El caso Modiano

modiano1-tt-width-604-height-630-fill-0-crop-1-bgcolor-000000-nozoom_default-1-lazyload-1EN 1978, Patrick Modiano publica La calle de las bodegas oscuras, su sexta novela y una de sus novelas mayores, y en sus páginas se hace una pregunta que funda su motor literario más significativo: ¿qué queda de la vida de un hombre? A saberlo se aplican los personajes de esa novela, vagos detectives, que se mueven en una ciudad y en territorios fantasmales. Identidades perdidas, identidades ganadas, duplicidad de vidas, escamoteos… Es preciso seguir sus pasos para ver cuáles son los intereses narrativos y fundacionales del arte narrativo de Patrick Modiano, en su permanente juego entre los ejercicios de memoria y su ausencia, entre la amnesia y la reconstrucción interesada, fragmentaria.

La respuesta a la pregunta citada, referida a los papeles de identidad y a las endebles pruebas documentales que el tiempo adelgaza, estará presente a lo largo de toda su obra: una carta, una agenda, fotografías, recortes de prensa, tarjetas de visita, una línea en viejos anuarios comerciales o telefónicos que dice coleccionar Modiano, un nombre en un registro… tiradores todos de la memoria y pruebas documentales de cargo, que serán el punto de partida de un viaje al pasado en pos de las propias huellas. Viaje equívoco este porque el narrador, Modiano o cualquiera de sus alter egos, de lo que tratan es tanto de saber como de huir de ese pasado que les persigue, amenaza y puede hacerles daño, aunque el lector no acaba nunca de enterarse por qué, y se quede en vilo, en el oscuro terreno de la amenaza. Un temor evidente a encontrarse con gentes que regresan de ese pasado para sumergirse de seguido en la nada, en el olvido, tras dejar el mensaje de la vida dañada sin remedio.

Así, un viejo periódico, en concreto un Paris-Soir del 31 de diciembre 1941, donde Modiano encuentra un aviso de búsqueda de una joven, Dora Bruder, será el motor de la novela homónima en la que la novela de la pesquisa franca y abierta de una desaparecida en las redadas del Vel d’hiv o de Drancy que alcanzaron a muchas familias francesas de origen judío. Un caso entre muchos otros y una apuesta en contra de un olvido social generalizado y consentido. Modiano se mueve a tentones por la época de la Ocupación –“su paisaje”, dirá de manera muy temprana-, pero su búsqueda se agota en sí misma, el cansancio se apodera del narrador que deja para mejor ocasión el ir a comprobar por sí mismo si el nombre de Dora Bruder figura en los registros escolares de la escuela más cercana a su domicilio.

         La Ocupación, ese “paisaje” literario y personal al que se refería Modiano es algo que él, nacido en 1945, no conoció más que cuando era ya cosa del pasado. Una herencia que pesará de manera negativa en su infancia y adolescencia, y marcará el contenido narrativo de buena parte de su obra. Su padre, de origen judío, se dedicará durante la Ocupación al mercado negro, algo que aparece en varias de sus novelas (en esta Reducción de condena por ejemplo), siempre rodeado de personajes turbios cuando no francamente delincuentes: los ambientes interlopes, serán los característicos de Modiano cuando no se refugia en un café del barrio latino o huye, en tardes deshabitadas, por barrios de París desolados (los dibuja muy bien Pierre Le-Tan): Quartier perdu. El ajuste de cuentas con su padre y su mundo oscuro será una constante y un buen terreno narrativo.

         Modiano, ya lo había reseñado Bernard Frank, es un “caso”, un fenómeno literario, por su fidelidad a las propias huellas fundacionales. Lo mismo afirmaba Paul Morand que creyó en él desde el comienzo (aunque pensara que La ronde de nuit era un fracaso: no se podía hacer una novela policíaca pija de algo tan siniestro como la rue Lauriston).

         Reducción de condena (1987) será, tras Livret de famille (1977) un nuevo ensayo de encarar sus fantasmas familiares, su infancia, los cambios de domicilio, la precariedad, el padre fantasmal, huidizo, y la madre actriz que se mueve al ritmo de sus representaciones y se desentiende en la práctica de sus hijos: Patrick y Rudy Modiano en pensión, a merced siempre de conocidos, de cuidadores, de gente poco clara, tan desvalida como ellos muchas veces. Su familia, exorcismo y asunción de su filiación: una recurrencia narrativa –habrá personajes que aparecerán en La petite Bijou (2001) y en Un cirque passe (1992) que alcanzará su punto culminante en ese gran logro modianesco que es Un pedigrí, mucho más que “más de lo mismo”, que de manera malévola se puede caracterizar la ya colosal obra de Modiano...

A mi juicio, el máximo logro literario de Patrick Modiano, de auténtico ilusionista de la narración, es el de ser capaz de seducir a sus lectores arrancando misterio a lo que no parece que lo tenga, de asomarlos a escenarios vacíos o sumergidos en una niebla intensa en los que pueden escuchar los pasos de gente desaparecida hace cuarenta años y de la que lo ignoran todo, pero a la que acaban poniendo rostros, incluidos lectores españoles del siglo XXI, a quienes la banda de la rue Lauriston (la sede de los servicios parapoliciales franceses de la Colaboración ligados a la Gestapo), por ejemplo, le suena a chino mandarín. Todo en Modiano tiene un aire Modiano, hasta cuando este hace de sí mismo en una película de Raúl Ruiz con cuyo universo tiene sutiles relaciones. El arte novelesco de Modiano no consiste tanto en elucidar y poner en claro de manera definitiva aspectos de su pasado, como en el de embarullar las huellas, los recuerdos, bien de cosas vividas, bien heredados, bien fabricados por acumulación, y no menos verdaderos al cabo. Ningún escritor francés de su época es capaz de contar sin contar, de imponer sus balbuceos (que se harían famosos), sus andanzas sonámbulas, por París o por otra geografía urbana, de manejar los silencios narrativos y las elusiones, de amagar pistas que de antemano se sabe darán en nada y de tener unos lectores fieles y algo más que fieles que lo colocan sin dudar y a fecha fija en la primera fila de la literatura francesa de hoy. Modiano, un caso, y a fecha fija escribe con tiza en la pizarra, como si del último beaujolais se tratara : “El Modiano nuevo ha llegado”.

*** Artículo publicado en ABC Cultural, 7.3.2009

Un manto de lenguas

2adaf61d9dSe me ocurre que no es una mala forma de comenzar una pesquisa en torno al rumor recordar el, para mí, sorprendente efecto escénico apuntado por Shakespeare al comienzo de La Segunda Parte del Rey Enrique IV cuando escribe: “Entra el RUMOR, en traje cubierto de lenguas pintadas”. Qué mejor manera de representar al rumor que un traje, o una capa, con lo que ésta tiene de ocultación y embozo, cubiertos de lenguas. Y no me resulta difícil imaginar la impresión que puede producir en el espectador ese personaje que presenta la obra cubierto con un traje o con un manto de lenguas, surgiendo de la oscuridad, a la luz de unas teas: lenguas rojas como llamas… De la misma forma que resulta difícil olvidar el monólogo de este personaje hablando de sí mismo como prólogo a una historia de rebeliones, olvidos, derrotas, juventud, poder y muerte a la que pone su sal y su tragedia sir John Falstaff. Pero no logro imaginar su rostro. O mejor dicho, sí, pero más que un rostro sería una rápida sucesión de máscaras cambiantes que el espectador sólo llegaría a entrever un instante. Esa ausencia de rostro es uno de los rasgos que caraterizan al rumor. Nadie lo propala, nadie le presta oidos. Ahora está aquí, más tarde allí, en otra parte.

Ese personaje que al desaparecer deja sobre la escena la confusión, y se complace en que los correos lleven consigo prestadas a las lenguas del Rumor, “los dulces consuelos de la mentira, peores que las verdaderas desgracias”, sabe que el rumor es más atractivo que la verdad o que la noticia cierta, pues en él, además de la mentira, cabe, claro está, lo cierto, pero también algo más sutil y más atractivo: lo posible, lo que es verosimil, especulable. Y al permitir la especulación, pone viento en la imaginación, enciende las ospechas, permite la vana esperanza de lo mejor y el temor de lo peor anticipado, el engañoso cambio del curso de los acontecimientos. Cabe preguntarse qué es lo que despierta el rumor para que lo rumoreado sea más atractivo y más creible que la verdad misma. Y probablemente la respuesta este, además de en la insatisfacción, en esas pasiones distintas y encontradas, la envidia, el odio, la codicia, los celos, -pasiones tristes en palabras de Spinoza-, que lo alientan y sirven de eco, y sin las que el rumor no sería sino el pábilo humeante de una vela apagada.

Es difícil no prestar oidos al rumor. El personaje de Shakespeare lo sabe, por eso habla de sí mismo como de una flauta en la que “soplan las sospechas, los recelos, las conjeturas, y tan sencilla de tocar, que ese monstruo sin arte, de cabezas innúmeras, la multitud eternamente discordante y bullidora, pueda hacerla resonar”.

Un elemento más del rumor, la masa, la turbamulta, un público que desea un espectáculo continuo y continuamente renovado y que le sirve gustoso de eco. Existe una relación estrecha entre el rumor y la multitud descontenta, ávida de noticias y de cambios. El rumor suele estar en el origen de esas sobrecogedoras acciones de la muchedumbre presa de un ciego impulso de brutalidad, de violencia. El rumor crea cómplices cómodos y efectivos de la injusticia y hasta del crimen, buenos encubridores. Y eso lo saben quienes lo echan a rodar, pues además del rumor espontaneo, hay otro calculado y frío. Me acuerdo ahora mismo de Fritz Lang en Furia y de algunas páginas de Elias Canetti; pero también de acontecimientos de la vida diaria que tienen al rumor como protagonista.

En la película de Fritz Lang es el rumor de la captura de uno de los autores de un secuestro el que desencadena la violencia, el ansia de venganza, de destrucción, el odio, de una pequeña ciudad norteamericana. Unos ciudadanos que desean cobrarse la justicia por su mano y no se preguntan si aquel que está encerrado en la prisión es culpable o no; necesitan un culpable, eso es todo. Dan vagamente por cierto lo que han oido, lo que corre por las calles, por los patios, en la barra del bar, no por que les mueva el instinto de justicia, sino la necesidad de sacudirse el aburrimiento, de salir de la rutina, de la vida parda de todos los días en la que nada o casi nada sucede, se la que ellos son los protagonistas y los epsectadores hastiados. Y después de que el rumor desaparece de escena, dejando tras de sí la ruina, el miedo y la vergüenza, la ley del silencio. Nadie quiere salir de ese protector anonimato que confiere el rumor. Cada cual no dice más que lo que ha oido, no otra cosa. No hay culpables.

En el filme de Lang el rumor aparece más asociado al odio, a la violencia y a la muerte, que a esa maledicencia, a esa insidia, a la envidia y los celos, exenta en apariencia de violencia, más propios del rumor en las pequeñas comunidades, en los petits noyaux, en los cotarros, en las tribus urbanas, en los pequeños mundos cerrados sobre sí mismos que controlan a sus miembros, recelan de la disidencia y no tienen otra prueba de su existencia que el espejo. En estos casos, sin embargo, la violencia del rumor es algo sordo, latente, una amenaza continua que puede o no convertirse en brutalidad, en violencia física; pero que primero se vive como intimidación, como temor inconfesado.

En algunas pequeñas comunidades, el País Vasco, sin ir más lejos, existe un rumor que se propala sin que nadie sepa de dónde viene, quién lo ha hecho correr -esa es la expresión que mejor corresponde al rumor-, imparable, que relata aquello que quien lo escucha desea en el fondo oir porque le identifica con sus convicciones arbitrarias y mesiánicas -la aparición del traidor, del vendido, del martir y también de quien pone en peligro la existencia de la comunidad-, que más tarde provoca la acusación ominosa y anónima que aparece escrita en una pared y que termina con un cuerpo tendido en el suelo, del que nadie -ese vago “la gente”- quiere saber nada, dando con ello crédito al rumor, convirtiendo a los indiferentes en cómplices y en encubridores. Ese rumor se confunde aquí con la delación que propicia el arreglo de cuentas, con una suerte de un linchamiento moral, con la perversión del crimen impune. Sería este caso de sociedades atemorizadas, dominadas por las mafias, las camorras, sociedades demasiado cerradas sobre sí mismas, fundamentadas en la exclusión y en la defensa de unas vagas esencias. En ellas, el rumor sería la mejor arma de atque y de defensa; un arma mortal.

Y junto a ese, otro más, y otro, tantos como vientos, como lenguas, el rumor ominoso de la pequeña ciudad que obligaba, por asfixia, por esos minúsculos conflictos que hacen la convivencia imposible, a algunos de sus habitantes a marcharse, primero encerrados en sus casas, luego proscritos y huidos, y sólo de regreso cuando todo había sido olvidado y aún así… todas esas historias, las hay, siempre las hay, que comienzan con el “dicen” y en las que la simple diferencia o la transgresión de unas reglas no escritas de convivencia, de unas convenciones arbitrarias, de unos prejuicios en definitiva, están en el origen del rumor que propala la calumnia. Y es que en toda pequeña comunidad, grupo social, tribu, camorra, hay quien vive del rumor, que en ello obtiene su crédito, que va de un lado a otro presuroso llevando o trayendo la última noticia -“se dice”, “me han dicho”-, y al que le prestan atención no precisamente los más cuitados, sino todo el que se pone al alcance de su lengua. Sería aquel “Delator” de Elias Canetti en Cincuenta caracteres, un profesional del rumor que no puede parar quieto, siempre apresurado de un lado a otro, de tertulia a covachuela, de la barra del bar al salón del barbero o del poncio, es lo mismo, siempre en posesión de un secreto que hace correr con la impostura cómplice de la discreción -el asunto es estar en el secreto, compartirlo-, destripa famas, arruina créditos, sabe que lo que él cuente será contado y rondará de aquí para allá hasta que llegue ánonimo a oidos de su víctima. Un daño irreparable.

Y otra cara más de ese personaje de muchos rostros: el rumor como subversión. El rumor que siembra la inquietud, la burla, que hace correr el pormenorizado relato de los abusos y atropellos reales o ficticios del poder, de sus lacras y miserias ocultas, que agrupa enemigos y sostiene resistentes, y que encontraba reflejo en los códigos penales que castigaban a quien propalara rumores falsos en tiempo de guerra o en tiempo de paz… Cosas de las dictaduras o supervivencia de sociedades más primitivas que viene a ser lo mismo. Cómo no pensar que es el rumor un arma en manos de quien puede propalar falsas noticias. Qué cosa más subersiva que esa mentira disfrazada de verdad, esa verdad a medias, esa certeza aplastante que corre de aquí para allá y socaba los grandes discursos, el mensaje del mesías de turno. Cuando las cosas vienen mal dadas todo se hace rumor.

El rumor como subversión del poder; pero también como ejercicio de este. Hay veces que las falsas noticias se hacen rumor o aquellas nutren este. El periodista en momentos de confusión, en momentos en que el espectáculo está en su apogeo, sobre todo si este es siniestro, sangriento, se hace eco de lo que escucha en la calle y de lo que le aseguran fuentes oficiales, fuentes cercanas al poder, los portavoces mismos y con ello hacerse eco de un rumor calculado cuyo objetivo es encontrar apoyos, cómplices, simpatizantes ¿No fueron meros rumores las noticias de las fosas de ejecutados en el golpe de estado rumano? ¿No conmovieron a los espectadores? ¿No convirtieron aquellos cdáveres anónimos en mártires? ¿No produjeron en este caso un movimiento de simpatía y de solidaridad y uno parejo que exigía más venganza que justicia? ¿Y las fantasías del agua envenenada y de los ejércitos subterraneos? Los medios de comunicación se hicieron entonces eco de los rumores, de las fantasías, que corrían por las calles, lo aventaron y si algún objetivo tenían aquellas noticias falsas fue cumplido con creces.

Sí, el rumor de Shakespeare, y casi el de todos los días, es el de la guerra, el de la desgracia, el de la deslealtad, el de la muerte … pero queda sin embargo, o tal vez hubiese que hablar de él en pasado y escribir quedaba, otro igualmente antiguo, el de lo extraordinario incomprobable y lo sucedido en lejanas tierras, que nutrió los libros de maravillas, animales fabulosos, plantas y piedras de propiedades extraordinarias, hizo perderse a viajeros demasiado crédulos, y alentó las historias de las noches largas.

*** No tengo la más remota idea de dónde publiqué este artículo, ni cuando.

 

 

 

 

 

 

 

Arma de de supervivencia

índiceViajemos a una aldea de la isla de Bougainville, asolada durante la guerra civil que desde 1989 a 2004 enfrentó a sus habitantes, por causa de una empresa minera de extracción abusiva de cobre y metales preciosos, en un clima de barbarie extrema, y escuchemos unas voces nativas que nos cuentan la vida imaginada de Pip y de paso las suyas propias. Una guerra perdida en la que murieron más de veinte mil personas y que produjo un éxodo masivo de refugiados y desplazados –Matilda, la narradora de la novela entre ellos– a otras islas de la Polinesia, además de desabastecimiento y corte de servicios sanitarios y de educación, que es el supuesto que aprovecha el autor para poner en marcha su novela.

El señor PipEs en ese escenario remoto donde Lloyd Jones coloca su fábula literaria El señor Pip, urdida alrededor de la obra Grandes Esperanzas, de Charles Dickens, «el señor Dickens», para sus lectores de Bougainville. Una fábula poderosa, emotiva, sobre el poder de la literatura para introducirse en otras vidas y vivir en ellas, para asomarse a otros mundos y ensanchar el propio de manera casi ilimitada, hasta dar con la propia voz irrenunciable y la no siempre inocua confusión entre realidad y fantasía, cuando esta ciega a aquella, tal vez por exceso de iluminación. Y en el caso de El señor Pip, gracias a la obra de Dickens, a sus personajes y pasiones, a lo que el autor de Grandes Esperanzas supo «acerca del alma humana y de su sufrimiento y vanidad». Pocas cosas tan raras y de resultados tan imprevisibles como ver –con los ojos cerrados de la imaginación avivada por la lectura, como pide Lloyd a través de sus personajes– a unas bestias uniformadas entregarse a la búsqueda criminal de un personaje literario, dándolo como alguien vivo y un rebelde subversivo por añadidura.

Vivir otras vidas y salvar la propia cuando esta transcurre en condiciones de precariedad extrema gracias precisamente a la lectura, a la relectura de una obra literaria en cuyo interior se vive y a su reinvención con la ayuda de la propia voz, aunque el hacerlo pueda costarte la vida, y todo gracias a uno de esos personajes, el señor Watts, que parece que solo Dickens pudo poner en escena, un improvisado maestro de escuela que poco sabía y que había dado sentido a su vida huyendo del silencio como lengua materna, y a quien la narradora, en aquel lejano medio hostil nunca vio «con machete: su arma para sobrevivir era el relato».

 

*** Artículo publicado en el diario ABC, de Madrid, el 10.1.2009

Trucos de escena

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NADA más patético que las añagazas a las que recurre el escritor que ha basado su oficio en el espectáculo y duda de su oficio, de si mismo y hasta del copón de la baraja. Nada de autocrítica entonces, sino más sesiones que no bajen bambolla. Si descubre, tarde siempre, que el público se cansa o se da cuenta de que ese mismo público empieza a sospechar que es un saco de humo librado a las artes de la escena y a la tartufería, entonces reniega de esas mismas tablas, de la bambolla mediática y se hace el eremita literario y hasta compne el gesto de tal. Hay escritores o mejor, hay personas, que no tienen remedio. Lo cierto es que cuando el escritor se siente acabado y enseña la trama desgastada de sus trucos, recurre a la entrevista periodística amañada para recuperar el crédito perdido, y ahí expone, por ejemplo y como mínimo, que se va a ir a Nueva York a escribir una novela sobre un zar de Rusia que se hizo vasco de mayor, o viceversa tal vez, que también tiene su miga, o alguna otra jacarandosidad por el estilo, resultona, enorme, disparatada, sí, pero muy atractivo para un público de avestruces que digiere hasta las piedras. Quien ha hecho del marketing y las operaciones calculadas al milímetro su verdadera patria, reniega de ella lo más publicamente posible con olfato de perdiguero y maneras de folletín hecho escena. Me dirán ¿tiene esto que ver con la literatura? Pues sí y no. Tiene que ver con la indecente manera, denunciada hace unos días por Jiménez Lozano, el último premio Cervantes, en que a base de maniobras de agentes literarios sin escrúpulos, palmeros y mamporreros mediáticos que saben cómo levantar sacos de humo para construir famas, editores dedicados al bandidaje, libreros que esconden los libros de aquellos autores que no les gustan, amiguetes y secuaces puestos en pie de guerra, instituciones representadas por zánganos y sobre todo autores dispuestos a todo para conseguir la gloria dichosa, sea, en la actualidad, mucho más interesante este estado de rencilla y azuze, de trampa y de cartón que oculta la ausencia de ideas, que las propias obras. La sociedad literaria es ya una balzaquiana materia novelesca, duerme bajo una perenne sombra de la higuera.

*** Tal vez se publicara en el suplemento Territorios del diario El Correo, de Bilbao, ignoro la fecha.

Robinsonadas en el paraíso

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La de huir, huir, allá lejos, es recurrente fantasía de robinsones, como la de imaginar islas desiertas donde perderse, pareja a la de empezar una nueva vida o la de reinventarse, pero siempre en otra parte, ahí donde Tabucchi decía que estaba la vida. Y la Isla de Juan Fernández ha sido uno de los escenarios favoritos de esas fugas que demuestran a la postre que no hay paraíso que valga, como no sea para vendérselo a alguien o dejárselo casi en prenda. Empezando por su colonizador de 1871, el suizo Alfred de Rodt que se arruinó en el empeño de explotar las riquezas de Juan Fernández, y siguiendo por otros más oscuros, como Henri Simon, el exlegionario en Viet-Nam y Argelia, y tal vez mercenario africano, o como esos medio místicos y medio horticultores, a los que la soledad dañó de manera irreparable, casi todos los robinsones acabaron regresando de forma atropellada a la civilización, tras asistir al naufragio de sus sueños. El aburrimiento es pardo y la mala suerte nos puede seguir allá donde vayamos, como buscapiés de feria de agosto

La del alemán Hugo Weber Fachinger es un ejemplo de Robinson que busca su mejor vida en la lejanía y una de esas historias en las que el sueño de dicha queda sepultado bajo el peso del alma del rebaño que, sin remedio ni misericordia, se ceba en el que es distinto. Hay gente que comete el imperdonable pecado de ir a contrapelo. Hugo Weber fue, me temo, uno de ellos.

Weber recaló en la isla de Juan Fernández, por primera vez, en 1915 cuando era un joven telegrafista del crucero alemán Dresden, de la escuadra de Von Spee, que había llegado hasta allí huyendo de la batalla de las Malvinas, averiado y perseguido por los cruceros ingleses Kent, Glasgow y Orama.

El día 14 de marzo de ese año los buques ingleses dieron caza al crucero alemán junto a la bahía de Cumberland, y lo bombardearon hasta que Lüdeck, su capitán, hundió el barco en el que además de Weber, iba un teniente que más tarde anduvo por España en oficios de espionaje en compañía de un cura carlista: el almirante Canaris.

La pesquisa del pecio del Dresden es otra fuente de mitos de tesoros ocultos y de infortunio para quienes descienden a sus entrañas a rescatar sus pretendidos tesoros, trozos de trozos, instrumentos de música que el mar ha convertido en objetos surrealistas, platos, vasos, cubertería…

Weber fue evacuado con otros miembros de la tripulación a la Isla Quiriquina, hasta el fin de la guerra. Pero en 1931, Hugo Weber regresó a Juan Fernández en busca del paraíso entrevisto cuando hundieron su barco. Consiguió una concesión en la plazoleta del Yunque, a poco más de media hora a pie desde la población de San Juan Bautista. Un lugar boscoso en extremo, todo un lujo para un naturalista, de cara a la bahía y con su espalda guardada por cerros de muy difícil accesibilidad: La Damajuana, El Camote, El Yunque, Las carboneras de Torres.

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Weber tuvo tiempo para recorrer a su antojo la isla entera, cazar cabras salvajes —el fino naturalista había sido cazador de pieles en Tierra de Fuego: toda vida esconde otra vida—, estudiar los lobos de dos pelos, tomar espléndidas fotografías, cultivar un verdadero vergel, en un lugar en el que hoy a duras penas se puede controlar uno de los enemigos del paraíso: la zarzamora que propaga el zorzal y cuyo canto huidizo en la espesura espanta al silencio. Colocó hasta los pavos reales de reglamento que figuran en la pintura holandesa de estilo de Jacob Barttats (le faltó el pájaro dodo ya extinguido para entonces).

En 1943, después de que él diera publicidad de su vida paradisiaca y robinsoniana, un periodista santiaguino visitó la isla al reclamo del Robinson, cuyas fotografías servían de reclamo de la lejanía. El periodista visitó la quinta de Weber y se entrevistó con el barbudo Robinson que vivía en esa simplicidad que concita la burla de las fieras, subió al mirador de Selkirk, desde el que áquel oteaba a diario los dos horizontes que ofrece la isla a la espera del barco que le salvara (toda una mixtificación hecha tradición sagrada) y acabó escribiendo un artículo titulado: «Un espía nazi en la Isla de Juan Fernández». El solitario era sospechoso por serlo y por tener una radio. Los problemas y las pejigueras se convirtieron en la invitación formal a abandonar el paraíso. Poco importó que el Robinson se ocupara en unión de su esposa, Hanni Stade, en construir una vida dichosa, pacífica, autosuficiente, sólo importaba el notición, el cebo, el linchamiento mediático, nada la víctima, nada quién era esta. Para Hugo Weber fue enseguida la partida, la fuga, la ocultación, el abandono.

La plazoleta del Yunque es hoy un lugar melancólico, como el de todas las ruinas de los escenarios que lo fueron de vidas más o menos dichosas. Quedan los cimientos y el solado de la que fue su casa, la cerca de cipreses de las Guaytecas crecida hasta hacer de verdad sombrío el lugar y en lo que fue su huerto cerrado vuelven a crecer, tímidas, las hojas espesas del ruibarbo medicinal (el paraguas de Robinson), en pugna con las zarzas, junto a los helechos gigantes en los que anida el colibrí de plumaje rojizo.

 

 

*** Artículo publicado en el diario ABC, de Madrid, «Lecturas de verano», 1 de septiembre de 2003.

Hotel Ritz, en Punta Arenas

HOTEL RITZ, EN PUNTA ARENAS

Punta Arenas, abril 2003

DEL DIARIO de viaje de los días de Punta Arenas, en abril de 2003, rescato un episodio nocturno que tuvo que ver con Bruce Chatwin hecho cebo turístico y con la invasión de Irak por parte de Aznar, algo que a los chilenos parecía enfurecerles, como les enfurecía la persecución judicial de Garzón al general Pinochet, replicando que nos buscásemos nosotros nuestros propios criminales de guerra.

“Cuando voy a pagar, un tipo que estaba en una mesa cercana perorándole a un gringo, en cuanto se dió cuenta de que yo era español (por el acento supongo) se levantó y me increpó pidiéndome explicaciones por las hazañas políticas de ese “güevón” en relación a la guerra de Irak.
A los chilenos el apoyo del aznarismo a la guerra de Irak les trae a mal traer.
Parece que por tener pasaporte español tienes que responder de las majaderías política de un presidente a quien tú, encima, no has votado. Aquí el asunto de la guerra no gusta y sobre todo no gusta Aznar. Eso ya lo veía yo en la isla de Juan Fernández.
En Chile, después de la pinochetada de Garzón, lo del apoyo, por parte de España, a la guerra de rapiña de los Estados Unidos se ve con malos ojos, como algo impropio de una democracia nueva, dubitativa a ratos, que se ejercita como puede de demócrata y gasta de cuando en cuando maneras del autoritarismo del antiguo régimen. Por no hablar de las ideas preconcebidas y los prejuicios que vienen de lejos.
Yo no sé si el Espartaco de los confines olfateaba trago gratis o si ya tenía más que agotado al gringo que no paraba de tomar notas casi al dictado; pero el caso es que se sentó a mi mesa y allí estuvo hablando un buen rato, mientras dábamos cuenta de un par de bajativos: de la guerra de Irak, de las andanzas criminales de Pinocho, de la Patagonia y de Bruce Chatwin, vaya por Dios, a quien me ha jurado haber conocido, bien conocido, y haber sido su guía en la ciudad. Sabía que me las veía con un embaucador, pero no más que alguno que conozco en los porches, tal vez menos peligroso, menos dañino.
Entre tanto el gringo se quedó en su mesa tomando notas. Sospecho de qué tomaba las notas. No era difícil adivinarlo.
Me ha querido enseñar el célebre hotel de Chatwin. Enseguida he caido en la cuenta de que se trataba del hotel Ritz, el que había visto ayer cerrado. Se lo he dicho, pero él m ha replicado que a él le abrirían y que nos darían un trago y que me contaría todas las mentiras que ha contado Chatwin y que, si quería, me podía vender fósiles de Milodón, reliquias del bandido patagónico Jimmy Button, y dientes de tiburón prehistórico, como los que he visto en la plaza de Armas, y espadas de Conan el Bárbaro, prehistóricas, auténticas… y hasta un atómata (…) “¡Concha su madre!”, ha dicho refiriéndose al español que le había querido comprar el autómata a la baja.

pie indio

El guía, el gringo que ostentaba una sonrisa de beatitud inenarrable y yo hemos ido hasta el hotel Ritz cruzando la plaza Martín Gamero bajo los árboles y pasando junto a la estatua del indio patagón al que ha habido que tocarle el pie para lo de la buena suerte en los viajes… Soplaba un viento que nos bamboleaba y amenazaba con tumbarnos.
Cuando hemos llegado al hotel, el guía se ha puesto a aporrear la puerta de una manera poco convincente, teatral. Sonaba a vacío. El gringo, que nos acompañaba, tal vez porque no quería perderse nada de color local, no decía nada. Parecía como que no entendía una palabra de castellano. Me quedé sin confirmarlo.
El hotel estaba cerrado, pero en cambio los bares de tragos de la zona estaban abiertos, todos, cosa que era fácil imaginar. No he llegado a saber cómo era por dentro el hotel Ritz, el de Bruce Chatwin. Me conformo con la descripción que hace en su “Patagonia”. Deberían hacerle un monumento. No sé quién dijo que había puesto a Punta Arenas en los mapas.
La expedición literaria-política se ha disuelto en una cervecería de las cercanías porque mi lazarillo y su gringo pusieron mucho más interés en la camarera, ya en la cuarentena avanzada, de pelo negro cuervo, pechos tremendos y unos muslos de circo enfundados en medias de mallas negras. Chatwin y yo mismo podíamos esperar, un buen rato.
Me he venido hasta la hostería agotado y ahora, con el ventarrón, no hay manera de pegar ojo…
Roberto, hijo de padre chileno y madre alemana, eso es lo que ha dicho, quería contarme la vida y milagros de Chatwin. Un andarríos de Punta Arenas. Él la conocía mejor que nadie. En todas partes hay un bolsero, un gorrón que a cambio de largar se procura copas gratis. En todas. Eso sí, no ha habido manera de saber nada a ciencia cierta del Roberto este. Decía haber vivido en Buenos Aires, haber viajado, cosa que ya me tiene acostumbrado, haber sido resistente contra la dictadura, pero tenía unas uñas de jugador de baraja. Igual ni siquiera me ha dicho su verdadero nombre.
DE algunos viajes te van quedando estos jirones que se adelgazan con el tiempo y se hacen fragmentos de un sueño vivido por otro. De no ser por la ayuda de las fotografías tomadas en el viaje o por las libretas de notas, de esos episodios a los que raras veces nos asomamos, no quedarían más que vagas impresiones, apenas nada y hasta pensaríamos que son tan imaginarios.
Adrián Giménez Hutton, La Patagonia de Bruce Chatwin, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1999.

Un idiota de remate

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U Kalicha, Praga, diciembre 2006.

QUE no de otra manera cabe tachar al bravo soldado Svejk, honra y prez del Ejército de su Majestad Imperial, y Real, Francisco José I de Austria-Hungría, en guerra y en defensa de los territorios habitados por sus súbditos humildes y devotos, pero también ingratos, como los serbios, los “hungarios”, los torvos croatas o los bosnios, paganos estos, que no beben, razón por la cual el ejército empapa de alcohol a sus soldados, y demás gente de vida regular, poco imperial, y muchos, aunque checos de pura cepa, dudosamente reales; tanto que de teósofos u ocultistas profesionales pueden dar en cocineros de regimientos de campaña o, como en el caso del soldado Svejk, de reservista, imbécil declarado y tratante de perros de lujo o de medio lujo, y de razas desconocidas hasta el momento de su venta, en asistente de un oficial emboscado y permanentemente encamado en cama ajena. Svejk. Solo un idiota, un impenitente charlatán, un metepatas glorioso, un cándido perverso, como Svejk, es capaz, sin proponérselo, por un exceso de celo y de buena voluntad, de humildad y una exquisita cortesía que no es sino estupidez genuina, de desmontar la perversidad de la burocracia, de los obsesivos aparatos de vigilancia policial y de la sinrazón marcial que hace exclamar a los soldados enviados al matadero: «¡Por fin, por fin, vamos a algún lado!».
Hasek, el autor de Las aventuras del buen soldado Svejk desenmascaró con un vigor suicida -las burlas y las sátiras se pagan caras- a los patriotas que jamás darán su vida por nada, a los falsos piadosos, a los tramposos sociales de su época, a la religión hecha pamema de la patria, al servicio de los poderosos. En este sentido, el libro del soldado Svejk no puede ser más subversivo. Todo un sistema basado en una religión hecha caricatura de sí misma, en un ejército que más parece un abrevadero, queda al desnudo. Y el único que parece creer de manera extremadamente devota y sincera en todas las farsas sociales de aparato, es Svejk: en la guerra, en la monarquía, en la religión, en el orden social… Es la devoción y sinceridad de sus discursos y digresiones lo que aún hoy resulta demoledor.
Jaroslav Hasek (1883-1923) sabía de qué hablaba cuando trazaba las andanzas disparatadas de su personaje, porque no es el reumático soldado Svejk quien se dedica a cazar perros vagabundos, y una vez rapados y repeinados, provistos de falsos pedigrís y pertenecientes a razas de prestigio, venderlos a los ricos, sino que el propio Hasek, además de orador callejero, droguista insensato, actor de ocasión y bebedor de oficio, fue propietario de una perrera y quien se dedicaba a ese pingüe negocio en la Praga de 1910, la del Cabaret Montmartre, la que describe como nadie Patricia Runfola en Praga en tiempos de Kafka.
U KALICHAComo es el propio Hasek quien se pasó a los rusos y regresó a Praga hecho un bolchevique, al menos durante una temporada, o mejor sería decir que regresó a las tinieblas de la famosa taberna El Cáliz (U Kalicha), la taberna que todavía abre sus puertas, como fauces voraces para los bolsillos del turista, en Na Bojisti (Praha 2).
La oronda silueta del soldado Sveijk ha pasado a ser una marca comercial que se vende en jarras de cerveza, posa vasos, gorras, camisetas, marionetas, en la vieja taberna hecha escenario de “turismo cultural”. Una taberna en la que hasta las cartas te las arrancan de las manos por temor a que te las lleves como recuerdo. Pero al margen de la pacotilla, las andanzas iconoclastas del estúpido soldado conservan intacto todo su poder corrosivo.
Del bravo soldado Svejk, con todas sus lúcidas y corrosivas estupideces, alguien dijo que era «un don Quijote en la barriga de Sancho Panza». El «se reirán de mis amargas palabras» de Gogol, cuadra con la obra y la vida de Jaroslav Hasek, porque las desternillantes situaciones, los delirantes parlamentos en apariencia modosos del bravo soldado Svejk, ya fuera con sus superiores, sus iguales o sus perseguidores, y que fueron el jolgorio de los lectores de Europa central después de la Primera Guerra Mundial, están construidos sobre los avatares de una vida bohemia, errabunda, sin suerte, desgarrada: la suya. Su rebelión, porque de rebelión se trata, es la rebelión de una clase embaucada en el negocio del patriotismo y la beligerancia, de unos ex combatientes que se dan cuenta de que han luchado por nada. Hasek, tanto en los cuarteles como en los calabozos, los campos de batalla, las tabernas y en el trato con la gente humilde, sabía de qué hablaba. Por eso su discursos resulta vitriólico y subversivo.
Éxito editorial. Hay tanto de Hasek en Svejk que hasta la jeta del terrorífico soldado (a las funestas consecuencias de frecuentar por azar o error su dulce trato me refiero), en las ilustraciones de Josef Lada que por fortuna ilustran esta edición, se parece mucho a la de su autor. Lástima que no quede rastro de los monólogos teatrales que interpretaba en los cabarets praguenses. El éxito editorial de Las aventuras del buen soldado Svejk fue rotundo, tanto como el de las obras de teatro vanguardista que se montaron sobre sus páginas, como la de Max Brod de 1928, dirigida por Erwin Piscator, con figurines, decorados y marionetas de George Grosz. Hasek, fallecido en 1923, antes incluso de poder terminar las aventuras del bravo soldado Svejk, no pudo disfrutar de su éxito: la mala suerte fue su perro faldero más fiel.

Y casi fue así

imagesNo cualquiera puede levantar la traza de la geografía de un mundo remoto, como es la isla de Saint-Jacques des Alises, en las Antillas; una isla omitida en los mapas, toda una categoría geográfica esa, capaz por si sola de encender la imaginación del lector, sea o no viajero inmóvil. Tan omitida que hasta es inútil buscarla en la Guía de lugares imaginarios (1992) de Manguel-Guadalupi. Pero eso es precisamente lo que consigue Patrick Leigh Fermor, autor del memorable relato de viajes Tiempo de regalos, cuando rememora la existencia de aquella isla lejana contada por uno de los últimos testigos que llegaron a verla en toda su plenitud, en otra época, claro: una vitalista anciana de origen francés a quien el autor encuentra, hacía 1950, en Mitiline, al borde del mar Egeo.

La isla de Saint-Jacques es un lugar tan paradisiaco que hasta los suculentos manjares que se consumen en sus fiestas han sido allí robados, pequeñas reliquias de un paraíso del que la isla es un espejo velado, más para unos que para otros, claro. Un lugar que mientras se espera la llegada de un mítico De Dion-Button, conserva un cierto sabor a la época criolla de Napoleón III, en dibujos y grabados de los que coleccionaba Mario Praz, y donde las iguanas tiemblan cuando les silban compases de Donizetti.

Si como sostiene Fermor un baile es un mundo, él, además de poner en el mapa una isla olvidada, pone en escena un fastuoso baile de máscaras de martes de carnaval que terminará en el preceptivo miércoles de ceniza con un brutal baño de esta. Como coreógrafo de ese baile de máscaras, el muy novelesco personaje Patrick Leigh Fermor resulta imbatible, sencillamente asombroso, en la descripción y montaje de un escenario exuberante en el que evolucionan máscaras abigarradas en una danza amena que termina siendo zarabanda de la muerte. Nada como ver hundirse un paraíso –parece decir Fermor– para aferrarse a aquel teresiano «vivir de buena gana», mucho más fácil de poner en escena en el papel que llevarlo a la lluvia de ceniza de los días.

*** Nota a propósito de  Los violines de Saint-Jacques, de Patrick Leigh Fermor, publicada en Abc Cultural, Madrid, 4.3.2006.

 

 

Tras el rastro de Robinson Crusoe

 

EL 22 de Noviembre del año de gracia de 1574, el piloto español Juan Fernández, natural de Cartagena, se tropezó en su derrota con un prodigio natural: una isla muy escarpada que emergía del océano Pacífico y que estaba por completo deshabitada. No había en ella rastro alguno de habitación y, al margen de algunos pájaros (pocos), y de los lobos marinos, tampoco había animales. Sólo una fabulosa y espesísima vegetación. Juan Fernández la bautizó con el nombre de Santa Cecilia.

El hallazgo de aquella isla remota fue tan casual que le costó a su autor un fantasmal proceso con la Inquisición española de la época porque fue acusado de brujo. El motivo: haber acortado el viaje de El Callao a Valparaíso en varias semanas. Y Juan Fernández no hizo sino atravesar la corriente de Humboldt y navegar por su lado de poniente. Otra leyenda, porque el legajo, que buscaron los comisionados secretos Jorge Juan y Ulloa, no se ha encontrado jamás.

En Juan Fernández, las leyendas, las mitologías y las historias improbables son la marca de la casa, así estén tejidas sobre la más estricta realidad. La fabulación con la propia historia es una de las riquezas de la isla, mejor que su artesanía a base de pellejo de bacalao.

Es posible que el propio Juan Fernández intentara colonizar la isla, pero terminó sus días en Quillota. Todos los intentos de colonización de Juan Fernández, que fue rebautizada como de Más-a-Tierra, resultaron infructuosos durante tres siglos. La lejanía, el apartamiento, las dificultades de comunicación, acababan devorando y expulsando a los colonos. Esa al menos fue la norma hasta finales del siglo XIX.

Entre tanto, hasta se dio a la isla por perdida o poco menos, y Juan Fernández fue adquiriendo con el tiempo las proporciones legendarias que duran hasta ahora mismo: refugio de piratas y de contrabandistas contra los que se envió, en 1675 y de manera disuasoria, puntas de mastines feroces, presidio de patriotas y de delincuentes comunes, lugar de fama negra, por el crimen de honor de los Maurelios (novelado por el inevitable Jorge Hinostroza), escondite de loberos, correo de balleneros y de buscadores de oro…

Otros dicen que los perros dejados allí en 1675 por Antonio de Veas y cuya raza baila que es un gusto, debían acabar con las cabras que servían de alimento fresco para los piratas. Eso, a gustos. Y es que los piratas que asolaban las costas de los virreinatos españoles del Pacífico encontraban en Juan Fernández lo mismo que encontrarían los demás marinos que vinieron detrás: agua en abundancia, vegetales –plantados muchos de ellos por el jesuita Diego de Rosales en 1664-, madera para reparar obra muerta y arboladuras, sándalo, aceite de lobo marino, carne de cabra, pescado fresco y bacalao para salazón…

Y así habría seguido siendo la isla, si en el mes de octubre de 1704, cuando navegaba a bordo del Cinque Ports Galley, al mando del capitán Stradling, este no hubiese abandonado, «por amotinadorcillo», a uno de sus pilotos, el escocés Alexander Selkirk, un joven culo de mal asiento, levantisco y airado, que había huido unos años atrás de su patria chica, en Largo, condado de Fife, Escocia, donde fue un habitual de las reyertas.

El motivo concreto de su rebelión en Juan Fernández fue por negarse a embarcar de nuevo en un barco que tenía el casco medio podrido por la gusanera y amenazaba con hundirse. Y así fue, al Cinque Ports, como diría un marino de época, se lo llevó el diablo.

Selkirk fue abandonado en la isla, a petición propia, con más pertrechos de los que se supone, que le permitieron sobrevivir más de cuatro años, durante los cuales no le quedó más remedio que dedicarse a cazar las abundantes cabras que hasta hace nada poblaban las alturas impenetrables de la isla, como pueblan las de la más lejana isla de Más Afuera (hoy Alejandro Selkirk), a pescar, a otear el horizonte a la espera de un barco providencial, y sobre todo amigo, que le rescatara, porque cuando fueron los españoles los que anclaron en Juan Fernández, no bien lo avistaron, lo persiguieron a arcabuzazos como si fuera un bicho curioso.

Entre tanto, Selkirk, ayudado, eso dijo al menos, de la lectura asidua de la Biblia, tuvo que enfrentarse a la soledad, al hastío y al ensimismamiento: la verdadera trama del robinsonismo.

Aparte de las cabras y de las ratas que se comían sus provisiones, no había en la isla más animales que los endémicos que todavía perduran: el colibrí de plumaje rojizo, las fardelas de los acantilados y el lobo marino de dos pelos que durante décadas fue cazado por cientos de miles de manera furtiva para utilizar sus pieles en pertrechos de guerra.

Selkirk no fue el primer Robinson de la isla, ni iba a ser el último. De unos se tiene noticia, de otros se pierden las huellas en la propia isla. Con los naufragios pasa lo mismo.

Antes que Selkirk, estuvo «el indiano Will Moskita», abandonado por Watling en 1681, cuando este tuvo que escapar a la carrera ante la súbita presencia de barcos españoles, y rescatado por el barco pirata Las delicias del soltero (buena historia esta, buena) pilotado por Dampier, un hombre de marca, en 1684.

Después de Will Moskita y de Selkirk, hubo otros robinsones cuya memoria se pierde. Se los tragó la isla y sus oscuridades. En Juan Fernández los fantasmas andan sueltos que es un gusto y casi todo lo que les concierne es pretexto para una buena historia de esas noches de ventarrón que brama que es un gusto y que allí son muchas.

Will Moskita y su historia de supervivencia daría materia para el famoso Viernes. En la novela de Defoe, el encuentro de Viernes y su padre, está calcado del de Will y el suyo, relatado por Dampier.

Cuatro años más tarde, los marinos corsarios del Duke y el Duchess, al mando de Woodes Roggers, y con el inefable William Dampier como piloto, e instigados probablemente por este, que ya había estado en la isla en otras ocasiones, como relató en un extraordinario libro, fueron a parar a la isla y encontraron en ella a un hombre muy peludo, sólo en apariencia idiotizado, que había perdido la facultad del habla, pero que les recibió con un festín tirando a refinado.

En octubre de 1711, Selkirk desembarcó, por fin, en Londres. Había salido cinco años antes en busca de fortuna y en compañías algo más que dudosas (la de William Dampier no había sido la peor de todas), ahora llegaba pasablemente rico y con una experiencia a su espalda verdaderamente singular: la de haber sobrevivido más de cuatro años en una isla desierta de los confines. No cualquiera podía contarlo. Y él lo hizo, en los cafetines londinenses de su época, y fue escuchado. Su historia la imprimió Richard Steele, un hamponcillo del incipiente periodismo y de la política a él unido.

Pero fue Defoe quien en 1719 publicó Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe. Poco importa que situara la isla, perfectamente reconocible, en la desembocadura del Orinoco o que mezclara a unos y otros personajes. Lo importante es que dio con un libro y una historia tan inmortal como poco leída (entera).

El que murió arruinado fue William Dampier, un enamorado de la isla. Dampier, filibustero, naturalista, magnífico escritor, artillero, criminal, feriante sin escrúpulos que exhibía en una barraca de feria de Oxford a un príncipe nativo de Sumatra, no consiguió entrar como un igual en la ambicionada compañía de Samuel Pepys y sus amigos. Había perseguido la riqueza, la fama, el éxito social y le acogió una ruina que hubiese podido escribir el mismo Defoe.

 

Hoy, cuando la isla de Juan Fernández aparece de manera teatral en el horizonte, sigue causando la misma sorpresa que les causó a Dana cuando llegó a bordo del Pilgrim, a Alejandro Malaspina, a los gentilhombres del compás y de la pluma que acompañaban a Anson en aquella carrera enloquecida en pos de la riqueza que aocmetía a todos los se embarcaban rumbo a los confines.

Da igual que llegues a bordo del Navarino o del bimotor Dornier-Benz que despega de las pistas polvorientas del aeródromo santiaguino de Tobalaba, la visión en el horizonte del cerro El Yunque coronado de nubes, la silueta escarpada de la isla, parda o verde grisácea, eso según las luces, es de verdad sorprendente.

Como lo son las tierras salitrosas, blancas en unos lugares, rojas de almagre en otros, barridas por el viento y sembradas de adormideras, a donde llega el bimotor. Puedes quedarte a morir a pie de pista si el avión ese día no puede aterrizar y evacuarte a Santiago. Las cosas como son. El paraíso tiene otras caras.

 

En 1966, tras muchos años de brega, la isla, por capricho de la entonces todavía uruguaya Blanca Luz Brum Elizalde, cambia de nombre y adquiere el de Robinson Crusoe. Yo no sé si tanto como homenaje al personaje de Defoe como a sí misma, que se veía como una Robinsona, en tareas de construir o reconstruir una vida que se le deshacía sin remedio.

Donde hay un Robinson hay un naufrago, aunque el naufragio no sea marítimo.

Blanca Luz Brum es otro de los robinsones legendarios de la isla: poeta –«mejor hembra que poeta», dijo de manera brutal Martín Adan- y pintora, sí, algo más que naif, pero también revolucionaria, viajera por fuerza, esposa en una época del atrabiliario David Alfaro Siqueiros, cuya muerte glosó en la isla con un solitario poema y para quien sirvió de modelo de una de sus obras más extrañas, el muy erótico «Ejercicio Plástico», de la finca del magnate argentino Natalio Botana; peronista activa y, al final de su vida, cuando por fin consiguió la nacionalidad chilena, pinochetista convencida, esto es, cacerolista y mitómana irredenta. Atrás habían quedado los tiempos de amistad política y literaria con Mariátegui, Marlene Dietrich, Charles Laugthon, Neruda –la llamó «Heroína de todos los amores»-, García Lorca, Huidobro, Supervielle, Freire y Allende cuando estos formaban en el grupo Mandrágora… hasta aparece como sombra errante en un poema del escultor vasco Jorge Oteiza.

Lo cierto es que Juan Fernández no sería lo que hoy es sin su decisiva y novelesca presencia, entre el exilio y el extrañamiento, después de la rocambolesca fuga de la cárcel de Río Gallegos del peronista Patricio Kelly, en la que participó Blanca Luz.

De ella fue la idea de hacer de la isla un destino turístico, para privilegiados al comienzo, que llegaban a la isla a bordo de yates más o menos lujosos, como el Tzu Hang, de Miles Smeeton, y encontraban en su hostería una simplicidad «a lo Gauguin». Blanca Luz falleció en 1985, mucho antes de que la electricidad, el teléfono y la televisión fueran algo corriente en la isla.

En Juan Fernández, Blanca Luz Brum pintó, escribió, repensó su propia y agitada vida –Bello lugar para deshacer lo hecho/desandar lo andado/y deshablar lo hablado–, construyó una preciosa cabaña de troncos al pie del agua donde vivió solitaria, rodeada de sus libros y sus cuadros –qué melancolía la de sus estantes vacíos con números atrasados de la National Geographic y algo de cachureo–, frente a la que siguen pasando los lobos marinos y saltan los pejerreyes perseguidos por las vidriolas, en lo que hoy es un lugar inevitable de la isla: la hostería Daniel Defoe, dirigida por su hija, la María Eugenia Béeche.

Tan inevitable como el mejor mentidero de Juan Fernández: el comercio de artesanías varias y tabaquería de la Mar Poveda, La isla de los piratas, una española que con su marido Fernando Sancho, el actual secretario de la comuna, lo colgó todo hace ya más de diez años todo para hacer de Robinsones y buscar en Juan Fernández el tesoro de su vida, con éxito y no sin penalidades. No han sido los únicos.

Ah, sí, y está la cocina y los pisco sauer de la Florita, descendiente del suizo Alfred De Rodt, en El Remo, que es poco menos que el centro social obligado, junto al malecón del puerto. Allí se traba conversación con el que esté de guardia, ya sea una turca o un ruso persigue islas solitarias, o alguien autóctono, un pescador o un vagabundo de las islas, y se habla de la pesca del salmón de roca o del cangrejo amarillo, de los antepasados colonos que grabaron «la piedra de la letra», de los presidiarios, de los piratas y sus tesoros, del orgullo de ser isleño, una mezcla de renuncia a otra vida, de afirmación de la diferencia por el apartamiento y del convencimiento de vivir en un paraíso. No es fácil compartir ese orgullo.

 

 

Hoy, la vida cotidiana de los alrededor de seiscientos habitantes de la isla tiene poco que ver con la piratería. Está centrada en la pesca, en un turismo de temporada veraniega tirando a pintoresco que llega atraído por esa leyenda robinsoniana de los confines, y en una ganadería episódica y depauperada que conoció mejores momentos en los pastos solitarios del sector Villagra o más allá de Cerro Centinela, hacia Puerto Francés.

Las barcas de los pescadores, copia de antiguas balleneras, salen entre gritos y silbidos al amanecer, bajo cielos casi siempre teatrales, a la pesca de langosta, de la vidriola, de la breca, del cangrejo, del muy apreciado salmón de roca… las langostas son la leyenda que termina en las mesas de los restaurantes de Santiago, París, Madrid. Hay quien no conoce la isla más que por las langostas.

Por su parte, los niños isleños van, mañaneros y uniformados, a la escuela, la Dresden. Más tarde se irán a estudiar al continente. Unos regresarán, otros, los más, no. En temporada, los que pueden, se dedican a una incipiente y rústica industria hostelera a base de hospedajes y de explotar las leyendas de la isla: Robinson Crusoe, los naufragios, los piratas y sus tesoros, el submarinismo y un poco, una nada de gastronomía, y, sobre todo, la idea de que el turista está pisando el paraíso. No hay que ahorrarse superchería alguna con tal de lograr el objetivo, ya sea histórica, arqueológica o científica. No en vano, a fines del siglo XIX, a un buscador de oro de los que tenían que atravesar el cabo de Hornos para llegar a California, le trataron de vender el cráneo auténtico de Robinsón Crusoe.

Luego, enseguida, al turista le llega la tremenda realidad: en Juan Fernández no hay nada; nada que el viajero no lleve en su equipaje o en su zacuto de pensar. Las fiestas a la hawaiana o a la pascuense, la disco, son cosas del verano austral, lo demás es la vida rutinaria de dos calles en cruz, Larraín y La Pólvora, por las que a veces pasa un isleño a galope montado a pelo en un caballejo raquítico, sin mas alicientes que el propio trabajo, o el paseo al atardecer hasta el cementerio de las animitas medio milagrosas o hasta el malecón solitario cuando vuelven las barcas y donde atraca el Navarino, el barco que cada mes llega desde Valparaíso con pertrechos y con todo lo que es necesario en la isla, que es mucho, casi todo. Cuando el barco tarda en llegar se nota mucho en las estanterías de los pequeños comercios de la isla donde venden ese «de todo», que es muy poco, lo elemental.

En Juan Fernández no hay bancos, no hay tarjetas de crédito, hay, o había, pesos contantes y sonantes. No hay nada superfluo. Los artículos de primera necesidad a veces son grandes lujos, como las aspirinas. Las hostias, consagradas para todo el año, las guarda el cartero y diácono Jorge Palomino en la caja fuerte de Correos. Eso sí, a cambio, hay langostas. Legendarias. Los isleños entienden mal que no vayas a comer langosta hasta empapuzarte o que busques otra cosa que submarinismo y camines por los cerros y los desiertos o en las cercanías del bosque impenetrable.

Al margen del poblado de San Juan Bautista, la isla es un parque natural, muy protegido, pero muy amenazado por la plaga de la zarzamora expandida por los tordos, erosionado por la de los conejos y por el coatí introducido para matar ratas. Tiene, alrededor del cerro El Yunque sobre todo, una parte extremadamente boscosa, impenetrable en muchas zonas, donde sigue habiendo ejemplares de la mítica chonta (juania australis), y los más corrientes, allí, claro, del monumental naranjillo, del pimentero, de la luma, de los fabulosos helechos arborescentes, del ruibarbo gigante –el paraguas de Robinson– o del Juan Bueno de cuyas flores violáceas liba el picaflor.

Mientras que otra parte de la isla, más allá del mirador de Selkirk, hacia Bahía del Padre, por un lado, o más allá del cerro Centinela por otro, se extienden unas tierras abruptas, amarillas, rojizas, violetas, verdes, grises, habitualmente barridas por el viento que conforman el mejor emblema de la soledad.

Del sándalo juanfernandino sólo queda la leyenda.

 

 

Si la de los piratas, convenientemente traficada, es la leyenda más frecuentada, la de los tesoros es ahora la que con más insistencia ronda a Juan Fernández.

En 1998, la isla saltó a la fama porque el millonario norteamericano Bernard Keiser había emprendido la búsqueda de un fabuloso tesoro, cuyas pistas están en manos de María Eugenia Béeche, heredadas de quien fuera su marido, Matías Cousiño.

No es la primera vez que se busca ese mítico tesoro. Hacia 1950, el millonario Luis Cousiño, padre de Matías, junto al italiano «conde» Di Giorgio y a algún otro aventurero, llegaron a la isla bordo de la preciosa goleta Serva la Bari, con intención de hacerse con el tesoro que allí había escondido, en 1761, el pirata Cornelius Patrick Webb. Trajeron pirquineros del norte, horadaron en el corazón de San Juan Bautista, pero no encontraron nada.

Webb, llegó a Juan Fernández, provisto de cartas muy precisas de ubicación, a bordo del Unicornio, un barco mercante camuflado y fuertemente armado, cuyo armador secreto no sería la Lloyd’s, sino el entonces primer lord del Almirantazgo, lord Georges Anson que ya había estado en la isla veinte años atrás.

Una vez en el lugar de tesoro, desenterró este en un lugar que no se ha precisado, lo inventarió –«864 bolsas con oro, 200 barras de oro, 21 barriles con piedras preciosas y joyas, un baúl dorado conteniendo una rosa de oro y esmeraldas de dos pies de altura y 160 cofres con monedas de oro y plata»–, lo embarcó en su barco y zarpó de nuevo rumbo a Inglaterra.

Pero a los pocos días, y a causa de un motín, se vio obligado a regresar a Juan Fernández y a volar el barco con toda la tripulación a bordo, salvo unos pocos hombres fieles a la corona. Webb moriría de mala manera en Horcón llevándose a la tumba (profanada) el secreto del lugar preciso donde estaba enterrado el tesoro.

Bernard Keiser, en una tarde memorable de café y cigarrillos en la veranda de la tiendita de la Mar Poveda, nos hizo ver que el recuerdo de la canción de los piratas de R.L.Stevenson resulta inevitable: Quince hombres van en el cofre del muerto/¡ja, ja, ja, y una botella de ron!/     El diablo y el ron se llevaron al resto,/¡ja, ja, ja, y una botella de ron!. Y por si fuera poco, una vieja canción de marineros ingleses, la de Horatio Hornblower the Muting, habla de lo mismo.

El tesoro que desenterró y de seguido ocultó Webb, habría sido escondido, a origen, por el marino español de origen vasco, de Hondarribia muy probablemente, Juan de Ubilla y Echeverría, hacia 1714. Ubilla murió pocos años más tarde frente a los cayos de Florida sin haber dejado rastro del paradero del tesoro que había escondido.

Se trata de un fabuloso tesoro que habría salido de Veracruz y nunca llegó, entero, a España, porque en el camino, una parte fue distraída por partidarios de la casa de Austria para subvencionar una rebelión contra los borbones. Eso dice la actual leyenda. Pruebas, ninguna.

Sea o no cierto el motivo, el tesoro sigue allí, en algún lugar de la isla de Mas-a-Tierra. Bernard Keiser está convencido de ello. Y tiene una fe que resulta contagiosa y no hay isleño o visitante que no tome partido en ese aventurar hipótesis.

Un año tras otro, Bernard Keiser, don Berni, ha venido saliendo en su lancha cada amanecer rumbo al valle de Puerto Inglés, donde tenía la concesión de la excavación arqueológica. Allí pasaba los días al frente de su cuadrilla de excavadores. Muy cerca de la cuevilla que se ha venido vendiendo como la cueva de Selkirk (otra superchería) ha movido toneladas de tierra para encontrar sólo indicios de habitación. Allí hay algo, ¿pero qué?

Bernard es un personaje novelesco. Historiador, politólogo, empresario de éxito, que un día, después de ver en la televisión un reportaje que trataba de la isla, decide hacer algo grande con su vida y se lanza a la búsqueda de un tesoro del que hasta la víspera no sabía nada. Un gran tipo que excavaba como un poseso y se hacía los sesos agua descifrando viejos mapas y cartas cifradas. Y, sobre todo, de un entusiasmo contagioso. Entre tanto le ha dado vida a la comuna.

El tesoro no ha aparecido y veremos si las últimas excavaciones son, como dicen, las de la habitación de Selkirk u otra falsificación histórica de la que ir tirando como reclamo turístico.

 

 

Pero el caso es que en 1741, Georges Anson, que de alguna manera llegará a tener conocimiento del tesoro escondido en Juan Fernández, apareció en el escenario de la isla a bordo del Centurión en tareas de «enojar al rey de España», después de haber perdido su flotilla en el cabo de Hornos perseguido por el almirante Pizarro. Lo que le quedaba de sus tripulaciones estaba muy maltrecho y el escorbuto las había más que diezmado, tanto que apenas pudo acometer las tareas de atraque y desembarco.

En las tripulaciones de aquellos barcos de corso abundaban los niños, los tullidos, los ancianos y los jubilados porque para poder armar la expedición tuvieron que limpiar los asilos de Londres.

Durante los alrededor de siete meses que permaneció Anson en la isla esta fue un hospital, un astillero, un anfiteatro de anatomía y un cementerio de considerables proporciones, bueno para alentar las leyendas de aparecidos.

Fue en Juan Fernández donde Anson reconstruyó como pudo el Centurión y el Tryal, dos barcos supervivientes de su escuadra, para terminar haciéndose con el fabuloso tesoro del Nuestra Señora de Covadonga, el galeón de Manila.

Anson se quedó asombrado del vergel de la isla, de su aspecto paradisíaco y bautizó para siempre la bahía con el nombre de Cumberland, así la describió en las memorias de su viaje que le escribieron, poco menos que a su dictado, otros.

Así la vieron también, casi cien años después, otros ingleses: la estupenda escritora y naturalista Mary Graham, que quedó maravillada de la vegetación y de la intensa sensación de ser allí, en completa soledad, la dueña del mundo, y lord Cochrane, el marino que luchó con los chilenos por su independencia y a quien Pablo Neruda tuvo devoción. Los ilustres visitantes tuvieron ocasión de ver los restos de la colonia penitenciaria a la que fueron llevados los patriotas chilenos después de la derrota de Rancagua.

Según la leyenda, los patriotas se cobijaron en unas curiosas cuevas que se abren a la bahía, cuando basta leer El Chileno consolado, escrito por Juan Egaña, uno de los deportados, para saber que vivían en cabañas.

Pero no sólo estuvieron en la isla los patriotas de la independencia chilena. Juan Fernández comenzó siendo una colonia penitenciaria de la Inquisición para delitos de lesa majestad y terminó siéndolo de presos comunes y políticos que vivían en condiciones ínfimas hasta bien entrado el siglo XX. Alrededor de los presidiarios surgen historias de motines, fugas, matanzas, depravación y horrores varios.

Pero antes de que la isla se convirtiera en presidio, la corona española cansada de que Juan Fernández fuera la Tortuga del Pacífico y permanente refugio de corsarios y piratas que allí hacían las aguadas y se proveían de plantas en abundancia para curar el escorbuto, fortifica, aconsejada por Jorge Juan y Ulloa, la isla. Las parvas ruinas del fuerte español son uno de los atractivos turísticos y ante ellas el viajero de los confines se pregunta: «¿Pero qué demonios hago yo aquí?».

El maremoto de 1751 arrasa la incipiente colonia, pero a partir de esa fecha la presencia española en la isla, con sus baterías de artillería de costa, es disuasoria, como dejó dicho el navegante inglés Carteret o el mismo Delano Amasa que acabaría de personaje de Herman Melville.

 

 

Fue el suizo Jost Otto Schneider, mientras estábamos sentados en la veranda de su casa prefabricada –diseñada por el arquitecto austriaco Miji Bear, otro personaje–, de cara al océano oculto por los cipreses y los eucaliptus, quien me dijo que su sueño, uno de sus sueños, era reflotar el Dresden y convertirlo en monumento nacional. Jost es otro de los que colgaron todo lo que tenían para recomenzar en Juan Fernández, aunque lo hiciera en las cercanías de Colonia Dignidad.

El Dresden. Otro mito inevitable y otra fuente de mitologías locales, como la de Hugo Weber cuya historia es tan hermosa como triste.

Al pie del cerro El Yunque están los restos casi invisibles de lo que fue uno de esos paraísos de los confines que encienden la imaginación y pervierten sin remedio a quien vive en su propio callejón sin salida. Es el mejor señuelo de Juan Fernández.

Weber llegó por primera vez a la isla en 1915, a bordo del Dresden, el buque estrella de la flota alemana comandada por von Spee, en su derrota de huida de la batalla de las Malvinas. Venía perseguido por los cruceros ingleses Kent, Orama y Glasgow. Su epopeya tuvo como escenario los fantásticos canales del estrecho de Magallanes, entre la Patagonia y la Tierra del Fuego, y finalmente el escondrijo de Juan Fernández.

El 14 de marzo de 1915 el Dresden fue finalmente atrapado contra los acantilados de Punta San Carlos y obligado a entablar un combate desigual. Tras fracasar las gestiones parlamentarias del joven teniente Wilhelm Canaris, que años más tarde haría en España carrera de espía, fue finalmente volado por su comandante von Lüdecke. Casi toda su tripulación pudo ganar a nado la costa.

El pecio del Dresden yace, a más de sesenta metros de profundidad, a un costado de la bahía de Cumberland y sus entrañas son una trampa mortal para los submarinistas que se aventuran a la caza de restos para vendérselos a los turistas. También el Dresden llevaba a bordo un tesoro enraizado en la revolución mexicana. Vaya por Dios.

En 1931, Weber, antiguo telegrafista del Dresden, regresó a la isla y construyó su casa en las alturas de la Plazoleta del Yunque, el lugar más melancólico de la isla y todo un emblema de los sueños arruinados. Allí, junto a una compañera alemana de robinsonadas con la que se casó en la isla, pasó diez años, de los que dio cuenta en un libro, 10 fahre anf der Róbinson Inseln (1941), ocupado en tareas de horticultura, de jardinería, de zoología recreativa, tomando fotografías en sus caminatas de exploración naturalística –incluida una de las contadas ascensiones al Yunque-, cazando cabras por los cerros y las quebradas, leyendo y escuchando música en un potente aparato de radio alimentado con la energía de una elemental turbina movida con el agua del monte.

Fue el aparato de radio el que le dio la idea a un periodista que le visitó en 1943 de que Weber era un espía de los alemanes y así lo publicó. Hugo Weber fue expulsado del paraíso por la brava. No regresó jamás.

 

 

Detrás de los viajes a la isla de Robinson, de fuga unos, de sueños de fortuna otros, más que la lectura del libro de Defoe o la propia leyenda de la isla, está el mal de vivir de quien busca en Juan Fernández alivio, una tregua en su andar azaroso, como Blanca Luz Brum en su día, como el legionario francés Henri Simon, que se instaló en una casa de El Palillo, en la que hoy vive uno de los actuales robinsones hospitalarios de Juan Fernández, Raimundo Bilbao.

Raimundo, junto con un arqueólogo submarino francés, Arnaud Cazenave de la Roche, anduvo hace años a la búsqueda del pecio del Speedwell, el del pirata Shelvocke, que yace en la bahía confundido con otros pecios de barcos desaparecidos sin dejar mucho rastro en los mares australes.

Y es que en los mismos pasos que Anson o Dampier anduvieron por Juan Fernández otros marinos y filibusteros ingleses: Watling, Davis, Strong, Bartolomé Sharp, Morgan, Clipperton… Llegaban en busca de agua y de plantas medicinales y alimentos frescos con los que curarse el escorbuto, y echando de paso algo de pólvora al aire, riñendo y jugándose el producto de unos botines tirando a exiguos.

En 1720 llegó a la isla, con poco cargamento y una tripulación de levantiscos robinsones a bordo, otro tipo de verdad singular, George Shelvocke. Venía enviado por la jacarandosa razón social Los Caballeros Aventureros de Londres, en el Speedwell, una fragata de 24 cañones, que terminó estrellándose contra la isla.

El barco de Shelvocke venía maldito porque uno de sus tripulantes, el torvo Simón Hartley, había matado de un tiro a un albatros que seguía al Speedwell, el pájaro que encarna a los marinos muertos. S. T. Coleridge escribirá, sobre el dechado de esa leyenda, su Oda del viejo marinero.

No sin querellas, buena parte de la tripulación de Shelvocke construyó una barcaza, la Recovery, para escapar del paraíso de los robinsones y ganar con ella la costa. Lo consiguieron. Pero algunos piratas no se arriesgaron a la travesía que sabían peligrosa y se quedaron en Juan Fernández, a vivirla, algunos para siempre.

Más tarde, Shelvocke, de regreso a Inglaterra, acusado de haber ocultado sus ganancias, también escribirá su crónica minuciosa del viaje. Para aquellos marinos aventureros el escribir libros necesarios sobre sus viajes –los de William Dampier son excepcionales– era una forma de ganar el dinero que no habían ganado con la piratería. Anson llevaba a bordo el libro de Shelvocke y de él se sirvió para ganar la isla.

Del viaje de Shelvocke queda un ancla a la puerta de la biblioteca pública e inenarrable museo de la isla que dirige el erudito Victorio Bertullo, animador de lo inanimado. Hay que creer en ese ancla como en dogma de fe.

 

 

Juan Fernández sigue seduciendo con su lejanía y su leyenda robinsoniana. El mito de Robinson está detrás de todo ello. El mito de un Robinson obligado a construirse una vida a su medida y los muy precisos agobios personales que ponen en fuga a quien corre el riesgo de cortar amarras y buscar refugio en los confines.

La isla de Robinson, por arte de novelería, atrae a quien necesita esconderse o cuando menos hacer un alto en su camino, más o menos obligado, en esa fantasía de la paz de los confines, alimentada por testimonios como el del circunnavegador solitario Joshua Slocum, que pasó por la isla a comienzos del siglo XX y la describió como el paraíso utópico conde no hacían falta leyes, policia, modas.

Ese parece que fue el caso de Blanca Luz Brum, como pudo ser el de Henri Simon, un viejo ex-legionario de Indochina y Argelia, y ex-mercenario de los del legendario Bob Denard en las Comores que escribió un libro sobre la isla, como es el caso de los robinsones anónimos que pasaron y se fueron, con su equipaje de versos, cuadros, o hasta las narices, como Uli, un alemán de buen humor, después de haberse deslomado para construir las casas de Miji Bear, cuya arquitectura podía haber terminado siendo una de las características de la isla.

Gentes que llegan, se emboscan, y un día se van de manera tan brusca como vinieron y pasan con ello a engrosar la leyenda. Extraños náufragos que saben que su vida está en otra parte o cuyos sueños están condenados a terminar mal, como el del «barón» suizo Alfred de Rodt que colonizó e intentó explotar la isla a finales del XIX y terminó arruinándose, después de haberse pegado el gusto de firmar sus cartas como Robinson Crusoe II.

 

 

En lugar de los loberos criminales, de los balleneros de Nuntacket, de los buscadores de oro o de los utopistas acometidos de misantropía, la isla sigue atrayendo hoy día a naturalistas y botánicos, como el francés Philippe Danton, a buscadores de tesoros y de paraísos remotos y, sobre todo, a quienes padecen la tentación de las robinsonadas, cada vez más imposibles, cada vez más duras.

Y es que la soledad acaba achatando el horizonte. La soledad de Robinson sólo sirve para alimentar un lirismo de pacotilla y para las mandangas literarias. Cuando un isleño te dice que quiere irse y que no sabe cómo ni a dónde, te das cuenta de que el paraíso tiene otras caras. Y lo cierto es que, al final, los Robinsones han huido a la carrera de la isla y hasta algunos viajeros salen de allí con auténtico alivio y lo dicen encima: «No había nada». Por eso otros regresamos. Por eso fuimos, porque «no había nada», para deambular por cerros y quebradas, para escuchar el bramido del viento y el berrido de los lobos. Por eso pesa el momento de los abrazos de la despedida en el muelle de Juan Fernández, antes de embarcarse en la Blanca Luz rumbo a la pista de aterrizaje de Bahía del Padre, rumbo a la vida del común.

 

NOTA BENE: creo que este artículo se publicó en el año 2003 en el suplemento dominical del diario El País. Es la crónica de un viaje que hice ese año a la isla. El maremoto del año 2010 desfiguró por completo la población de San Juan Bautista y algunos habitantes desaparecieron, fallecidos o regresados al continente. Sobre el dechado de ese viaje escribí mi novela La calavera de Robinson (2006) y la crónica La isla de Juan Fernández (2005), saqueadas ambas por gente sin escrúpulos.

 

 

 

Cara o cruz de Jacques Vergès

 

Jacques-Verges

HACE unos meses, el abogado francés Jacques Vergès fue noticia no ya por la exhibición del reportaje El Abogado del terror, rodado por Barbet Schoeder, sino por haberse puesto él mismo en escena, durante unos meses, en un teatro parisino con un soberbio monólogo titulado Serial plaideur. No era un actor el que subía a la escena, era un abogado y de tal actuaba, muy consciente de que lo suyo es la actuación, tanto en las tablas de un teatro como en el foro.

Un abogado elocuente y un escritor vigoroso, como lo ha demostrado recientemente con otro libro que ha hecho ruido, La démocratie à visage obscène. Porque tanto las actuaciones forenses como los libros de Vergès son ruidosos. Y no solo por la calidad de sus defendidos –Klaus Barbie, Milosevic… los indefendibles, los condenados de antemano-, eso sería miniminzar mucho el proceso, sino por el fondo de las cuestiones tratadas, por las acusaciones que vierte Vergès contra un sistema que considera hipócrita y podrido.

El ruido, al provocación y el escándalo, es lo suyo, y el coraje de su conciencia individual, son armas judiciales, solidamente apoyadas para la ocasión en los códigos y muy consciente de que caminamos hacia una justicia preventiva sin necesidad de leyes.

Porque si corrosivo es Vergès cuando habla de procesos políticos, también lo es cuando habla de la justicia de dos velocidades, la de los ricos y la de los pobres, o hace declaraciones incendiarias al margen de los procesos, muy consciente de que es preciso sacar a la calle, a la opinión pública, los juicios de las salas de audiencia donde se ha montado el proceso-espectáculo, algo que según él viene ya de lejos, en busca de ejemplaridad, y no tiene traza alguna de cambiar, y donde se escamoten los debates de fondo. Los jueces, para Vergès, no son todopoderosos. Juzgar a los jueces. En el proceso. Es una estrategia. Necesaria y subversiva. Que de eso se trata.

Estrategia judicial en los procesos políticos es un libro de 1970, más subversivo, insisto, de lo que parece, que no ha perdido actualidad alguna, al revés, que la ha ganado, en la medida en que sigue habiendo procesos políticos y algunos de ellos son un espectáculo o están montados como tales.

Y en la medida también en que, otros, que están montados como procesos por delitos comunes –banqueros, financieros, propietarios de grandes medios de comunicación-, son políticos tanto por la intención de inscribirlos en el capítulo de los delitos sin otro móvil que el lucro personal, y deslegitimar así a los ojos del público los motivos que han empujado a los procesados a quebrantar la ley, como por la forma en que esos acusados apuntalan y a la vez se sirven de un sistema político y social del que la magistratura forma parte.

Vergès tiene muy claro que la función de la justicia es servir a las clases dirigentes resolviendo “siempre en provecho de éstas las contradicciones sociales que se manifiestan en la violación de la ley”.

Para Vergès, la justicia es un Arte –y él lo crea con una elocuencia asombrosa, antigua, esa que ha desertado de las salas de audiencia y de las prosas jurídicas- y un Circo, a un circo romano me refiero, donde se desarrolla un espectáculo que no es ni más ni menos cruel que la guerra o el comercio, o más aún, un Palacio de Deportes (Páginas 85 a 89) dice, un combate en el que hay que vencer al adversario, el fiscal, sabiendo que si la Justicia –“uno de los nombres de la necesidad”- aparece por una sala de audiencia lo hará por casualidad o porque se ha equivocado de día, cosa que él puso en escena con su monólogo Serial plaideur.

En esta obra Vergès repasa una serie de procesos penales cuyo contenido excede la mera infracción penal y que resultan muy significativos desde el punto de vista histórico, dividiéndolos en varias clases, Procesos de connivencia, Procesos de ruptura, como los que en la actualidad emplea ETA-Batasuna, en los que la denuncia de torturas es un arma (Página 132), y Procesos espectáculos, como los de Nuremberg o Bujarin, que persiguen una ejemplaridad que el poder no siempre consigue y puede revertir contra él.

Este es un libro irritante, necesario, que sacude ideas comunes y que se opone a ellas. Por ejemplo, en todo lo referido al magma de la subversión nacionalista que desemboca en enfrentamientos armados o a su peculiar concepto del terrorismo, algo de lo que el autor sabe por haber militado en la causa argelina y haber defendido a muchos miembros del FLN.

Alrededor de Vergès se instala siempre el “¿A favor o en contra?”, algo que es saludable en la medida en que el público reflexiona sobre una de las convenciones sociales en las que sostiene su vida cotidiana: la Justicia, y su administración, en la que suele creer en la medida en que le es favorable y solo si le es favorable. Vergès hablando por ejemplo de las torturas perpetradas por la Coalición en Irak, acusando al ejército inglés y respondiendo a quien le preguntaba si defendería a Bush, diciendo que porqué no, si lo haría con Hitler. Militante antiesclavista, anti tortura y anticolonialista en todas sus formas, por supuesto que resulta molesto.

Hoy, casi cuarenta años después, Estrategia judicial en los procesos políticos, viene acompañado de un posfacio en el que Jorge Herralde, su editor entonces y ahora, relata los pormenores de publicar un libro como este en el contexto de la censura de la dictadura franquista y del proceso de Burgos, entre otros.

 

*** El artículo fue publicado en el ABC Cultural, ignoro en que fecha. Me puede la admiración que tengo a Vergès como abogado y como escritor, con sus luces y sus sombras como personaje.