heladas y mucha niebla. Y en medio de todo aquello, las caravanas. Rojas. Allí estaban las jaulas vacías, el atrezzo, los cartelones con la cara de un payaso, los trastos abigarrados que sirven como eficaces herramientas de la fantasía. Una de las caravanas todavía tenía pegados los restos del anuncio de una caballista de esas que junto con los cosacos de postín galopan hechas jirones con el viento del invierno. Si no fuera porque de la chimenea de una granja cercana salía una columna de humo azulado y porque se oían apagados disparos de escopeta y ladridos, me habría pArecido que aun estando en la puerta de mi casa, estaba, como el abuelo de Amarcord, perdido en alguno de esos extraordinarios países que están en el nuestro, en nuestra memoria para siempre y a los que se viaja para no regresar jamás.

 

Si no fuera porque tenía la secreta esperanza de que aquella caravana se iba a echar de pronto a los caminos, habría pensado que andaba tan perdido como el abuelo en Amarcord, cuando cree que se han ido todos y se ha perdido en la puerta de su casa.

Me acerqué a una de las caravanas. En la puerta había clavada una tarjeta. Con mi nombre y apellido.

 

Vuelo de pájaros heridos

 

Aves migratorias portada AVES migratorias, de Marianne Fredriksson, es una novela algo más que brillante sobre la amistad, sobre las muy peculiares relaciones de amistad, entre una mujer sueca y una refugiada chilena, uno de tantos chilenos perseguidos y torturados por los sicarios de Pinochet durante la dictadura militar. Uno de tantos chilenos que siguen viviendo en Suecia donde han podido rehacer sus vidas y que de cuando en cuando aparecen en el tablado de las noticias del día con testimonios estremecedores, sencillamente estremecedores de lo sucedido en Chile: se conoce, por cierto, el nombre de la mujer que se ocupaba de los perros amaestrados que violaban mujeres. Impunidad total. Y contra esa impunidad, contra ese daño inflingido injustamente, contra esa barbarie que destruye la dignidad de la especie humana, no hay otra justicia posible que el de la literatura y el de la memoria. Una memoria poco o nada frecuentada, la de las ofensas que el ofendido oculta avergonzado, de lo indecible, de lo que queda en una zona de sombra, tenebrosa, de sombra y de silencio, y a donde ni siquiera llegan las hirientes palabras de la noche. Es el vuelo de unos pájaros que tienen para siempre un perdigón de sombra en el ala.

Novela brillante, ya digo, y también algo más compleja y menos plana de lo que a primera vista parece, acerca de la amistad entre dos mujeres, al comienzo, tres más tarde, de las relaciones d amor intenso y de comprensión difíciles entre padres (madres) e hijos, de los afectos profundos, que surge alrededor de unas plantas en un vivero (a veces no hace falta tener mucho más en común) donde ya se anuncia la primavera entre una profesora sueca y una chilena que tiene que pelear duro por sobrevivir, una amistad que implica enseguida a las dos familias, a la sueca y a la chilena, cada una de ellas con sus zonas de sombra a cuestas, sus mentalidades tan distintas (aquí me parece que se le va la mano didáctica a la autora), sí, cierto, pero también un viaje al horror, a la desesperanza, al daño irreparable, un viaje al Chile de la desmemoria que se cierra con al detención de Pinochet en Londres. Novela repleta de personajes mayores y menores muy bien construidos, muy atractivos en sus rasgos de detalle (repulsivillos en ocasiones como cada hijo de vecino), incluso cuando no están sino meramente apuntados, cada cual con sus grandes y pequeñas pasiones a cuestas, que sirven al propósito de la autora, como es el de mostrar la trama oculta, el dechado sobre el que se tejen las relaciones de amistad, sus vaivenes, sus zonas de sombra, y el viaje a la conquista de la verdadera identidad: la memoria del daño asumida mal que bien, en situación de manifiesta inferioridad a veces, la recuperación del gozo de ser persona a pesar de los pesares. Es un relato de una notable eficacia narrativa, engañosamente esquemático en el tratamiento de algunas escenas menores, auténticos contrapuntos de punta de vista que enriquecen mucho el relato. Sobrecogedora a ratos, muy emocionante en otros, delicada, profunda, bella, Aves migratorias, es una de esas pocas novelas que tienen al día de hoy el poder de sacudirnos y emocionarnos, de hacernos compañeros de viaje, en la amistad y en el

*** Artículo publicado en El Cultural, del diario ABC, Madrid, 14.10.2000.

 

Sueños malabares

 

CUANDO tienes cuerpo de fuga no hay quien te detenga. Es cuestión no ya de sentir un prurito ocasional, esa comezón que a veces empuja al desastre, sino de estar siempre en disposición de irse a otra parte, en vuelo, sea invierno o verano, pero más con lo segundo, aunque al final te quedes, de cuerpo presente quiero decir. Esto al menos me fue quedando claro a partir de aquel verano. Con catorce años y medio puedes arruinar tu vida para siempre escribiendo por ejemplo una carta al padre sólo buena para limpiarse el culo con ella, o puedes echarte a ver mundo y no volver a pisar tierra firme de la corriente jamás. A mí me pasó lo segundo (sobre poco más o menos).

Aquel, el de mis catorce años, pudo haber sido el verano de mi vida y en cierta forma lo fue, vaya que sí. Todo verano es un último verano, suelen escribir los poetas (mayormente los de la experiencia), que es algo que queda dabute aunque no se sepa muy bien qué se quiere decir con ello, un tiempo para echarse al campo, para empezar aventuras y para seguir en ellas casi de por vida.

Fue, casualmente, el verano en que mi padre me metió a obrero –aprendiz… y aprendí que los mamporreros de la patronal son gente espantosa siempre–, aunque esta sea o parezca otra historia. Tal vez por eso, por estar harto (y atemorizado) de fresadoras, taladros y soldaduras, formé intención de echarme a la aventura, y no volver a ponerme un mono más que para bajar a las profundidades de las cuevas en donde también puedes quedarte un buen rato a la fresca y quizá para siempre -feo asunto este, feo-. El mundo visto a través de la saetera de mis papeles me parecía ancho y las posibilidades de aventura enormes –esto también es lo propio de un verano que se precie–, y había que correrlo, y cuanto antes, mejor. Era un asunto que no podía dejarse para mejor ocasión.

Más o menos estas eran mis cavilaciones del mundo ancho y del mundo estrecho, del mundo amargo y del mundo alegre, en extramuros siempre, cuando tropecé una vez más con el circo. Nada como merodear por los alrededores del circo, meter la cabeza en el buzón de sus lonas, como quien la mete en la cabeza de un león, para saber de qué va la vida. Además me acordaba mucho de la malabarista del verano anterior, una que había visto haciendo juegos con unos bolos y contorsionándose como una rueda: la promesa de Los Ormanis. Pensé muchas veces en ella. Allí, en el circo, se me abría una puerta ancha y prometedora ornada de bombillones, y había que franquearla. Al otro lado estaba la aventura y la vida en forma de aquel nudo andante que era la Ormani en traje de lentejuelas. Estaba decidido, tenía que escaparme de casa y enrolarme en el circo, en el Americano me parece, que era el más moderno. Podía haberlo intentado con alguna barraca de fenómenos y atrocidades de las ferias, porque sin saberlo esa iba a ser a la larga mi oficio o poco menos; pero no, el mundo de la carpa y la pista me tiraba una barbaridad, me parecía de más fundamento. Yo suponía que de esa manera iba a correr mundo enseguida y por la brava, porque los cosacos y los indios del oeste americano resultaban muy prometedores, y las minas del rey Salomón no podían estar lejos de aquel hipopótamo de aspecto tristón, y el Tigre de Mompracén tampoco. Además, era demasiado joven para enrolarme en la Legión o para irme a pescar bacalao a Terranova, que era lo que hacía la gente de trueno de Pamplona, antes, durante o después de haber hecho algún estropicio de campeonato (a veces y por los mismos motivos también se iban de monjes un rato). El circo estaba bien, era a mi modo de ver más accesible, podía dar volatines y saltos mortales en el trapecio y dar vueltas a lomos de un caballejo, yo qué sé. El asunto era irse, correr mundo. Tenía vocación además de tío de pista y tablas. En mi casa no les gustaba el circo porque decían que era pecado, y es que las trapecistas, las domadoras de lobos y en general las mujeres salían demasiado ligeras de ropa, así, cómo suena, y vivían muy, pero que muy amontonados (también así como suena y en general). Y lo que había sido el espacio de la alegría y el encantamiento, era de pronto un terreno prohibido. Cosas. Vivíamos lejos del Manicomio Vasco-Navarro de San Francisco Javier, pero no sé, ya entonces la fumarola de la insania se metía por todos lados, y a veces parecía que viviéramos dentro de sus tapias, mejor por tanto la aventura, los terrenos baldíos de extramuros, el circo.

A mí las trapecistas, las domadoras, las contorsionistas, ni me gustaban ni dejaban de gustarme, me parecían algo tan admirable como cualquier otro número, hasta que ví a la Ormani. En el circo se respiraba no sé, un aire de libertad, de bohemia que la llamaban, muy distinto al de aquella ciudad de tapias, conventos, campanas y cornetines de ordenanza. En el circo olía a bosta, cierto, pero también se percibían los perfumes de la aventura, esos que vienen del otro lado del canal de Suez y son perfumes de papel, o que se perciben en el interior del bosque, con los proscritos, como Vidocq, el ladrón policía, que resultaba de lo más atractivo. El circo iba a ser de fijo la solución a todos mis problemas. En el circo no había curas pajilleros ni tíos locos que estaban casualmente al otro lado de la tapia del manicomio, los que habían echado y se habían olvidado cerrar la puerta por fuera. En el circo había, parecía, una alegría curiosa, contagiosa, atractiva, algo que te metía la música en el cuerpo, las ganas de jarana, y el entusiasmo y el riesgo y la destreza, lo verosímil, la apariencia. La otra cara estaba todavía a oscuras; la del circo y la de otros asuntos de menor animación también.

Aquel universo de caballos y jinetes, de trapecistas, lanza llamas, equilibristas, enanos y gigantes, domadores, bichos al por mayor o al por menor, tigres, leones, elefantes, payasos estrepitosos, malabaristas, elefantes, magos e ilusionistas, que hacían aparecer y desaparecer gente a voluntad, gente un poco de todas partes y de ninguna, era el que merecía la pena. La vida de todos los días era a su lado bien poca cosa.

Lo mejor fueron, como siempre, los preparativos: el equipaje para la fuga. Reuní unos trozos de mapas Michelín de España y Francia, mi Huck Fynn hecho puré, unas gafas de bucear que me tocaron en una tómbola para por si acaso, unas pieles de lince o de tejón o de algo así que había en el desván de casa con las que iba a confeccionarme un traje tarzanesco, la carta de despedida en la que, breve y enigmáticamente, aseguraba que volvería rico y famoso, la bicicleta de mi número. O lo que es lo mismo: la espera ansiosa, y el viaje y las tardes de pista anticipados. Se me fue el verano en ello. Di volteretas como un loco, hice contorsionismo aproximativo (pensaron en llevarme a un médico a que me miraran bien mirado), me colgué de trapecios improvisados, hice de funambulista de la pura nada, me magullé bien magullado, perfeccioné equilibrios en una bicicleta improbable, prehistórica, una bicicleta de asalto, una suerte de apisonadora a pedales… Ya estaba en la pista, lejos, en otra parte, y la pequeña Ormani pegando cabriolas vestida de lentejuelas, catapultada por el cielo de la pista (y con ella, claro, o algo así)

Por fin llegó el circo. Los Ormanis no venían en cartel. Pero yo estaba decidido: correría mundo en pos de mi malabarista, de una malabarista. El último día, a media mañana, cuando unos se desperezaba a la puerta de sus caravanas y otros se entrenaban en juegos malabares, me metí con mi bici en el circo y me acerqué a uno que tenía cara amable y estaba dando de comer a unas focas. Le expliqué por lo menudo cuáles eran mis pretensiones, mi oferta concreta, la de enrolarme en aquel banderín de enganche del ilusionismo y la pista, el trapecio y la bici aquella. El otro me sonrió mucho y me miró con benevolencia cierta. Me dije: «Tate, tate, tu de esta equilibrista». Cuando acabé mi parlamento el de las focas me espetó: «Non capisco niente io sonno russo». Me quedé de piedra. Pero el de las focas llamó de seguido a un forzudo o algo así, porque le había visto moviendo de aquí para allá cosas de importancia, grandes, parecía ser el que hacía de Taras Bulba en los carteles que se quedaron pegados un invierno de nieve en las condenadas tapias. Inicié por segunda vez mi discurso, pero a las pocas frases el forzudo del cráneo rasurado me espetó: «¡Anda chaval, larga de aquí que te pego una hostia!». Muy castiza me pareció la franqueza como para ser cosaca, o india, muy castiza y muy amenazador el tono. Me fui con mi bicicleta y mi maletilla, pero con aquella música pimpante metida en alma, a otra parte, para siempre.

 

*** Relato publicado en El Mundo, UVE, Madrid, 15.8.1997, p.8., y también en El sueño de un verano, Madrid, Espasa, 1998, p.117-123.