Venir de lejos

 

VIENEN a por todas, vienen dispuestos a todo, y a trabajar de esclavos no es la menor de sus apuestas. Vienen, dicen, en busca de una vida mejor, de la vida a secas en muchos casos, cosa que ya no sabemos qué es, vienen y pierden la vida en el intento, y lo saben cuando se embarcan, cuando emprenden viajes que tienen mucho de ruleta rusa, y nosotros asistimos al espectáculo informativo sobrecogidos y ahítos de la rutina de su desdicha. Y cuando se cansan de ser tratados como animales, como carne de cañón, como esclavos, de tener miedo a ser expulsados de su pequeño paraíso, salen a la calle o se encierran en algún lado, y piden y gritan, piden papeles y piden jala y piden un hueco, y piden un curro, y piden a secas. Y el drama continua en la escena de los márgenes con unos espectadores que suelen mirar para otra parte o ver otra cosa que lo que sucede delante de sus narices.

Vienen, de lejos, de menos lejos, a veces no saben ni a dónde vienen, y traen sus costumbres, mal asunto, malo de veras, su propia lengua, su religión y su irrenunciable identidad, su memoria, y en cuanto pueden las sacan y las exhiben en la acera, y se ganan sin saberlo, ¿o si?, sus primeros enemigos, los que ven en la diferencia a su enemigo, los que para ser algo necesitan tener enfrente a alguien distinto y a ser posible inferior. Vienen y se pierden en la gran ciudad o en el mundo rural, allí donde las explotaciones de sol a sol son la regla, jornaleros, en lugares más perdidos todavía, más indefensos cuanto más lejos vayan, cuanto más escondidos crean estar. Vienen del sur y vienen del norte, es decir, del este de Europa, más invisibles a través de fronteras tan permeables que son un bulevar, vienen y caen en manos de las mafias (esos estados dentro del Estado, al margen, con poder y leyes propias de los que todavía nadie se ocupa), como cayeron en los años sesenta los portugueses que escapaban de su miseria y su dictadura (qué poco, qué nada se escribió de aquella infamia: La cuerda rota, de Pablo Antoñana), vienen de muy lejos, y vienen, en general, para quedarse, para montarse una vida nueva, distinta, digan, pacten o amañen los gobernantes de turno, vienen para quedarse y poco importa que sea con o sin tradiciones, con o sin memoria, con o sin religión, porque delante de sus narices está la religión del dinero, sin culpa, sin cargo, sin factura. Vienen y trabajan como esclavos, nutren los mercados de la madrugada, el del trabajo mal pagado y por horas, el del abuso, el del vivir en vilo, tienen un sentido de la competitividad que raya en la pura y simple supervivencia, y a veces se hacen acomodados y compran, y suben a donde otros no lo hacen, y entonces medran, e inquietan y alimentan el rumor de fronda. Sería de tontos no verlo. Sería de tontos no ver que quien está dispuesto a conquistar su vida está dispuesto a pagar un precio muy alto por ello, el que sea, el del mercado, un precio que otros no pagan porque ya están ahí, instalados, en la feria de la abundancia, poco importa que sea en los umbrales de la pobreza, o porque han tirado la toalla o porque vaya usted a saber por qué. Y hasta valen para curas, hasta los obispos ven en ellos la cantera del futuro sacerdocio, como valen para soldados, para nutrir la legión extranjera de quien ni sabe lo que hacer a ciencia cierta con el ejército ni con los emigrantes, no por incapacidad sino porque el mismo tejido social cambia a mayor velocidad que las leyes y los proyectos sociales que no pueden contenerlos. Porque son muchos, porque tal vez sean demasiados, porque van a modificar la sociedad tradicional española, como han sido modificadas otras, con un precio cierto de dolor y de tensiones sociales. Y son necesarios, ahí es nada, necesarios, y necesariamente iguales a la postre.

Vienen y se instalan, en viviendas que son zahurdas, cochiqueras, ruinas encubiertas, en lugares en los que parece imposible vivir, se hacinan, huraños, altivos, conquistan como pueden unos metros cuadrados, un trozo de calle, de parque, de extramuros, ponen comercios de frutos secos, es un decir, con la botillería escondida bajo una coqueta cortinilla de percal, en los que a veces brilla un buda con varillas de incienso eléctricas, aparecen en la esquinas, también, claro que sí, y en los descampados, ahí donde la ciudad es un bujero y sólo un bujero de sordidez y muerte, y se hacen los amos de la pequeña parcela, se protegen, piensan con muy bien sentido que existe una sociedad en la que como me decía un día lejano Rafael Chirbes, sólo se puede entrar a punta de navaja. Hay que darse una vuelta los domingos por la tarde, los aburridos domingos por la tarde, por los parques y arrabales, o por el centro de la ciudad o por las colas de los conventos, donde el bocata de mortadela y el vasito de café (ay, cachitos de cielo, ay), por los alrededores de los locutorios, las oficinas de transferencia de fondos (y los internetes clandestinos que haberlos, haylos, en sótanos igualmente clandestinos ganados a la calle como minas raras) y mirar un poco para empezar a darse cuenta de su precariedad, su miseria, su ensimismamiento, su pulule infatigable.

Vienen y despiertan los viejos demonios familiares, los de la xenofobia y el racismo, que son los demonios nunca del todo digeridos en un país (el de los nuevos nuevos y al desmemoria) en el que el racismo, la xenofobia, el antisemitismo fue la ley, así como las generaciones de agravios que no cesan, y la limpieza de sangre que si no se tenía se compraba, como la hidalguía, para poder tener mejor fortuna (colegiarse en un colegio profesional) o ser oficial del Ejército. Si hay un conflicto la culpa es de los extranjeros que anden por los alrededores (vienen bien como capazos de las hostias) y las cámaras enfocan a la fiera de mala dentición (por guarrería) que exclama alborozada: <<¡Habría que matarlos a todos!>>, sin que le pase nada, impune, feliz, seguro de su triunfo ante las cámaras, porque que sabe que cuenta con el aplauso de sus convecinos, sus iguales, los que piensan, y lo dicen, que la calle es suya, y el aire y lo que haga falta, y los demás deben ir al rincón y chitón. Y uno ve, desde el mínimo rincón en donde vive y porque algo sabe de ello, que ese no es más que el comienzo, que vendrán los argumentos de los de aquí y los de fuera, que son los del desprecio y los injustos del sucio tener mejor derecho de quien no sabe, porque no tiene ni idea, qué es eso, qué es ser de verdad ciudadano, no miembro de tribu alguna sujeto a sus leyes más que a las leyes del común.

Vienen y de pronto despiertan las cuestiones también viejas de que su religión incomoda, sus costumbres también, es decir, su forma de vestir, su chador (de no ser tan tan discutible el laicismo de la enseñanza en España ya habríamos tenido conflictos), su manera de vivir; despiertan una violencia oculta, un rencor vivo, que revela las carencias de mera instrucción de los naturales del país, un desprecio, en quien los ve como un enemigo, como un competidor temible (y ahí aciertan porque lo son, porque vienen a por todas, a por lo que muchos no están dispuestos a dar) y no hace ascos a la mentira, a la crueldad y al delito. Y la ciudad cambia con ellos, aparecen sus bares, sus casas de comidas, sus santerías, sus barrios, sus mezquitas y lugares de culto, su música, sus olores, todos distintos, sus comercios casi exclusivos, que sólo resultan exóticos para los ojos de quienes así los miran, porque para ellos son necesarios, de primera necesidad, sus mercadillos en los que hay frutos raros, y especias, y maneras, y rostros y voces y lenguas distintas…. Son los otros y ya están aquí, pese a quien pese, pese a las leyes, por encima de ellas, por debajo, por las rendijas, por las gateras, por la puerta grande.

*** Artículo publicado en el diario El Mundo, Madrid, 29.3.2001

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